jueves 26, mayo 2022
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La coyuntura política a inicios del 2015: La creciente inestabilidad política

Columna “Pensamiento Crítico”

El desarreglo del Poder Público

En este momento de inicios de año, los tres Poderes de la República están conmocionados por una sucesión de graves eventos impropios y escandalosos que comprometen, tanto su funcionamiento interno armonioso y en algunos casos sus reglas del juego e inter-relaciones, sino también la eficacia y eficiencia en el manejo de los asuntos de interés público.

Lucen desalineados, desunidos, contradictorios, sin hojas de ruta claras, por tanto desorientados y descoordinados, a más de entrabados, bloqueados entre sí y al final muchas veces anulados en sus acciones unos por otros en medio desacertadas y torpes interferencias, lo que causa un efecto paralizante sobre su accionar, haciéndolo más escabroso y torpe.

No sorprende que el lastimoso cuadro que observamos actualmente, proyecta resultados muy preocupantes y negativos no solo en materia de percepción, evaluación e imagen pública de los Poderes – y esto golpea directamente la oscilante gestión del Gobierno PAC-Solís (en adelante GPS) -, sino que adicionalmente hace brotar recurrentes dudas, a cada paso que da, acerca de la conveniencia, legalidad y legitimidad de muchas de sus por lo demás erráticas, incoherentes y embrolladas decisiones.

Un sistema de crisis múltiples e inacabables

Hasta ahora, tenemos a inicios del 2015 – y luego de 10 meses de estar el GPS en el poder-, un balance total de la gestión que nos hace sospechar que podría continuar el perjudicial ascenso acumulativo de los indicadores de extravío, ineficiencia e improductividad en el accionar de los tres Poderes Públicos; y, en general, ante todo en el desempeño de la administración del GPS; un fenómeno que la podría acompañar por el resto del período, si no hay una fortísima corrección de miras, rumbo y procederes. Lo cual se problematiza aún más por carecer Zapote de un liderazgo presidencial y vicepresidencial eficaz, lo mismo que de un experimentado y hábil político al frente del ministerio de la Presidencia.

Sobre todo falta allí un norte definido basado en una nueva visión de futuro, una coordinación colegiada y cuadros de asesoría profesionales, comprometidos con un verdadero programa de gobierno que señale el “que” y el “como”, que por cierto tampoco existe pues lejos está de serlo el presentado por Mideplan hace poco. A la mano, como guías, aun turbado GPS solo  cuenta con lo que fueron discursos y promesas de campaña todos de trazo muy grueso y retóricos, pero que siquiera se elevan a ser una inspiradora estrategia que le indique al GPS cómo poder enderezar y comenzar a enrumbar el torcido barco de su administración.

En todo este incierto cuadro de coyuntura percibimos, pues, una definitiva crisis de dirección y liderazgo, mezclada con otra de eficiencia y eficacia. La suma de ambas crisis conduce tarde o temprano a una severa crisis de legitimidad y al colapso del inutilizado sistema político y del régimen democrático por inoperantes.

Incapacidad para dialogar y negociar

Como si fuera poco, el GPS ha mostrado una total incompetencia para dialogar y negociar alianzas y acuerdos que le permitan salir del embrollo y los entuertos en materia de construcción de áreas de entendimientos cruzados con sectores opositores en busca de consensos firmes, como sucede en una “administración del orden” y para nada en una facilona “administración del desorden”.

Las renombradas “Mesas de Diálogo” de finales del año pasado con los otros partidos fueron un estrepitoso fracaso, aunque ahora hay nuevos intentos de establecer conversaciones bilaterales en Zapote, con el agravante de que, al no aceptar los jefes de fracción al ministro de la Presidencia, el obispo luterano Melvin Jiménez como interlocutor y negociador principal del lado del GPS, tendrá que ser el mandatario quien las dirija exponiendo riesgosamente su status, autoridad y figura. Con razón decía por ahí un analista que LGS oscila entre ser ministro de la Presidencia unos días, y otros Canciller de la República, roles que no le toca jugar y le restan tiempo, energía y dedicación para lo que toca: tomar las riendas, asumir un liderazgo presidencial sobre su gabinete y más allá, y poner orden en las alturas.

Viéndolo bien, en las negociaciones políticas él debería permanecer en la retaguardia e intervenir preferiblemente en etapas más avanzadas y finales del proceso, cuando ya haya bocetos avanzados de acuerdos interarticulados por los actores o partes que sí deben hacerse presentes o enviar sus representantes con poderes suficientes.

Lo que se observa en este escenario que no logra perfilarse bien, luce improvisado y montado sin nada de profesionalismo ni técnica en materia de manejo diplo-político de discrepancias y conflictos – que son los ingredientes que sobreabundan en todo el sistema político. No se ve que haya habido antes, ni se ve que haya ahora, una cuidadosa preparación previa ni planificación de un proceso negociador en serio, a cargo de expertos e impulsado en estrecha comunicación y consulta con las partes. Ha brillado por su ausencia lo que en diplomacia se llama “pre-negociaciones,” fase a la cual solo concurren representantes o técnicos enviados por los pesos pesados o padrinos, quienes se supone es mucho mejor que intervengan luego, hacia el final cuando ya han en buena medida madurado los posibles acuerdos.

Lo más probable es que nuevamente se realicen contactos entre las partes enfrentadas – incluida la mini-fracción que comando Ottón Solís-, pero por lo antedicho no pasarán de ser meras “conversaciones” espontáneas e informales, y no auténticas negociaciones, mediaciones o arbitrajes vinculantes o no vinculantes. Nuevamente, no se vislumbra la participación de profesionales o facilitadores de alto nivel que ayuden a políticos de poco fuste y experiencia a salir del pantanal político en que todos se encuentran, chocan y acaban yéndose por donde entraron.

Primeras conclusiones del análisis de situación

Si un escenario así de entrabado y paralizante se impone sin salida ni remedio, el sistema político democrático se enquistaría  y sufriría lo que el politólogo brasileño Helio Jaguaribe llama una “crisis de intransitabilidad” del sistema político (suma del Estado, los partidos y grupos de interés organizados). O sea, enrumbaríamos hacia una progresiva degradación, estancamiento, incomunicación y mayores desencuentros en la toma de decisiones, hasta terminar en un total inmovilismo y embotamiento funcional, un “deadlock” o punto muerto, en donde se detiene la negociación política y unos actores se anulan unos a otros, provocando un impasse inmanejable.

Hay que señalar que la anterior ruta tortuosa, si no se corrige enérgicamente, puede conducir al final a una quiebra de la democracia a cargo de actores y fuerzas sociopolíticas hastiadas del infecundo desorden público existente, de la incertidumbre, el desasosiego, y la zozobra e intranquilidad que produce, cuando el desorden y el caos se tornan ya insoportables para la ciudadanía y el país. Es el momento que precisamente aprovechan grupos extremistas desleales a la democracia para golpearla y derrocarla. Algo parecido sucede en las transiciones hacia la condición de un “Estado Fallido”, incapaz de gobernarse.

Decimos lo anterior para que de alguna manera el GPS, la clase gobernante y la misma ciudadanía comiencen a poner sus barbas en remojo, antes de que sea muy tarde y no pueda haber una vuelta atrás.

(*) José Luis Vega Carballo es Catedrático de Sociología de la UCR.

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