miércoles 26, enero 2022
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La calma que precede a la tormenta

Costa Rica se encuentra en este momento dentro de un extraño estado de inmovilidad, mientras las fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa y que controlan la totalidad del Directorio y la Comisiones, así como el Poder Ejecutivo, se observan el uno a otro con recelo y temor, sin dar un paso adelante que podría provocar una medición de fuerzas como nunca antes se había visto y de la cual no podemos imaginar sus resultados.

Todo parece la calma que precede a la tormenta. Ese extraño silencio que nada bueno augura y que puede ser el anuncio de daños aún mayores a los infringidos por los anteriores gobiernos, epitomes de corrupción y venalidad, amparados aun hoy por el entramado de influencias y deudas por favores recibidos en que se ha convertido el Poder Judicial, en el que ya nadie cree, dado el escudo de impunidad que ha creado para proteger a aquellos a quienes deben sus cargos.

Resulta triste y desesperanzador mencionar estas situaciones, por indecentes, pero es una realidad que en ciertos círculos más informados resulta una verdad incuestionable, mientras la masa total de los ciudadanos sigue adelante con su triste vida, sin poder hacer nada para salvarse de la perversidad generalizada que se apoderó de la sociedad. Y que es alimentada con distractivos compuestos por actividades masivas, partidos de fútbol y presentaciones farandulescas, que cumplen el propósito de anestesiar las mentes poco ilustradas a fin de manipularlas fácilmente.

Sin embargo, la tergiversación de las informaciones que transmite un grupo mediático a través de sus diversas publicaciones, demuestra claramente que existe una intención bastante evidente de no dejar gobernar, achacándole al actual gobierno los males que se han acumulado por decenios, producto de un clientelismo vulgar, como el practicado por los partidos políticos tradicionales que se alternaron en el poder, pero que en el fondo eran los mismos, ya sea porque a sus miembros (los de la cúpulas) los unían vínculos familiares o de negocios.

Temo, ciertamente, que se vaya a producir un encontronazo violento entre las dos fuerzas en juego actualmente: los poderes ejecutivo y legislativo, aunque el sentido común me dice que es probable que no suceda nada, dada “la manera de ser del costarricense” y pasemos un ano sin pena ni gloria, es decir, un ano perdido para el avance del país y la solución de problemas que llevan años sin atenderse directamente.

Me preocupa mucho el clientelismo que empieza a demostrar el actual gobierno, como es el caso de el “dizque salvamento” de empresas turísticas en dificultades, pero tampoco era de extrañarse: ya que muchos de los que actualmente constituyen los grupos de decisión e influencia dentro del partido gobernante provienen de la vieja escuela del más corrupto binomio político, que todos conocemos.

Me preocupa el revanchismo de los partidos políticos que conforman la oposición en la Asamblea Legislativa, pues hasta ahora no han hecho más que lamerse las heridas que les produjo las elecciones de hace un año, sin que promovieran absolutamente nada positivo para el país. Es decir, llegaron a sus curules para entorpecer, o cuando más, proteger ciertos conceptos egoísta, por no decir absurdos e irracionales, o contrarios al bienestar general.

Abundan las disertaciones sobre la moralidad, el empleo de armas innobles para la competencia política o la galopante hipocresía de una sociedad decadente, pero lo cierto es el reclamo vigente, rotundo y consecuente de una misma conducta para los aspirantes y ocupantes de posiciones públicas. Baremo internalizado y únicamente posible cuando existe una plena libertad de prensa, una aceptable administración de justicia, una efectiva división de poderes, la posibilidad de constituirse en un factor de presión o la holgazana vocación de agotar la paciencia ajena.

Sin embargo, se nota a distancia que falta decoro, honor, honorabilidad, respetabilidad y dignidad. Son sinónimos que deberían sembrarse desde la formación política, sinónimos que deberían de traducir sus significados en acciones públicas. Por eso, la decencia política tendría que ser el primer paso para la renovación de ideas y conductas. Creer que la política depende exclusivamente de la intuición o reacción es dejar a la deriva la planeación y la obligación que exigen los procesos democráticos.

La decencia política hace que las reformas pendientes se discutan y se aprueben por congruencia y no por inercia de intereses particulares. La decencia política forja liderazgos y no permite que de la irreverencia surjan actitudes que sólo propician la decadencia política. La decencia política castiga a quienes creen que la representación pública se consolida a base del chantaje e improvisación. La decencia política exhibe a quienes confunden la derrota con el rencor y el triunfo con el revanchismo.

