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Tailandia abre una nueva crisis con final incierto y remoto

Singapur/Bangkok,  (dpa) - El jefe de gobierno suplica un final pacífico a las protestas, el Ejército amenaza con medidas de todo tipo y los manifestantes juran seguir su lucha hasta la victoria. En el caso tailandés sólo hay un sector que se mantiene en destacable quietud: el de los politólogos, analistas y expertos, incapaces de imaginar cuándo y en qué términos acabará esta nueva crisis.

"El statu quo es insostenible", analizó en una entrevista Thitinan Pongsudhirak, director del Instituto para Estudios en Seguridad de Bangkok. ¿Cómo evolucionará ahora la situación? El experto no lo duda: "Ambas partes se volverán aun más radicales".

La lucha de poder en Tailandia se da entre la izquierda y la derecha, los ricos y los pobres, lo viejo y lo nuevo.

En un bando, los llamados "camisas rojas", que salieron a la calle para pedir la caída del gobierno. En el otro, el establishment tradicional, que el año pasado, caracterizado por sus camisas amarillas, salió a también a la calle y logró derribar al gobierno anterior.

El choque entre ambas partes "ha entrado en su fase más peligrosa", según Pavi Chachavalpongpun, analista del Instituto de Estudios para el Sur de Asia en Singapur.

Los "rojos" son partidarios del ex jefe de gobierno Thaksin Shinawatra, ganador de las elecciones de 2001, autor de un profundo cambio en el paisaje político del país y víctima de un golpe de Estado en 2006 que puso fin a su gestión.

Thaksin se ganó a las clases populares a fuerza de microcréditos y seguros de salud. Ese apoyo le permitió prescindir del beneplácito de las élites habituadas a llevar las riendas del país. Thaksin, multimillonario gracias a sus negocios en las telecomunicaciones, manejó así leyes e instituciones para favorecer sus intereses y los de sus socios comerciales.

Pero cuando el mandatario intentó comenzar a copar cargos militares, los generales pisaron el freno. Y llevaron a cabo su golpe.

El Ejército pertenece al viejo establishment, igual que los clanes familiares que durante décadas disputaron su influencia en órganos clave del país intentando que no perder peso. La llegada de Thaksin puso freno a ese juego, lo que lo convirtió en la figura más odiada por las élites y blanco necesario del golpe.

La medida tuvo un éxito relativo. En las elecciones de 2007, las masas más pobres dejaron claro quién manda en democracia y votaron a los partidarios de Thaksin, que volvieron al poder.

Las élites reaccionaron con fuerza renovada y fundaron la Alianza Popular para la Democracia (PAD), que en noviembre del año pasado ocupó edificios gubernamentales y aeropuertos en busca de un cambio de gobierno.

La crisis subió de tensión cuando el Tribunal Constitucional ordenó la disolución del partido de Thaksin por supuesto fraude electoral. El camino para la llegada al poder del actual primer ministro, Abhisit Vejjajiva, quedaba así allanado.

El problema es que Abhisit, vástago de una influyente familia de Bangkok en Inglaterra y alumno de Oxford, encarnaba todos los valores odiados por los rojos. La amplia base popular fiel a Thaksin haría inviable cualquier triunfo electoral de Abhisit. "Pedimos nuevas elecciones: si gana, lo reconoceremos", declaró el líder Jakrapob Penkair, consciente de que esa opción es virtualmente imposible.

"Ni las elecciones ni un proceso mediador para reconciliar a las partes podrán distender la situación de revolución" que atraviesa el país, escribió el experto Michael Montesano en el diario "Straits Times" de Singapur.

"Unas elecciones libres devolverían el poder a los seguidores de Thaksin, lo que movilizaría una vez más a sus rivales. Y unas elecciones no libres mantendrían a los 'camisas rojas' en la oposición". Con todo, señaló Montesano, la crisis podría derivar en una nueva Tailandia. Sobre su posible perfil, el analista no arriesgó ninguna hipótesis.