jueves 2, diciembre 2021
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¿Para qué sirve el G20?

  Brisbane (Australia),(Análisis-dpa) – ¿Puede el G20 salvar el mundo? ¿Sirve el grupo de los 20 principales países industrializados y emergentes para resolver realmente los grandes problemas? De cara a la cumbre de este fin de semana en la ciudad australiana de Brisbane vuelve a plantearse la cuestión del sentido de este tipo de encuentros anuales de los jefes de Estado y de gobierno.

El G20 se presenta demasiado a menudo como una familia en crisis que no sabe cómo responder a los desafíos de la humanidad y se limita a emitir largos comunicados cargados de palabras pero pocas acciones concretas.

Pese a ello, el grupo, creado en 1999, demostró su importancia en las cumbres de 2008 y 2009, en plena crisis financiera, y sigue siendo hoy el principal foro de cooperación económico del mundo. «En una economía global integrada necesitamos plataformas que promuevan la cooperación económica internacional», señala a dpa Mike Callaghan, director del centro de estudios del G20 del renombrado Instituto Lowy australiano. La crisis financiera global demostró la interdependencia de las economías mundiales», subraya.

El pequeño grupo del G7 no puede seguir ofreciendo hoy soluciones globales, porque los países en desarrollo y emergentes representan más de la mitad del PIB mundial. Si no existiera el G20 habría que haber creado un foro de este tipo para unir a ambos bloques. «El G20 fue claramente efectivo en responder a la crisis», señala Callaghan. Se evitó la temida Gran Depresión y la cumbre de 2009 en Londres sirvió para restaurar la confianza y evitar que la coyuntura mundial siguiera cayendo.

Sin embargo, la determinación del grupo para abordar los grandes problemas del mundo se fue diluyendo con el paso del tiempo. El año pasado, en San Petersburgo, los líderes mundiales sólo mostraron división y parálisis ante una tragedia humanitaria como la guerra civil en Siria.

También se sienten casi siempre decepcionadas las organziaciones de ayuda que combaten el hambre y la desigualdad. «El G20tiene que demostrar aún que es algo más que un mero club de debate», señala Silvia Holten, de la organización de ayuda a la infancia World Vision.

En un mundo global e interdependiente, un país no puede solucionar solo los problemas: ni las cuestiones de comercio, de equidad fiscal, cooperación financiera, protección del medio ambiente ni la desigualdad entre ricos y pobres.

El G20 al menos sienta a todos los principales actores a una misma mesa: están representados dos tercios de la población mundial, 90 por ciento del PIB y 80 por ciento del comercio.

A diferencia de Naciones Unidas, el foro es aún lo suficientemente pequeño como para permitir negociaciones concretas, subraya Rebecca Nelson, del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense. «La presencia de los jefes de Estado en las negociaciones permite decisiones vinculantes en importantes áreas de la política». En las cumbres no sólo están representados además los jefes de los bancos centrales, sino también del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

Precisamente en la lucha contra la evasión fiscal, el G20 está haciendo avances concretos. «El trabajo del G20 muestra una de sus mejores caras en lo que respecta a los impuestos», celebró el presidente estadounidense, Barack Obama.

Los críticos tienen fuertes argumentos, pero también deben reconocer todo lo que el G20 no es (ni debe ser): no es un gobierno global ni una institución organizada en base a un tratado. Le falta además el poder para hacer cumplir sus resoluciones. El G20 puede únicamente fijar el curso a seguir, dar el impulso político. El hecho de que los distintos sistemas de valores de sus miembros impidan a menudo acuerdos concretos no pone en tela de juicio las cumbres en sí, sino que refleja más bien las diferentes realidades políticas.

Otro de los problemas es la ampliación de la agenda que van sufriendo las cumbres de un año a otro. La rotación, que hace que cada país que preside el grupo ponga sus propias prioridades, devalúa los contenidos, y se echa de menos también una estructura organizativa. Pero esto también es una ventaja. «El G20 no necesita una estructura formal», señala Callaghan. «Su fuerza radica en la participación directa de los líderes». Una burocracia propia le restaría efectividad a esto. «Es importante el proceso informal».

La cumbre de esta semana del Foro de Cooperación Asia Pacífico (APEC) fue un buen ejemplo de ello. Dónde si no se da la posibilidad de que los presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, y de Rusia, Vladimir Putin, puedan verse cara a cara en un ambiente relajado para hablar sobre sus enfrentamientos en las crisis en Ucrania o en Siria, sin que tenga que tratarse de un acto oficial de Estado cargado de protocolo.

Andreas Landwehr (dpa)

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