domingo 28, noviembre 2021
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Una Libia sin legitimidad se desliza al caos 4 años después de morir Gadafi

Trípoli/Túnez, 20 oct (EFE).- Cuatro años después del asesinato de Muamar al Gadafi, Libia se asoma a un peligroso vacío de poder a causa de la negativa del Parlamento de Tobruk, internacionalmente reconocido y cuyo mandato finaliza hoy, a aceptar el gobierno de unidad propuesto por la ONU.

Según las normas que rigieron su constitución, la legitimidad de esta cámara concluye este martes, sin que exista una alternativa más allá de aceptar la extensión de seis meses que el propio Parlamento votó días atrás de forma unilateral, una decisión de cuya legalidad existen dudas.

«Libia afronta tres opciones, todas ellas pésimas y alejadas de los supuestos objetivos de la revolución» que en octubre de 2011 acabó con la tiranía gadafista, explica a Efe una fuente diplomática en Túnez.

«La primera, una fragmentación aún mayor. La segunda, el eventual triunfo del yihadismo y la tercera el retorno de la dictadura», en este caso en la figura del controvertido general Jalifa Hafter, agrega la fuente, que prefiere no ser identificada.

Miembro de la cúpula golpista que aupó al poder a Al Gadafi en 1969, Hafter está considerado el principal escollo para la paz en un país rico en petróleo, con apenas seis millones de habitantes que siempre ha vivido de espaldas al radicalismo.

Un hombre de la vieja guardia, vinculado a otros dictadores como el presidente de Egipto, Abdel Fatah al Sisi, o a autocracias como Arabia Saudí, que en la década de los ochenta huyó a Estados Unidos, donde se convirtió en uno de sus principales opositores en el exilio.

Tres meses después de que estallara la revuelta, regresó a Libia con un grupo de hombres armados a través de la frontera egipcia y se movió con inteligencia entre los rebeldes hasta ser nombrado este mismo año jefe del Ejército leal al gobierno de Tobruk.

En mayo de 2014, emprendió una ofensiva bélica, denominada «Operación Dignidad», para tomar Bengasi, segunda ciudad en importancia del país, a la plataforma de milicias «Fajr Libya», afín al Ejecutivo en Trípoli, considerado rebelde.

Más de 18 meses después, la urbe sigue asediada, unas 100.000 personas se han visto obligadas a abandonarla por la virulencia de los combates, y en el caos, grupos yihadistas se han hecho con el control de ciertos barrios.

«Hay mucha gente en el este que está cansada de tanta guerra y que ve con buenos ojos una mano de hierro que ponga orden y sujete a los yihadistas. Por eso apoyan a Hafter», explica un exiliado libio en Túnez.

«Ahora eso es lo que puede que ocurra. Sin acuerdo para formar el gobierno de unidad nacional, y con Tobruk deslegitimado, lo más probable es que Hafter trate de establecer un Consejo Militar desde el que ejercer el poder», agrega el exiliado, activista de una asociación que luchó contra la dictadura.

El general es uno de los actores que desde el principio se han opuesto de forma abierta y directa al moribundo proceso de diálogo promovido por el enviado especial de la ONU para Libia, Bernardino León.

A finales de septiembre, escasas horas después de que el propio León celebrara la aceptación del acuerdo para la formación del gobierno de transición, Hafter anunció que redoblaría los bombardeos sobre Bengasi con la excusa de la lucha contra el yihadismo.

El pasado domingo, un día antes de que el Parlamento de Tobruk se reuniera para aceptar o rechazar la composición de ese gobierno impuesto por la ONU, el oficial subrayó que no apoyaría acuerdos políticos que «respalden el terrorismo en Libia».

Según la prensa local, el general advirtió de que sus manos «no estarán atadas si el Parlamento de Tobruk va demasiado lejos, bajo el dictado de Occidente y la presión exterior sobre su presidente y otros miembros, para que formar un gobierno que se llama a sí mismo de Acuerdo».

«Pero que en realidad es un acuerdo parcial a favor de los que apoyan el terrorismo en Libia. No descansaremos hasta que la seguridad de nuestro herido país haya sido restablecida», afirmó el militar, que ampliado sus lazos y ahora también dice negociar con Rusia.

Su objetivo declarado es anular el embargo de armas que pesa aún sobre el país y acceder a material bélico pesado con el que intentar derrotar a las milicias afines a Trípoli, tanto en el frente de Bengazi como en el que ya se está abriendo en torno a la capital.

«El general Hafter ha tratado de llevar la guerra a Trípoli y de derrocar al gobierno y a sus facciones islamistas. Ha sido la amenaza la que ha contribuido a la división del país», afirmaba días atrás el prestigioso politólogo estadounidense Frederic Wehrey.

Un espectro, el de la guerra incesante, que aún domina el futuro de Libia cuatro años después de que Al Gadafi muriera linchado por un escuadrón rebelde en Sirte, su ciudad natal, ahora en gran parte bajo el control, paradójicamente, de la creciente rama libia del grupo yihadista Estado Islámico (EI). EFE

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