martes 30, noviembre 2021
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Si, la prensa manipula ¿Qué hay de nuevo?

Los ticos parecemos olvidar que vivimos en el país más feliz del mundo ¿cierto? Y no sólo el más feliz; el más pacífico, el más verde, el más democrático ¿no? Un país donde, además, todos los ticos son patriotas y nacionalistas dispuestos a esforzarse por que la nación avance y mejore… claro, siempre y cuando no les toquen sus intereses. Ahí sí, en el momento en que me piden sacrificio pateo la bola y de inmediato digo; “a mí, eso no me toca, a él sí”.

Acá es donde surge una nueva realidad que debemos admitir; los valores costarricenses se han bajado en caída libre y los ideales de antaño de autosacrificio y patriotismo están prácticamente olvidados decorando sólo los libros de historia. Muchos hablan de crisis de gobernabilidad, falta de líderes, el problema de la corrupción, el deseo de cambio, etc., pero eso sí, siempre y cuando sean los demás los que lo hagan y sus privilegios no se toquen. Todos quieren ser el consentido, el chineado, el que da la bienvenida al cambio recibido siempre y cuando no tuvo que poner de su parte.

¡Que no se le toquen los privilegios a los sindicatos pues hacen huelga! ¡Que no se intente cobrar nuevos impuestos a los empresarios porque amenazan con dejar el país! ¡Que no se trate de reducir los abusivos incrementos salariales de los médicos o irán a paro de labores! Tal parece que nadie quiere ser el primero en renunciar a un privilegio por abusivo que sea. Claro, hay que admitirlo, cuando la misma clase política no da el ejemplo a seguir es difícil exigírselo a los demás, pero Costa Rica se está tornando en un gran kínder donde grupos de niños se pelean por aferrar sus juguetes y que no se los quiten.

El señor presidente hace una cadena nacional denunciando que la prensa le hace un acoso mediático y que no da un seguimiento justo de la labor del gobierno, en un probable esfuerzo por mejorar su imagen y contrarrestar la que han dado los medios hacia la ciudadanía. Y fracasa rotundamente. Como era de esperarse, pues al día siguiente los medios hacen fiesta y usan su discurso precisamente en su contra con titulares lo más agresivos posibles. Es decir, lejos de tener el resultado –asumo- esperado, simplemente le da más carbón para que los medios lo utilicen, se distancia aún más de éstos y les da nuevas herramientas que usar en su contra.

Tratar de contrarrestar la hostilidad mediática con cadenas de televisión es como tratar de apagar un incendio con gasolina. El gobierno jamás podrá competir en ese campo con la prensa nacional.

Pero en la práctica el presidente no es el único que lidia con esa “cruz”, seamos sinceros, los medios se han esforzado por presentar ciertas verdades como incuestionables ante el grueso de la población, que nadie puede negar y que, quien lo haga, se ve expuesto al escarnio de ser “chancleto”, “comunista”, “chavista”, “vagabundo”, “funcionario público pegado a la teta del estado” y similares epítetos. Por ejemplo, durante los más recientes procesos de huelga se dio de inmediato la ya tristemente acostumbrada satanización del sector sindical. Indistintamente de si compartimos o no los objetivos de los sindicatos que llaman a la huelga –personalmente encuentro algunos, como el caso de Japdeva, totalmente injustificados- es muy peligroso para la democracia el demonizar a un grupo de costarricenses sólo por estar sindicalizados. Los sindicatos son fundamentales para que exista un Estado de Derecho y una democracia estable, pero han sido transformados ante la opinión pública en algo malévolo.

Similarmente se ha creado la idea de que todos los funcionarios públicos desde los diputados hasta los empleados rasos de las instituciones, son vagabundos y no hacen prácticamente nada salvo cobrar salario. No cabe duda de que habrá algunos así, pero también los hay que son muy honestos y trabajadores, que invierten mucho tiempo de su vida privada en horas extra no remuneradas o que realizan labores agotadoras y en algunos casos hasta peligrosas sin una remuneración suficiente. Y esto abarca incluso a muchos diputados –aunque me quemen aquellos que odian todo lo que tenga que ver con “los políticos”- que, contrario a la creencia popular, tienen entre sus integrantes a muchos que sí trabajan, y bastante.

He descubierto que al hacer esta clase de argumentos, más de una vez se asume que se es “empleado público”, aún cuando en mi caso particular trabajo para el sector privado y me desenvuelvo como profesional liberal. Ese es otro estereotipo que se ha enquistado en la mentalidad de muchos costarricenses; es imposible ser una persona con consciencia social o interesada en política o que no detesta al Estado y todo lo que tiene que ver con él si no se es un “chancleto” (término denigratorio para designar todo aquél que no tenga una mentalidad conservadora y retrógrada, indistintamente de la forma de calzado que utilice) o un empleado público. ¿Cuándo se convirtió en costumbre entre el costarricense descalificar a las personas con apelativos insultantes sólo por tener una forma de pensar diferente?

Claro, como en el caso del presidente, es innegable que estos estereotipos tan fuertemente arraigados que se han transformado en dogmas de la sociedad actual, tienen su origen en gran parte por culpa y responsabilidad de los mismos afectados. Es decir, buena parte de la mala imagen de los gobiernos, los diputados, los sindicalistas, etc., es en gran medida fruto de acciones cometidas por éstos y que han servido para alimentar esa reputación. Pero también, valga admitirlo, son azuzados conscientemente por un sector de la prensa que busca reforzar ese estereotipo e incrustarlo rígidamente en el ciudadano promedio hasta tornarlo en una “verdad” incontrovertible.

