viernes 28, enero 2022
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Fidel Gamboa: El “tico güevón”

La Habana.- Cuántos  recuerdos llegaron a mi memoria al escuchar el acento de la voz y las frases y recursos lingüísticos de Andrés Mora y Susana Jiménez, jóvenes y talentosos profesionales de la Universidad Nacional de Heredia de Costa Rica, una lluviosa mañana del 27 de noviembre en la Universidad de Sancti Spíritus. Asistieron a un evento del centro formadores de docentes universitarios.

Escucharlos me provocó subirme en la “máquina” del tiempo y volver a mis años de estudio en la Universidad de La Habana (U.H), en la segunda década de la revolución del pueblo cubano. Cursaba la carrera de Historia y disfrutaba de una beca gratuita en pleno corazón habanero, en la residencia estudiantil “Lázaro Cuevas” de la U.H., aledaña a Casa de Las Américas, corazón de la cultura “nuestramericana”.

Un día nos fue comunicado que ingresarían jóvenes extranjeros a la beca para cursar diferentes carreras, y que debíamos ayudarlos y apoyarlos. Estábamos ubicados en el piso 18 de los 24 del edificio, cuyos balcones daban para el malecón habanero. Entre aquellos estudiantes destacaban tres que no tenían nada en común y estudiaban carreras de humanidades: el sudafricano Jeffrie Marishane, el saharaui Brahim Ahmed Manud y el costarricense Fidel Gamboa Goldemberg. Fueron matriculados como parte de programas  de capacitación para jóvenes de organizaciones de izquierda  de pueblos hermanos. Cada uno de ellos dejó un sello especial en muchos de nosotros, pero la marca del costarricense  fue sencillamente excepcional.

Nos dijo que provenía de una familia de izquierda en Costa Rica y que él creció en medio de ideas revolucionarias, teñidas de una cultura musical y artística de alto vuelo. Su padre, si recuerdo bien, fue fundador del Partido Comunista. Lo acompañaba su guitarra, compañera inseparable de intensas noches de desvelo y tertulias.

¡Cuántas cosas aprendimos de Fidel Gamboa durante semanas, meses y años de estudio! Pronto se ganó la confianza de todos y lo teníamos como uno más, sin diferencias ni reservas. Su anecdotario era interminable y por momentos contaba a través de textos musicales, con obras del folclor centroamericano y latinoamericano.

Por él conocimos una parte importante de la cultura y la historia centroamericana, en momentos en que arreciaban las luchas del pueblo de Sandino contra el yugo somocista, y una revolución pujante derribaba siglos de opresión a las masas populares nicas. Conocimos del FMLN del pequeño y bravío pueblo salvadoreño, y las luchas contra la oligarquía  y los intereses foráneos en esa nación. De las carencias y penurias de los pueblos autóctonos de aquella región y las luchas de organizaciones  y partidos de izquierda para obtener la verdadera independencia de estos pueblos.

Por primera vez supimos de la existencia física  y la obra de los hermanos Mejía Godoy, de  la canción dedicada a Agustín Farabundo Martí y de la fe que no estaría lejano el día en que la región tuviera un concepto de integración y hermandad deseada por pueblos indígenas, por trabajadores e intelectuales progresistas.

Junto al tico Gamboa colábamos café, del cual era un adicto contumaz; hacíamos té verde con Brahim, el saharaui, y aprendimos que ser solidarios no es un concepto puramente político, sino sobre todo una aspiración y necesidad humana, un acto de fe de hombres y mujeres de bien, no importa cómo piensen o qué cultura tengan.

En una ocasión, Jorge Luis Jorge y yo lo invitamos a ir al estadio Latinoamericano de béisbol de la barriada del Cerro; Fidel aceptó la invitación, no sin antes decirnos que el deporte para él era como el agua: no le gustaban mucho. Sólo el fútbol, deporte preferido en su tierra. Explicarle la mecánica del juego fue un rato de placer y humor, y escuchar sus apreciaciones y comparaciones con el fútbol, fue motivo de risa para todos  los que lo escuchábamos.

Un motivo de molestia le provocó el cuestionamiento de llevar la barba en su rostro, algo que no le era permitido a los estudiantes nacionales. Se reunió con algunos directivos de la universidad y dirigentes estudiantiles hasta que lo “autorizaron”; sin embargo, él prosiguió la polémica aludiendo que no entendía que los cubanos mayores de edad tuvieran que acogerse a un reglamento tan obtuso. Realmente el tico no era fácil de convencer y no se conformaba con argumentos superficiales y lesivos a los derechos individuales.

