domingo 28, noviembre 2021
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¿Un gobierno neoliberal con rostro humano o fortaleza de carácter en la conducción del Ejecutivo?

Honneth, en un artículo de Enero del 2012 señalaba lo siguiente. Como ya sabían los clásicos de la filosofía política, la cohesión de una sociedad se nutre de la capacidad de sus ciudadanos para ponerse de acuerdo en las regulaciones básicas de la relación social. Algunos autores han denominado a esto el contrato social «implícito», subrayando de esta manera el hecho de que la estabilidad normativa de una comunidad depende del acuerdo tácito de todos sus miembros sobre la legitimidad y la conveniencia de las relaciones sociales dadas.

Ahora bien, como se desprende con bastante claridad de un simple vistazo a la historia, la capacidad de ponerse de acuerdo depende, a su vez, de las expectativas que los miembros de la comunidad hayan depositado en el orden social. Estas expectativas van siempre en aumento en el proceso histórico, ya que, gracias a las luchas sociales, se institucionalizan normas y valores cada vez más exigentes, que actúan como promesas de una sociedad bien ordenada. Mientras que, por ejemplo, en la época feudal se daba por sentada la dependencia de las personas en la organización social del trabajo, constituyendo esto un componente del contrato social implícito, con los grandes avances morales de la modernidad esto se modifica, en la medida en que ahora todos los miembros de la sociedad tienen que ser concebidos, al menos idealmente, como libres.

Hoy día, en el marco de nuestras sociedades del Occidente capitalista, ha adquirido validez general la idea normativa de que la libertad individual está establecida de manera lo suficientemente amplia en todas las esferas centrales de la vida social como para constituir la premisa general de la capacidad de acuerdo sobre el orden social. El contrato social implícito, a cuyo cumplimiento está ligada la solidaridad mutua de los miembros de la sociedad, se mide en función de si la promesa de libertad individual se cumple o no en los ámbitos de la vida privada, de la organización del trabajo y de la formación de la voluntad política.

Naturalmente, siempre son configuraciones diferentes de la libertad las que se prometen institucionalmente en las respectivas esferas: en el amor o en la familia, por ejemplo, el hecho de que la satisfacción recíproca de las necesidades no se realice a la fuerza; en la organización del trabajo, la libertad en los intercambios recíprocos de servicios; en la esfera política, la participación no forzada en la conformación de la voluntad política decisiva. Sin embargo, debería resultar evidente que se puede contar tanto más con el acuerdo individual sobre el orden social —y, con ello, con una cohesión solidaria de todos los miembros de la sociedad entre sí— cuanto más ciertamente se cumplan aquellas promesas de libertad para el individuo gracias a las regulaciones socio-políticas.

Pero hoy estamos muy lejos de esto, como pone de manifiesto una mera ojeada a cualquier medio de comunicación masiva serio. La mayor parte de la población no puede esperar ni en las relaciones económicas de mercado ni en el ámbito de la conformación de la voluntad política conseguir la realización de su libertad individual, ni tan siquiera que alguien preste oídos a sus demandas.

Por eso, quien hable hoy de la necesidad de solidaridad en la sociedad debería primero dejar claro que para ello sería precisa la institución de relaciones sociales que permitieran el acuerdo de los individuos sin coacción ni miedo. La contención normativa del mercado capitalista y la revitalización de la capacidad de influencia democrática serían los presupuestos mínimos que tendrían que darse para poder esperar legítimamente solidaridad de parte de todos los ciudadanos.

Así pues, nos parece fuera de contexto la fenomenología presente: grupos gremiales minoritarios originan  movimientos de protesta de afectación nacional en la defensa de intereses particulares, olvidándose del interés general que es sobre lo que se sustenta el pacto social implícito. No puede pensarse que un gobierno, por ejemplo, ante la presión de grupos minoritarios ubicados en organizaciones que atienden aspectos claves de la economía nacional, por caprichos gremiales, pongan en jaque a todo el país. Aquí hay una contradicción. Los intereses particulares nunca podrán estar por encima de los intereses de la sociedad como un todo, máxime cuando dichos grupos se han beneficiado de manera desproporcionada en, por ejemplo, sus convenciones colectivas, para obtener concesiones odiosas.

Por otro lado, Alejandro Nadal, en una publicación del 2011 en La Jornada, señalaba lo siguiente.  La maquinaria institucional e ideológica heredada de 30 años de neoliberalismo no está ahí por nada: sus objetivos son el retroceso político y mantener vivos los viejos dogmas. Esto se logra imponiendo una narrativa dominante sobre los orígenes y naturaleza de la crisis que impida pensar en caminos alternativos.

La historia que cuenta el neoliberalismo sobre su propia crisis comienza con el estallido de la burbuja en el sector inmobiliario y la diseminación de sus efectos por todo el sector financiero gracias a la bursatilización de activos tóxicos. Después viene el rescate y la recuperación. Pero esta historia es absurda porque no hay recuperación a la vista.

