miércoles 18, mayo 2022
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Recreo en el Caribe

“Cuando ellos volvieron tenían una

cara de ostensible felicidad. Esa

felicidad que brota cuando se culmina

exitosamente una arriesgada empresa,

una aventura, un proyecto azaroso y

se abren caminos de dicha y placer. Pero

no era una felicidad que compartían y

celebraban comentándola entre ellos.

Evidentemente cada uno se daba cuenta

de que el otro era feliz, pero rumiaban

individualmente su alegría. Algo pasó que

los confirmó en sus proyectos, en sus

anhelos, en sus deseos. Pero esto no se

lo dijeron. Cada uno lo guardó para sí. Tal

vez hablaron de otra cosa y regresaron en

silencio abriendo un espacio para el gozo

interior”. Francisco J. Ramírez Bonilla.

Quiero compartir algunos de los pensamientos y sentimientos que me provocan Elena Morúa y su esposo Francisco Ramírez, autor de la novela que comentaré y que lleva por título Recreo en el Caribe (Ediciones Perro Azul, San José, 2007). Estoy segura de que todas las personas que hemos tenido la gratísima oportunidad de regocijarnos en la compañía de Elena y Francisco, hemos aprendido a amar a esa pareja maravillosa, que ha logrado compartir la vida sin perder la  autonomía personal, pues, como diría la misma Elena: “nada peor que encontrar en el otro un espejo”.

Por esas cosas de la vida, este par de costarricenses se conocieron en París, allá por los años sesentas (… Elena hasta vivió su Mayo del 68). En aquella época, ella cursaba su Doctorado en Bioquímica y trabajaba en el Instituto Pasteur. Mientras Francisco, un joven Ingeniero Civil, se enamoraba de la Matemática Pura –gracias a unas conferencias que ofreció en nuestro país el Profesor Biberstein–, y realizaba un radical cambio de vida que lo llevó a iniciar estudios de Matemática en la Universidad de Costa Rica y a culminarlos, también con un Doctorado, en La Sorbona. Ya en Costa Rica, de dedicaron a dar clases en su Alma Máter, donde Francisco llegó a ejercer el cargo de Director de la Escuela de Físico-Matemática.

Actualmente están retirados de su actividad docente y viven en un pequeño pueblo en las faldas del Volcán Irazú. En ese paradisíaco lugar, Francisco “escribe, cuida su jardín, pinta cuadros con una técnica muy propia y hace muebles para su casa y para algunos amigos”, como se lee en la contraportada de Recreo en el Caribe, donde también leemos que: “Esta vida en las montañas sólo la interrumpe para pasar largas temporadas en su pequeña casa de la costa Atlántica”. Es una vida  modesta, sin grandes lujos ni ostentaciones de ningún tipo, rodeada de estupenda naturaleza, buenos libros, alimentos deliciosos producidos casi enteramente en la pequeña granja y el huerto que cultiva Elena, en fin, es un placer pasar unos días al lado de estas queridas amistades.

Pues bien, es en las largas caminatas en playas o montañas y en las interesantísimas conversaciones de sobremesa, cuando he escuchado a Francisco hablar de las mujeres con gran respeto y admiración; contando algunas de las anécdotas que le han sucedido con mujeres que lo hicieron evolucionar, y que le ayudaron a dejar de ser un machista para convertirse en el humanista que vive su masculinidad, liberado de los atavismos que impiden al Hombre reconocer a la Mujer sin sentirse disminuido.

Creo que Francisco ha logrado ese nivel de evolución cultural que le permite tener por ciertas estas palabras del poeta Rainer María Rilke: “…un día, la joven será, y será la mujer, y sus nombres no significarán más lo mero contrario de lo masculino, sino algo por sí, algo por lo cual no se piense en ningún complemento ni límite, sino nada más que en vida y ser; el ser humano femenino.” (Cartas a un joven poeta, Ediciones Amanecer, Buenos Aires, 1941). Personalmente me consta que Francisco no tiene el menor problema en reconocer la fuerza de las mujeres; y más aún, le gusta estimular sus potencialidades, lo que se refleja en el carácter de los personajes femeninos de sus novelas.

En alguno de los libros de Italo Calvino encontré esta frase: “En mi vida he conocido mujeres de gran fuerza. No podría vivir sin una mujer a mi lado. Soy sólo una parte de un ser bicéfalo y bisexuado, que es el auténtico organismo biológico pensante”. Estas palabras regresan a mi mente cuando comparto el tiempo con Elena y Francisco, y cuando observo a esa hermosa pareja interactuar. Pero también pienso en lo dicho por Calvino al recordar que, muchos siglos antes, Platón ya había expresado la misma idea cuando escribió: “El Estado que no educa a sus mujeres es como un ser humano que sólo hace ejercicio con un brazo”.

Y cito a Platón para introducirme en el tema que quiero resaltar, con respecto a las dos novelas que ha escrito Francisco Ramírez; porque tanto en ‘Constanza entre cocos, bares y corales’ (Imprenta y Litografía García Hnos, San José, 2000), como en ‘Recreo en el Caribe’, nuestro autor se ocupa de describir relaciones entre hombres y mujeres que comparten el mismo nivel de inteligencia, sensibilidad y dignidad.

