viernes 21, enero 2022
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Un anunciado desplome de imagen del gobierno PAC-SOLÍS

Columna “Pensamiento Crítico”

El problema del inevitable declive del liderazgo presidencial

El liderazgo no es una cualidad puramente personal psicológica y mucho menos genética, pues depende una compleja y  cambiante trama de relaciones sociales entre el líder y el grupo de los seguidores. En el caso que nos ocupa, por un lado, entre LGS -primero como candidato y después como presidente- y, por otro, la gran masa de los votantes que lo apoyaron en las pasadas elecciones del 6 de abril. Claro está que los dos momentos son muy distintos, sobre todo porque en el primero hubo una movilización ciudadana sin precedentes a su favor, alentada por el fogoso ejercicio de su influencia personal sobre los votantes siguiendo de cerca el modelo del “liderazgo carismático”. En el momento presidencial, como veremos, priman otras condiciones y factores a tomar en cuenta.

En la fase electoral, los seguidores de LGS le reconocieron con creces la superioridad de sus aptitudes para ser primer mandatario frente a las deficientes de su rival, incluidas las de índole moral cuando lo vieron más honesto y confiable. Se dejaron impresionar por el prestigio académico del candidato, como catedrático universitario con altos estudios de ciencias políticas, historia y relaciones internacionales. Al final de la campaña, fueron seducidos por su magnetismo personal y movidos por su fluida y bien articulada oratoria magisterial. También medió la forma como apeló a ellos vía el contacto personal directo, hasta conquistarlos y motivarlos a ir las urnas.

Emergió el carisma con tonalidades de caudillismo

Así fue a groso modo, como, en el transcurso del proceso, cientos de miles de votantes ungieron e inflaron la imagen personal de LGS con los atributos del carisma: un fenómeno donde lo esencial no es si el líder realmente posee en su personalidad lo que allí perciben o creen percibir los adherentes, sino la imputación al líder que llevan a cabo de ciertas cualidades mágicas, excepcionales o sobrenaturales para ejercer el poder (en este caso el mando presidencial); y esto sucedió con LGS muy a pesar de lo  veloz de su irrupción y ascenso en  la palestra política y en las encuestas de opinión, dándole ciertas características de un popular caudillo a la usanza latinoamericana.

Entre enero y abril de 2014, pudimos observar cómo produjo un masivo e indetenible efecto de efervescencia o “Alka Seltzer” alrededor del novel candidato, que no fue determinado sino reforzado por la propaganda a favor del candidato y su facilidad para conectarse y mezclarse con los simpatizantes -recordemos al respecto las “Caravanas de la Alegría”- y para desenvolverse en los debates y los escenarios de la televisión.

La transformación del carisma

Pero una cosa es desempeñarse con apego al modelo del liderazgo carismático en una campaña electoral, y muy otra es gobernar el país desde un puesto de jefatura instalado en la cúspide de una jerarquía burocrática preexistente, allí donde los subordinados no obedecen al superior por sus dotes y brillos personales, sino porque ocupa ese puesto y está llamado a ejercer autoridad al frente del Estado según las normas establecidas por el ordenamiento jurídico-constitucional.

De ahí que desde tiempo atrás esperáramos algunos ajustes en el estilo de mando de LGS al asumir la presidencia, con pérdida relativa de su carisma y predominio en sus desplazamientos de rituales y tejemanejes  de tipo burocrático-estatal. Lo mismo que era menester alistarse para que, en la toma de decisiones presidenciales, comenzaran a aparecer limitaciones para el ejercicio del poder provenientes del sistema de pesos y contrapesos dado entre los poderes de la República, a la par del influjo poselectoral de los grupos de presión (cámaras, sindicatos, poderes fácticos y mediáticos, etc.) que siempre comienzan a multiplicar sus capacidades de ejercer coacción y hasta de querer gobernar, una vez finalizado el torneo electoral y desmontadas las maquinarias electorales y de propaganda de los partidos. Así lo manifestamos en esta columna. Pero eso no fue todo.

Indicamos que había señales de un declive de apoyo popular

Presagiamos el hecho de que LGS, su equipo de gabinete y sus diputados afines no podían, o no estaban dispuestos ni en condiciones, de llegar a cumplir con sus promesas de campaña, tampoco con el anunciado programa de gobierno para el “Gran Cambio de Rumbo” con el que se habían comprometido  ante el electorado a cambio de que votaran por ellos. Sencillamente, finalizado el torneo electora, no tenían la cuota de poder suficiente en lugar alguno del sistema político para superar los bloqueos, chantajes y trucos sucios que acostumbra interponerle a sus retadores la neo-oligarquía partidocrática comandada por el PLN y sus aliados.

Apuntamos, como una consecuencia del entrabamiento y los frenazos al GPS y el cúmulo de sus debilidades y fallas, a un clima emergente de crecientes frustraciones y grandes desesperanza ciudadanas; a un progresivo acomodo del PAC a las presiones e intereses de la Partidocracia tradicional, o sea, al status quo y a las demandas conservadoras (para no decir reaccionarias) de muchos altos círculos de la clase económicamente dominante.

