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Entre tumbas

Luko Hilje Q.

Fuente: elpais.cr  | 09/11/2009
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Debo decir, de inicio, que no padezco de necrofilia. Por el contrario, amo profundamente lo vivo y todo lo viviente, tanto por mi forma de percibir y sentir las cosas, como por mi formación profesional. ¡Tremendo contrasentido sería que un biólogo no amara todas las maravillosas manifestaciones en cómo se expresa la vida! Pero tampoco padezco de necrofobia, y confieso que desde muy niño le perdí el miedo a los cementerios y, ¡cómo no!, si una buena parte de mi infancia estuvo marcada de manera cotidiana por cementerios y funerales.


Nuestra familia se había mudado de la natal Naranjo y, con apenas cuatro años de edad yo, nos establecimos en Barrio Bolívar, al suroeste de la capital, en un entorno signado por lo fúnebre. Nomás a la salida del barrio nos recibían a bocajarro el Cementerio de Extranjeros y la Iglesia de Las Ánimas -exactamente donde estuvo el cementerio que acogió a numerosos muertos durante la infausta epidemia de cólera de 1856- y, hacia el oeste, los cementerios General y de Obreros; más abajo, el Cementerio Calvo, que era un predio de deterioradas cruces dispersas entre un montazal, donde aún hoy se entierra a indigentes o a personas abandonadas en los hospitales.


Como la iglesia de Las Ánimas era el sitio más cercano a éstos, casi todos los días había funerales, y a veces varios un mismo día. Aunque en esa época nadie robaba carros, ya existían los cuida-carros, supongo que más bien para evitar que les causaran daños, y entonces un día debuté como tal, inducido por mi hermano Ricardo, y como imitación de otros niños de nuestro barrio. ¡Ah labor! Mientras otros cuidaban varios carros a la vez, como es la norma, nosotros dos -de honestos e ingenuos que éramos- nos sentamos en el borde de la acera, al lado de un solo carro durante más dos horas, pues su dueño asistió al funeral completo. Al final nos dio una moneda de 50 céntimos, es decir, un macizo “cuatro” que debimos repartirnos de manera equitativa. ¡Nunca ha habido un carro mejor vigilado en toda la historia del cuida-carrismo, ni trabajadores tan contentos con su paga!


Otras anécdotas se relacionan con sepelios y panteones. Como era común que jugáramos fútbol en la calle, a veces debíamos suspender la mejenga, recoger la bola y, con el debido respeto, observar el cortejo. Pero cuando había entierros de lujo, en los que el difunto era transportado en una lujosa carroza de gruesas ventanas y tirada por elegantes percherones adornados con crespones negros o morados, nos sumábamos a la multitud por un rato, o esperábamos para ir al cementerio después. En una de esas, de tanto que lloraban al muerto, recuerdo que también solté el llanto, y hasta terminé abrazado con buena parte de la afligida parentela, y ellos consolándome a mí. Es decir, fui lloriqueón gratuito, fracasado émulo de las célebres plañideras.


Como habrán captado los lectores, es evidente que lo fúnebre no fue mi fuerte en el aspecto laboral, pues fracasé como cuida-carros y también como plañidero. Creo que si un día se me ocurriera establecer una funeraria, de seguro que la gente dejaría de morir.


Pero, también, también tuvimos ciertas satisfacciones. Puesto que el nuestro era un barrio de casas hacinadas y calles algo estrechas, exceptuando un lote enmalezado donde hoy está la Clínica Moreno Cañas, no teníamos dónde jugar a nuestras anchas. De modo que el Cementerio General, que era el más cercano y mejor cuidado -bueno, salvo el de Extranjeros, del cual en la casa y el barrio nos habían advertido que era pecado ingresar, pues albergaba a evangélicos- se convirtió en un patio de juegos comunal, y especialmente apto para jugar “escondido”; por cierto, siempre fuimos muy respetuosos y nunca causamos daños en dicho predio.


Asimismo, recuerdo que para la época de los exámenes de bachillerato confluían numerosas muchachas de algunos barrios capitalinos -entre ellas varias de mis hermanas-, para estudiar en medio de la tranquilidad de ese camposanto, en el que incluso había pequeños quioscos metálicos, con asientos para descansar. Es decir, había cierto aire de festividad, con los alisios de fin de año inundando el ambiente, y las muchachas luciendo su belleza, ya sin los feos uniformes.


