miércoles 28, septiembre 2022
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Los “productos” de la OCDE: PISA… y, ahora, sobre educación y formación profesional…

En el sitio Web de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aparece una sección llamada “PISA Products”, productos sobre el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE (PISA, por sus siglas en inglés).

En términos generales, un “producto”, según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), es una “cosa producida”, un “caudal que se obtiene de algo que se vende, o el que ello reditúa”.
Redituar, dice el DRAE, es “rendir o producir utilidad periódicamente”.

Entonces, “PISA products” ¿podría interpretarse como la venta de unas pruebas privadas que deben realizar los estudiantes, sin conocerse el marco legal que las autoriza dentro de los países “soberanos” donde esas pruebas se aplican, y que reditúan un caudal de fondos públicos periódicamente?

Si la interpretación es correcta, surge la siguiente pregunta: ¿en cuánto se estima el valor del mercado de dónde debe tomarse periódicamente ese “caudal” y quién lo recibe?

Según la Internacional de la Educación (IE) “el mercado de la educación es un mercado relativamente sin explotar con un valor aproximado de $4.5 a $5 billones de dólares por año” (“New study reinforces the threat EDU-businesses pose to quality public education”/Nuevo estudio refuerza la amenaza que las EDU-empresas plantean a la educación pública de calidad. 1 de julio de 2015). El estudio al que se refiere la IE se intitula “Pearson and Palf. The Mutating Giant” (Junemann y Ball, junio 2015).

En “Lo que oculta el informe Pisa”, Sánchez (2014) plantea: “¿Quién va a ganar millones con las nuevas pruebas cien por cien digitales que se van a instaurar en 2015? Le contamos lo que esconde la fiebre mundial de los test educativos”… “Las claves de un gran negocio. La obsesión con los exámenes es un nuevo nicho de mercado. Y quien lo ha visto claramente es la editorial británica Pearson, una multinacional con filiales en todo el mundo, dueña además de Financial Times y The Economist y que facturó más de 6000 millones de euros en 2013. Pearson ha logrado el contrato para los exámenes de PISA 2015, que pagan los ministerios de Educación, y la exclusiva para la creación de la plataforma digital que los sustentará. Pearson utiliza PISA y otras pruebas similares como cabeza de puente para, según sus críticos, manejar los hilos de la educación mundial. Pearson no solo redacta los exámenes, también los corrige y aportará las herramientas informáticas a los ministerios de Educación para analizar el rendimiento casi en tiempo real, como si fuera una Bolsa de Valores, donde los que cotizan no son empresas, sino colegios y, en último término, nuestros hijos”.

Lo anterior es además confirmado por Pearson, en su sitio Web: “Pearson to develop PISA 2018 Student Assessment  V21st Century Frameworks for OECD”. (Diciembre, 2014).

No obstante, la evidencia científica internacional dice que PISA, por ejemplo, (1) “tiene el potencial de lanzar hacia la crisis el sistema educativo de un país” (“A fundamental conundrum in psychology’s standard model of measurement and its consequences for PISA global rankings/ Un dilema fundamental en el modelo estándar de la psicología de la medición y sus consecuencias para la clasificación mundial de PISA); (2) “pone al mundo en riesgo” (“How Does PISA Put the World at Risk”); (3) PISA y la OCDE dañan la educación mundial (OECD and Pisa tests are damaging education worldwide); (4) y mucho más…

Entonces, más bien, “PISA Products”, ¿podría interpretarse como la venta de unas pruebas privadas cuya validez y confiabilidad son cuestionadas científicamente, pero que deben realizar los estudiantes, sin conocerse el marco legal que las autoriza dentro de los países “soberanos” a cargo de empleados pagados “solamente” con salario público, pero convertidos en agentes vendedores de un monopolio transnacional privado que, a la vez, recibe un caudal de fondos públicos periódicamente y que necesariamente surge de los impuestos que esos empleados públicos “corren” a imponer…?