Quienes hemos tenido la dicha de compartir tertulias con Francisco y disfrutamos mientras nos habla de Astronomía, de los últimos avances en Matemática y en Física o mientras jugando nos explica las reglas del Croquet  y otros juegos, descubrimos también lo mucho que él ha llegado a saber estudiando a Platón.  Y sus novelas son un reflejo de ello, porque él cree en la contemplación y en la búsqueda de la ‘areté’, dos conceptos cruciales en la filosofía platónica. Francisco es feliz y nos lo dice a través de uno de los personajes de Recreo en el Caribe, quien señala: “La alegría no es la felicidad, son chispas de luz que iluminan la vida aún en los peores momentos. La felicidad es un estado más profundo, reposado y duradero”.

Para comprender esta diferencia entre alegría y felicidad, pero sobre todo para vivir en un estado de felicidad “más profundo, reposado y duradero”, el autor nos muestra que es necesario recorrer un camino diferente al que nos impone  la sociedad globalizada: hay que tomar la decisión de vivir a otro ritmo, y aplicar ciertos principios para aprender el arte de la ‘contemplación’.  Francisco lo sabe, lo ha experimentado y, feliz como se siente, no puede hacer menos que compartir con nosotros el tesoro que se encuentra cuando se sabe buscar en el alma; cuando se comprende, como ha comprendido él, que “la desvergüenza”, según la definía Platón, “es el estado del alma que hace soportar la deshonra por amor al lucro”.

Me atrevo a afirmar que el argumento de Recreo en el Caribe, es sólo una excusa: un juego con el que nos divierte Francisco, mientras destila en nosotros sus conocimientos, su filosofía de vida, su manera de ver el mundo; el suspenso sirve para hacernos recorrer distintos lugares y conocer personas que rompen el molde y nos enseñan que la vida es mucho más de lo que nos han dicho, que existen otras opciones, y para mostrarnos algunos de esos mundos posibles nos traslada, con sus protagonistas, al Caribe costarricense, ese lugar mágico donde Nena, la co-protagonista, descubre que:

“…¡No hay códigos!. Toda la gente es diferente, toda la gente es singular. ¡Imposible establecer un patrón! Cada cual hace lo que quiere, es lo natural y se acepta”; y es descubriendo ese lugar y a esa gente donde ella se descubre a sí misma y se da cuenta de que no quiere dejar que la vida pase por la ventana por lo que decide tomar cartas en el asunto, abrirse, jugar y hacer la apuesta más importante: una apuesta que pone en juego temas  como amar y ser feliz.

Conocer a Francisco me permite imaginar lo mucho que se divierte inventando la trama de sus novelas y los diálogos de sus personajes, quienes, por cierto, son tan inteligentes e irónicos que se ríen hasta del mismo autor. Pero a él no le importa y también se ríe con autoironía, porque sabe que el juego es sólo una excusa para exponer sus inquietantes preguntas, sus modelos de vida alternativos y, sobre todo, para recordarnos el Oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo”.

En La apología de Sócrates (Melsa, España, 2006), nos cuenta Platón que su Maestro termina su defensa pidiéndole a los atenienses que cuando sus hijos sean mayores los hostiguen, los cuestionen como él ha hecho siempre; y que si ven que prefieren las riquezas a la virtud y si se creen algo cuando no son nada, les suplica que no dejen de ponerlos en evidencia, que los avergüencen si no se aplican a lo que deben aplicarse y creen ser lo que no son.

En sus novelas, Francisco nos cuestiona –tal como quería Sócrates que se hiciera con sus hijos–, para hacernos comprender que hay otras formas de vida diferentes a esa uniformada, consumista… enlatada, que nos quieren imponer; y nos recuerda que a través de la contemplación y el cultivo de laareté podemos encontrar la belleza, la poesía, la amistad y el amor.

En el dorso del libro Recreo en el Caribe se lee lo siguiente: “En medio de la maravillosa naturaleza de la selva tropical, una mujer traumatizada se encuentra con un niño juguetón de cuarenta años a quien no pudieron destruirle su alma infantil.

¿Puede el juego curar un corazón herido?

La intriga y el misterio se desarrollan a todo lo largo de la costa caribeña en una divertida actividad lúdica, con un desenlace sorprendente y completamente inesperado.

Con un argumento independiente esta es, sin embargo, la segunda parte de una trilogía, en donde vuelven a aparecer algunos personajes de ‘Constanza entre cocos, bares y corales’. “

Espero con ilusión la tercera novela. Mientras tanto, disfruto recordando las tramas desarrolladas en la primera y la segunda parte de esta trilogía; y concluyo pensando que Recreo en el Caribe nos invita a jugar el juego más serio de nuestra vida y a buscar el mayor de los tesoros: la felicidad.

Nuria Rodríguez Gonzalo es abogada.

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3 COMENTARIOS

  1. Me ha parecido muy interesante, hasta emocionante. La búsqueda de sentimientos y estados del alma siempre lo es. Qué podría agregar acerca de las mujeres sin caer en lo obvio? Maravillosamente conscientes de su naturaleza.

    Como pensamiento analógico, se me ha ocurrido que cuando dice “La alegría no es la felicidad, son chispas de luz que iluminan la vida aún en los peores momentos. La felicidad es un estado más profundo, reposado y duradero” bien podría estar hablando de pasión y amor.

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