Evita el deterioro partidista, detiene la capacidad para generar poder de transformación, de aplicación de programas y de retroalimentar el reconocimiento de la representación y la legitimidad. La prudencia y la decencia hacen que la democracia construya mecanismos que realmente les den sentido de pertenencia a los ciudadanos respecto a la realidad en la que viven. Una clase política prudente y decente solo puede forjarse si el órgano legislativo asume, colectivamente, la responsabilidad que le corresponde en la creación de políticas nacionales, un órgano legislativo entendido como una institución colectiva y deliberativa que funcione como un control cooperativo con el poder Ejecutivo.

La política y el Estado no pueden dejar de democratizar procesos e instituciones, no pueden acostumbrarse a los efectos de sus vicios sin reconocer el origen que los causa.

Olvidamos crecer como nación porque ignoramos en los hechos que no existe régimen democrático sin Estado y no existe democracia plena que no se funde en actitudes políticas que inscriban y garanticen derechos, que los defiendan con sus instituciones y que aseguren su protección mediante sus intervenciones.

Dejarnos invadir por la indecencia política es entregarle al grito y chantaje la llave de la autoridad, es asumir que somos cómplices de un Estado débil que se expresa en una ciudadanía cuya voluntad tiene poca capacidad de transformarse en acción.

La decencia política contribuye a establecer criterios y acuerdos mínimos como puntos de partida para cumplir las funciones que la sociedad nos ha delegado, para fortalecer la legitimidad de origen y evitar el déficit social que coarta el desarrollo regional y nacional.

Un Estado decente trabaja para crear trabajos decentes; es decir, empleos productivos que proporcionen un salario digno, estabilidad y protección social. Un Estado con políticos decentes entiende el orden de causalidad de la desigualdad, reconoce la honestidad y castiga al que corrompe. La decencia hace la diferencia entre la intención y la decisión, hace la diferencia entre la traición y la convicción, hace la diferencia entre la impunidad y la responsabilidad. La decencia política dignifica la palabra, la defiende en la propuesta electoral, y la reafirma a diario hasta cumplirla.

El ejercicio político que condiciona la congruencia según la coyuntura está destinado a validar la percepción sólo para disfrazar la realidad. El ejercicio político que ignora la prudencia y aparenta decencia está destinado a utilizar sólo la inercia para después dejarse caer por su propio peso.

Aquí está, pues, el peligro que estamos intuyendo. Detrás de esta calma existe un mar de fondo, caldo putrefacto compuesto por intereses egoístas y la protección de una corrupción que se institucionalizó en nuestro país desde hace muchos años.

Alfonso J. Palacios Echeverría

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4 COMENTARIOS

  1. nadie lo dice abiertamente, pero la realidad es que esto la unica forma de arreglarlo de forma menos dolorosa es a través de un evento disruptivo: un tipo de revolución,. El problema es que para esto funcionara debería de haber gente con altos ideales que estuviera dispuesta a hacer cosas extremas (incluso arriesgar su propia vida) en función de un ideal superior. Pero estos hombrecillos a medio cocinar de hoy no tienen la pasta para propiciar algo así, porque la cobardía se la inculcó el materialismo rampante y un marco de conocimiento amparado en la veleidad característica de esta época. De allí que, dado que ya no hay hombres que amen a su país ni así mismos, sinó solo vividores, pués tendremos que acojernos al método titanic de muerte lenta: dejar que el sistema se desmorone por sí solo. Llegará un punto a partir del cual la caída se activará más rápidamente, un agente catalítico que hará que la sociedad decadente termine hundiendose en el olvido y retraso de varias decadas o incluso centenas de años…esto es sólo cuestión de tiempo. Así que no se apresure Sr. Palacios la caída inminente de un sistema obsoleto es inminente, lo único que podríamos haber hecho es haber disminuido el caos que genera la transición, pero la pasta de gente que habita este país no da asi que ni modo que se haga a la chocha y mocha….pobrecillos nosotros y los que vienen, que clase de gentucha nació en este país entre el 50 y el 2000

  2. Abundan en Costa Rica , gracias al gasto burocratico exorbitante el las Universidades estatales. Para muestra un boton costos de las universidades regionales como la de guanacaste vrs # graduados.

  3. Este texto tiene la virtud de poner en blanco y negro las pinceladas de un panorama confuso en nuestro horizonte político y social, en el que como sucede con los grandes ríos en las llanuras, los que presentan una superficie en apariencia calma mientras que la gran correntada va por debajo con una fuerza descomunal. Don Alfonso J Palacios Echeverría desenmascara en este trabajo a muchos protagonistas de la trama quienes, después de alborotar el panal ruidosamente, pretenden continuar en silencio su trabajo de zapa contra las instituciones nacionales y las grandes mayorías nacionales, al mismo tiempo que responsabilizan al actual gobierno del gran desastre a que han dado lugar sus políticas indecentes e inciviles, a lo largo de más de tres décadas. Leámoslo con cuidado y sobre todo pongamos las barbas en remojo, tal y como dice un viejo dicho.

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