O, ¿el modelo sería: Monopolio transnacional privado vende pruebas cuya base científica es cuestionable + las pruebas son compradas en un “acto de fe” por empleados pagados con fondos públicos que utilizan su investidura para aplicarlas aunque el marco legal no sea claro + los empleados pagados con fondos públicos utilizan pseudoestudios en formato de catálogos de ventas con “muchos datos” + los “conejillos de Indias” son los estudiantes y los docentes?

OCDE y su “producto” sobre educación y formación profesional (o cómo “recomienda” la educación y la formación dual “científicamente”…)

“OECD Reviews of Vocational Education and Training. Skills beyond School” (Las revisiones de la OCDE de Educación y Formación Profesional. Habilidades más allá de la escuela”) es un informe publicado en 2014 “bajo la responsabilidad del Secretario General de la OCDE”.

Sin embargo, existen otros informes, por ejemplo, desde 2013, idénticos en formato y muy similares en el menú de contenidos de “investigación”, entre ellos:

“A Skills beyond School Review of Germany”
“A Skills beyond School Review of South Africa”
“A Skills beyond School Review of the United States”

Desde luego, no podía faltar “A Skills beyond School Review of Costa Rica” (2015), que tradujeron como “Revisión Destrezas más allá de la Escuela en Costa Rica” y que, al menos, le cambiaron la portada del informe publicado en inglés…

Lo interesante es que uno de los países miembros de la OCDE es Alemania, miembro fundador desde el 27 de septiembre de 1961, tres días antes de que oficialmente naciera esa organización. (List of OECD Member countries – Ratification of the Convention on the OECD).

Alemania, sin negar las bondades que el país pueda ofrecer, es el mismo país que coincidentemente vende su “milagroso producto”, el sistema dual de educación y formación profesional.

El caballo de Troya de educación y formación dual es el instrumento ideal para lo que en palabras de cinco renombrados economistas, ha sido el fracaso de las políticas de la señora Angela Merkel: “austeridad –recorte de salarios, reducción del gasto público, recorte de pensiones, privatización y desregularización y aumento de impuestos”. (Austerity Has Failed: An Open Letter From Thomas Piketty to Angela Merkel, The Nation, 7 de julio de 2015).

Los cinco economistas son: Heiner Flassbeck (ex secretario de Estado del Ministerio Federal Alemán de Finanzas), Thomas Piketty, (Profesor de Economía en la Escuela de Economía de París ), Jeffrey D. Sachs (Profesor de Desarrollo Sostenible, Profesor de Política Sanitaria y Gestión y Director del Earth Institute de la Universidad de Columbia), Dani Rodrik (Profesor de Economía Política Internacional, Ford Foundation, Harvard Kennedy School), Simon Wren-Lewis (Profesor de Política Económica, Escuela Blavatnik de Gobierno de Oxford University).
¿Se equivocan los distinguidos economistas?

Pero, además el caballo de Troya de la educación y la formación dual, es el que fuentes científicas alemanas consideran como “rígido y discriminatorio” (“The social stratification of the German VET system”/La estratificación social del sistema de formación profesional alemán. Protsch & Solga, 2015), dentro de un sistema educativo “injusto” (“Reflejo de Oportunidades”, Fundación Bertelsmann).

¿Cómo podríamos descartar, científicamente, que la venta por catálogo del producto transnacional de la educación y formación dual no es un mecanismo, entre otros, para salvar al “gigante con los pies de barro” (“Alemania, el gigante con los pies de barro”, Tse & Esposito, 2015), el mismo país que no pagó sus deudas pero se presenta como acreedor “inflexible” ante Grecia (“Las deudas que Alemania, el acreedor inflexible, nunca pagó”. BBC Mundo, 6 de julio de 2015)?

Confiablidad y validez de los “productos” de la OCDE.

