martes 30, noviembre 2021
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Sociedad de consumo, religión y espiritualidad

La sociedad de consumo es un engendro de la técnica y el capitalismo.  Los medios de comunicación masivos juegan un rol importante en esta situación, ya que son utilizados para condicionar a los consumidores a un estilo de vida en que se trabaja para ganar, se gana para comprar y se compra para valer.  Como vuelve a decir Jacques Ellul, “el estilo de vida es formado por la publicidad”.

La publicidad está controlada por gente cuyos intereses económicos están ligados a aumento de la producción y este a su vez depende de un consumo que solo es posible en una sociedad en la cual vivir es poseer.  La técnica se pone así al servicio del capital para imponer la ideología del consumo.  Está al servicio del capital, no al servicio de los hombres y las mujeres.

En consecuencia, los hombres y mujeres se convierten en seres unidimensionales- un tornillo de una gran maquinaria que funciona según las leyes de la oferta y la demanda-, es la causa principal de la contaminación ambiental y crea una inmensa brecha entre los que tienen y los que no tienen a nivel nacional y entre los países ricos y los países pobres a nivel internacional.  Esta brecha continúa creciendo.  Pese a los avances tecnológicos y una expansión industrial que no tiene precedentes en la historia humana.  Hoy el mundo subdesarrollado está más lejos que nunca de la solución a sus problemas.

La sociedad de consumo ha impuesto un estilo de vida que hace de la propiedad privada un derecho absoluto y coloca el dinero por encima de los hombres y las mujeres y la producción por encima de la naturaleza.  Esta es la forma que hoy toma donde el sistema en el cual la vida humana ha sido organizada por los poderes de destrucción.  El peligro de la mundanalidad es este: el peligro de un acomodamiento a las formas de este mundo malo con todo su materialismo, su obsesión por el éxito individual, su egoísmo enceguecedor.

La sociedad de consumo vive fascinada con las apariencias, con la belleza del cuerpo humano y su exhibición; vive obsesionada con el estatus, el tener, el dominar y el poseer.

La sociedad de consumo no nos da espacios para reflexionar, pues quiere que primero actuemos y luego pensemos: primero comprar y luego saber para qué comprar. La sociedad de consumo busca perturbarnos, ocuparnos, invadir nuestro interior, invadirlo todo; es una forma nueva de hacernos esclavos. Por eso, el sistema económico de hoy no quiere individuos que piensen críticamente, sino que compren impulsivamente; no nos permite espacios para la interioridad.

Para lidiar con los grandes enigmas de la vida, el ser humano creó las religiones. En ellas pretende encontrar la luz que necesita para develar el misterio que envuelve su origen y su destino, para interpretar el sentido y el propósito de la existencia, para descubrir las causas del dolor que lo aqueja; y, en fin, para encontrar un poco de alivio a sus incontables males.

Sin embargo, estas religiones que la humanidad se ha dado, acabaron por institucionalizarse. Y al hacerlo, se convirtieron en organismos trasnacionales que, por momentos, aparecen ante nuestros ojos como grandes estructuras de poder y, los objetivos originales que propiciaron su aparición y que estaban revestidos de profunda espiritualidad, han quedado sepultados por esa avalancha de intereses que ahora ahoga a los cultos religiosos. Precisamente, esa ausencia de espiritualidad que se manifiesta en las grandes religiones del mundo, es la que nos mueve a pensar que religión y espiritualidad no son lo mismo.

La espiritualidad, finalmente, se relaciona con la formación de los principios, los valores, los ideales y la consagración de la persona, en su íntima comunión con Dios. Con el Dios verdadero, que no tiene nombre ni religión, al que cada uno encuentra dentro de sí y en la infinitud del universo. Esto le permite encontrar un sentido a la vida; tener plena satisfacción interior, y que se muestra al exterior, no materializa su vida, que su profunda formación personal y moral, su buena conducta, su fe y convicción, son consecuencia de una relación constante con ese Dios.

