domingo 16, enero 2022
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Unas reflexiones, diez años después

Durante muchos años y a través de varios medios electrónicos, nacionales y extranjeros, desarrollé una campaña tercamente sostenida, (y aclaro que  no estaba solo en esta quijotada, me acompañaban distinguidas personalidades que también se referían a ello) en contra de las manifestaciones de corrupción de los gobiernos de turno, las autoridades eclesiásticas, de aquellos empresarios privados y a la vez socios de políticos corruptos que se beneficiaron con contratos estatales, de las diversas y variadas manifestaciones de corrupción en el Poder Judicial, de la estulticia y de las posturas absurdas de legisladores, fueran del partido que fuesen, de las agrupaciones gremiales que existen dentro de las organizaciones públicas y que se aprovechan de la debilidad de los políticos en los cargos de dirección para obtener beneficios por encima de lo razonable, por decir lo menos, y de la conducta irresponsable de grupos (como los taxista, los motorizados, los conductores de autobús, los empleados públicos que atienden al público) que se consideran a sí mismos por encima de las responsabilidades ciudadanas, como es el respeto a las personas y a las leyes.

En un acto de vanidad inconfesable he creído que esta campaña, de diez años, en alguna forma ayudó a la concientización de algunas personas que leían los artículos y comentarios, con los resultados obtenidos en las pasadas elecciones, cuando el voto popular dijo: ¡basta! ¡ya no más! al partido político que, siendo positivamente responsable de los logros obtenidos por Costa Rica en los primeros años de la segunda mitad del siglo pasado, lo reconozco, se convirtió en el más acérrimo defensor del neoliberalismo depredador, en cuna de todas las corrupciones posibles e imaginables, traidor a su ideario filosófico-político originario, y desvergonzado hasta lo increíble.

También me referí, en algunos casos, a exponer mis muy personales criterios sobre el tema de las preferencias sexuales, en un esfuerzo didáctico que pretendía hacer comprender lo que es la homofobia, el irrespeto a los derechos humanos, la creación y sostenimiento de grupos humanos de segunda clase, a quienes se les niega sus derechos fundamentales, con base en concepciones religiosas y jurídicas superadas hace decenios por las nuevas realidades sociales. Y en estos casos lo único que recibí fueron ofensas personales e incomprensión de los temas, tratados con seriedad por mi parte. Y lo mismo digo de aquellos en que traté el fundamentalismo religioso, que tantísimo daño hace a la sociedad, pero que es fomentado por ciertos grupos de interés para mantener los niveles de ignorancia de las masas, directa o indirectamente.

Han sido más de quinientos artículos publicados en estos diez años, que lo único que lograron fehacientemente ha sido crearme un grupo de enemigos gratuitos, entre los que están los que se sintieron aludidos por alguna observación, o porque se sacaba a la luz pública sus trucos y artimañas, o los resentidos de siempre, con quienes nunca se queda bien, o los fundamentalistas políticos o religiosos, contra quienes nadie se atrevía a señalarles sus mentiras y su doble moral.

Hoy nos encontramos en una situación diferente, sumamente interesante desde el punto de vista del análisis político y social, cual es el que se encuentre a cargo del gobierno un partido político que se vendió a sí mismo como la antítesis de la corrupción de los partidos tradicionales. Sin embargo, las voces en su contra, concertadas por medios de comunicación masiva, gremios empresariales o sindicales, agrupaciones políticas resentidas por sus derrotas pasadas, y los testaferros de personajes obscuros que ponen a otros a decir cosas en contra de cualquiera, pero que nunca dan la cara porque son cobardes y calculadores, arrecia desde hace unas cuantas semanas. Y por otro lado, los pequeños escándalos al interior del partido, así como la percepción de cierta debilidad de las autoridades de gobierno, suman puntos para que la ciudadanía, que antes se mostraba anuente a apoyarlos, ahora les dé la espalda en una actitud muy tica, muy propia de nosotros. No son todos, es cierto, pero las estadísticas publicadas demuestran una caída bastante fuerte.

Hace algún tiempo escribí lo siguiente, que viene muy a pelo en la actual situación. Para la mayoría de las personas que contemplan el accionar de las organizaciones que conforman el aparato burocrático que posee cualquier Estado, para la realización de las actividades que el conglomerado social le ha asignado, su comprensión, o diríamos mejor la comprensión de la lógica de su funcionamiento, resulta al menos un tanto difícil. Y esta realidad incluye no solamente al ciudadano común, que no posee formación en las disciplinas de la Administración Pública o de las Ciencias Políticas, sino incluso a los mismos profesionales de éstas. Debido, en gran medida, a la ausencia de una formación que pretenda integrar versiones holísticas de las disciplinas que versan sobre la comprensión del Estado y de su funcionamiento.