Sin embargo, conservo un desagradable recuerdo. Una tarde, cuando ya oscurecía, los compañeros de juego me encerraron por largo rato en un larguísimo túnel o pasillo subterráneo, en cuyos flancos hay centenares de nichos. Me asusté tanto, que ese episodio se convertiría en una pesadilla recurrente por años, y es que de súbito surgía un bulto oscuro, con forma medio humana, que me perseguía, ante el cual me inmovilizaba y enmudecía al querer gritar.


Afloran en mi mente estas evocaciones a propósito de la reciente noticia de que, gracias a una iniciativa del Centro de Patrimonio Cultural (CICOPAC) y la Junta de Protección Social, se quiere organizar tours o visitas guiadas en el Cementerio General.


Aunque suelo visitar la tumba de mis padres en dicho cementerio, nunca se me había ocurrido tomarme el tiempo para recorrerlo aleatoriamente, por cualquier vereda, por el puro gusto de leer nombres, fechas y epitafios, o disfrutar de la variedad escultórica o arquitectónica ahí presente. De hecho, fue por la ocurrencia de buscar un día la tumba del eximio biólogo Clodomiro Picado Twight, que me topé con la del Dr. Karl Hoffmann, naturalista y cirujano mayor de nuestra tropas de la Campaña Nacional, y esto me imantó hasta hoy, pues descubrir esa percudida pero sobria tumba de mármol, me llevó a profundizar en sus aportes, y a escribir dos libros sobre él.


Desde entonces visito dicho cementerio y otros con mayor asiduidad, para recabar datos para varios proyectos sobre naturalistas y otros científicos. Hay en ellos una gran riqueza de información en las placas de las tumbas -así como en los correspondientes archivos-, la cual a veces no aparece en otras fuentes documentales. Además, ahí es posible detectar insospechadas relaciones de parentesco o afinidades. Por ejemplo, el suizo Pablo Biolley reposa en el pequeño panteón de la familia Bonnefil, con la que estuvo emparentado; el alemán Guillermo Witting en la del prócer Juan Mora Fernández, suegro suyo; el alsaciano Carlos Wercklé en la del naturalista José Cástulo Zeledón pues, víctima del alcoholismo, murió en el abandono; y el alemán Alexander Bierig, quien muriera solitario y pobre, en una tumba de sus hermanos masones.


Retornando a la cuestión de las visitas guiadas, hace unos meses hicimos un recorrido por nuestra cuenta, para ubicar las tumbas de combatientes de la Campaña Nacional y, frente a cada una -con la ayuda de conocedores del tema- conversar sobre su participación en tan definitoria gesta, sus relaciones familiares, etc. En realidad, las tres horas que estuvimos ahí se hicieron cortas para profundizar suficiente en tan interesantes cuestiones. Justamente, ese sábado comentábamos cuán oportuno sería que se pudiera hacer tours de carácter histórico.


Así que, bienvenida esta excelente iniciativa del CICOPAC y la JPS, que incluye un catálogo del Cementerio General, el cual permitirá aprovechar al máximo los recorridos por este importante sitio, declarado ya como parte del patrimonio histórico arquitectónico nacional. Así se podrá aprender mucho de nuestro pasado, y mediante un método inusitado, a la vez que se tributa un homenaje a la memoria de quienes -de una u otra manera-, contribuyeron a forjar la patria que hoy somos.


(luko@ice.co.cr)