Todas estas cosas están referidas a la parte más profunda del ser humano, al porqué de su existencia, nuestras opciones personales, nuestras conductas, nuestras relaciones, el cual se suman con las creencia filosóficas, filantrópicas y religiosas que nos abren la puerta a lo transcendental.

La religiosidad en cambio, ya que las religiones están creadas por los hombres, es la forma de expresión por medio de los ritos, oraciones, signos y celebraciones, que son parte del resultado de una relación particular con Dios, según una particular interpretación (judaica, cristiana, mahometana) las cuales se supone contribuyen a impulsar el aspecto espiritual de las personas, quienes practican de manera perenne estos hábitos.

Lo espiritual es más profundo y más amplio que lo religioso, es más lo religioso puede ser una expresión de nuestra experiencia espiritual, aunque no toda experiencia espiritual se expresa religiosamente.

Lo espiritual está relacionado con la plenitud, transcendencia, conexión, alegría y paz que no tienen por qué derivarse necesariamente en una religión organizada, sin embargo lo religioso (que se basa en ritos, oración, conocimiento de la fe, entre otros), puede ser en algunos casos el medio que contribuye a fortalecer y desarrollar la espiritualidad de las personas.

Como puede deducirse de inmediato, la espiritualidad está divorciada totalmente del consumismo, pues este último lo que trata de hacer es sustituir lo más valioso del ser humano por la sed de poseer, y de valer en la medida de lo que se posee.

El consumismo es uno de los pilares del capitalismo. Consumir como filosofía de vida, nos convierte en seres alienados, nos lleva a construir una sociedad depredadora de sí misma, donde no hay espacio para un desarrollo integral de las capacidades humanas. Conviene reflexionar ante cada acto de consumo, cuestionar el sistema, priorizar los valores, para ejercer con toda responsabilidad la capacidad de elección que desde la dimensión individual, transfiere a la dimensión social. Esta dimensión es inherente a nuestra condición de humanos y en definitiva a nuestra capacidad de raciocinio.

Lamentablemente, en el mundo que nos rodea, los clásicos 7 errores bíblicos han quedado obsoletos. Hoy son más sutiles, más crueles, más paralizantes. La propuesta es saber cuáles son para luchar contra ellos

Se denomina “pecado capitales” a las faltas y transgresiones que dan origen a otras, es decir, que actúan como matrices de mal. La particularidad de estos males es que se imponen, imperan en las sociedades y son prácticamente tolerados. Los nuevos pecados capitales son el mal de nuestra época.

Hijos de la globalización, muestran sus efectos en el clima de intolerancia religiosa y política, en la indiferencia hacia la pobreza extrema en la que viven numerosos pueblos, en la ambición descontrolada que conduce a la violencia y al exterminio de la naturaleza.

Quizás, en este último tiempo, nuestros pecados capitales por fin se estén desenmascarando. Si las desigualdades, la inestabilidad política mundial y todos los flagelos que afectan al planeta tienen un lado bueno, es que nos obligan a reconocer los errores cometidos y los delitos tolerados.

No hay que olvidar que a cada pecado capital le corresponde una virtud cardinal que lo combate. Tal vez, ha llegado el momento de responder a la indiferencia con solidaridad, al consumismo con austeridad, al deseo de poder con la humildad, a la traición con la lealtad, a la deshonestidad con honestidad, al culto a las apariencias con la autenticidad y a la perversidad con la compasión.

Toda crisis tiene como contraparte un examen de conciencia colectivo, lo cual puede llevarnos a la solución. Pero para ello es indispensable abandonar el materialismo consumista o refugiarse en los ritos y ceremonias de las religiones, y ver hacia dentro: renacer en la espiritualidad, que al fin y al cabo es lo único que lograra trascender nuestra existencia material.

Alfonso J. Palacios Echeverría

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2 COMENTARIOS

  1. Fabuloso artículo, muy reflexivo y sincero, claro, y poniéndole nombre a todos los conceptos disfrazados de la sociedad de consumo. Gracias por seguir al pie del cañón, desfe mi arte también intento unirme a la ideología del ser, en lugar del tener.

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