La OCDE dice que sus “productos” poseen base científica. Sin embargo, está más que demostrado internacionalmente que, al menos PISA, posee serias falencias que hacen dudar sobre su cientificidad.
De hecho, el artículo por Enrico Giovannini, (Jefe de Estadística de la OCDE, 2003) “Damned lies and statistics: Helping numbers make sense” (Malditas mentiras y estadísticas: Ayuda para que los números tengan sentido), advierte:

“Comparabilidad, confiabilidad, exactitud: todos son sellos de calidad de las reconocidas bases de datos estadísticos de la OCDE… ¿Pero debe usted creer lo que lee?”… “Infortunadamente, se ha creado una actitud general de dejar a los medios de comunicación y otros expertos el papel de la selección de la “información estadística correcta”, dejando al público juzgar la credibilidad de la fuente, en el supuesto de que el público cuenta con las herramientas para hacerlo. En otras palabras, la capacidad del lego para evaluar la exactitud de una estadística es bastante limitada. Tampoco podemos pretender que cada ciudadano debe convertirse en un estadístico profesional para ser capaz de interpretar correctamente la creciente cantidad de datos citados por los medios de comunicación o en Internet”.

Entonces, ¿cómo sabemos que esos productos son confiables, válidos, si, reitero, algunos medios de comunicación manipulan los datos a su conveniencia, en un abierto proceso agnotológico (producción de la ignorancia)? Peor aún, ¿cómo sabemos que las instituciones en democracia muestran como “evidencia” lo que justifica la agenda de otros?
Ciertos editorialistas sin más que su dicho, dicen que el informe “A Skills beyond School Review of Costa Rica” es “sólido”… ¿En qué momento “sólido” se convirtió en sinónimo de científico?

Pero, como consumidor, ¿cómo hago para saber que el “producto” es científico?

The Economist (2013), en “Trouble at the lab” (Problemas en el laboratorio), presenta argumentos igualmente válidos a considerar antes de comprar un “producto” cuya validez aparente (la producida por la publicidad y evaluaciones incompetentes) es la que normalmente se conoce y, los entusiastas, copian y repiten.

Dice la nota: “A los científicos les gusta pensar que la ciencia se autocorrige. Hasta un grado alarmante, no es así”. Dicho en lenguaje popular “que los melones se acomoden solos en el carro”, con el problema de que acá no hablamos de melones, sino de la educación de sus hijas e hijos.

“La idea de que los mismos experimentos siempre obtienen los mismos resultados, sin importar quién los realiza, es una de las piedras angulares de la afirmación científica como verdad objetiva. Si una campaña sistemática de replicación sobre un estudio no conduce a los mismos resultados, entonces, o bien la investigación original es deficiente (como afirman los replicadores), o las repeticiones lo son (como muchos de los investigadores originales afirman). De cualquier manera, algo está mal”.

Lo anterior sugiere la pregunta: “A Skills beyond School Review of Costa Rica” ¿ya fue evaluado de manera científica e independiente? Y dejo claro: no dudo de la honestidad y capacidades de sus autores, pero, si el informe se dice científico, y parafraseando a The Economist, “sin importar quién lo realiza”, ese “producto” –y muchos otros- debe ser evaluado para determinar que es una “verdad objetiva” y no una “verdad absoluta y dogmática”, un “acto de fe”.
¿Cómo sabemos, entonces, que nos encontramos ante la verdad objetiva? ¿Solo porque lo dice la OCDE y su grupo de seguidores entusiastas? ¿Cómo sabemos que no se trata, en palabras de Dickson (“The curse of policy-based evidence”, 2009), de evidencia que justifique la política educativa que se desea “recomendar”?

Muchos entusiastas, como los medios de desinformación, acostumbraban a ensalzar las bondades de los informes “Doing Business” del Banco Mundial, hasta que su presidente designó el “Doing Business Report Panel”, un grupo de expertos “independientes” para que revisaran el informe… (“World Bank President Jim Yong Kim’s Statement on the Independent Panel Review of Doing Business”/Declaración del presidente del Banco Mundial Jim Yong Kim sobre el Panel de Revisión Independiente de Doing Business).