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Comentarios - 10

10 | Marina volio Brenes   17-11-2009
Mis sinceras felicitaciones por tan interesante relato sobre su infancia y lo que significaron la muerte y los cementerios en otros tiempos. Como siempre vivimos en Santa Ana, hasta el dia de hoy, parte posterior de la Centenaria Iglesia Parroquial, desde pequeña, por una de las enrejadas ventanas de la Villa Sorelois, me acostumbre a sentir un enorme respeto por los funerales, en especial me impresionaban los pequeños ataudes blancos de los niños pequeños que morian de parasitos intestinales y otras enfermedades infantiles. Y eso me dolia y me parecia injusto. Pero un pueblo pequeño como el nuestro no tenia un cementerio fastuoso como el de San Jose, pero eso si, muy bien cuidado y encalado como permanece hasta el dia de hoy. No fue sino cuando ingrese al UCR que inquieta por la investigacion historica, acompañaba a don Rafael Obregon Loria, los domingos, para tomar datos genealogicos de las principales familias. Su extraordinaria pluma me ha traido tambien a la mente muchos recuerdos de los funerales de mi padre y de mi madre que ya no descansan en el. Y que seria largo de contar todos los secretos que encierran sus funerales....... Por eso al igual que Ud. me parece muy valioso que se rescate todo ese patrimonio nacional por medio de la Junta de Proteccion Social. Tal vez asi nuestro pueblo recupere tambien su Historia Nacional.
9 | Gilbert Fuentes González   11-11-2009
Exquisito tu relato. Como siempre te leo con deleite y admiración por la forma amena que tratas todos los temas. Por cierto, no sé si cuando te mudaste al Barrio Bolívar todavía existía "el bebedero" (no la cantina), que era un tanque de agua de concreto, situado frente al remanente de un cementerio que albergó a los que fallecieron por cólera después de la Campaña (creo que ahora es un "playground"). Saludos cordiales
8 | Yetty   11-11-2009
Una excelente iniciativa de los tours. De niños, adolescentes y mayorcitos siempre contemplamos fascinados las bellísimas obras de arte de las esculturas, tumbas y mausoleos con sus extraordinarios mármoles. Y que decir de relacionar los nombres de dichos personajes con la historia nacional y sentir, un respeto reverencial por el papel que desempeñaron y, ávidos seguir descubriendo más y más nombres de nuestros mayores que descansan en paz ( o quizá no tan en paz) y de otras conocidas y amigas, quizá con sus anécdotas en este más de medio siglo que nos ha tocado vivir y que nos deja alimentar los recuerdos. Concuerdo plenamente con los comentarios anteriores. El Cementerio General es, una materia obligada para los visitantes que se van admirados de nuestro cementerio y del cuidado que le dan. Una joyita cultural que tenemos que preservar..
7 | Nieves Quirós   11-11-2009
gracias primo por este hermosísimo recordatorio y parte de esas anécdotas tuyas, las viví cuando íbamos de vacaciones a la gran ciudad y fue mi primera impresión en San José, ir a ver los hermosos caballos negros en cortejos lujosos, algo muy diferente en esos tiempos, a lo que veíamos en nuestro amado pueblo sancarleño. Guardo gratos recuerdos y también disfruté de esas joyas arquitectónicas, donde desarrollé el gusto por estas obras de arte, cuando acompañaba a una de tus hermanas para que estudiara con tanta paz y silencio. Aquí a la distancia, te envío mis cariños y gracias por enviarme tan preciado artículo.
6 | RAFAEL ENRIQUE MONTERO ESQUIVEL   11-11-2009
Luko, gracias por compartir estos artículos que nos llevan a tiempos de nuestros abuelos y bisabuelos. En el GENERAL, tengo a muchos familiares y amigos que un día hicieron muy amena mi vida, los sigo recordando y no por eso vivo en el pasado. De ellos hay muchos que fueron destacadísimos y ejemplo para los jóvenes. Costa Rica, ya debe rescatar los valores éticos y morales que sembraron esos guayacanes y el valor y paciencia de las dignas mujeres que los acompañaron. Saludes, Billy Montero Monte Sky Reserva Natural-Desarrollo Humanoç Purisil de Orosi-Paraíso-Cartago tel. 2228-0010
5 | Silvia Melendez   11-11-2009
Luko: siempre me han atraído los cemeterios, y buscar gente conocida. No sé si conocés el de San Vito de Coto Brus, interesantísimo!!! Y en la parte alta de la colina, rodeado de pinos, la de don Vito Sansoneti, doña Olivia Tinoco, y su hijo. Las tumbas de los italianos se diferencian de las de los ticos: tienen fotos de los fallecidos....
4 |    11-11-2009
Luko: no se si lo conocés, pero el de San Vito es interesantísimo!!! Y por supuesto en la parte alta de la colina, don Vito Sansoneti, doña Olivia Tinoco y un hijo de ellos.... Las tumbas de los italianos son diferentes a las de los "ticos", ponen foto del difunto.
3 | Jorge Castro G.   10-11-2009
Buen tema don Luko; realizare mi primera visita este fin de semana...Que interesante!!!
2 | Josué Quirós Abarca   10-11-2009
Compañero excelente relato y comparto su apoyo al proyecto, la mejor idea en ya hace un buen tiempo! siempre es necesario aprender nuestra historia y no olvidarla, porque sino nos ocurren cosas como que dos hermanos, ancianos (y sí sí no hablo de los Tinoco) hayan tomado el poder de Costa Rica
1 | Leonor   09-11-2009
Hermosísimo relato don Luko, un verdadero descanso para la mente. También en el General hay una tumba de un general francés a quien tuve que investigar, a pedido de sus nietos franceses, y logramos averiguar que murió por suicidio. Una historia digna de un cuento futuro, que escribiré un día, cuando recuperemos la paz y la dignidad en el país.
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