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La Constitución y la realidad

Fuente: Rolando Araya Monge  |  2010-08-25

La situación política, social y económica de un país es un espejo de la conciencia nacional. Nuestros pensamientos, palabras, deseos, recuerdos, temores y decisiones cristalizan la realidad. No las leyes. Los países exitosos deben su superioridad a la educación, los valores y la actuación de sus pueblos. Suecia, Suiza y Canadá, con orientaciones diferentes, deben su alto desarrollo humano a las virtudes de sus habitantes. La pretensión de cambiar la situación a puras leyes y decretos es como intentar embellecer una mujer maquillando su imagen en el espejo.

Sin embargo, la discusión política gira en torno al tratamiento alopático en la economía y la política, no al mejoramiento real de los actores. Una moralidad inoxidable, educación excelente y una buena escala de valores harán funcionar bien a cualquier país. Y, por otro lado, ni la mejor constitución logrará una sociedad feliz en un país de corruptos e indolentes sin educación. La buena ciudadanía es la pieza holística que genera las demás fortunas. En este sentido, el ponderado artículo de Jaime Ordóñez, El espejismo de las Constituyentes, está en la dirección correcta. Ninguna constitución nueva hará el milagro. Las buenas políticas verifican su eficacia si la semilla cae en el terreno húmedo y fértil de pueblos espiritualmente avanzados. Don Jaime sostiene que la fiebre constitucionalista que condujo tanto a Venezuela, como Colombia, Bolivia y Ecuador a cambiar constituciones, no tuvieron ningún efecto positivo. Y agrega, además, que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, ejemplo de abundantes éxitos, han tenido el mismo orden constitucional por largo tiempo.

Aun cuando la última Constitución francesa data de 1959, y tanto Chile como Brasil estrenaron una hace poco tiempo, es cierto que el relativo éxito logrado no se debe a las bondades de sus Cartas Magnas. Con frecuencia se cae en laberintos de espejos siguiendo modas ideológicas. Y muchas veces, ante un corriente vacío filosófico, se acaba dando una mano de pintura al viejo Estado. La historia de América Latina muestra un verdadero cementerio de reformas políticas fracasadas. Cuesta encontrar algún dogma que no haya tenido su primavera latinoamericana, muchas veces impulsadas por conflictos en otros mundos, o bien, como experimentos fatales de algún economista famoso, como fue el caso de la Doctrina Shock, de Milton Friedman, en el Chile de Pinochet.

Dicho esto, y reconociendo que la verdad absoluta no existe en este encierro tridimensional, caemos en el relativismo mundano de los conceptos, pasamos la página y vemos entonces un desfile distinto de evidencias contradictorias. Los años de aguantar desastres políticos en nuestro país han dañado la estructura ósea del sistema, sin posibilidad de autosanación, ni siquiera por una iluminación social. Y en este caso, por bueno que sea el corredor, no ganará si le amarran las piernas.

Los sistemas políticos son formas distintas para tomar decisiones. Decide un dictador, un parlamento, o referendos, según el caso. En la situación actual, la complejidad de la globalización, la aparición de poderes fácticos irreductibles, las tecnologías de información, la influencia mediática y la corrupción han colapsado el sistema de toma de decisiones. Y el tardo Estado analógico se infarta ante el veloz mundo digital.

Costa Rica es una vitrina para ver bien el caos decisional resultante. Una Sala Constitucional autoproclamada omnipotente, intocable, ha llegado a invadir el terreno de las decisiones políticas. La Sala administra, gobierna y, en todo, es la última palabra. Hasta da órdenes tajantes a los diputados. El sistema de contrapesos ha dejado de funcionar. Surge así una extraña dictadura judicial, emparentada somáticamente con una anarquía burocrática que ha enmarañado toda la administración pública. El desbarajuste incita a una funcionaria a ordenar el desalojo del edificio legislativo. “¡Murámonos, Federico!”

Así, la lista de leyes y acciones deseables de don Jaime Ordóñez se topan con una incapacidad total del sistema para decidir. Un solo diputado puede detener ad infinitum una reforma constitucional. En este país no se ha aprobado una sola en los últimos ocho años, y languidecen en proceso cantidades de iniciativas vitales. Cualquier proyecto de ley se empantana y si sale, rebota en la Sala, bien por defectos formales o porque a los magistrados no les gusta. La Sala, ante sí, llegó a reformar la Constitución por el fondo, cuando grandes poderes fácticos quisieron imponer la reelección presidencial. El sistema político se deslegitima, la anomia revela la ruptura del pacto social y hay vastas áreas necrosadas en la administración pública.

Una corrupción orgánica “decora” el cúmulo de problemas crónicos en todos los ámbitos. Los partidos, tomados por inexpertos, deambulan sin norte en una praxis política dominada por una liturgia electoralista gastada. Y la sociedad costarricense, pegada al televisor, ha caído en la hipnosis, una suerte de alienación electrónica paralizante.

La globalización económica ha minado al Estado nacional y a la estructura democrática que le dio sustento. Los dirigentes políticos ni siquiera pueden tomar decisiones para salvar al planeta de los desastres ambientales. Un nuevo leviatán amenaza con destruirnos, pero la sombra de un totalitarismo en el escenario global dificulta el cambio. No hacer nada es permitir que los poderes fácticos se impongan por encima de la ley, la ética y las urgencias para evitar el desastre.

Las circunstancias han cambiado, como ocurrió cuando feneció el feudalismo y emergió la República. Es necesaria una nueva distribución de poder. Un Big Ban de sinapsis sociales permea todo el quehacer humano. La ubicuidad virtual, a través de las redes, perfila un rasgo holocéntrico en las relaciones humanas, y la crisis misma traerá un nuevo humanismo ecológico. La transformación del mundo social necesita de otra en el orden ético, algo así como un renacimiento espiritual, pero también debe reconocerse que el orden político actual responde a una estética en agonía. Seguimos con un caos decisional, un presidencialismo enfermizo, una parálisis burocrática, una pseudo representación parlamentaria y una corrupción viral, como algunos rasgos visibles de un sistema político caduco. Ha llegado la hora de una discusión de fondo.

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