martes 9, agosto 2022
spot_img

Las adicciones son idolatría

«De hecho, la palabra ‘adicción’ deriva del

término latino addere, que significa ‘dedicarse’.

A falta de algo mejor, nos dedicamos a nuestras

adicciones» Arnold M. Washton y Donna Boundy.

«Todas las adicciones son formas de idolatría» es una frase expresada por el psiquiatra M. Scott Peck y citada en el libro  de Arnold M. Washton y Donna Boundy, Willpower´s not Enough: Recovering from Addictions of Every Kind (Harper, New York, 1990); traducido al español con el título Querer no es poder: como comprender y superar las adicciones (Paidós, Barcelona, 1991). Para estos autores, adicción es: “cualquier conducta contraproducente que una persona no pueda detener pese a sus consecuencias adversas”. En otras palabras, la diferencia entre un hábito o actividad inofensiva por la que no vale la pena preocuparse y una adicción, se determina por la manera  como nos afecta. Si nos resulta prejudicial y aún así persistimos en ello de manera compulsiva…es adicción (o idolatría, diría M. Scott Peck). Para dejar más claro este punto, los autores de Querer no es poder, cuentan lo siguiente: “En el libro A Nation of Gamblers, por ejemplo, Stuart Winston y Harriet Harris señalan que es posible hacer una apuesta todos los días y no ser un jugador adictivo, si la suma apostada esta dentro de las posibilidades económicas del apostador y si no ocasiona consecuencias negativas.”

Para Washton y Boundy, son cuatro los  signos cardinales de la adicción: a) la obsesión o “mandato interior” que compele a la persona adicta a realizar de, manera impulsiva, la conducta adictiva; b) las consecuencias negativas, ya que si la actividad o conducta no tuviera resultados contraproducentes no estaríamos frente a una adicción; c) la falta de control, pues es la adicción la que controla a la persona y no al revés; d) la negación, porque quien sufre una adicción tiene algo parecido a la fe ciega de quien idolatra y es incapaz de reconocer que eso le acarrea consecuencias negativas.

Ejemplos de los cuatro signos cardinales de la adicción se encuentran descritos, con lujo de detalle, en muchos libros  autobiográficos, por citar sólo dos: Morfina, de Mijaíl Bulgákov (Anagrama, Barcelona, 2002); y,  Cómo detener el tiempo: La heroína de la A a la Z, de Ann Marlowe (Anagrama, Barcelona, 2002). Aunque en la actualidad se sabe que la adicción tiene muchas caras y que puede hacer referencia a múltiples actividades distintas al consumo de sustancias químicas. Incluso algunas de esas actividades pueden ser indispensables para conservar la vida –como sucede con la actividad física o la alimentación– pero, llevadas al exceso adictivo, se convierten en dañinas para la salud. Así podemos apreciarlo en la obra de la escritora Laura  Espido Freire: Cuando comer es un infierno. Confesiones de una bulímica (Aguilar, Madrid, 2002).

Y aunque mucha gente lo crea exagerado, se habla actualmente de la adicción o idolatría que desarrollan algunas personas hacia otras. Un ejemplo de lo anterior podemos encontrarlo en la novela de Philip Roth: El animal moribundo (Alfaguara, Madrid, 2002);  representada en el cine por la directora Isabel Coixet bajo el título: Elegía. Aunque, para mi criterio, la película se queda corta ilustrando la obsesión-adicción que desarrolla el protagonista por su joven alumna (tema muy bien planteado en la obra literaria), pero igual vale la pena apreciarla.

Ahora bien, independientemente de todas las formas o caras que pueda presentar la adicción o idolatría; resulta que en este collage, me interesa resaltar una en particular que se camufla muy bien con los valores de la cultura moderna, al punto de que la gran mayoría de nuestras sociedades, en diferentes lugares del Mundo, se negarían a considerarla como una adicción: me refiero al trabajo, tema que introduzco con un largo fragmento del libro Querer no es poder:

