sábado 4, febrero 2023
spot_img

Policía afgana lucha con delaciones y violencia contra talibanes

Un oficial de seguridad afgano cachea a un hombre en la ciudad de Kandahar, Afganistán EFE

Kandahar, 2 ago (dpa) – La provincia de Kandahar, en el sur de Afganistán, fue un bastión indiscutido de los talibanes. Pero ya no es así, y ello se debe sobre todo al jefe de la policía Abdul Rasik, que desde Kandahar, la capital provincial, domina todo el territorio.

Mantiene el control con un red de delatores y contactos con los clanes, que financia con dinero de origen dudoso y métodos brutales. Hasta los talibanes reconocen a regañadientes su poder. «Cuando Rasik muera, vamos a quemar la ciudad hasta los cimientos», dijo el líder talibán Abdullah Rasak. En 19 ocasiones intentaron matar los talibanes a Rasik, pero siempre fracasaron.

El jefe de la policía incluso ha conseguido convertir en un lugar seguro el pueblo en el que el mulá Omar, el líder de los talibanes ya fallecido, era profesor en una madrasa. «La seguridad aquí es buena. No hay talibanes. La policía afgana les rompió la columna vertebral el año pasado», dijo Mohamad Hashem (de 44 años), que ya vivía en el lugar cuando el mulá Omar a mediados de los años 90 daba clases.

Los cambios en las provincias se deben también a la estrecha cooperación entre los ancianos de las tribus y los jefes de los clanes, una iniciativa que impulsó Rasik. El distrito de Sari se encontraba el año pasado bajo control de los integristas islámicos, dijo el comandante de la policía local Sadikulla. «Hoy tenemos informantes en todo el distrito. Nos avisan cuando ven a un talibán o un extranjero en el pueblo».

Sadikulla señala que ocho de los 17 distritos de la provincia son seguros, en los ocho restantes la seguridad sigue siendo problemática. El distrito de Gorak, por ejemplo, está controlado por los talibanes, y su líder, Rasak, admite que sus combatientes prefieren lucha en las provincias vecinas de Helmand y Urusgan, porque Kandahar es una provincia que muchos dan ya por perdida.

«Rasik ordenó a su gente matar a los talibanes y detener a sus simpatizantes», dijo el líder talibán. «Él es (del clan) de los Adosai, yo soy un Gabisai. Rasik es bueno para emplear los contactos con los clanes. Muchos comerciantes Adosai le suministaran informaciones. A cambio, él protege sus intereses comerciales».

Rasik fue hasta 2011 comandante de la policía de fronteras en el distrito de Spin Boldak. Personas próximas a él señalan que sigue teniendo una gran influencia en esta región fronteriza con Pakistán, y recibe a diario miles de dólares para financiar su guerra, un dinero con el que paga la red de delatores.

Rasik ascendió a jefe de la policía de la provincia cuando su superior murió en un atentado suicida. Desde la muerte, en 2011, de su mentor, Ahmad Wali Karsai, el hermano del ex presidente afgano Hamid Karzai, Rasik es el hombre más poderoso en Kandahar.

Y el ascenso de Rasik no se ha visto trabado por los escrúpulos. La organización defensora de los derechos humanos Human Rights Watch le acusa de violar los derechos humanos con torturas y asesinatos.

En un informe de Naciones Unidas se indica que entre septiembre de 2011 y octubre de 2012 desaparecieron al menos 81 personas que estaban bajo custodia policial. «Los tribunales afganos son corruptos. Yo enviaré (a los talibanes) directamente a la tumba», dijo al parecer Rasik en agosto pasado durante un encuentro con los ancianos del clan. Rasik rechazó haber dicho esas palabras y tampoco encontró el tiempo para reunirse con un reportero de dpa.

El líder del clan Dadgul, que tiene 30 años, ha pasado a colaborar con Rasik tras su experiencia con la Justicia afgana. «Detuve a los talibanes que mataron a mi tío», dijo. «Le entregué a la policía porque creía que allí se haría justicia. Después supe que el juez le dejó en libertad por un soborno de 10.000 dólares».

A pesar de sus tácticas cuestionables, Rasik cuenta con el apoyo de muchas personas en Kandahar por la sencilla razón de que se sienten seguras frente a la violencia de los talibanes. Los líderes de los clanes se muestran además aliviados de que ahora se puedan ocupar más de la agricultura, la educación y el trabajo en lugar de la seguridad.

«Aun cuando mate a personas, nos gusta, porque es el único que habla el lenguaje de los talibanes», dijo el anciano Tay Mohamad en referencia a la actuación brutal de los insurgentes. Mohamad es del distrito de Argandab, su pueblo estuvo controlado por los talibanes, pero hoy pueden salir a hacer picnic. «Aquí no queda ningún talibán», dijo Mohamad. «Ojalá Alá lleve la seguridad al resto de Afganistán como lo hizo en Argandab».

Más noticias

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias