viernes 21, enero 2022
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Por el sindicato

Creo que la mayoría de los ticos tiene prejuicios negativos en relación con los sindicatos. En primer lugar está lo que podría llamarse el prejuicio de la ecuación ‘sindicato=comunismo’, que hace recaer sobre el primero todo el peso de la satanización que durante un siglo se ha abatido sobre el segundo; con tal intensidad que en Costa Rica ni siquiera la Rerum Novarum, con todo y sus latines eclesiales, puede librarse del “sanbenito”.

Otro prejuicio operante, que se da sobre todo entre las clases altas y medias, consiste en la equivalencia que han decretado entre las palabras ‘sindicato’ y ‘chusma’; y para esa gente no hay nada peor que se les confunda, mezcle o relacione con la chusma.

Y en lo que atañe a las clases subalternas, cuyo cándido sueño es subir en la escala social, los sindicatos son vistos, en el mejor de los casos, como una mala compañía, o una amistad perjudicial: desde 1948 la memoria del pueblo liga a los sindicatos con el fantasma de la represión policial, del despido, las listas negras, las penurias económicas y la degradación social.

Los ricos odian ferozmente a los sindicatos y, dentro de su lógica (que es la lógica del capitalismo), tienen toda la razón: el sindicato es el instrumento que, al unirlos y organizarlos, dota a los trabajadores de la fuerza, la seguridad, la previsión y la dignidad que no podría hacer valer ninguno de ellos por separado frente al patrono.

Los sindicatos nacieron en la Europa del Siglo XIX, producto de la miseria y la desesperación de los obreros durante el período del Capitalismo Salvaje, con sus salarios de hambre, trabajo infantil, jornadas agotadoras, etc.  Pero las fábricas, los astilleros y los altos hornos que, para explotarlos, los mantenía reunidos durante las horas de trabajo, hicieron posible el proceso paulatino de su recíproca comunicación y su identificación como sujetos portadores de una condición común; y la conciencia de que su futuro poder dependería de su unión como un colectivo organizado.

Para favorecer el desarrollo capitalista, los sindicatos y toda otra forma de asociación profesional (salvo las cámaras empresariales) habían sido prohibidos en Francia e Inglaterra desde fines del Siglo XVIII (Ley Le Chapelier, Combination Laws);  lo que no impidió que de hecho el movimiento sindical proliferara y se extendiera por todo el mundo industrializado a lo largo del Siglo XIX.  No fueron las mentes de doctos juristas, sino las luchas de los obreros sindicalizados, sostenidas durante más de cien años, utilizando y a la vez puliendo los instrumentos de la huelga y la convención colectiva, las que forjaron y consolidaron las instituciones del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. Los Códigos y las Leyes Laborales de América Latina, promulgados entre los 20s y los 40s del Siglo Pasado, atesoraron este legado, que adoptaron,  sistematizaron e hicieron progresar hasta unos años antes de que los administradores de la Guerra Fría decretaran su congelamiento y su paulatina derogación.

El rol histórico jugado por los sindicatos pasa por dos etapas:  a) La etapa de ruptura, en la que el sindicato va arrancándole poco a poco al patrono los derechos de los trabajadores, hasta completar un sistema normativo e institucional de tutela; y b) La etapa en la cual, ya sustancialmente completo y operante el sistema normativo  e institucional de tutela,  es preciso asegurar su cumplimiento acompañando al trabajador, para compensar la debilidad constitutiva de su posición frente al patrono.

En Costa Rica, aprovechando un vacío legal y cierta tolerancia de parte de las autoridades, desde el comienzo del Siglo XX empiezan a menudear las uniones de trabajadores, las sociedades mutualistas y ciertas formas embrionarias de sindicato. En 1912 se funda una Confederación General de Trabajadores; y entre 1920 y 1943 la actividad gremialista se incrementa en muchas direcciones; pero su crecimiento exponencial se produce en los 40s: antes, pero sobre todo a partir del Código de Trabajo.

Así, además del sindicalismo bananero (UGT) , con su propia dinámica, de previo a la entrada en vigencia del Código ya se habían organizado más de veinte gremios de trabajadores en San José y otras cabeceras de Provincia: panaderos, pintores, zapateros, cerveceros, los ferrocarrileros de la Zona Bananera, los empleados de correos, los electricistas y metalúrgicos, los maestros, los obreros de la construcción, los trabajadores del vestido, de la madera, de la industria textil, de la imprenta, etc. Por último se sindicalizaron los empleados bancarios, los trabajadores de la Carretera Panamericana, los limpiabotas y las empleadas domésticas.  Y en el mismo año de 1943 se fundaron la Confederación de Trabajadores de Costa Rica (comunista) y la Confederación Costarricense de Trabajadores Rerum Novarum (católica).

