jueves 2, diciembre 2021
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Del barro con el cual modeló y creó Rovinski su obra escrita

A propósito del nuevo montaje de la Compañía Nacional de Teatro de la obra de Samuel Rovinski, El martirio del pastor, estas líneas de quien fue su amigo y compañero, Oscar Castiilo, como homenaje al autor varias veces galardonado.
El Teatro fue la semilla, suerte de fuerza primera de atracción intermolecular, entre un jovencísimo actor y un ingeniero cuentista, que no cuentero – todo lo contrario discreto y confiable –  amante del teatro, con aspiración a escritor de tiempo completo, y de dramaturgo, utilizando como materia prima el barro social, humano, artístico, cultural de su país, al que amó tanto, en permanente proceso intelectual y espiritual, en procura de captar y expresar con su literatura, la esencia de lo inmediato.   
De ese encuentro  – del que tengo grabado en el corazón el sentimiento de haber estado ahí desde siempre –  Samuel  se convirtió entonces, a lo largo de medio siglo de andar el largo camino de la vida, en mi hermano mayor, con Sarita como permanente testigo de excepción.
Con él aprendí el valor de construir en la vida. Era un jefe exigente, respetuoso,  cumplido, responsable y distinguido en su empresa constructora, cuyos edificios yo le pintaba cuando daba mis primeros pasos en el mundo empresarial.
Luego, muy fortalecidas ya las fuerzas de atracción molecular, juntos continuamos construyendo.  Emprendimos caminos de libertad en el arte y la cultura, en los que prevalecieran la honestidad, la dignidad, el respeto a las diferencias, la  excelencia como condición inequívoca en cada aventura.  Y él,  siempre un ejemplo en sí mismo de disciplina, compromiso, respeto, tolerancia,  amor por la familia, responsabilidad, ecuanimidad ante las mieles del triunfo, las alegrías o las adversidades.  Y en todo, su humor. Con su perspicaz y aguda mirada fue capaz de desentrañar comportamientos, características,  debilidades y fortalezas de todo cuánto lo rodeaba, apuntarlo y expresarlo en divertidos diálogos, situaciones y personajes. Nunca nos dio tregua. Constantemente nos inducía a observar y valorar, con detenimiento, la peripecia humana haciéndonos reír, con su  humor amable, irónico o cáustico, en la mejor tradición pantagruélica de Rabelais.  Samuel fue un depurado maestro en eso que Jean Duvignaud llamó lo propio del hombre: la risa. 
De las tantas situaciones que vivimos, voy a rescatar una que en mi opinión destaca las cualidades personales de Samuel.
Por azar me enteré, en una empresa dedicada al diseño arquitectónico, por medio de un arquitecto que, orgulloso de su trabajo,  me enseñó los planos recién terminados de un edificio, como alguien había finalmente comprado a los hermanos propietarios el Teatro Raventós y  lo iba a demoler para construir -¡siempre la construcción!- un nuevo edificio de conformidad con esos planos.   Sin dudauna gran obra para esos años ¡hasta con helipuerto! No pude sonsacarle a esa persona  quién era el dueño. Salí disparado a hablar con Carmen Naranjo, la Ministra de Cultura, para contárselo y convencerla de hacer de manera inmediata un decreto declarando el viejo teatro  incendiado Patrimonio Nacional.  No fue nada difícil convencerla  y,  a su vez,  a Daniel Oduber el Presidente.  Quedamos de presentar el asunto esa misma tarde en la reunión de la Junta Directiva de la CNT de la cual yo era director y para la cual, en principio, íbamos a dedicar el teatro. La directiva la integraba, entre otros, Samuel. Carmen inicia la sesión y plantea el asunto. Samuel pide la palabra y expresa que debe excusarse inmediatamente de esa discusión y  se mantendría totalmente al margen del tema. Sin dar ninguna explicación adicional, se marchó.  Carmen y yo nos mirábamos sin entender el proceder de Samuel.  Pasada la sorpresa, procedimos a la aprobación de la propuesta, Carmen redactó el decreto ejecutivo y ante la urgencia se envió el documento a la Casa Presidencial,  publicándose en la Gaceta  48 horas después. De esa manera se dio el primer paso para detener la demolición de lo que se bautizó posteriormente Teatro Melico Salazar.
Ahora todos sabemos por qué Samuel se excusó.  La propiedad era de su primo, y en esos años aún socio, José Broide. La declaración de Patrimonio del edificio planteaba un choque de intereses entre el interés público y el interés privado de José, a quién Samuel quería entrañablemente.  Nunca intervino Samuel para desviar o paralizar el proceso, al contrario, si lo hizo fue a pedido de Carmen para facilitar la comunicación con su primo. En una operación limpia y transparente, de la que soy testigo de primera mano, con el acuerdo de José y la alegría de todos, el Teatro pasó a poder de los costarricenses mediante  la aprobación, en forma  unánime, de una ley dictada por el Congreso de la República.
A como andan las cosas en esta segunda década del Siglo XXI, donde el afán de lucro  pareciera la única medida de las cosas y las personas, es válido preguntarse ¿Cuántas  o cuántos, colocados en la misma situación de Samuel, hubieran actuado o actuarían hoy de la misma manera?
Así era Samuel.  Al igual que en este caso,  actuó en innumerables ocasiones tras bambalinas para ayudar causas, personas, artistas, amigos, con los medios a su alcance.
Siempre entregó lo mejor de sí.  Compartimos luchas y sueños por la justicia social, la compasión hacia los más débiles, el poder transformador de la Cultura, la construcción de espacios de convivencia social, el arte teatral como expresión coadyuvante en el desarrollo de la persona humana.
A nosotros,  los que lo tuvimos de cerca, nos legó su vida como ejemplo y fuente de sólidos principios morales y espirituales.  Benny, Yanina y Leonor son ejemplo vivo, orgulloso y feliz, de esa herencia de Samuel, sostenida porSarita.  Estoy seguro que Randy, Danielle, Mijal, Diana y Dani, siguen y seguirán por esos caminos. 
A los demás, a sus lectores,  les heredó su visión del mundo y las relaciones humanas en cuentos, novelas, ensayos y obras de teatro. En cientos de páginas extrajo lo más significativo de su época, de la  gente con la que vivió, de la cultura que contribuyó a mostrar y acrecentar.  Múltiples escritos  donde expresó de manera lúcida y poética los conflictos más acuciantes, y en los que exaltó anhelos de comprensión, respeto,  bienestar y convivencia pacífica,  indispensables para lograr un mundo donde prevalezcan la razón y el entendimiento.
De lo dicho se podría inferir que su vida fue siempre un lecho de rosas.  Pues no. Sucede que Samuel encontró siempre en el recogimiento de su casa el apoyo incondicional de los suyos, y la mano firme, generosa, llena de amor y sabiduría de Sarita, gracias a lo cual pudo soportar con dignidad los azarosos embates e injusticias de la vida.
Querido Samuel, con tu partida me quedé sin los consejos y sin las aventuras con el hermano mayor. Pero me dejaste el enorme orgullo y la satisfacción de haber compartido medio siglo de vida intensa, colorida, rica en alegrías y logros. 
De las tristezas y avatares, no vale la pena acordarse, aunque quizás sí, pero para valorar más y tener presentes tantos aciertos y momentos felices, y seguir riéndonos, como vos hiciste, de la peripecia humana, la propia y la ajena.
(*) Cineasta

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