En unos casos responde a un mero y simple amarillismo. Es decir, por la motivación más vieja de la historia; dinero. Algunos medios saben que las malas noticias venden más. Que entre más amarillista el titular, más sensacionalista la nota y más negativa la imagen de ciertos sectores (gobierno, congreso, sindicatos, etc.) más likes recibirá su página de Facebook, más veces será compartida y comentada, más vistas tendrá en Internet, y más números venderá.

Pero hay otra motivación más peligrosa, y es la que tiene un origen ideológico; el furibundo antiestatismo que promulgan sin resquemor muchas de las juntas directivas detrás de algunos de los grandes grupos mediáticos. Esos, adscritos al liberalismo más radical, para quienes todo candidato que cuestione el modelo neoliberal es un radical de izquierda deseoso de imponer una dictadura en el país, el Estado es el problema que todo lo hace mal, los sindicatos son los enemigos del pueblo y el gobierno es el que ahoga las libertades individuales y económicas. Esto, claro está, tiene la peligrosa consecuencia de generar más y más ingobernabilidad, descrédito del sistema democrático y deterioro de los valores costarricenses como la fe en la democracia y el patriotismo. Y no es que la prensa no deba sacar a la luz todos los escándalos de corrupción de los gobiernos así como servir como un apropiado fiscalizador de la cosa pública. Todo lo contrario, al hacer eso realiza una verdadera labor social de gran importancia. El problema es que en muchos casos no lo hace por ética profesional o altruismo, sino por la propia agenda particular de un grupo muy pequeño e intocable, pues otra “verdad” irrefutable que nos han recetado es que la prensa no puede tener absolutamente ningún control de ningún tipo, pues tal cosa es poco más que incurrir en la peor de las dictaduras.

Lo cierto es que, sea por amarillismo o sea por ideología, un sector de los medios seguirá haciendo lo que hace por más cadenas presidenciales que se quieran dar. Y no hay forma de competir con ello. La opinión pública seguirá estando cuidadosamente guiada por la mano de grupos de poder muy selectos y juntas directivas privadas que no responden necesariamente a intereses democráticos o populares. Grupos que evaden impuestos y enormes corporaciones que pagan una miseria por hacer uso de un bien público como son las frecuencias y que cobran millonadas por publicidad, o que saltan de inmediato ante la menor iniciativa jurídica por establecer límites éticos en la profesión periodística (en un país cuyo colegio de periodistas es virtualmente simbólico en ese aspecto).

¿Y es Costa Rica ingobernable? Sí y no. Como menciono antes pareciera que nadie quiere cooperar o ceder. Que ningún grupo desea renunciar a sus beneficios o ser el primero en aceptar un sacrificio –por ínfimo que sea- para el bien común. Esto se le debe sumar además el empeño resuelto de los grupos ideológicos por orientar la opinión pública hacia sus objetivos principales y agenda, y la grave crisis de respaldo que toda persona o partido que llega a la presidencia de Costa Rica enfrenta; esto porque los partidos políticos hoy en día son estructuras con poco arraigo popular que funcionan más como canalizadores electorales que como fuerzas sociales, y que quien gana la presidencia a menudo lo hace por razones coyunturales muy específicas y endebles, que hacen que su base de apoyo sea volátil y se esfume rápidamente. Con todo esto no es de extrañar que todos los presidentes de las últimas décadas hayan sido impopulares durante su gestión. Es por ello que el presidente Solís debería preocuparse más por otras cosas, y por otras estrategias, que por hacer una batalla perdida como es el contrarrestar las leoninas campañas de la prensa.

Pero los medios no son omnipotentes; los que recordamos las elecciones de 2006 donde las encuestas privadas ya mostraban a Óscar Arias –el adalid de la derecha neoliberal más abyecta- como virtual ganador y donde se le había casi coronado de previo como presidente, o la lucha contra el TLC en el referéndum donde nuevamente los medios tomaron partido claramente a favor del convenio enfrentando a los comités patrióticos a una franca desventaja de fuerzas económicas y comunicativas, tendremos aún fresco en la memoria como tanto Arias como el Sí obtuvieron victorias pírricas con diferencias mínimas, a pesar de la asimetría de poder económico y político de sus contrincantes y la parcialidad mediática. Similar caso podríamos destacar por la derrota de Araya en 2014 y el crecimiento por un lado de Villalta –a pesar de la encarnizada lucha en su contra por parte de varios sectores- como de la sorpresa que representó Solís. Es decir, existen grandes porciones de la ciudadanía que no se dejan llevar tan fácilmente por lo que diga la prensa tradicional, que son más críticos, escépticos y reflexivos y/o que utilizan fuentes alternas de información como las redes sociales. Esta es quizás la gran ironía detrás de todo este proceso. El descrédito que hace un sector de la prensa contra distintos actores sociales y políticos produce un ambiente generalizado de insatisfacción popular que también se redirige hacia la prensa misma y puede que produzca (para temor de esos grupos de pensamiento liberal) precisamente el que muchos electores opten por apoyar candidaturas “antisistema”, casualmente del tipo que les asusta. Algo similar ya hemos visto en otros países como el caso de PODEMOS en España o de múltiples opciones políticas de izquierda en Sudamérica. Estoy seguro que esta no es la intención de estos grupos, todo lo contrario, pero es probablemente un efecto colateral porque, para toda acción hay una reacción.

Daniel González es Escritor

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