miércoles 19, enero 2022
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Conmigo o sin mí… ¡y viceversa!

“Yo cuestiono la visión, ampliamente difundida,

de que la infidelidad siempre indica problemas

más profundos dentro de una relación. Las

aventuras surgen a causa de una miríada de fuerzas;

y no todas ellas están directamente relacionadas con

fallos en el matrimonio. Da la casualidad de que

muchos adúlteros están bastante satisfechos con sus

relaciones de pareja.” Esther Perel. Inteligencia erótica.

Un amigo uruguayo, al que le hice muchas bromas cuando la Selección de Fútbol de Costa Rica ganó frente a  la de Uruguay (…y no quiero imaginar las bromas que me hará él cuando suceda lo contrario); me contó que desde hace muchos años se replanteó el tema de los celos gracias a una canción titulada ‘Aquí y ahora’ compuesta por la actriz y cantante argentina Marilina Ross. Mi amigo tuvo la amabilidad de enviarme la letra de esa canción, así como el enlace de Youtube, y eso me permitió disfrutar una versión grabada en concierto donde la cantante y compositora introduce el tema con las siguientes palabras: “Y un día, en que me sentí abandonada, o sentí miedo de ser abandonada; en el momento anterior a abrir la llave del gas o cortarme las venas con una Gillette oxidada, decidí hacer algo más práctico, que era sacar afuera lo que me estaba pasando, y compuse esta canción que no sólo me ayudó, sino que me enseñó mucho. Espero que a Ustedes también”.

Debo confesar que la música de esta canción no me pareció extraordinaria, pero la letra –con todo y su sencillez­–, me hizo reflexionar sobre el tema de los celos y me impulsó a escribir este collage; así que  agradezco a mi amigo uruguayo el haberme puesto en contacto con esa canción que me lleva a rescatar algunas citas que extraigo de mis lecturas. Citas que, aquí y ahora, comparto con vos.

Marilina Ross inicia su canción con estas palabras “Vuelve siempre una pregunta que no puedo contestar: si el amor no es egoísta ¿por qué la fidelidad?. Porque te amo quiero que seas feliz. Porque te amo, conmigo o sin mi. Si mi amor se fue esta noche y es feliz con quien está; por qué me muero de celos, si el amor antes que nada es dar?”

Si el amor no es egoísta ¿por qué la fidelidad? Nos pregunta la cantante, y yo agrego: ¿por qué matar o morir por celos en lugar de vivir y dejar vivir salvando las posibilidades nuestras y ajenas? Ofrecer una respuesta generosa a esas preguntas no es asunto sencillo, pues, como explica Esther Vilar en su obra, justamente titulada, Celos:  Novela para tres máquinas de fax y una grabadora (Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1999), quien sufre de celos puede terminar sintiendo adicción a los violentos sentimientos que esa pasión le provoca, al punto de que el amor puede convertirse en una simple bagatela, en una excusa que sólo sirve de detonante o desencadenador de la fuerza de la cegadora pasión que son los celos. Y quien necesite pruebas al respecto sólo tiene que leer, o ver representada, la famosa obra de teatro: Otelo del genial William Shakespeare.

Pero volviendo a la novela de Vilar, resulta que una de sus protagonistas nos dice: “Por amor se teje un jersey, se escriben versos, se envían flores y se engendran hijos. En cambio los celos sólo quieren una cosa: matar. Al amado, a la rival, a una misma. Menuda diferencia, ¿no?”…¡Claro que hay diferencia! Y aunque no quisiéramos reconocer que los celos, en su más primitiva expresión, lo que quieren es matar…a alguien, pero matar (como bien lo expresó Marilina Ross en la introducción de su canción), muchas veces lo que terminamos matando, a raíz de los celos, no es al otro ser humano o a nosotros mismos, pero sí las relaciones que nos engendran celos. Lo anterior me quedó claro con la lectura de ese libro maravilloso de Esther Perel que ya he citado en otros collages y que se titula Inteligencia Erótica (Ediciones Temas de Hoy S.A, Madrid, 2007), libro que, por cierto, no me canso de recomendar porque me ha enseñado muchísimo sobre este y otros temas relacionados con el erotismo, el amor, los celos y un largo etcétera imposible de resumir.