Adicionalmente, existe muy poco estudio realizado acerca de la conformación estructural, la adscripción funcional y la operatividad de la infraestructura administrativa del Estado desde el punto de vista de la influencia de las ideologías políticas que han predominado durante largos períodos, dejando de lado la realidad de que por estas mismas influencias los Estados modernos y post modernos, al menos en el hemisferio occidental, han sido objeto de una transformación interna bastante fuerte, aunque lenta y para algunos imperceptible por el tiempo que han utilizado para ello, producto de la modificación del pensamiento político que haya predominado por largos períodos en los países, regiones, y lo que es más significativo: en los organismos internacionales de distinto nivel, en los últimos decenios, pues su influencia es cada vez mayor sobre los gobiernos.

Por lo tanto se plantean interrogantes de importancia a todo aquel que quisiera comprender a fondo el tema: ¿cuál ha sido la evolución de la conformación organizativa del Estado? y ¿en qué manera el pensamiento político predominante en cada una de sus etapas evolutivas ha influido en su conformación y funcionamiento? A ello deberíamos agregar: ¿de qué forma los intereses políticos, económicos, gremiales y de otra índole inciden en el funcionamiento del Estado?

Quizá nadie, en este momento en que le achacan al nuevo gobierno ausencia de efectividad para impulsar el cambio prometido, se ha puesto a pensar en el porqué las cosas no avanzan en nuestro país, sea el partido político que sea el que se encuentre en el gobierno. Y ello se debe al hecho de que nadie, hasta el momento, ha realizado una investigación seria y profunda referida a la evolución del Estado Costarricense, la forma en que el pensamiento socialdemócrata origina y luego el neoliberal influyeron en la conformación estructural y funcional del mismo, y qué intereses se encontraban detrás de los cambios experimentados.

Recuerdo que hace más de treinta años hablábamos de Reforma Administrativa, veinte años atrás se referían a la Reforma del Estado, hoy no se habla de nada (no existe la capacidad intelectual para hacerlo) al respecto, y nos encontramos con un Estado (todos los poderes) entrabado por al menos dos razones de peso: el anquilosamiento administrativo propio de las organizaciones que no evolucionan al ritmo de los tiempos y las nuevas realidades sociales, y la injerencia de poderosos intereses políticos, económicos, gremiales y de otra índole, que controlan los mandos medios de las organizaciones del Estado, a quienes no les interesa en absoluto una modificación de la ineficiencia, ineficacia e improductividad, porque en ese caldo de impericia es donde se cuecen con mayor facilidad las carnes de la corrupción.

Todo lo anterior con la complicidad del principal conglomerado de medios de comunicación escrita y electrónica, que diariamente se encarga de ventilar “trapos sucios” dejados por gobiernos anteriores, pero achacándoselos a éste, o señalando como escándalos lo que era costumbre inveterado por los políticos tradicionales.

¿Recuerdan la famosa frase del gatopardismo? ¿Cambiar todo para que nada cambie? Pues acá tenemos algo bastante parecido.

Nos congratulamos que por fin se hable del histórico fracaso de las políticas neoliberales que han defendido hasta ahora los gobiernos anteriores  y que han destrozado el sistema financiero mundial con tal de procurar el beneficio de los grandes propietarios de capital. Y valoramos positivamente que al parecer este gobierno reconozca que la economía debe basarse en otros principios y en otros valores, que las finanzas deben regularse con mayor disciplina y que los capitales especulativos deben someterse a mayor control. Por lo menos eso es lo que se entiende en sus documentos oficiales.

Valoramos en lo que puedan valer las palabras que anuncian una nueva etapa de mayor cooperación y nos felicitamos de que quienes hasta ahora permanecieron impasibles ante la destrucción paulatina de la nacionalidad costarricense, se alcen en contra de las malas prácticas incrustadas en el ideario de la mafiocracia que ha gobernado antes y que no desea que el actual gobierno lo pueda hacer.

Pero nada ha de cambiar, lo que pueda hacerse será cosmético, cambiarán algunas cosas pero nada ha de cambiar en el fondo. ¿Por qué? Porque está en nuestra forma de ser costarricense el no tener pantalones suficientes para hacerle frente a la mafiocracia, al fin y al cabo muchos se benefician de las migajas que caen de las meses de los grandes; los ciudadanos esperan milagros de los gobernantes, sin cooperar con ellos; y la podredumbre está esparcida por todo el cuerpo burocrático de todos los poderes, como una metástasis que acabará en algún futuro con el funcionamiento público.

Ahora comienza, entonces, una nueva lucha silenciosa y tenaz, para hacer que los ciudadanos tomen conciencia de sus responsabilidades.

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