jueves 6, octubre 2022
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El silencio de Don Luis

Acostumbrados como estábamos a la omnipresencia y la rutilancia de los gobernantes del Partido Liberación Nacional en todos los medios de comunicación, nos parece ahora extraño el discreto silencio del señor Presidente de la República, que no busca aparecer diariamente en los medios de comunicación, como hacían otros, para distraer las barbaridades de los actos corruptos o la ausencia de sustancia en las decisiones. Más bien, en la interioridad del más alto nivel del gobierno, al parecer, se medita bastante sobre las medidas de corrección, las nuevas propuestas, los enderezamientos de lo retorcido, y en recapacitar sobre promesas realizadas al calor de la campaña política, pero que las realidades impiden cumplir, la menos, en el corto tiempo. Esperamos que así sea, en realidad, por nuestra propia y egoísta tranquilidad mental y por el bien del país.
Por otro lado, los opositores en la Asamblea Legislativa, representantes de partidos políticos desprestigiados y sobre los que pesan, en algunos de ellos, denuncias ante la Fiscalía General de la República, claman un día sí y otro también, por la atención de los medios para expresar allí absurdidades, mentiras, hipocresías sin fin, y acusan al nuevo gobierno de ser responsable de lo que ellos, cuando eran gobierno, crearon dentro del aparato público y en las relaciones con el sector privado.
Me gusta el silencio de Don Luis Guillermo. Cuando guardamos silencio, somos dueños de nuestra propia historia, podemos evitar herir con palabras ofensivas y nos sentimos más seguro a la hora de tener nuestra oportunidad; en cambio cuando hablamos sin haber guardado silencio previamente, nos derramamos y dispersamos en un discurso sin fondo, sin salida. Es de sentido común hablar poco y decir siempre cosas razonables, pero es muy difícil hacerlo, más no imposible. El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno de ellos, con la gran excusa, de mejor callar, antes de decir algo no deseado.
No es “no hablar”, no es no decir nada, cuando hablo del silencio como tal, porque entonces imagínate, no habría una comunicación y sin ella no es posible solucionar nada en esta vida; se trata de un silencio oportuno o prudente, cuando se sabe callar en ciertas ocasiones, pero para pensar; no para perder el tiempo, no para cansar al que con tanto esfuerzo habla, para tratar de resolver un problema o dar una explicación con la intensión de aclarar y satisfacernos.
Este silencio nos ayuda a meditar y a no caer en palabras ofensivas que quizás no podamos borrar, así como las heridas que dejemos en los demás, pero si podemos evitar el dolor de esas heridas, que solo queden cicatrices, pero no dolor, recuérdalo; es imposible olvidar lo pasado, pero si se puede recordarlo sin sufrimiento.
En estos tiempos de cháchara, liviandad y estridencias, el silencio es una bendición, un bálsamo. Escasos son los que saben cuándo hablar y cuándo callar; raros los que saben usar los silencios; pocos los que se atienen a las reglas de cortesía necesarias en una buena conversación, diálogo, tertulia o debate. Pocas veces se tiene en cuenta el valor del silencio para una escucha considerada y activa.
Quien respeta las pausas y el silencio en la comunicación es considerado como alguien discreto y educado. Además, el silencio no dificulta el habla, sino que la hace posible. El silencio es la antítesis de la palabra, sin embargo, debido a la gran importancia que tiene en la comunicación humana, hace que hablar y silencio sean complementarios.
El silencio no es renuncia, sino contención, pausa, reflexión. El silencio es prudencia. El silencio es elocuente. Hay silencios que dicen más que mil palabras. Hay silencios que gritan, que consienten, que censuran, que claman, que duelen… El lenguaje es palabra y silencio. “Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar” (Eclesiastés).
El hombre es más dueño de sí mismo cuando guarda silencio: cuando habla parece derramarse y disiparse por el discurso, de forma que pertenece menos a sí mismo que a los demás. Es de un hombre de sentido común hablar poco y decir siempre cosas razonables. El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno.
Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades, sin cubrirlas de mentiras. Hay un silencio prudente, cuando se sabe callar oportunamente. El silencio artificioso calla para sorprender, bien desconcertando a quienes nos declaran sus sentimientos sin darles a conocer los nuestros, bien aprovechando lo que hemos oído y observado sin haber querido responder de otro modo mediante maneras engañosas.

Existe también el silencio complaciente que consiste no sólo en aplicarse en escuchar sin contradecir, a quienes se trata de agradar, sino también en darles muestras del placer que sentimos con su conversación o con su conducta; de modo que las miradas, los gestos, todo supla la falta de la palabra para aplaudirles. Es un silencio inteligente cuando en el rostro de una persona que no dice nada se percibe cierto talante abierto, agradable, animado e idóneo para reflejar, sin la ayuda de la palabra, los sentimientos que se quieren dar a conocer. 

Es por el contrario un silencio estúpido cuando, inmóvil la lengua e insensible el espíritu, toda la persona parece abismada en una profunda taciturnidad que no significa nada. El silencio aprobatorio consiste en el consentimiento que uno da a lo que ve o a lo que oye. El silencio de desprecio no se digna a responder a quien nos habla o que espera que opinemos sobre el tema, y mirar con tanta frialdad como orgullo todo lo que viene de su parte.
El silencio político es el de un hombre prudente que se reserva y se comporta con circunspección, que jamás se abre del todo, que no dice todo lo que piensa, que no siempre explica su conducta; que, sin traicionar los derechos de la verdad, no siempre responde claramente, para no dejarse descubrir.
Ahora bien, el silencio de Don Luis Guillermo puede obedecer a muchas razones, y entre ellas al no rebajarse a discutir con semidelincuentes las políticas de Estado, las decisiones de gobierno. El desgaste de la cháchara política, en este país al menos, es notorio, ridículo, vergonzante. Vemos cómo ciertos representantes de partidos políticos hoy en oposición, levantan la voz contra lo que ellos mismos crearon o no solucionaron en su momento. Tratan de distraer la atención de los ciudadanos de las causas penales, las denuncias y hasta las acusaciones evidentes de corrupción.
Los medios de comunicación masiva deben estarse arrancando los pelos de su cabellera, pues gustan del escándalo, la turbulencia y el “dime que te diré” rastreo que ha caracterizado el diálogo político en una sociedad que consideramos (equivocadamente) madura. Tendrán ahora que acostumbrarse a la seriedad y la discreción que parece prevalecer en Casa Presidencial.
Démosle tiempo para que, en su momento, nos vuelva a hablar como lo hizo en su primer informe a la ciudadanía, aunque esta vez con acciones correctivas importantes, acusaciones fundadas en hechos y pruebas indiscutibles contra quienes corrompieron el acto de gobernar. Todavía existimos ciudadanos incrédulos, como yo, que estamos dispuestos a darle la oportunidad de demostrar de qué materia está formado Don Luis. Pero cuando se cumpla el tiempo que consideremos prudente, levantaremos nuestra voz para señalar indefiniciones, dudas, el no actuar, si así fuera, y esperamos que nunca lo tengamos que hacer por la comisión de actos corruptos.

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