Washington, (dpa) - A casi nadie ha dejado indiferente la decisión de Estados Unidos de aumentar la presión sobre Honduras, formalizando las sanciones económicas y diplomáticas ya en vigor desde hace semanas para mover al gobierno de facto de Roberto Micheletti a aceptar el Acuerdo de San José que busca resolver la crisis golpista en el país centroamericano.
Pero las reacciones no han podido ser más divergentes en un tema que lleva desde el inicio del golpe de Estado del 28 de junio provocando los sentimientos más encontrados.
Altos funcionarios estadounidenses defendieron la medida, que incluye una amenaza a no reconocer las elecciones de noviembre próximo, como una "señal fuerte" al gobierno de Tegucigalpa de que no está dispuesto a seguir el juego de "ganar tiempo" que afirma persigue Micheletti con la dilación de una respuesta al plan Arias.
Sin embargo, el codirector del Centro de Investigación en Economía y Políticas (CEPR, por sus siglas en inglés), Mark Weisbrot, consideró que "no van lo suficientemente lejos".
"El Departamento de Estado está respondiendo a la presión, pero todavía no está claro si la Administración Obama pretende acabar de verdad con el régimen golpista, al que continúa apoyando con ayuda militar y económica", sostuvo Weisbrot en un comunicado.
Por el contrario, la congresista Ileana Ros-Lehtinen, líder de los republicanos en el Comité de Asuntos Exteriores, calificó la decisión de "totalmente equivocada" y advirtió de que "socavará significativamente" los "intereses y prioridades de seguridad nacional y política extranjera en Honduras y en toda esa región".
Entre medias, un por una vez muy diplomático Manuel Zelaya se declaraba satisfecho por el "recrudecimiento" de la postura estadounidense y llamaba al gobierno de facto que provocó su salida de la presidencia hondureña a "reflexionar" sobre sus "errores" y a aceptar de una vez la propuesta mediadora de Costa Rica.
Y eso que la reacción estadounidense estuvo lejos de sus demandas iniciales. Zelaya había reclamado que Washington declarara de una vez por todas que los sucesos de junio constituyeron un golpe "militar" - no lo hizo, aunque sí lo calificó ya de "golpe de Estado" y no solamente "golpe"- y, también, que efectuara una declaración "contundente" sobre las violaciones de derechos humanos en su país denunciadas por organizaciones internacionales, tema que no mencionó el Departamento de Estado en su nota oficial.
La pregunta que flota en el aire tras la decisión oficial que no acabó de convencer a tantos es sin embargo qué más debe, o quizás puede, hacer Estados Unidos con respecto a Honduras.
Para el experto en América Latina Peter Hakim, la Administración de Barack Obama está tratando de seguir un camino "intermedio" en el marco de una actuación "colectiva" con el resto del hemisferio, específicamente con la Organización de Estados Americanos (OEA).
"Estados Unidos no quiere ser el martillo. El hecho de que tenga un programa de ayudas grande (para Honduras) no tiene por qué significar que se convierta en la principal fuente de presión", dijo el director del centro Diálogo Interamericano a la agencia dpa.
"Hay un esfuerzo colectivo y Estados Unidos no es más que otro de muchos países (...). Si (Washington) está tratando de usar procesos diplomáticos con Cuba, Irán o Corea del Norte, ¿por qué no deberíamos usarlos con Honduras? El hecho de preferir una solución no significa que tengamos que usar la fuerza militar para lograrla".
Y tampoco hay que olvidar, apuntó, los otros factores "externos" a Honduras que Estados Unidos no puede dejar de considerar, tanto de puertas para afuera como domésticamente, donde la crisis hondureña ya ha "parado" la nominación de puestos clave de la política exterior como el del secretario de Estado para Asuntos Hemisféricos.
En el plano internacional, Estados Unidos camina en una zona de arenas movedizas donde cualquier paso dado por la "potencia yanki" es mirada con suspicacia. De hecho, con respecto a Honduras Washington ha sido criticado casi a partes iguales tanto por no hacer lo suficiente como por hacer demasiado, tal como recordó Obama el mes pasado.
Y domésticamente la cuestión hondureña le ha provocado a la Casa Blanca más de un quebradero de cabeza en momentos en que ya tiene bastantes problemas con su propia agenda interna, con una parte no desdeñable de congresistas y senadores estadounidenes -a los que tendría que consultar si quiere declarar el golpe "militar"- abogando abiertamente por el gobierno de facto hondureño.
Con todo, el presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara Baja norteamericana, el demócrata Howard Berman, alertó que el tiempo corre en contra de todo el hemisferio.
"La democracia y el imperio de la ley no están tan establecidos en este hemisferio como para que el golpe pueda ser tratado de forma aislada y como una excepción admisible", dijo en una columna en el diario "Los Angeles Times".
"Cuanto más se tarde en resolver esto, menos legítimas serán las elecciones de noviembre y para toda la región será más empinada la escalada para salir de este agujero".