Lo notable es que esta narrativa termina con el principio de la pesadilla. Su culminación es el ¡retorno al neoliberalismo! Eso es absurdo: si algo sabemos es que el neoliberalismo ya no va a poder funcionar jamás. Un vistazo a la historia de las principales economías capitalistas durante los últimos tres decenios permite comprobarlo.

En los años 70 termina el periodo glorioso de acumulación rápida de capital y crecimiento del ingreso personal de los trabajadores. Ese lapso (1945-1975) se caracterizó por altas tasas de crecimiento, fuertes incrementos en productividad y fuerte inversión en capacidad productiva.

En los años 70 la tasa de ganancia se estancó y declinó durante varios años. No importa qué medida prefieran los lectores, y más allá de las polémicas sobre el significado de este movimiento en la tasa de ganancia, lo cierto es que se puede documentar sin dificultad esta declinación en la tasa de ganancia. Y a partir de ese hecho, todo cambió: para enfrentar esta caída en la rentabilidad el capital desencadenó una ofensiva de largo aliento en contra del trabajo.

El resultado de esta acometida fue el estancamiento de los salarios. El crecimiento en productividad que pudo mantenerse (y hasta acelerarse durante algunos periodos) no tuvo su contraparte en un incremento de los salarios. En la distribución de la renta, las ganancias se beneficiaron y el asalariado se llevó la peor parte. Esa redistribución mejoró las condiciones de rentabilidad en los años 1988-2002, con sus diferencias entre países y sectores.

El estancamiento en la rentabilidad durante los 70 también provocó una búsqueda de espacios de inversión financiera que pudiera darle la vuelta a ese mal necesario (como decía Marx) que es el circuito productivo. La expansión del sector financiero fue la consecuencia directa y los centros de poder a nivel nacional y supranacional se afanaron en eliminar las barreras a la circulación del capital financiero.

Uno de los rasgos más interesantes de la reproducción capitalista en los últimos decenios consiste en que mientras los salarios se estancaron, el nivel de consumo se mantuvo más o menos constante. ¿Cómo fue eso posible? La explicación se encuentra en la caída en la tasa de ahorro y en el crédito. Es decir, las familias aumentaron la parte de su ingreso que se destina al consumo y, por otra parte, incurrieron en un sobre endeudamiento crónico. El sector financiero ya las estaba esperando.

La desregulación y las innovaciones financieras hicieron bien su trabajo. La capitalización de títulos financieros, acciones y activos inmobiliarios, alimentó la ilusión de un aumento de riqueza virtual que pudo respaldar durante unos años el nivel de consumo de las clases medias. En Estados Unidos hasta tenemos el fenómeno de un segmento de la clase trabajadora que tuvo ingresos derivados de la rentabilidad del mercado accionario. Pero el sobre endeudamiento fue el mecanismo más importante para mantener el nivel de demanda agregada que necesita todo sistema capitalista.

En ese periodo (1980-2000) la inversión productiva mantenía tasas de crecimiento raquíticas. Es decir, la recuperación de la rentabilidad derivada de la ofensiva anti-laboral no se acompañó de un incremento en la capacidad productiva o en la introducción de una nueva plataforma tecnológica capaz de sostener una nueva fase de expansión. De las varias interpretaciones, la más cercana a la realidad se relaciona con un agotamiento de las oportunidades de inversión asociadas con altas tasas de beneficios.

Esto es lo que cierra el circuito de acumulación neoliberal en los espacios nacionales. En el plano internacional, la famosa globalización permitió poner a competir entre sí a la fuerza de trabajo de todo el mundo. Y eso se acompañó del desmantelamiento de una parte de la capacidad industrial estadunidense al transferir las multinacionales líneas completas de producción hacia China. El proceso culminó con la consagración de Estados Unidos como consumidor en última instancia a escala mundial.

En la actualidad no existen instancias internacionales capaces de marcar un nuevo derrotero. La guerra social al interior y entre espacios nacionales, así como los desequilibrios internacionales son la señal más clara: la única recuperación posible pasa por la destrucción del neoliberalismo.

¿Suena todo esto como una quimera? Es una buena pregunta. No solo eso, es una cuestión fundamental. Tiene que ser resuelta o nuestros movimientos por una democracia económica y política no tendrán una estrategia para llegar a ser profundamente relevantes. Estoy alarmado por la ausencia de una visión y estrategia coherente de un movimiento que toca el nervio de la cuestión fundamental: ¿Cómo generamos el poder para movernos desde los márgenes y llegar a ser una parte sustancial, sostenida y ubicua del paisaje político y económico?