“Esta afección puede ser mucho más grave de lo que parece porque le quita  a la persona su recurso más valioso: tiempo. A medida que más y más de nosotros recorremos largas distancias para llegar a nuestros empleos, trabajamos más horas por día y nos llevamos trabajo a casa por las noches, estamos perdiendo nuestra salud, nuestra vida familiar y nuestra alegría de vivir. La ética del trabajo se ha ido por la borda y nos estamos convirtiendo a toda velocidad en una nación de adictos al trabajo. ¿Qué recompensa brinda la adicción al trabajo? ¿Por qué incurrimos en ella?. Hay dos razones principales: 1) para adquirir una sensación de competencia y poder en algún terreno, dado que nos sentimos crecientemente inadecuados, confundidos e inseguros en nuestras relaciones íntimas, y 2) para conseguir la infinidad de bienes de consumo que creemos necesitar (aunque nunca estamos en casa como para disfrutarlos). Esta adicción probablemente sea la más difícil de identificar porque es activamente fomentada y galardonada en nuestra cultura. Resistirse a trabajar en exceso es como rehusar un trago en algunas fiestas: hay que estar dispuesto a ser el estrafalario del grupo”.

Una cita tan clara no amerita comentarios; así que sigamos adelante con el mismo libro de Washton y Boundy, que trata no de las diferencias, sino de las similitudes entre las distintas adicciones. Para ambos autores hay varios elementos  que toman fuerza cuando nos encontramos frente a una personalidad, una familia y una sociedad que fomentan la adicción… o “neurosis”, que es otro concepto manejado por éstos y otros investigadores para referirse al tema de las adicciones, siempre teniendo claro que: “Nadie elige deliberadamente un estilo de vida neurótico, puesto que es una limitación del ser. El proceso de forjarlo es un medio de supervivencia, una forma de evitar un dolor intolerable”, como lo expresa Alexander Lowen, autor del libro Fear to Life (citado por Washton y Boundy). Exactamente como sucede con la persona que desarrolla una adicción, ya que, según nos cuentan estos autores: “la adicción es un modo de resistirse a sentir dolor que provoca mucho más sufrimiento de lo que jamás habrían podido causar los problemas o sentimientos originales”.

LLegados a este punto –para salir del círculo vicioso entre ambos conceptos y comprender mejor sus raíces sociales, familiares e individuales–, me parece importante traer a colación el libro de la psicoanalista Karen Horney: La personalidad neurótica de nuestro tiempo (Paidós, Buenos Aires, 1973). Y por eso pretendo entrelazar las ideas sobre las principales causas de neurosis en nuestra cultura, según explica Horney, con los temas de adicción y recuperación desarrollados en Querer no es poder.  Pero antes considero necesario aclarar que entre el neurótico y la persona normal, la diferencia… «es meramente cuantitativa, pues mientras éste es capaz de superar todas sus dificultades sin que su personalidad sufra daño alguno, en el neurótico todos los conflictos se hallan acrecentados, a punto tal que le impiden alcanzar cualquier desenlace satisfactorio», como expone Karen Horney. Además, creo que los conceptos de “normal” y “anormal” deben considerarse a la luz de investigaciones como las realizadas por Michel Foucault, en especial en esa obra que lleva por título: Los anormales (Fondo de Cultura, México, 2006), donde se muestra que “el saber y el poder” (poder disciplinario, de normalización y el biopoder) definen y condicionan lo que se estima como normal o anormal  en la sociedad capitalista.

De hecho, lo que resulta ‘normal’ en la actualidad, bien podría considerarse ‘anormal’ en otras culturas y momentos históricos de la Humanidad. Así, por ejemplo, nos dice Karen Horney: «Retrocediendo en el tiempo, en Grecia, la actitud de querer trabajar fuera del límite de las propias necesidades habría sido conceptuada a todas luces indecente». Y con esa cita, digna de meditación, vuelvo al libro La personalidad neurótica de nuestro tiempo, donde encontramos tres rasgos básicos de  nuestra cultura que encierran contradicciones implícitas y que son capaces de provocar conflictos psíquicos como la neurosis (…¿y fomentar las adicciones, dirían Washton y Boundy?).