Perel replantea el tema de los celos y de nuestra infantil exigencia de monogamia y exclusividad sexual en ese esclarecedor capítulo, cabalmente titulado, ‘La sombra de un tercero: replanteándose la fidelidad’, donde la autora propone re-pensar nuestras vida amorosa y nos muestra cómo, a lo largo de nuestra existencia, de una u otra manera, seguimos buscando en la relación de pareja esa identidad absoluta que creímos tener con nuestra madre en los primeros años, y agrega… “La pregunta es: esa unidad que tanto luchamos por recuperar ¿no es en sí misma una fantasía? Para el niño, mamá es el principio y fin de todo, pero la madre siempre ha conocido a otras personas; incluso tiene un celoso amante: el padre. Al final resulta que mamá nunca nos fue completamente fiel, ni siquiera al comienzo del cuento de hadas”.

Y en otro punto de ese mismo capítulo la autora cuenta que la terapeuta Michele Scheinkman dice que la cultura norteamericana (pero creo que su frase es aplicable a todo Occidente y me quedo corta con esa apreciación) “muestra una gran tolerancia ante el divorcio –que implica una ruptura absoluta de los lazos de lealtad y tiene dolorosos efectos sobre todos los miembros de la familia–, pero es una cultura que no tolera en absoluto la infidelidad sexual”. Parafraseando a Perel, elegimos  matar una relación de pareja en lugar de  cuestionarnos su estructura. Y esa decisión  de aniquilar una relación a través de la separación o el divorcio –rompiendo los lazos de lealtad y provocando dolorosos resultados no sólo en la pareja sino además en el resto de miembros de la familia– es algo que me interesa sobremanera, porque en mi trabajo observo, día a día, penosos y desgastantes procesos judiciales como resultado de la violencia involucrada en estas exigencias de fidelidad.

Pero, volviendo a Marilina Ross, ella concluye en su canción: “Los modelos que he tenido no sirven para imitar, caminante no hay camino lo tenemos que inventar, aquí y ahora”. Pues bien, ¿qué te parece si tratamos de inventar otros caminos a la luz de nuevas lecturas?.

Creo que es de suma importancia replantearnos la exigencia de fidelidad que tanto dolor provoca ante la simple sospecha de infracción…y ni se diga ante la comprobación de que, efectivamente, ‘mi amor se fue esta noche y es feliz con quien está’, como dice la canción; tema que me lleva a preguntar ¿los celos, allá en el fondo, enmascaran otro sentimiento aún más difícil de aceptar?, ¿acaso nos corroe la maldita envidia por imaginar o, peor aún, comprobar que la persona a la que amamos se está divirtiendo de lo lindo con alguien más que nos retira el título de únicas e indispensables en la vida de nuestra pareja?

La relación entre celos y envidia no es cuento. De hecho ha sido ampliamente estudiada por la psicoanalista Melanie Klein en su ensayo Envidia y Gratitud (Paidós, México, 2009), donde nos explica que la envidia ataca la más temprana y primordial de las relaciones: la que tenemos con nuestra madre. Y agrega que la envidia es uno de los factores más poderosos y radicales de debilitamiento de nuestros sentimientos de amor y gratitud,  primero hacia la figura materna pero luego hacia la Humanidad en general. Por el contrario, el desarrollo de sentimientos de gratitud provoca en los seres humanos una evidente mitigación de la envidia que, en el fondo, es precisamente nuestra incapacidad de gozar: “Los celos, como sabemos, son inherentes a la situación edípica y están acompañados por el odio y los deseos de muerte. Sin embargo, normalmente el logro de nuevos objetos que pueden ser amados –el padre y los hermanos– y otras compensaciones que el yo en desarrollo obtiene del mundo externo, mitigan hasta cierto punto los celos y los motivos de queja. Si los mecanismos paranoides y esquizoides son fuertes, los celos –y finalmente la envidia– quedan sin ser mitigados. El desarrollo del complejo de Edipo es influido esencialmente por todos esos factores”.