Igualmente, anotamos que había falta de creatividad, innovación y hasta de preparación de proyectos de ley y otras medidas capaces de darle un vuelco al rumbo del Estado y las políticas públicas, lo cual iba a desgastar aún más el prestigio y poder real de LGS y sus allegados en Zapote y Cuesta de Moras.

Una encuesta universitaria fue contundente en señalar el deterioro de imagen y apoyo

Y todos esos presagios fueron plasmados en nuestra columna del pasado miércoles 10 de diciembre, justamente un día de antes de que aparecieran los datos de la última encuesta del Centro de Investigaciones y Estudios Políticos (CIEP) de la UCR, confirmando nuestras sospechas y temores de un viraje gubernamental en sentidos opuestos a lo esperado por la mayor parte de los ciudadanos, en especial los que votaron por LGS y el PAC.

Repasemos algunos de los indicadores más decisivos al respecto, recolectados por el CIEP-UCR entre el 10 y el 29 de noviembre.

  1. Para comenzar, entre julio- noviembre, las “opiniones positivas” sobre la gestión del Gobierno PAC-Solís (GPS) descendieron de un 39,2% a un 30,8% y las “opiniones desfavorables” se dispararon de un 19,8% hasta llegar a un 34,5%. Nótese que quienes calificaron la labor como muy mala, saltaron en ese mismo período de un 3,6% a un 8,9%.
  2. A la pregunta ¿Cree usted que dentro de un año la gestión del GPS será mejor, peor o igual que ahora?, los entrevistados respondieron así: “mejor” un 59,2% en julio; pero en noviembre lo afirmaron muchos menos, solo un 44,3%. Y cuando se contabilizó a quienes respondieron que dentro de un año la labor gubernamental sería “peor que la de ahora”, en julio la proporción era de de solo un 9,6%, mientras en noviembre había subido al 19,9%, el doble.
  3. Llama la atención que, al comparar el GPS con la anterior administración Chinchilla, los que dijeron en julio que la gestión del GPS era “peor” llegaron a un 7,1% del total, mientras que en noviembre habían subido ya a un 16,9%, un poco más del doble. Y hubo una leve baja entre quienes definieron al GPS como mejor que el de Chinchilla de un 40,1% a un 37,8, mientras los que creen que este Gobierno es «mejor» tuvieron un leve descenso del  40,1% al 37,8%. Y los que aseveraron que era igual aumentaron de un 34,9% en julio a un 39,4% en noviembre.
  4. Al enfocar el rumbo del país, lo calificaron de positivo un 33,1% en julio; pero a noviembre el porcentaje había bajado a un 27,7%, mientras quienes lo hicieron de modo negativo saltaron de 37,6% a 45,5%.
  5. Cuando se preguntó “¿Cómo calificaría la situación económica del país?”, en julio respondió que «buena» un 17,5% y en noviembre casi la misma proporción: un 16,4. Y en el otro extremo, los que la calificaron como «muy mala» pasaron de un 19,5% a un 24,6%.
  6. Es de suponer que detrás del cambiante clima de opinión respecto del GPS y su gestión, esté mediando el hecho de que éste se empeña en seguir por la misma ruta de la Partidocracia y, lo peor, aplicando recetas neoliberales que vienen de atrás y que, además, son pro-cíclicas y depresivas para la economía, el mercado laboral y el empleo, la demanda agregada por bienes y servicios, y también que incrementan el número de hogares pobres y vulnerables.

Hubo indicios desde agosto de las cosas no iban bien para el GPS

Antes de diciembre captamos algunos atisbos de que el estado de las opiniones sobre el GPS comenzaba a variar, sobre todo a partir de agosto. Por ejemplo, según una encuesta de la firma CID-Gallup para Repretel, el apoyo popular al mandatario LGS había pasado de un elevadísimo 78% en mayo, a un 61% a finales de octubre. Por entonces, solo un 43% afirmaba que la gestión del GPS iba bien; y el resto fueron opiniones negativas.

En una encuesta anterior de mediados de setiembre, la misma firma reportó que ante la pregunta: “¿Qué está haciendo el presidente Luis Guillermo Solís para cumplir sus promesas de campaña?”, hubo un 55% de los ciudadanos que respondió “poco o nada”. En ese momento, alertamos desde esta columna que era probable que la “luna de miel” del electorado con el mandatario podía ir llegando a perder intensidad o incluso a su final, conforme su labor, por un lado, se adaptaba al molde de una autoridad burocrática y, por otro, el liderazgo carismático de los primeros meses del año, iba quedando atrás.

Y el pasado 11 de este mes, cuando analizamos los datos resumidos de la encuesta más reciente del CIEP-UCR en el “Semanario Universidad”, concluimos que no andábamos tan perdidos ni equivocados en la materia.

(*) José Luis Vega Carballo es Sociólogo

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