Para Horney «La primera contradicción  que cabe mencionar es la que se da entre la competencia y el éxito de un lado y el amor fraterno y la humildad del otro…Dentro de los límites de lo normal existen sólo dos soluciones para tal contradicción: tomar en serio una de estas tendencias y desentenderse de la restante, o bien considerar las dos, con la consecuencia de que el individuo se inhibirá gravemente en ambos sentidos». ¿Cómo desarrollar una personalidad normal –que no sea propensa a las adicciones–, a pesar de semejante contradicción?, ¿quién podría enseñarnos a vivir en el gris y a salir adelante de manera equilibrada, sin terminar inhibiéndonos en ambos sentidos? Se supone que la familia sería la primera institución llamada a cumplir con esta tarea, pero ello no sucede con la frecuencia deseada, y mucho menos en las familias ‘adictivas’. Washton y Boundy lo resumen de la siguiente manera:

«Una función vital de toda familia es servir de parachoques entre el individuo y la sociedad: proteger a los miembros de la familia de los peligros y presiones exteriores. También es el campo de entrenamiento para adquirir la capacidad de afrontar los problemas de la vida, y el lugar al que uno puede acudir para restaurar su confianza en sí mismo. Los chicos necesitan que la familia refuerce su autoestima, no que la deprima. Para muchas personas propensas a la adicción, lo trágico es que su hogar no fue un sitio en el que pudieran renovar la confianza en sí mismos, sino un lugar en el que su autoestima era atacada»…¡y luego no queremos sufrir de neurosis o adicciones!.

La segunda contradicción, planteada por Horney, es entre la estimulación de nuestras necesidades, y las frustraciones reales que sufrimos al cumplirlas. Nuestra cultura, con su modelo económico, nos estimula a través de la propaganda para que hagamos un «consumo ostentoso» y para que sigamos «la moda». Sin embargo, la capacidad de consumo en nuestras sociedades es desigual y provoca frustración en la mayoría de las personas que no pueden satisfacer sus deseos. Como explica Eduardo Galeano en Patas arriba. La escuela del mundo al revés (Siglo XXI, México, 2004): «El suplicio de Tántalo atormenta a los pobres. Condenados a la sed y al hambre, están también condenados a contemplar los manjares que la publicidad ofrece. Cuando acercan la boca o estiran la mano, esas maravillas se alejan. Y si alguna atrapan, lanzándose al asalto, van a parar a la cárcel o al cementerio».

Claro que este no es un asunto sólo de pobreza en el sentido económico de la palabra: se trata de que la sociedad capitalista nos vende la falsa creencia de que no somos bastante, o sea,  que no valemos lo suficiente por el simple hecho de ser humanos, estimulando la idea de que quien nada tiene nada vale, y como reacción nos estamos obsesionando por el “consumo ostentoso” y para lograrlo…¡hay que trabajar y trabajar!.

La tercera contradicción, observada por Horney en nuestra cultura, tiene que ver con la supuesta libertad de que gozamos todas las personas y las restricciones reales a dicha libertad: «La sociedad le dice al individuo que es libre e independiente, que puede ordenar su vida conforme a su libre albedrío, que ‘el gran juego de la vida’ se encuentra a su entera disposición y, que si es eficaz y enérgico, logrará cuanto quiera. No obstante, todas las posibilidades están en la práctica muy limitadas para la mayoría de la gente. Lo que se dice en tono de broma acerca de la imposibilidad de escoger los propios padres, es asimismo aplicable a la vida en general, a la elección profesional y al éxito en ella, a la elección de las diversiones y del cónyuge. Resultado de todo ello para el individuo es una incesante fluctuación entre el sentimiento de ilimitado poderío para determinar su propio destino y el sentimiento de encontrarse totalmente inerme e indefenso».

¡Toda una frustración!, en especial si tomamos en cuenta que la frase más utilizada para vendernos la idea de que el Mundo esta a nuestro alcance –y que si no tenemos lo que queremos es por debilidad, o falta de voluntad–, es precisamente: ‘Querer es poder’; sin embargo, ese razonamiento es el primero que desvirtúan los autores Washton y Boundy en su cuestionador libro: ‘Querer NO es poder’, donde explican que “Esforzarse cada vez más por comportarse bien, por ser aceptado, por actuar mejor, por aparentar que uno se las está arreglando, por ser ‘normal’, es parte de lo que hace a una persona vulnerable a la adicción, para empezar. Así es que solo cuando uno deja de esforzarse, se acepta a sí mismo tal como es (aunque sea atrapado en la adicción) y admite que ha perdido el control, entonces podrá empezar a recobrar el control. Es una paradoja, pero hay muchas en la recuperación”.