Estoy alarmado no solo por el atrincheramiento cada vez más profundo del capitalismo en las estructuras económicas y políticas, sino por su penetración cada vez más profunda en las culturas mismas del mundo con sus creencias, valores y prácticas. Este tipo de penetración llega hasta el tuétano del ser de cada persona y sigue hacia el corazón mismo del planeta.  Se podría decir que la cultura se dedica al negocio de la «autoreplicacion». Desde el momento de la concepción, imprime sus pautas y ritmos en el sustrato neuronal en desarrollo infinitamente plástico del organismo fetal. Da forma a este sustrato para llegar a ser preferentemente sensible a las pautas culturales. Así, el individuo buscar replicar dichas pautas cuando es adulto. Este proceso de moldeamiento continúa durante toda la vida ya que la capacidad del cerebro de reorganizarse por sí mismo según los usos a los que se dirige nunca cesan.

El capitalismo elitista busca sistemáticamente moldear a todos a sus formas. No puede hacer otra cosa. Como cualquier economía debe tener una cultura que se auto replique. Hace cuarenta años, en su Introducción a su libro El momento populista, Lawrence Goodwyn describió cómo «una cultura de la sumisión» empezó a surgir con el cambio de siglo del XIX al XX y cómo había crecido en los 70.

El mundo que ahora habitamos es el vástago lógico de esta estrategia cultural por el consentimiento, el consumismo y el individualismo. ¿Qué va a hacer la gente de nuestros movimientos respecto a esto? Lo que sigo oyendo de la Izquierda son, en su mayor parte, propuestas fragmentarias: 1) llamamientos a movimientos democráticos que reclaman ser radicales pero que solo se centran en un único tema, y 2) llamamientos genuinos a un profundo cambio político y económico que ignoran cómo generar el poder para hacer que ocurran.

A nivel socio-empírico e historiográfico, se ha evidenciado que, en aquellos países subdesarrollados o del llamado Tercer Mundo en que se ha aplicado la receta neoliberal, los resultados han sido calamitosos, profundizándose la crisis económica y la brecha social. En beneficio del Centro capitalista, las periferias se deprimieron más si cabe… Y, en aquellos países “desarrollados” que, desde la década de los setenta, avanzaron visiblemente por esa vía, la crisis se enquistó, el conflicto social se recrudeció y las demandas de un Estado Social sustitutivo se fortalecieron. Como anotaba Offe, “no se ha demostrado que ‘Capitalismo avanzado’ menos ‘Estado del Bienestar’ sea un modelo operativo”…

Complementariamente, se ha recordado que muchas de las actuales “potencias emergentes” emprendieron su ascenso material y geopolítico sujetándose a políticas económicas que nadan tienen que ver con el “manual de instrucciones” del neoliberalismo (China, Brasil, Argentina,…). No han faltado quienes han concluido que el vademécum neoliberal, ideología oficial de influyentes organismos internacionales (F.M.I., Banco Mundial,…), servía no solo a la reproducción “global” del sistema capitalista, con el juego de desequilibrios regionales y de desigualdades sociales que le acompaña, sino a una voluntad de arraigar en la supremacía por parte de las potencias centrales “clásicas” o “históricas” (EEUU, Europa, Japón…), dispuestas como mucho a “compartir” su liderazgo con los nuevos tiburones de Asia y América.

La quiebra del Estado Social y el fracaso de las prescripciones neoliberales (disminución de la carga fiscal, des-regulación del mercado, liberalización y flexibilización de las relaciones laborales, adelgazamiento de la seguridad social, etc., medidas, todas, encaminadas a favorecer un mero incremento de la tasa de ganancia) señalarían, sin más, que las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista le han llevado al fin a un “callejón sin salida”.

La pregunta final es la siguiente: ¿estamos en la actualidad, en nuestro país, frente a un gobierno neoliberal con rostro humano? Todo parece indicar que la confusión reinante es tan enorme que la respuesta no es fácil, ni podría ser acertada, pues se inoculó en la mente de los ciudadanos, de los políticos, de la sociedad toda, las premisas anticientíficas del neoliberalismo. Repito lo mencionado por Alejandro Nadal: la maquinaria institucional e ideológica heredada de 30 años de neoliberalismo no está ahí por nada: sus objetivos son el retroceso político y mantener vivos los viejos dogmas. Esto se logra imponiendo una narrativa dominante sobre los orígenes y naturaleza de la crisis que impida pensar en caminos alternativos.

Por ello no es de extrañar que este gobierno  no encuentre aliados en ninguna parte. Cuando actúa en contra de los excesos de los sindicatos públicos, tiene el apoyo de los neoliberales, cuando trata de meter en cintura a los empresarios que han especulado con las necesidades ciudadanas, los mismos sindicatos le apoyan, Todo por intereses gremiales e incluso ideológicos.

¿Será que el señor Presidente de la República demuestra fortaleza de carácter y un nivel de integridad en el cumplimiento de sus responsabilidades nunca antes ejercido en gobiernos anteriores? No lo podemos aseverar con absoluta certeza, lo que sí podemos decir es que, cuando  no se queda bien con nadie en estas lides es por una de estas dos razones: o lo estás haciendo bien, o eres una bestia peluda que no hace más que errar. Cada quien, según sus particulares intereses, expresará su opinión.

Alfonso Palacios Echeverría

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