Los titulares en la prensa internacional en aquel momento no se hicieron esperar. Entre ellos: “World Bank urged to stop ranking countries on ease of doing business” (Banco Mundial fue instado a dejar de clasificar a los países sobre la facilidad de hacer negocios). (Reuters); “Why the World Bank must do better at Doing Business” (El por qué el Banco Mundial debe mejorar Doing Business). (European Network on Debt and Development).

¿Cuál es el “panel de revisión” de los “productos” de la OCDE…?

Ya una miríada de estudios, pero científicos, han demostrado que la “recomendaciones” de los organismos internacionales no funcionan. Reitero, entre esos estudios, “La educación en América Latina. Enfoque desde la institucionalidad del orden mundial capitalista” (Ramos, 2012), que dice:

“… los ‘paquetes’ de educación y de educación a distancia:
• Se instrumentalizan a través del Banco Mundial, el BID, la USAID, la NED, el IRI, las Freedom House, la ISOA, la OCDE, la OMC y la UNESCO en América Latina y el mundo.
• Sirven a los intereses económicos de “inversionistas” norteamericanos, europeos y asiáticos, convocados por esas instituciones para hacer “lucrativos negocios” con cargo al financiamiento que imponen, y el incremento de nuestras deudas externas.
• Carecen de potencial pedagógico para construir aprendizajes y producir conocimientos. Situándose, por esto, en la perspectiva de lo educativo, como proceso de ideologización”.
Como consumidores de productos y servicios en el contexto del libre mercado, ¿no es cierto que tenemos el derecho a exigir garantía, calidad por lo que pagamos, de que antes de que aceptemos y paguemos por un “producto” o servicio que se dice científico, sea demostrada de manera independiente esa cientificidad?

¿Se tomaría alguien un fármaco carísimo del cual ya le habían informado que es más bien un placebo?

¿Cómo sabemos que los “productos” educativos no son más bien un placebo? Al menos sí lo sabemos en lo que respecta a la política pública sobre inglés y otras lenguas. La política ha sido una tomadura de pelo, con la constante de pagar carísimo por inservibles cuyos resultados son casi nulos.

¿Es necesario ser economista para darse cuenta que la relación costo-beneficio, por ejemplo, para inglés, significa un alto costo económico para el estudiante, con un casi nulo beneficio, pero un altísimo beneficio económico para quienes venden los inservibles en formato de textos, “on line courses”, certificaciones y cualquier otra ocurrencia?

Como consumidores no necesitamos ser educadores, economistas, estadísticos ni científicos, ni necesitamos la típica “mordaza” de que “proponga, eso sí, dentro de lo que decimos y punto”, posición muy semejante a los fanatismos religiosos…

¿Acaso cuando una persona, por ejemplo, cena en un restaurante de lujo, si su platillo está mal preparado, la persona debe cocinarlo en lugar del chef a cargo? ¿Para eso no se formó la persona como chef? ¿Para eso el chef no recibe un salario?

Se supone que quienes se autodenominan –o se denominan entre sí- como científicos, especialistas, expertos, y demás, saben de lo que están hablando y sin mucho rodeo responden y demuestran. El problema es que quienes “proponen”, al emplazarlos, no responden, y, entonces, no se sabe con certeza si en realidad saben de lo que hablan… o, más bien, son simples repetidores obedientes de lo que otros ordenan. ¿Nos estarán embaucando… otra y cada vez más…?

Si no presentan la base científica debida e independientemente evaluada de los “productos” que mercadean, no tenemos por qué aceptar las “recomendaciones” de nadie, mucho menos cuando está en juego la educación de sus propias hijas e hijos.

No solo han convertido el derecho humano a la educación en una mercancía, en otro “producto” más para que enriquezcamos a otros e, igualmente, paguemos las deudas de otros, sino que, para colmo de males, el “producto” que presentan como científico tan siquiera han demostrado que así lo sea.

(*) Gerardo Barboza
Educador
www.englishincostarica.org

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