martes 17, mayo 2022
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La ruta de los imperios

Cada 12 de Octubre se conmemora la llegada de Cristóbal Colón en su primer viaje al continente del que se sabía de su existencia desde hacía mucho tiempo, pues había sido visitado del lado atlántico por los nórdicos, bastantes decenios atrás, y por los chinos del lado pacifico, pero era tal la ignorancia reinante que muchos conocimientos se habían perdido entre las brumas de un analfabetismo generalizado, característico de esa época en Europa.

Los atrasadísimos europeos de aquella época (estaban mucho más avanzados los imperios Inca y Azteca, aunque bajo parámetros culturales diferentes), que consideraban que las enfermedades se transmitían por el agua, y por ello no se bañaban, deseaban obtener riquezas que les permitieran superar la desastrosa situación económica en la que había caído el viejo continente. Y aunque creían que ellas estaban en la “especies” que provenían del Oriente, cuya ruta había sido cortada por la media luna mahometana, en realidad eran los metales preciosos los que estaban detrás de esta aventura.

Las consecuencias del “descubrimiento” son harto conocidas. El genocidio más asombroso de la historia del mundo occidental, que hace quedar al Hitleriano como una fiesta de niños. La destrucción de varias culturas y enormes conocimientos acumulados por los habitantes de este continente, a manos de una combinación asesina que tenía ya siglos de existir: la mezcla de la cruz con la espada.

Fue entonces cuando nace lo que se llamaría luego el Imperio Español, imitado luego por el Inglés unos siglos después, y emulado aunque en menores proporciones por Franceses, Holandeses y Portugueses. Imperio que vivió de la expoliación de nuestros territorios sin invertir en su propio desarrollo (fue evidente el abandono de la agricultura y la ganadería en España).

Durante los siglos XVI y XVII, España llegó a ser una superpotencia a escala mundial. Castilla, además de Portugal, estaba en la vanguardia de la exploración y colonización europea, y de la apertura de rutas de comercio a través de los océanos (en el Atlántico entre España y las Indias, y en el Pacífico entre Asia Oriental y México, vía Filipinas). Los conquistadores vascos, castellanos y extremeños descubrieron y conquistaron vastos territorios y culturas diferentes en América y otros territorios de Asia y África.

España, especialmente el reino de Castilla, se expandió colonizando esos territorios y construyendo con ello el mayor imperio económico del mundo. Entre la incorporación del Imperio Portugués en 1580 (perdido en 1640) y la pérdida de las colonias americanas en el siglo XIX, fue el imperio más grande del mundo por territorio, a pesar de haber sufrido bancarrotas y derrotas militares a partir de la segunda mitad del siglo XVII. España dominaba los océanos gracias a su experimentada Armada, sus soldados eran los mejor entrenados y su infantería la más temida. El Imperio Español tuvo su Edad de Oro en el siglo XVII.

Este vasto y disperso imperio supuso estar en constante disputa con potencias rivales por causas territoriales, comerciales, o religiosas. En el Mediterráneo con el Imperio Otomano; en Europa, Francia tenía un poder semejante; en América, inicialmente con Portugal y más tarde con Inglaterra; una vez que los holandeses consiguieron su independencia se convirtieron también en contendientes. La piratería promovida por holandeses, ingleses y franceses, la conquista de territorios y la lucha constante con sus enemigos, a menudo simultáneamente durante largos periodos, y muchas veces basados en la religión, contribuyeron al lento declive del poder español.

Este declive culminó, en lo que respecta al dominio sobre territorios europeos, con la Paz de Utrecht (1713): España renunciaba a sus territorios en Italia y en los Países Bajos, perdía la mayoría de su poder, y se convertía en una nación de segundo orden en la política europea. Sin embargo, España mantuvo su extenso imperio de ultramar hasta que sucesivas revoluciones le arrebataron sus posesiones en el continente americano un siglo después. No obstante, los españoles mantuvieron importantes fragmentos de su imperio en América (Cuba y Puerto Rico), Asia (Filipinas) y Oceanía (Guam, Micronesia, Palau, Islas Marianas del Norte) hasta la Guerra Hispano-Americana de 1898, y en África (Guinea Ecuatorial, Norte de Marruecos y Sáhara Occidental) hasta 1975.

A finales del siglo XVIII, antes de que las Guerras de Independencia Americanas comenzaran, el Imperio Español se extendía en América desde la frontera entre las actuales Canadá y Estados Unidos hasta la Pampa argentina, a excepción de gran parte de la Amazonía -en manos de portugueses, franceses y holandeses- y un puñado de islas perdidas o conquistadas previamente por otros imperios colonialistas europeos.

Entre 1740 y 1790, el Imperio Español ocupaba unos 19,5 millones de kilómetros cuadrados, lo que suponía un 13% de la superficie terrestre. Con las Guerras de Independencia Americanas y más tarde la Guerra Hispano-Estadounidense, se vio reducida su extensión a parte de la Península Ibérica.

En el Imperio Español no se ponía el Sol, pero tampoco se ponía el sol años más tarde en el Imperio Británico. Durante muchas décadas el Imperio Británico creció fundamentalmente en base a anexiones de terrenos despoblados o con pueblos que apenas opusieron resistencia. De hecho, los británicos antes de conseguir la grandeza de su imperio perdieron gran parte de él, con la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.

A finales del siglo XVIII fue cuando comenzó el verdadero éxito del Imperio Británico, con la adhesión de Australia al imperio en 1788. Después llegaría el conocido como siglo imperial (entre 1815 y 1914) durante el cual los británicos conquistaron Nueva Zelanda y exploraron las costas de África y Asia, adentrándose y luchando contra aborígenes aún no conquistados por ningún otro país europeo.

En 1922, en el momento álgido del Imperio Británico, respondían a la corona inglesa con diferentes tipos de control -mandatos, protectorados, dominios, dependencias de la corona o colonias- varios territorios a lo largo y ancho de todos los continentes del mundo, como por ejemplo Sudáfrica, Australia, Canadá, Sudán, India, Nueva Zelanda, Egipto o Nigeria.

En total, la extensión del Imperio Británico alcanzó los 33,7 millones de kilómetros cuadrados de extensión, más de un 22% de la superficie terrestre. La descolonización de este gran imperio fue lenta. Tan lenta que aún a día de hoy cuenta con catorce territorios, más que ningún otro país del mundo.

Todavía después de la segunda guerra mundial tanto ingleses como franceses y portugueses, llevaron a cabo acciones que no podrían llamarse de otra forma que asesinas, en contra de los pobladores de lo que ellos consideraban sus colonias.

En consecuencia, podríamos asegurar que el imperialismo tiene una larga historia en nuestro continente.

Sin embargo, los sueños imperiales cercenaron los laureles de las cabezas de los monarcas europeos, acabaron con un viejo régimen y frustraron la hegemonía colonial que tanto persiguieron. Todo se originó en sus patios traseros, lejos de los extensos dominios de ultramar que acariciaban como preciada posesión y de donde se nutrían para hacer crecer su economía y progreso de la era industrial y los avances tecnológicos. Los grandes imperios se lanzaron entre mediados del siglo XIX y 1914 a una búsqueda de lo que se denominó entonces el estatus de gran potencia: y lo que consiguieron fue dilapidarlo, abocando a la muerte y a la miseria a millones de sus ciudadanos.

Entre la ironía y la lógica del nuevo mundo que se avecinaba, su viejo sistema saltó en pedazos como consecuencia precisamente de las ambiciones en su propio continente. El telón de fondo, sin embargo, fue la incapacidad para llegar a una cooperación internacional para el dominio de las colonias, que los privó de sus mayores logros de los imperios entonces: la expansión global, el comercio internacional, la riqueza y la prosperidad que Europa comenzaba a paladear fruto del avance en las ciencias, la medicina, la industria…después de varios siglos de guerras, como apuntó el bienintencionado e ingenuo Norman Angell en ‘La Gran Ilusión’, publicado en 1909.

Los gobernantes europeos, al parecer, no aprendieron ninguna lección, ni siquiera después de la Segunda Guerra Mundial, lo franceses, por ejemplo, pretendieron retomar su imperio en 1945 en el punto en el que lo habían dejado en 1939: otra ‘Gran Ilusión’, cuyo resultado fue la terrible Guerra de Indochina (1945-1953), que tendría su trágica resolución en el sonadísimo desastre de Dien Bien Phu, donde murieron o desaparecieron más de 4.000 franceses. La traca final se pospondría hasta la independencia de Argelia (1954-1962), otra guerra nacional absurda, que dividió además a la opinión pública.

