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El temor a la Reforma del Estado

Fuente: Alfonso J. Palacios Echeverría  |  2011-04-27

En diversas oportunidades me he referido al tema de la Reforma del Estado (así, con mayúsculas), aprovechando la oportunidad que brindaba el que algún político despistado o un periodista poco informado se refiriera al tema, por lo general ignorando ambos absolutamente de qué hablaban, o confundiendo reformas impositivas, pequeñas reorganizaciones o cualquier otra cosa de diversa naturaleza, con esta transformación radical.

Y para que quede claro el tema debemos recordar aquí y ahora que este proceso posee dimensiones sumamente complejas que es imposible dimensionar brevemente, pero baste con señalar las siguientes: la primera se relaciona con el replanteamiento ideológico del Estado moderno, que incluye una ruptura filosófico-política en la concepción del Estado, y una visión prospectiva basada en los nuevos paradigmas; la segunda el replanteamiento del rol y las funciones del Estado moderno con base en los mismos paradigmas y las nuevas realidades globales y nacionales; y la tercera en el replanteamiento institucional-organizacional, que incluye el rediseño de la estructura institucional-organizacional del Estado, las transformación del modelo de gestión, y el rediseño de planes y programas de acción.

Suponiendo que las cúpulas de los partidos políticos comprendieran las dimensiones señaladas para este proceso de transformación integral del acuerdo político y social sobre el que se ha fundamentado tradicionalmente el Estado, dada la supina ignorancia que por lo general les caracteriza, no les quedaría más que reaccionar de forma temerosa. Y lo explico.

En primer lugar debemos reconocer que desde hace más de treinta años en América Latina y en la República de Costa Rica particularmente, se inició un largo período de ruptura y transformación en la relación entre el Estado y la Ciudadanía, que ha afectado las instituciones políticas, sociales, culturales y económicas. Y mucho de ello guarda relación con formas de pensamiento que han influenciado externamente los partidos políticos gobernantes, las cuales han debilitado y en algunos casos destruido los mecanismos de las instituciones tradicionales que fundamentan la concepción del Estado.  Para ejemplo de ello tenemos en el siglo pasado el cambio de la concepción liberal patrimonialista del Estado hacia las nuevas corrientes de solidaridad social de mediados del Siglo XX, y luego hacia la corriente revanchista y depredadora del liberalismo de nuevo cuño, cuyas consecuencias estamos contemplando en la actualidad.

Agregándole a este fenómeno de oscilación ideológico-política hay otros que se manifiestan con virulencia inusitada: el avance científico y tecnológico que permite ahora un control social nunca antes sospechado, excepto en novelas de ciencia-ficción; el fenómeno nefasto de la corrupción generalizada en todos y cada uno de los niveles del entramado social; y la transformación desquiciada de las normas, valores y creencias que rigen la sociedad.

Este es el telón de fondo de nuestras reflexiones. Y procedamos ahora a puntualizar algunas de las causales y manifestaciones del temor.

El primero de ellos se relaciona con la ignorancia. Por lo general se teme a lo desconocido, es un temor irracional, visceral, del cual han nacido las religiones, las guerras, las persecuciones más sangrientas de las minorías. Por ello, ¿por qué no habría de temerse a la Reforma del Estado, si en la casi totalidad de los casos no se comprende de qué se trata, y si se comprendiera, su magnitud y complejidad serían suficientes para atemorizar a las mentes débiles e ignorantes que por lo general acceden a los cargos de responsabilidad política y administrativa de los gobiernos y los partidos políticos?

El segundo se relaciona con la incapacidad. Incapacidad ilustrada como es la característica de la formación que se recibe generalmente a través de la educación formal, y que permea a quienes, desde un campo o de otro, se atreven a opinar sobre lo que desconocen. Por lo general quienes llegan a entender el proceso se atemorizan ante los requerimientos intelectuales que exige la conducción del mismo en quienes se comprometieran con él. Una de las características del mundo actual es precisamente el reinado de la mediocridad, pero una mediocridad auto complacida porque está respaldada por títulos universitarios que no tiene más valor que el papel en el que están impresos.

Si es de recurrencia cotidiana el que contemplemos -ya sin asombro, porque lo que se repite deja de causarlo- las barbaridades que cometen gobernantes, representantes políticos y funcionarios de alto nivel en nuestros gobiernos, la aceptación de la mediocridad se convierte en norma, en destino manifiesto.

El tercero nace de los intereses creados. A nadie se le escapa que la conformación institucional y consecuentemente la conformación organizacional del Estado se ha configurado, a través de decenios, por los poderes fácticos del dinero y el manejo de la información. En otras palabras, que el Estado en la actualidad es el producto de medidas nacidas de intereses egoístas, y que ha sido configurado para favorecer a los grandes intereses de grupos corporativos, a la plutocracia, y las elites políticas que usufructúan del desgreño irracional del mismo para su propio beneficio. En otras palabras: el bien común, el interés por los ciudadanos todos, no es más que una utopía que se utiliza en los discursos de campaña, o para justificar lo injustificable.

Podríamos decir que -en la actualidad- la conformación del Estado es el producto de la perversidad recurrente e institucionalizada, que beneficia a muy pocos, y que de hecho no se diferencia en mucho de la concepción medieval de señores y lacayos, excepto por la terminología y la complejidad con que se reviste.

¿Es posible creer que un proceso de la complejidad descrita, que atenta contra los más comunes intereses corporativos y egoísmos institucionalizados, contra la mediocridad y la estulticia que caracteriza a quienes deben tomar decisiones para el bien común, sería comprensible y aceptado?

Recuerdo que hace muchos años (y lo pongo como ejemplo), en la discusión de una sustentación de una tesis universitaria sobre el tema del proceso de Reforma del Estado, de la cual había sido director, uno del los miembros del tribunal (que por cierto hoy es Diputado en la Asamblea Legislativa) calificaba todo el proceso como utópico, ilusorio, imposible de llevar a cabo, demostrando así su ignorancia, incapacidad de comprensión y temores consecuentes. ¿Si así se expresaba en la academia, cómo lo hará ahora con tan tremenda responsabilidad política?

El cuarto se refiere al desconocimiento de los actuales paradigmas. La velocidad de cambio a que se ha sometido el planeta, en todos los campos, hace imperioso el cambio de paradigmas, los que a su vez confirman que el Estado -tal y como existe en la actualidad- es el producto anacrónico de paradigmas superados que deben ser sustituidos. Una prueba de ello es el marasmo de las legislación existente en la actualidad sobre cualquier tópico, ya que la costumbre es sobreponer leyes sobre leyes (y en muchos casos sin derogar las anteriores o al menos partes de ellas que contradicen las nuevas), y la creación ad infinitum de más y más organizaciones públicas y cuasi públicas para que se encarguen de llevar a cabo actividades para las cuales ya existen otras, que no las realizan por incapacidad, ignorancia o estupidez de quienes las conducen.

Pues bien, así podríamos seguir nuestras disquisiciones en la seguridad  de que dicho proceso, tal como se ha explicado anteriormente, no se llevará a cabo, por el egoísmo de quienes componen las cúpulas partidarias, la incapacidad de los gobernantes, la mediocridad de los mandos medios y altos de la organizaciones públicas, y los intereses egoístas de quienes manejan los hilos detrás de los gobernantes y funcionarios.

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