Debo decir, de inicio, que no padezco de necrofilia. Por el contrario, amo profundamente lo vivo y todo lo viviente, tanto por mi forma de percibir y sentir las cosas, como por mi formación profesional. ¡Tremendo contrasentido sería que un biólogo no amara todas las maravillosas manifestaciones en cómo se expresa la vida! Pero tampoco padezco de necrofobia, y confieso que desde muy niño le perdí el miedo a los cementerios y, ¡cómo no!, si una buena parte de mi infancia estuvo marcada de manera cotidiana por cementerios y funerales.
Nuestra familia se había mudado de la natal Naranjo y, con apenas cuatro años de edad yo, nos establecimos en Barrio Bolívar, al suroeste de la capital, en un entorno signado por lo fúnebre. Nomás a la salida del barrio nos recibían a bocajarro el Cementerio de Extranjeros y la Iglesia de Las Ánimas -exactamente donde estuvo el cementerio que acogió a numerosos muertos durante la infausta epidemia de cólera de 1856- y, hacia el oeste, los cementerios General y de Obreros; más abajo, el Cementerio Calvo, que era un predio de deterioradas cruces dispersas entre un montazal, donde aún hoy se entierra a indigentes o a personas abandonadas en los hospitales.
Como la iglesia de Las Ánimas era el sitio más cercano a éstos, casi todos los días había funerales, y a veces varios un mismo día. Aunque en esa época nadie robaba carros, ya existían los cuida-carros, supongo que más bien para evitar que les causaran daños, y entonces un día debuté como tal, inducido por mi hermano Ricardo, y como imitación de otros niños de nuestro barrio. ¡Ah labor! Mientras otros cuidaban varios carros a la vez, como es la norma, nosotros dos -de honestos e ingenuos que éramos- nos sentamos en el borde de la acera, al lado de un solo carro durante más dos horas, pues su dueño asistió al funeral completo. Al final nos dio una moneda de 50 céntimos, es decir, un macizo “cuatro” que debimos repartirnos de manera equitativa. ¡Nunca ha habido un carro mejor vigilado en toda la historia del cuida-carrismo, ni trabajadores tan contentos con su paga!
Otras anécdotas se relacionan con sepelios y panteones. Como era común que jugáramos fútbol en la calle, a veces debíamos suspender la mejenga, recoger la bola y, con el debido respeto, observar el cortejo. Pero cuando había entierros de lujo, en los que el difunto era transportado en una lujosa carroza de gruesas ventanas y tirada por elegantes percherones adornados con crespones negros o morados, nos sumábamos a la multitud por un rato, o esperábamos para ir al cementerio después. En una de esas, de tanto que lloraban al muerto, recuerdo que también solté el llanto, y hasta terminé abrazado con buena parte de la afligida parentela, y ellos consolándome a mí. Es decir, fui lloriqueón gratuito, fracasado émulo de las célebres plañideras.
Como habrán captado los lectores, es evidente que lo fúnebre no fue mi fuerte en el aspecto laboral, pues fracasé como cuida-carros y también como plañidero. Creo que si un día se me ocurriera establecer una funeraria, de seguro que la gente dejaría de morir.
Pero, también, también tuvimos ciertas satisfacciones. Puesto que el nuestro era un barrio de casas hacinadas y calles algo estrechas, exceptuando un lote enmalezado donde hoy está la Clínica Moreno Cañas, no teníamos dónde jugar a nuestras anchas. De modo que el Cementerio General, que era el más cercano y mejor cuidado -bueno, salvo el de Extranjeros, del cual en la casa y el barrio nos habían advertido que era pecado ingresar, pues albergaba a evangélicos- se convirtió en un patio de juegos comunal, y especialmente apto para jugar “escondido”; por cierto, siempre fuimos muy respetuosos y nunca causamos daños en dicho predio.
Asimismo, recuerdo que para la época de los exámenes de bachillerato confluían numerosas muchachas de algunos barrios capitalinos -entre ellas varias de mis hermanas-, para estudiar en medio de la tranquilidad de ese camposanto, en el que incluso había pequeños quioscos metálicos, con asientos para descansar. Es decir, había cierto aire de festividad, con los alisios de fin de año inundando el ambiente, y las muchachas luciendo su belleza, ya sin los feos uniformes.
Sin embargo, conservo un desagradable recuerdo. Una tarde, cuando ya oscurecía, los compañeros de juego me encerraron por largo rato en un larguísimo túnel o pasillo subterráneo, en cuyos flancos hay centenares de nichos. Me asusté tanto, que ese episodio se convertiría en una pesadilla recurrente por años, y es que de súbito surgía un bulto oscuro, con forma medio humana, que me perseguía, ante el cual me inmovilizaba y enmudecía al querer gritar.
Afloran en mi mente estas evocaciones a propósito de la reciente noticia de que, gracias a una iniciativa del Centro de Patrimonio Cultural (CICOPAC) y la Junta de Protección Social, se quiere organizar tours o visitas guiadas en el Cementerio General.
Aunque suelo visitar la tumba de mis padres en dicho cementerio, nunca se me había ocurrido tomarme el tiempo para recorrerlo aleatoriamente, por cualquier vereda, por el puro gusto de leer nombres, fechas y epitafios, o disfrutar de la variedad escultórica o arquitectónica ahí presente. De hecho, fue por la ocurrencia de buscar un día la tumba del eximio biólogo Clodomiro Picado Twight, que me topé con la del Dr. Karl Hoffmann, naturalista y cirujano mayor de nuestra tropas de la Campaña Nacional, y esto me imantó hasta hoy, pues descubrir esa percudida pero sobria tumba de mármol, me llevó a profundizar en sus aportes, y a escribir dos libros sobre él.
Desde entonces visito dicho cementerio y otros con mayor asiduidad, para recabar datos para varios proyectos sobre naturalistas y otros científicos. Hay en ellos una gran riqueza de información en las placas de las tumbas -así como en los correspondientes archivos-, la cual a veces no aparece en otras fuentes documentales. Además, ahí es posible detectar insospechadas relaciones de parentesco o afinidades. Por ejemplo, el suizo Pablo Biolley reposa en el pequeño panteón de la familia Bonnefil, con la que estuvo emparentado; el alemán Guillermo Witting en la del prócer Juan Mora Fernández, suegro suyo; el alsaciano Carlos Wercklé en la del naturalista José Cástulo Zeledón pues, víctima del alcoholismo, murió en el abandono; y el alemán Alexander Bierig, quien muriera solitario y pobre, en una tumba de sus hermanos masones.
Retornando a la cuestión de las visitas guiadas, hace unos meses hicimos un recorrido por nuestra cuenta, para ubicar las tumbas de combatientes de la Campaña Nacional y, frente a cada una -con la ayuda de conocedores del tema- conversar sobre su participación en tan definitoria gesta, sus relaciones familiares, etc. En realidad, las tres horas que estuvimos ahí se hicieron cortas para profundizar suficiente en tan interesantes cuestiones. Justamente, ese sábado comentábamos cuán oportuno sería que se pudiera hacer tours de carácter histórico.
Así que, bienvenida esta excelente iniciativa del CICOPAC y la JPS, que incluye un catálogo del Cementerio General, el cual permitirá aprovechar al máximo los recorridos por este importante sitio, declarado ya como parte del patrimonio histórico arquitectónico nacional. Así se podrá aprender mucho de nuestro pasado, y mediante un método inusitado, a la vez que se tributa un homenaje a la memoria de quienes -de una u otra manera-, contribuyeron a forjar la patria que hoy somos.