No estoy indignado, estoy furioso

Estoy muy viejo para lanzarme a las calles, formando parte del grupo de manifestantes furiosos que deberían poner orden a los desmanes de políticos y funcionarios que conforman la mafiocracia de este país, así sea con la violencia, si fuera necesario, pues mi energía no es la de antaño. Pero estoy dispuesto a colaborar en todo lo que me sea posible, a fin de sacar de los tres poderes a tanto corrupto, a tanta persona que goza de las prebendas que un sistema perverso, instaurado legalmente por ellos mismos, en la medida que mis fuerzas me lo permitan.

Esto se lo escuché a un distinguido personaje del mundo intelectual y académico de este país, a quien respeto y admiro enormemente por su claridad e integridad intelectual y por su patriotismo sin límites, pero que ya supera la venerable edad de los setenta años.

¡No estoy indignado, estoy furioso!, me decía mostrando en su voy una energía que no esperaba en él, cansado ya de las luchas de años por formar nuevas generaciones honestas y comprometidas con los mejores ideales del país. Y yo lo contemplaba fascinado, con una mezcla de sentimientos de admiración y vergüenza, porque admiraba la fuerza de quien realmente ama este país y demuestra una energía que no percibo en las nuevas generaciones, adormecidas por el consumismo y la intoxicación mediática a que están sometidas, como parte de un plan mucho mayor de sojuzgamiento intelectual y material, diseñado por los poderes que manejan actualmente el planeta, como parte de un capitalismo neoliberal globalizado, en el peor sentido de la palabra. Y de vergüenza por mí mismo y mis compatriotas, que demostramos una cobardía sin límites ante tanta injusticia, tanto latrocinio, enquistados como estamos en nuestro individualismo y un egoísmo patológico.

¡No estoy indignado, estoy furioso! Quizá esta expresión resume lo que muchos costarricenses sentimos en este momento por varias razones: en primer lugar, porque se ha destapado al fin la inmensa podredumbre que carcome a los tres poderes de la república; en segundo lugar, porque nos sentimos estafados nuevamente por un aparato partidario que sistemáticamente engaña al pueblo cada cuatro años, con promesas falsa, con demagogia y con la doble moral de quienes viene usufructuando el poder desde hace decenios (son siempre los mismos) y apropiándose de los bienes públicos, de una forma o de otra; en tercer lugar, por la pasividad y la cobardía de la mayoría de los ciudadanos, por las indiferencia de la juventud, por el silencio cómplice de los gremios; y en cuarto lugar, porque se observa cómo existe una red de complicidades, local e internacional, alrededor de los gobiernos neoliberales que asolan el planeta, causan catástrofes financieras, expolian los recursos naturales de los país, y para ello no les importa irse en contra de la constitución y las leyes de un país.

Pero ¡cuidado!, que la indignación y las protestas –si es que se dieran- no queden, como hemos visto en otros países, a pesar de los muertos y los heridos producidos en ellos por una represión violenta por parte de las autoridades, en una “primavera” que dura tan poco como la primavera misma.

Por ello, creo importante transcribir aquí unos párrafos que leí en un documento sobre el tema, hace ya algún tiempo y que resume muy bien lo que ha estado sucediendo en otros países, y que podría suceder en el nuestro.

Protestar, indignarse, expresar esa indignación parece que molesta a los políticos y es motivo suficiente ya, para ser golpeado, detenido, desalojado del suelo que según todas las leyes, pertenecen al pueblo. Por lo menos así es como hemos visto las reacciones en los Estados Unidos de Norteamérica (San Francisco, Seattle, Nueva York, etc.)

La consigna internacional, global, es clara: “machacar a todo el que proteste”, destruirle, golpearle, echarle encima a los perros. Hacerles desaparecer, romper su imagen, callar sus palabras y el sentido de su protesta. Los medios afines al nuevo régimen global se encargan de distorsionar dicha protesta para impedir nuevos adeptos. Lo hacen desde que empezaron los movimientos antiglobalización que protestan en las cumbres. Aunque en las manifestaciones han participado miles de personas pacíficas, los medios los han retratado y encasillado como grupos violentos, agresivos y sin ideas.

Es tan repugnante y descarada la opresión, que propagar la protesta resulta cada día más fácil, y los políticos tienen miedo. Todo el mundo está indignado, de una manera o de otra, por un motivo o por otro… unos más otros menos, pero todos vivimos asqueados por el hedor que desprende la situación internacional, la hipocresía política, porque todos sufrimos las consecuencias. Las libertades se marchitan día tras día para dar paso a un nuevo orden mundial en el que no cabe la protesta, ni la libre expresión. Quieren esclavos dóciles que ni siquiera sepan lo que significa la palabra revolución.

Si el pueblo no puede responder, expresarse… si no podemos protestar, ¿qué opción nos dejan? Que nos digan entonces cómo quieren que la gente exprese su opinión. ¿Por mail? ¿Por fax… palomas mensajeras? Como sea pero que no molesten, que no interrumpan este desfalco mundial, este fascismo renovado que va perdiendo poco a poco su falso disfraz de cordero democrático.

¿A quién le sorprende? Hasta ahora, y es lo más valioso de esta revolución de indignados, es que es pacífica. Es coherente, es lógica y responde a un sentimiento general. No es ni tiene porqué serlo, una propuesta política o económica o una extensión de ningún partido político. Es simplemente una necesidad básica del ser humano; la de protestar, la de revelarse a la violación, a la agresión, al abuso. La necesidad de pelear por un futuro que se cierra y se bloquea.

Los políticos, asustados, saben que la fuerza de este movimiento contagioso reside en eso, en que es pacífico. Saben que esa fuerza se debilitará en cuanto puedan decir en las noticias que los indignados son terroristas o son violentos, o criminales. Felices son que los hackers ataquen las webs oficiales y provoquen caos, felices estarán el día que puedan vincular a los indignados con explosiones o muertes de inocentes. En cuanto tengan la imagen de un indignado disparando, quemando, golpeado… será el fin. Y si no obtienen rápido esa imagen, la inventarán. La fabricarán. Poco a poco van infiltrando a sus agentes entre la multitud para llevar a cabo su siniestro plan de acabar con el movimiento antes de que sea demasiado tarde, porque en mi modesta opinión, este movimiento tiene el potencial y la capacidad de cambiar el mundo.

Los indignados se han convertido casi en la última esperanza para mucha gente. Si no pierden la sinceridad, si no dejan de ser pacíficos, pueden llegar lejos, aunque el camino sea largo y complicado. Gandhi decía que abandonar la violencia no significaba abandonar la lucha. Hay que eliminar la violencia pero no la lucha pacífica y perseverante, aunque me asusta pensar de lo que serán capaces los gobiernos para no perder el control de la situación, para no torcer su plan de globalización neofascista que tienen diseñado.

¿Impresionante, verdad? Pues ahora reflexione Usted sobre nuestra situación y dígame, sinceramente: ¿no estamos al borde de un levantamiento popular en contra de los círculos perversos de la corrupción que se han apoderado de los tres poderes de la república, que conducen los partidos políticos y guían el comportamiento de las empresas privadas?

Sabemos que el gobierno (y el ICE, por su lado) poseen mecanismos mediante los cuales espían y monitorean las comunicaciones de los ciudadanos, en contra del régimen legal existente; que se ha establecido una intrincado laberinto de interpretaciones legales para impedir que se presenten denuncias en contra de gobernantes y funcionarios, persiguiendo a quienes las realicen (caso del Ministerio de Hacienda, por ejemplo); que a los medios de comunicación independientes informatizados se les dificulta las comunicaciones electrónicas intencionadamente, a fin de que no difundan lo que los medios tradicionales, en poder de los grandes capitales interesados en mantener el status quo, evitan hacer conocer a los ciudadanos.

¿Hemos llegado, pues, a riesgo de una represión violenta por parte de las fuerzas policiales, a convocar a las distintas fuerza sociales para que tomen en sus manos el poder, ejerciendo la presión indispensable y necesaria para que las protestas se realicen multitudinariamente (como en el caso del Combo del ICE, de triste memoria), pero esta vez en contra de lo que ya no se puede ocultar: la corrupción generalizada? Todo parece indicar que sí, pero también indica que no existe en los ciudadanos el coraje y la valentía como para lanzarse a la calle y expresar su indignación y su furia. Y mientras ello no se supere, los mismos corruptos de siempre, apoyados localmente por la red globalizada de corrupción que patrocina el neoliberalismo, nada se podrá hacer.

Ahora comprendo la furia de mi entrañable amigo, y le doy la razón.