En suma, el sindicalismo en general, pero señaladamente el de la empresa privada, era fuerte y profuso en la Costa Rica de aquella época; y era predominantemente laico y de izquierda.  Esto es algo que debe conocerse y no olvidarse, porque en los años que siguieron al triunfo de la llamada Revolución de 1948, que son los años de la Guerra Fría, todo ese movimiento vigoroso de los trabajadores costarricenses, fruto de sus luchas cívicas y expresión de sus legítimas aspiraciones, fue perseguido y aplastado, usando para ello desde procedimientos legislativos, judiciales y administrativos claramente prevaricatorios e inconstitucionales, como las proscripciones e ilegalizaciones que liquidaron más del ochenta por ciento de los sindicatos legítimamente constituidos;  o bien mediante acciones policiales violatorias de la integridad física, la libertad y la propiedad de las personas.

El sindicalismo blanco, así como el cobijado por el manto católico, gozó de la protección oficial. Y talvez era mucho pedir a los dirigentes de la Rerum Novarum que, de alguna manera, manifestaran su solidaridad de clase y su protesta por la masacre de los derechos sindicales de miles de trabajadores costarricenses que formaban parte de aquellas organizaciones ilegalmente des-inscritas, canceladas, ilegalizadas bajo el deleznable cargo de estar relacionadas con ideas socialistas consideradas oficialmente subversivas; siendo que dichas ideas, precisamente por su condición de ideas, encarnaban la libertad de pensamiento jurídicamente amparada en los artículos 28 y 29 de la Constitución.

Y lo peor de todo fue que, a partir de entonces, en violación de textos expresos de la Constitución, del Código de Trabajo, y de Convenios de la OIT plenamente vigentes, la persecución patronal de los dirigentes sindicales y la represión de todo intento de fundar sindicatos, gozaron de total y completa impunidad.  Y fruto de ello es que el sector patronal ha disfrutado durante los últimos setenta años de grandes ventajas institucionales que se han traducido en beneficios económicos en menoscabo del derecho de los trabajadores a gozar de una vida digna, como justa compensación de su trabajo. La prueba irrefutable de ello es la profunda brecha social que muestran las estadísticas recientes.

La ley 9076 sancionada por el Presidente de la República establece normas y procedimientos que permiten razonablemente esperar una protección más eficaz de los derechos sindicales y, consecuentemente, un florecer del movimiento sindical y de la justicia social en Costa Rica. Aunque la reforma se hubiera limitado a esto, su beneficio para el pueblo costarricense ya sería inestimable.

La Historia es elocuente, y leyendo en sus páginas el pueblo trabajador costarricense podría aprender de ella que el sindicato es, en su esencia, la encarnación de la dignidad del asalariado: es el contrapeso de su vulnerabilidad como individuo aislado y un remedio probado contra los abusos patronales. En vez de alimentar prejuicios contra el sindicalismo, la gente debería ingresar masivamente a los sindicatos y combatir desde adentro las corruptelas que tanto critican.

En suma, los sindicatos serán necesarios mientras existan mecanismos de explotación del hombre por el hombre: mientras exista la llamada ‘lucha de clases’, que durante los últimos cinco mil años ha sido más bien ‘agresión de clase’ de los poderosos contra los débiles.

Por mucho tiempo los capitalistas negaron la existencia de la lucha de clases, o minimizaban su importancia. Pero recientemente, porque siente que ya no tiene que disimular, el multimillonario norteamericano Warren Buffett ha hecho una declaración que le ha dado la vuelta al Mundo: 

  “La lucha de clases existe, y la estamos ganando los ricos”.

Walter Antillón Montealegre es Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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1 COMENTARIO

  1. Muchas gracias don Walter por esta hermosa página que nos sirve de aliciente a los que creemos y confiamos en el sindicalismo. Sin embargo, creo que los primeros que deben leer este escrito son los dirigentes sindicales, muchos de los cuales se han entregado a corruptelas feudales y a connivencias con el sistema político y las clases dominantes.

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