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Sobre la identidad social de la izquierda (IV)

Fuente: José Luis Vega Carballo  |  2010-02-03

Columna “Pensamiento Crítico”

Desde sus orígenes en la Revolución Francesa la izquierda inconformista tuvo como guía y parte de su identidad a los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad en los cuales se asentaron, primero, los Derechos Civiles o políticos, luego los Sociales o laborales, y más recientemente la nueva generación de Derechos Especiales: de ambiente, género, diversidad, edad, etnia o cultura, información, etc., cobijados todos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Son esos los valores y Derechos Humanos Integrales (DHI) que conjuntamente apuntan a la emancipación humana en todas las esferas de la actividad social, buscando garantizar un entorno favorable al más elevado desarrollo de las potencialidades humanas en sociedad, negadas por el capitalismo y en las que no cree la derecha.  Y cuando decimos “actividad social” se incluyen allí todos sus diversos aspectos, a distinguir solo para efectos de análisis: economía y mercados; política y autoridad estatal; comunicación e información; ciencia y tecnología; cultura y civilización, o en general “hábitat construido” para distinguirlo del “hábitat natural”.

Se oye con frecuencia decir – y no sin razón- que la izquierda ha llegado tarde a su cita los DHI, a pesar de que sus luchas históricas los impulsaban. Muchos sectores los consideraban, como la democracia, armas de la burguesía liberal para apaciguar el movimiento obrero y cooptar a los partidos socialistas y socialdemócratas. Sin embargo, superados a finales del siglo XX esos reiterados prejuicios – se comprobó que las clases obreras y medias podían mejorar su condición en democracias amparadas por los DHI-, últimamente ser de izquierda conlleva un rechazo a toda dictadura y, a la vez, el colocar a la democracia, al Estado Social de Derecho y a aquella Declaración Universal en el primer plano de la lucha internacionalizada contra la explotación, la opresión y la exclusión capitalistas. Esto, como bien señaló Marx, equivale a situar a los ciudadanos como “sujetos de derechos”, no solo como simples agentes económicos o de mercado: propietarios, proletarios o consumidores atomizados. Además, implica reconocer que los DHI han sido un eje alrededor del cual han girado incontables luchas políticas de clase, libradas por la izquierda inconforme contra la inhumanidad del capitalismo neoliberal, bajamente respaldada por la derecha. Ahora expandido por todo el mundo, choca con múltiples resistencias y crecientes ataques, en gran parte debido que las izquierdas han promovido nuevas formas de democracia radical, participativa o directa, las cuales han dado aliento a ciudadanías cada vez más activas, militantes y, por eso mismo, enfrentadas al capitalismo salvaje y a los dominios de la derechiza.

Así, la economía capitalista y sus llamadas “leyes del mercado” resultan ser solo un aspecto o dimensión de una realidad social omnicomprensiva, de la cual forman parte integral la economía y la organización política estatal, lo mismo que los valores y a la formación de derechos ciudadanos. Reivindicar “lo social” desde la izquierda implica, pues, impugnar dos tesis derechistas centrales. Primera, que las leyes del mercado capitalista son “leyes naturales” que, por ende, operan universalmente fuera de la historia imponiéndose a la sociedad como algo inmanejable e irrevocable. Segunda, que ciertos valores y derechos individuales que defiende (como el de la propiedad privada, la libertad de empresa, las patentes, o los de la moral religiosa conservadora) tienen carácter natural, o bien son sobrenaturales, eternos e inmutables, lo cual impide se les  actualice y perfeccione mediante luchas y cambios históricos de la realidad social.

El hecho de que para la izquierda, como lo propone su ala marxista, la economía sea la base o infraestructura de las sociedades sobre la que se levantan las demás estructuras, no le quita a la  economía y al mercado su carácter de construcciones sociales, ni mucho menos la necesidad de su ajuste a valores y derechos superiores de protección y desarrollo de la vida en sociedad, elaborados a través de infinidad de luchas de los más débiles contra los más fuertes, de los dominados contra los dominadores. Es justamente a estos valores, derechos y criterios, a los que debe remitirse la izquierda hoy más que nunca en su inconformidad. En primer lugar, para combatir a la derecha capitalista abanderada de los poderosos, e interesada en enterrar muchos de los DHI, en especial los no vinculados a la defensa de la propiedad y los privilegios privados; segundo, para ampliar y fortalecer, por encima de cualquier frontera, los ámbitos de aplicación y mayor desarrollo de ese cuerpo de derechos universales en fomento de sociedades democráticas, pluralistas y abiertas; y tercero, para elaborar la “dimensión social” de su identidad y estrategia en los frentes específicos de la economía, la política, la comunicación y la cultura, según las condiciones de cada sociedad y del mundo. No hacerlo implica mantener antiguas dudas gratuitas, así como cometer una flagrante equivocación política, dándole formidables ventajas ideológicas a la derecha; tal como sucedió cuando ésta, alentada por la llamada “revolución neoconservadora” de la era Reagan-Thatcher, avanzó a más no poder en la defensa fundamentalista de dudosos valores individualistas y racistas, al estilo sembrado por las sectas estadounidenses. Hoy este proyecto está en retroceso, bajo el peso de un colapso terminal del neoliberalismo globalista.

Hay para la izquierda, en lo último trazado, una gran oportunidad junto a un imperativo por cumplir, a saber, renovar la lucha por más y mucha más democracia, como régimen de ciudadanías libres, fundado sobre los DHI y apuntalado por Estados de Bienestar Social a ser reinventados en una escala regional y global. Por tanto, hoy día, toda la izquierda debe afirmar un indeclinable compromiso con la estrategia de supeditar las economías (global, regionales y nacionales), junto a sus correspondientes sociedades civiles, a derechos, criterios y políticas radicales de beneficio e integración social; posicionándose así mejor contra la derecha, sus maquinarias mediáticas y la bárbara globalización neoliberal que han dado lugar a una verdadera “crisis de civilización”, una catástrofe ética, social y ecológica sin precedentes, en la que la humanidad y todo el planeta se juegan su sobrevivencia, y donde igualmente se plantean los mayores retos para la elaboración del socialismo del siglo XXI.

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