lunes 27, junio 2022
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Manifestaciones de descomposición social

El apuñalamiento del joven Gerardo Cruz, que denunció el acoso “cuasi pornográfico” de un viejo asqueroso, subiéndolo a internet, es una muestra más de la porquería de sociedad en que nos hemos convertido. (Es una forma más directa para señalar la descomposición social a la que estamos abocados).

Y en esta oportunidad no me estoy refiriendo a las porquerías de los políticos de siempre, tipo Álvarez o el otro que nombra a su hija en un puesto en la Asamblea Legislativa, (típicos casos del matonismo que siempre ha utilizado Liberación Nacional, como se contempla en esta oportunidad, el cual se manifiesta en hacer con los recursos públicos lo que le viene en gana o no cumplir con las leyes laborales).

El OIJ descarta – en el caso del muchacho Cruz – cualquier móvil de asalto o robo. Se trata, al parecer, de una retaliación efectuada por ese tipo de delincuentes a sueldo que ahora proliferan en nuestro país: ya sea que te apuñalen porque dijiste algo que no le gustó a alguien,  o se bajen de un carro y te disparen a quemarropa, porque les tocaste la bocina al cometer el agresor una falta a las leyes del tránsito.

Pero existe otra aún más deplorable: la demostrada hasta la saciedad por el Poder Judicial, convertido en una isla de privilegios odiosos en favor de todos sus miembros, que llega incluso a ampararse con sentencias de la Sala Constitucional. Si Usted se asombraba de lo obtenido por los sindicatos en las organizaciones autónomas del Poder Ejecutivo, lo que existe dentro de este otro “Poder” es de antología… (¿O quise decir de porquería?)

Estos son algunos casos de la descomposición social en que hemos caído, por numerosas causas detonantes. La cual es la resultante de varios factores que influyen en la misma población a través del tiempo; es decir comparando la situación actual con hace aproximadamente 30 o 40 años atrás,  los niveles de contaminación, desempleo, el deterioro del poder adquisitivo, la violencia cotidiana, la corrupción, la degradación de los valores humanos, consumismo, drogadicción, etc. son mayores.

Esto permite que ya no nos asombremos porque se dio tal o cual delito, y que no nos asombramos si solo fue uno,  sino tampoco cuando son varios asesinatos, robos y asaltos en un día, es decir, ya lo vemos hasta normal que ocurra esa gran cantidad.

Es por ello que este punto de análisis resulta de suma importancia no solo para una mejor calidad de vida sino para la sociedad en general, puesto que es necesario un cambio de conciencia en las personas, ya que estamos degradándonos poco a poco de manera progresiva, siendo esto una gran amenaza para extinción de una convivencia civilizada..

Se dice en algunos medios de información que los problemas sociales que aquejan a la sociedad costarricense se deben a la desintegración familiar y a la falta de educación; sin embargo, al deslindar responsabilidades tomando sólo en cuenta el factor familiar y educativo, se dejan de analizar factores importantes como lo es la influencia de los medios de comunicación (que  nos inundan con sus porquerías), y las redes sociales en donde todo cabe, en las conductas del ser humano.

La descomposición social que estamos viviendo en la actualidad, en todos los órdenes, crece, se multiplica y llega a todos los estratos de la sociedad. Robos de identidad, asaltos a comercios y a personas, homicidios horrendos, violencia doméstica que acaba con las familias; atropellos, intolerancia, desconocimiento de las normas elementales de la convivencia y la armonía, están convirtiendo en un serio peligro cada minuto de nuestras vidas. Pero hay otra que no la consideramos como descomposición, y que lo es ciertamente, cual es el fundamentalismo político y económico, o el religioso, que tantísimo daño hacen.

Es una suerte escapar a algún acto delincuencial, a un asalto callejero, un conductor iracundo, una bala perdida en medio de los constantes tiroteos, un desadaptado social, un joven descarriado, un delincuente profesional o un desesperado sujeto drogado o descarriado que desprecia el valor de la existencia. Sin embargo, no es tan fácil escapar a la nefasta influencia de los políticos neoliberales, por ejemplo, o a la no tan infrecuente influencia de los obispos católicos o los pastores cristianos.

Es realmente temeroso el ambiente que se vive y que si observamos los noticieros de televisión, leemos los periódicos y escuchamos la radio, podemos constatar cómo la mayoría de su contenido es para hablarnos de innumerables casos de delincuencia de los que podemos ser víctimas en el momento menos pensado. Y ello, pese a los aparentes esfuerzos de las autoridades por combatirlos.

Todo lo cual conduce a una sociedad en deterioro constante que elude las responsabilidades ciudadanas y se envuelve en un torbellino degradante. Sus causas son múltiples, y ellas saltan a la vista con la pobreza que predomina en amplios sectores de la población mientras otros acumulan más y más riqueza, la irresponsabilidad de los políticos, las leyes absurdas que cofunden y oprimen antes que beneficiar, el desprecio por los valores y la moral. Son tiempos que no están para alegrarse.

Todas las sociedades en decadencia contienen aspectos de descomposición, dislocación del cuerpo social, putrefacción de sus estructuras económicas políticas e ideológicas, etc. Lo mismo ha ocurrido con el modelo neoliberal impuesto por los gobiernos anteriores del PLUSC desde que se inició su decadencia. Y en eso, más allá de lo puramente cuantitativo, el fenómeno de descomposición social está hoy alcanzando tal profundidad y tal extensión que está cobrando una cualidad nueva, una cualidad singular, aquella en la que la descomposición social se convierte en un factor, incluso en “el factor decisivo” de la evolución de la sociedad.

