lunes 24, enero 2022
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¡Europa despierta! El sermón de Francisco en Estrasburgo

Foto cortesía del Concejo de Europa.

En su corta visita a Estrasburgo (3 horas y 50 minutos), el Papa Francisco pronunció dos discursos, en el Parlamento (28 Estados) y en el Concejo de Europa (47 Estados). Los feligreses estrasburgueses se reunieron masivamente en la catedral con la esperanza defraudada de una visita sorpresa. Pero este 25 de noviembre el papa venía a hacer política. El encuentro con el pueblo de Cristo será en otra oportunidad.

Los dos discursos de Jorge Bergoglio fueron sermones de inspiración franciscana; es decir una predica del evangelio sine glossa, dando vida al evangelio de nuevo genuinamente. En este sentido el Papa Francisco es el heredero de Antón de Montesinos, Las Casas, Pedro Claver, Martin de Porras, y, más cerca de nosotros, de los teólogos de la liberación. En la época de de Las Casa o Montesinos afirmar que los indios tenían un alma, que eran personas o “preferir a un indio libre que a un cristiano esclavo” era algo revolucionario. Y por lo tanto estos vanguardistas solo estaban interpretando el evangelio “cristianamente”. En el siglo XXI, el Papa afirma que los veinte millones de desempleados en Europa tienen derecho a la dignidad trascendente.

En efecto, en los recintos de las instituciones europeas, Jorge Bergoglio defendió una concepción del hombre en la que se destaca como eje principal la “dignidad trascendente”, la cual es un dato antropológico, es decir una cualidad que todos los hombres pueden reivindicar. Para el papa argentino, el sistema económico actual, al convertir al hombre en “una mercancía intercambiable, implementa una nueva esclavitud,” que favorece la primacía de la técnica, desemboca en la “cultura del desecho” y en “una mentalidad consumista a ultranza”. Si no se respeta la “dignidad trascendente” de cada hombre, y si solo se considera al hombre como ciudadano o cliente, se pierde la esencia trascendente, que aparece en la relación con el prójimo. No decía otra cosa la Madre Teresa de Calcuta cuando afirmaba que en Occidente “el tiempo es oro” y que en las zonas pobres y rurales del mundo “el tiempo es relación”. Dejar a los mayores en la soledad, abandonar a los jóvenes en el túnel del desempleo, discriminar al extranjero, o no socorrerlos –Jorge Bergoglio recordó que el mar Mediterráneo se está convirtiendo en un enorme cementerio de la juventud africana- son comportamientos que niegan los grandes valores fundadores de Europa. Es una lástima que hoy Europa esté perdiendo el atractivo de antaño. El pesimismo nunca es un buen consejero. Pululan en Europa las tentaciones nacionalistas. Recuerda igualmente que la idea de la justicia para todos, la democracia y el fomento de los Derechos Humanos” forman parte de la identidad europea. Si se maltrata la “dignidad trascendente” reina el culto de la opulencia, el reino del individualismo, se propaga la globalización de la indiferencia. Frente a una Europa que parece herida y cansada hay que inspirarse en las raíces, cultivar el tronco, para que las hojas se mantengan en pie ante el envite de los vientos. La paz nunca es un estado permanente, es el combate cotidiano. “Es necesario superar las situaciones conflictivas, pero los conflictos no deben ser ignorados, sino asumidos y encarados”. Mas que nunca se necesita recurrir a la memoria y a la audacia, construir una utopía sana y humana.

El papa Francisco abordó igualmente temas como la ecología, el dialogo intergeneracional, o la distancia entre las instituciones y los ciudadanos.

La mirada del papa Francisco, la sonrisa de Jorge Bergoglio, y la justeza de sus palabras nos recuerdan que tras el bosque que tapan las instituciones europeas o las instituciones vaticanas, existen afortunadamente voces disidentes que empalman con las reivindicaciones que se escuchan en las calles del mundo entero. La voz de Jorge Bergoglio recoge ese hartazgo mundial.

Al terminar los discursos, los representantes de Europa se pusieron de pie y lo aplaudieron con una gran ovación. Quizás este gran sermón sea un discurso más y los diputados europeos sigan ensimismados en sus quehaceres cotidianos y de corto plazo. Pero la historia recordará la valentía de este representante religioso que alertó a la impotente clase política europea contra el peligro que constituye la dimisión del poder político, y la deshumanización acarreada por el reino de las finanzas, institucionalizando una nueva esclavitud.

(*) Enrique Uribe Carreño es catedrático en Estrasburgo

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