La realidad es que en 1914, las potencias europeas estaban tan sumidas en su propio e irracional gobierno del mundo, que apenas percibieron que EEUU, que era ya la mayor economía del planeta, y estaba cambiando las reglas del dominio global. En 1898 ya había arrebatado a España el dominio de Cuba y Filipinas sin establecer una colonia al uso. Después de la Gran Guerra extendería aún más sus intereses comerciales al resto de Asia, y después de la Segunda sería ya la potencia hegemónica, que entre otras cosas presionaría cuando no obligaría a sus antiguos socios europeos a desprenderse definitivamente de sus dominios coloniales.

Tanto los imperios, con su mezquina explotación de las colonias, como los nacionalismos y el romanticismo, que se fueron hinchando como un enorme globo hasta el punto de desear sacrificar la vida en los altares de la gloria patria, la bandera y los himnos, supusieron un terremoto que destrozó Europa y cuyas lecciones no se aprendieron en 1918, cuando ya habían muerto más de nueve millones de personas.

Hoy, sumidos en nuestra ignorancia, “celebramos” el 12 de Octubre como una fecha gloriosa, cuando en realidad deberíamos repudiarla como el inicio del genocidio perpetrado por la combinación de la cruz y la espada en nuestro continente. Esta es la historia de todos los imperios. Los económicos, los militares, los mercantiles, los culturales. Nada importan los seres humanos, excepto si sirven para producir o consumir.

Imperialismo, como se define en el Diccionario de Geografía Humana, es una relación humana y territorial desigual, por lo general en forma de un imperio, basado en ideas de superioridad y las prácticas de dominación, que implica la extensión de la autoridad y el control de un Estado o pueblo sobre otro

O también puede ser una doctrina política que justifica la dominación de un pueblo o Estado sobre otros; habitualmente mediante distintos tipos de colonización (de poblamiento, de explotación económica, de presencia militar estratégica) o por la subordinación cultural (aculturación).

El sociólogo estadounidense Lewis Samuel Feuer identificó dos subtipos principales del imperialismo: el primero es el «imperialismo regresivo» identificado con la pura conquista, la explotación inequívoca, el exterminio o reducciones de los pueblos no deseados, y el asentamiento de los pueblos deseados en esos territorios. El segundo tipo identificado por Feuer es «imperialismo progresista» que se basa en una visión cosmopolita de la humanidad, que promueve la expansión de la civilización a las sociedades supuestamente atrasadas ​​para elevar los estándares de vida y la cultura en los territorios conquistados, y la asignación de la gente conquistada a asimilarse a la sociedad imperial. Esta segunda visión es la que promueve los Estados Unidos de América den la actualidad, de forma abierta y clara.

Los efectos del imperialismo suelen girar en torno a los aspectos económicos, dado que esta perspectiva es la que prevalece en los debates sobre sus posibles móviles. La polémica surge entre aquéllos que creen que el imperialismo implica explotación y es la causa del subdesarrollo y el estancamiento económico de las naciones pobres, y los que alegan que, pese a las ventajas que proporcionó esta situación a las naciones ricas, también las naciones pobres se beneficiaron, al menos a largo plazo.

Es difícil decantarse por una u otra concepción por dos motivos: de un lado, no se ha llegado a un consenso sobre el sentido del término explotación; y de otro, no es fácil separar las causas internas de la pobreza de una nación de las que son de índole internacional. Lo que resulta evidente es que el efecto del imperialismo ha sido desigual: unas naciones han obtenido mayores ventajas económicas que otras de su contacto con potencias más ricas. India, Brasil y otros países en vías de desarrollo incluso han comenzado a competir económicamente con sus antiguas metrópolis. Por ello, sería aconsejable examinar la repercusión económica del imperialismo atendiendo a cada caso en particular.

Las consecuencias políticas y psicológicas del imperialismo son igualmente difíciles de determinar. Este fenómeno ha demostrado ser destructivo y creativo a la vez: ha destruido instituciones tradicionales y formas de pensar, y las ha sustituido por las costumbres y mentalidad del mundo occidental, ya se considere esto un beneficio o un perjuicio.

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