Alberto Garzón señaló en un artículo de su autoría que vivimos tiempos convulsos, de cataclismo, en los que se mueve el suelo bajo nuestros pies. Y perdemos puntos de referencia que necesitamos para comprender lo que sucede a nuestro alrededor o para entendernos a nosotros mismos. Como diría Marx, aunque él refiriéndose al inicio de la modernidad, parece que “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Y es cierto. La vida tal y como nos la habían contado hace tan sólo unas décadas está dejando de existir. Los relatos construidos desde el poder se esfuman con rapidez. Las promesas de futuro pierden su sentido. Y los códigos para relacionarnos entre nosotros cambian trepidantemente.

El filósofo y esclavista estadounidense John Calhoun dijo a inicios del siglo XIX que en los períodos de transición de esta naturaleza, entre lo viejo y lo nuevo, siempre hay “incertidumbre, confusión, error y salvaje y feroz fanatismo”. Un siglo más tarde y desde otras coordenadas ideológicas muy distintas Gramsci añadiría que en ese “interregno llamado crisis ocurren los fenómenos más morbosos”. Pero son sin duda los pueblos y sus gentes los que deciden con sus acciones qué tipo de fenómenos delimitan y determinan ese interregno. No hay nada escrito de antemano. Simplemente son brechas de oportunidad en las que pueden adentrarse unos u otros, en función de una disputa política que se realiza en todos los planos. Desde luego no sólo en el plano electoral.

Efectivamente, si miramos a nuestro alrededor vemos una comunidad social en descomposición. Las condiciones materiales de vida de la mayoría de la gente se están mermando y con ello se está resquebrajando las seguridades del pasado. Sin embargo, esto no sucede para todo el mundo por igual. Podríamos decir, de hecho, que hoy en nuestra sociedad conviven dos sociedades ciertamente antagónicas.

De un lado una sociedad fordista, propia de las comunidades políticas occidentales de posguerra, y en la que los trabajadores disponen de estabilidad laboral, contratos indefinidos, ciertos derechos sociales reconocidos y garantizados, un mínimo espacio de propiedad material que abarca al menos una vivienda o un vehículo, y sobre todo una seguridad de cara al futuro como es el disfrute de una pensión. De otro lado convive una sociedad posfordista, caracterizada por la inseguridad laboral, los contratos basura, la precariedad, menos derechos sociales, la ausencia total de expectativas de futuro y, en definitiva, un horizonte muy negro. A este fenómeno de convivencia simultánea de dos sociedades tan distintas el filósofo alemán Ernst Bloch lo llamaba atemporalidad o espacio temporal de no sincronía. Y le sirvió para describir tiempos tan tormentosos como el de la Alemania de los años treinta del siglo pasado y el ascenso del nazismo.

Pienso que estamos viviendo un cambio de época similar. La cacareada ruptura generacional se explica precisamente por estas razones, en tanto que la mayoría de los jóvenes viven en la sociedad posfordista. La distinta concepción del mundo que existe, por término medio, entre una persona joven y una no tan joven se deriva de las distintas condiciones materiales de existencia. ¿Cómo van a pensar políticamente igual si viven de forma tan distinta? Cuando esto no se entiende hay una tendencia a vivir en burbujas. Eso es lo que creo que le ha pasado a la política, a sus instituciones y a las organizaciones políticas.

No hay duda de que la humanidad, en general, y nuestro país, en particular,  se encuentran viviendo tiempos muy difíciles. Tiempos en los que la violencia ha dejado sentir su látigo implacable en los seres humanos. Por donde dirijamos la mirada existen rasgos de violencia ¿Por qué? Quizá no exista una palabra exacta para explicar o definir satisfactoriamente lo que ocurre, pero al menos tratemos de reflexionar, de meditar un momento al menos acerca del porqué de los cambios dramáticos en la sociedad y principalmente en los hogares.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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3 COMENTARIOS

  1. Muy puntual y excelente análisis, la violencia económica que nos ha arrastrado este neoliberalismo disfrazado de globalismo, ha moldeado y condicionado a la sociedad a una situación degradante. La sociedad entera se esta fagocitando así misma, todos contra todos no cabe la solidaridad ni la cooperación social. Nada mas mire la actitud de la mayoría de las personas, totalmente agresivas e individualistas debido a la estrechez económica que esta sacando lo peor del ser humano. ¿Que le queda a la sociedad post-fordista?, acostumbrarse a la idea de ser esclavo o alzarse en contra de esta opresión.

  2. Nunca ha habido Satiros ni asesinatos por venganza en nuestra magica isla llena de queso y miel hasta hace un par de semanas.

    Esto me suena la la tipica queja de un viejo en un portico gritandole a los niños que se salgan de su jardin y recordando que todo era mejor antes.

  3. Minos, no se que edad tendra Usted, pero en la Costa Rica de antes existian los satiros, que deambulaban por los alrededores del Liceo de Senoritas y por el parque Morazan… Por si nolo sabia!

    No trate de desmerecer la denuncia del articulista, haciendo una comparacion que habla mauy mal de Usted,ya que la profundidad de la denuncia expresada en este articulo es mayor a lo que su capacidad de comprension mental le permite.

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