Como explica Klein: contrario a la envidia y los celos el sentimiento de gratitud se encuentra  fuertemente ligado a la generosidad, y son las personas que han desarrollado esa capacidad de gratitud quienes son menos proclives a la idealización y a la ansiedad persecutoria  que siente la persona celosa y envidiosa, lo que es sumamente importante porque es precisamente la esperanza y la confianza en la bondad de las otras personas lo que nos ayuda a superar las grandes adversidades… incluida la posibilidad de que nuestra pareja nos abandone realmente. Y aquí llegamos a un punto que estimo medular para resolver el tema de los celos: aceptar que nuestra pareja es libre. Este tema fue magníficamente desarrollado por Stanley Kubrick en su película Eyes Wide Shut, traducida al español bajo el nombre: Ojos bien cerrados. En ese filme observamos el espantoso conflicto y deseo de venganza que siente Bill cuando Alice, su esposa, le cuenta una fantasía sexual que lo excluye. Sobre esta película nos comenta Perel: “Bill es como muchas de las personas que he conocido. Su seguridad no se basa únicamente en lo que hace Alice, sino también en lo que ella piensa. Sus fantasías prueban su libertad y su otredad, y eso lo asusta. El tercero nos muestra otras posibilidades, opciones que descartamos. De esta manera, está ligado a nuestra libertad.”…y a la libertad de nuestra pareja…¡claro está!

Sobre este tema de la libertad en las relaciones encontré un simple pero efectivo ejemplo en Punto de Referencia de Daniel Gallegos (Editorial Costa Rica, San José, 2000). En esa deliciosa novela que, entre otros asuntos interesantes y muy bien tratados, desarrolla el tema de un triángulo amoroso, observamos el punto de vista de una experimentada mujer para quien la relación de pareja puede verse como dos círculos entrelazados que forman, con sus hemisferios, un tercer círculo en el centro de los otros dos. Este tercer círculo que aparece en el centro es el mundo que comparte la pareja: “Sin embargo, a cada lado queda un medio círculo independiente, que es la parte de cada quien, a la que el otro no tiene acceso, ni puede ser incluido. Cualquier intento sería una invasión a un espacio prohibido, además de causar una destrucción, porque es imposible ampliar el círculo central sin ocasionar la desaparición de las partes adyacentes”.

Para la moderna Diotima, que en la obra de Gallegos  lleva el nombre de Edna y que tanta sabiduría nos va destilando a lo largo de la novela: “Esas esferas independientes pueden ser a su vez ocupadas por otros, y en ocasiones pueden formar otro mundo aparte, independientemente de la pareja. Y ese ámbito sellado, infranqueable produce nostalgia y sufrimiento en la parte que queda por fuera”.

Claro que esa nostalgia y sufrimiento nos pueden llevar a la decisión de abrir la llave del gas o  de cortarnos las venas con una Gillette oxidada, como pensaba hacer Marilina Ross, antes de decidirse por algo más práctico, o sea: sacar afuera lo que le estaba sucediendo para terminar dándose cuenta de que su miedo al abandono no le permitía reconocer la libertad intrínseca de su pareja.

Pero, debo reconocer que las soluciones maduras y civilizadas no abundan, al menos en estrados judiciales. Nuevamente Esther Perel es quien me explica que el  temor a la pérdida y al abandono es lo que nos hace aferrarnos fuertemente al ideal de la monogamia que, en el fondo, significa negar la libertad de nuestra pareja. La autora de Inteligencia erótica agrega este comentario que llamó poderosamente mi atención:  “En una cultura en la que todo es desechable y en la que los recortes de planilla en las empresas confirman hasta qué punto somos todos reemplazables en realidad, nuestra necesidad de sentirnos seguros en nuestra fundamental relación de pareja es enorme. Cuanto más pequeños nos sentimos en el mundo, más necesitamos brillar a los ojos de nuestro compañero. Queremos saber que le importamos y que, al menos para una persona, somos irreemplazables… Ansiamos sentirnos completos y liberarnos de la prisión de nuestra soledad”. Pero claro, lo sabemos bien: no es otra persona la que logrará liberarnos de la prisión de nuestra soledad y tampoco es aprisionando a esa persona, que decimos amar –ni eliminando supuestos rivales–, como lograremos liberarnos de la soledad y de la sensación de abandono que viene desde nuestra infancia.

Otra tema que se desprende de los anteriores, y que no podemos pasar por alto, tiene que ver con las razones y pasiones que mueven a quien, supuestamente, realiza el abandono: me refiero a la persona que comete infidelidad. Mi experiencia laboral y de vida me ha permitido conocer personas que se saben amadas…pero no deseadas y que, independientemente de que sus parejas les ofrezcan fidelidad, buscan vivir otras relaciones románticas. Como explica Perel hay diversas razones que inducen a las personas a vivir estas experiencias: “A veces una aventura amorosa consiste en una búsqueda de intensidad, o en una rebelión en contra de los límites impuestos por el matrimonio. La transgresión es afrodisíaca, y en ocasiones los secretos son una fuente de autonomía o una reacción violenta contra la falta de privacidad. ¿Qué podría ser más excitante que una conversación telefónica susurrada en el cuarto de baño?. Así, la agobiada madre puede volver a sentirse mujer nuevamente: su amante no sabe nada del juego de Lego roto o del fontanero que la dejó plantada por segunda vez”.  Me gusta pensar que en este siglo, ‘aquí y ahora’ como dice la canción, llegó el día en que la persona infiel… y en especial la mujer infiel, que en el pasado fue agobiada por la culpa, se atreve a parafrasear la canción de Marilina Ross en estos términos: si me voy esta noche y soy feliz con quien estoy ¿por qué te mueres de celos si el amor antes que nada es dar? Si el amor no es egoísta ¿por qué la fidelidad? Porque te amo quiero ser feliz, porque te amo, contigo o sin ti… pero también: porque te amo quiero que seas feliz, porque te amo conmigo o sin mi.

¿Por qué le doy especial énfasis a la infidelidad femenina y se me ocurre que sería un gran avance si la mujer infiel se atreviera a cantar esa nueva versión de la canción de Marilina Ross?, quizá por las mismas razones que tiene Esther Perel para recordarnos, a lo largo de su maravilloso libro, que la monogamia representó en las culturas patriarcales una forma de control sobre la reproducción femenina y estaba asociada a temas como el linaje y la propiedad  –dos asuntos totalmente extraños al amor–, pero actualmente, se tiene la idea de que la convicción de que nos casamos enamorados puede sustituir a la convención patriarcal; exigimos  demasiado a nuestra pareja: “La lista de nuestros deseos sigue incluyendo todo lo que debe proporcionar una familia tradicional (seguridad, hijos, propiedades, respetabilidad), pero ahora, además, queremos que Joe nos ame, nos desee y esté interesado en nosotros. Deberíamos ser confidentes, los mejores amigos y unos amantes apasionados. El matrimonio moderno nos promete que existe una persona con quien todo esto será posible y que simplemente tenemos que encontrarla”… esto es poco realista, es exigir demasiado a una sola persona, y sobre todo: no es amor, en el fondo, es égoïsme à deux, un egoísmo ampliado, una relación simbiótica, como lo muestra claramente Erich Fromm en El arte de amar (Paidós, España, 1988).

En fin, dejo estos temas planteados con el deseo de que las citas y los puntos de vista esbozados te provoquen inquietudes de profundizar por tu propia cuenta. Sin embargo, para terminar quiero contarte lo siguiente: en otra ocasión mi amigo uruguayo me preguntó: ¿qué es para vos el minuto heroico?… no supe qué responder. Y entonces, mi amigo más oriental de Sudamérica, comentó que para él ese minuto sucede cuando –a pesar del sueño, la enfermedad, el cansancio o el simple deseo de seguir durmiendo–, nos levantamos de la cama para ir a trabajar­. Estoy de acuerdo. Pero desde que escuché la canción de Marilina Ross he pensado que a lo largo del día podemos vivir otros “minutos heroicos” cada vez que nos sobreponemos a los celos y a la envidia, cada vez que decidimos reconocer que las personas a las que amamos tienen derecho a ser libres y felices, cada momento en que, como hizo Marilina, renunciamos a las ideas suicidas y homicidas provocadas por los celos y decidimos hacer algo más práctico como sacar afuera lo que nos está pasando y cantamos: ‘Los modelos que he tenido no sirven para imitar, caminante no hay camino lo tenemos que inventar, aquí y ahora’. 

Creo que la propuesta de esa sencilla canción es, en el fondo, la misma de Esther Perel en su excelente libro Inteligencia erótica: crear un ‘nuevo arte de amar’ para las parejas del siglo XXI que nos permita afirmar y cantar ‘Si el amor no es egoísta ¿por qué la fidelidad?. Porque te amo quiero que seas feliz, porque te amo, conmigo o sin mi’… ¡y viceversa!

Nuria Rodríguez Gonzalo es Abogada

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