Fidel trasmitió a todos una espiritualidad sana, activa y creativa que propició la aceptación de cada uno de nosotros a los demás extranjeros, aún a los más diferentes culturalmente hablando. Realmente en los años iniciales del proceso revolucionario, el pueblo tenía conceptos un tanto restrictivos y recelosos sobre extranjeros que no provenían del campo socialista, los cuales abundaban en la isla. Cierto día, el tico nos hizo una  invitación a Miguel Ángel Díaz y a mí al hotel “Sierra Maestra”, de Miramar, instalación donde se atendía solamente a extranjeros, y formó una discusión inacabable porque no permitían la entrada de cubanos de a pie. Finalmente accedimos al lugar y compartimos por unas horas junto a otros conocidos de la U.H.

¡Cuántas noches un pequeño grupo de “mirmidones” tomábamos la ruta 174 y nos dirigíamos a merendar a la cafetería de la terminal de ómnibus, en Avenida de los Presidentes y 19 de mayo, o a la funeraria de Calzada y K, en cuyo parquecito tomaba la guitarra y, acompañado de maltas y rosquitas, lo escuchábamos atentamente! Para ese tiempo ya algunos le acompañábamos en algunas canciones, porque la fuerza de la repetición dejaba en la memoria los textos y la música de obras que tenían un profundo contenido social, matizadas de folclor, humor y gracia popular.

De Fidel aprendimos sencillez, humildad y un concepto bello de amistad. Con  Jeffrie discutía continuamente porque asumía posiciones muy tajantes y radicales; pero lo hacía suave y bajito, porque el africano alegaba no comprender la lengua de Cervantes. Fidel le exponía puntos de vista más tolerantes y asequibles, y le fue modificando su visión desconfiada y escurridiza, fruto de siglos de discriminación y segregación racial.

Fidel también nos decía que su nombre fue ocurrencia de sus viejos, por la popularidad del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, y la inclinación de estos al proyecto cubano y su líder. En ocasiones visitamos exposiciones de artistas plásticos cubanos y latinoamericanos. Él exponía con fuerza y vehemencia sus conceptos del arte de vanguardia y el compromiso de los artistas con el pueblo.

Por sus canciones aprendimos sobre la nación tica, sus ciudades, su gente, sus costumbres, y cuando caía en trance de melancolía improvisaba textos originales de gran sensibilidad. No recuerdo que ninguno de nosotros grabara esos temas, los cuales se perdieron. Predominaba en todos nosotros una ingenuidad y un desconocimiento total. Él mismo no era consciente del valor de sus creaciones y su conservación.

Hoy no me cabe duda del valor artístico y musical de aquellos temas y del genuino talento popular y trovadoresco  de Fidel Gamboa Goldemberg. Desconocía qué fue de él desde mi graduación en la U.H. en 1983. Es decir, hace más de 30 años.

Si  de algo  estoy seguro es que esos recuerdos me han acompañado por décadas. Hoy tuve la confirmación de su muerte, triste y lamentable noticia que había escuchado un tiempo atrás. Me informaron gentil y amablemente que labró una vida musical intensa en los años finales de su vida.

A no dudarlo, el tico güevón -y lo digo con un profundo respeto- se me antoja como un artista representativo de la nación centroamericana y un símbolo de la amistad y la solidaridad de los pueblos del continente hacia Cuba y su gente.

La amistad de Fidel Gamboa Goldemberg y sus enseñanzas  fueron motivo de inspiración personal para elegir la especialidad de Historia de América al concluir el tercer año de la carrera, y constituyeron fuente de conocimientos históricos y culturales que me acompañarán por siempre. Él vino a aprender a Cuba y resultó un entusiasta facilitador de estudiantes cubanos con mucha juventud y una endeble educación política. Conocimientos y disposición nunca le faltaron.

Para Andrés y Susana, mis respetos y el agradecimiento por haberme permitido un reencuentro necesario y querido con un pasado que ni el tiempo ni el cambio de épocas pueden borrar.

(*) Eduardo de Jesús Yero Muro

Profesor de la Universidad de Sancti Spíritus “José Martí Pérez”.

Email: eduardoy@uniss.edu.cu

Sancti Spíritus. Cuba.

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1 COMENTARIO

  1. Que recuerdos tan maravillosos, Eduardo. Fidel nos marcó a sus compañeros del Conservatorio de Castella, así como a un pueblo que le honró con el apoyo inmenso a su obra musical del grupo Malpaís. Valiosa y bella su semblanza, sin duda!

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