Claro que ahora estamos hablando de una paradoja, o contradicción, diferente a las que encierra la sociedad y la personalidad neurótica de nuestro tiempo y que, de paso, puede llevarnos a la recuperación individual, familiar y social. Para esto, la persona con problemas de adicción, debe tomar conciencia de que carece de varias herramientas o capacidades dignas de ser cultivadas, entre ellas, las siguientes que citan Washton y Boundy: “1) detenerse a evaluar un problema, 2) ponderar las opciones, 3) tolerar la ambigüedad y la frustración, 4) autoobservarse sin ser implacable (el adicto sólo sabe juzgar y culpar a otros o a sí mismo), 5) comunicarse directa y honestamente, estableciendo fronteras claras, 6) emprender acciones directas y constructivas para resolver problemas, y 7) resolver conflictos a través de la negociación y la cooperación (Obsérvese que también como sociedad carecemos de esas capacidades, lo cual es una importante razón por la que nos hemos convertido en una ‘sociedad del arreglo rápido’)”.

Como se nota, de la simple lectura de estas ‘carencias’ personales y sociales señaladas por los autores de Querer no es poder, la recuperación de las adicciones (…¿y de la personalidad neurótica de nuestro tiempo, diría Karen Horney?), no esta basada en ilusiones de arreglo rápido –típicas de la mentalidad adictiva que sigue creyendo en la magia y en los cuentos de hadas–, más bien, se trata de un largo proceso, de una aventura de autodescubrimiento, pues, como dicen los autores citados: “La buena noticia es que la recuperación es realmente posible…una vez que usted renuncie a las soluciones adictivas. Y emprender el camino hacia la recuperación obrará en su vida cambios profundos y positivos que aún no puede ni siquiera imaginar. Tal vez lo más importante que debe saber de antemano es que la recuperación no gira en torno a la privación. Abandonar la droga a la que es adicto –cualquiera que esta sea– no significa que usted tenga que resignarse a una vida llena de lúgubres restricciones e infinito aburrimiento”.

Por cierto, una de las cosas que aprende la persona adicta en recuperación es que ella tiene problemas con las figuras de autoridad, y que en su mente existen dos voces contrapuestas: por un lado la figura de un padre exigente y abusivo (el Super Yo, diría Freud), y por el otro, la figura del hijo rebelde, que no acepta límites ni mucho menos órdenes y que se opone a ese padre, pero sin resolver el conflicto –lo que provoca un juego de ambivalencia entre excesos rebeldes y restricciones sancionadoras…¡todo en la misma cabeza!–; por eso en la recuperación, según Washton y Boundy, habrá que empezar por desarrollar “una voz adulta, comprensiva, razonable y mediadora”. Estos autores dicen, además, que: “Modificar valores, creencias y actitudes internas es el factor más importante para cortar las adicciones, según las nuevas investigaciones realizadas, porque la forma como conceptualizamos las cosas tiene mucho que ver con la forma como nos sentimos”.

Por todo lo anterior, recomiendan a la persona en recuperación que aprenda a reprogramar su sistema de creencias –neurótico o adictivo– por otro más sano, que podría contener ideas como éstas: «Yo no soy perfecto, y eso esta bien…No soy todopoderoso, y eso esta bien… Los límites son necesarios, nos dan estructura… El dolor y la pérdida son parte de la vida… Valgo lo suficiente, tal como soy….Puedo luchar con los problemas que me trae la vida (con apoyo y de a uno por vez)…Las personas, las drogas, el dinero y otros alteradores del estado de ánimo no pueden darme autoestima, poder, o ninguna otra cosa que no estén en condiciones de dar…Los sentimientos no son peligrosos; negarlos sí lo es….La sinceridad es más importante que la imagen…Yo soy responsable de hacer que mis necesidades sean satisfechas».

Para Washton y Boundy, un rasgo de la sociedad actual es que las personas tenemos un acuciante sentimiento de soledad –y las drogas o actividades adictivas nos ofrecen la ilusión de estar vinculados en una especie de pseudo-comunidad: la pseudo-comunidad del bar, del casino, del centro comercial, del trabajo, etcétera–, pero sin lograr con ello la sensación de pertenencia a una verdadera comunidad. Y, en el fondo, lo que andamos buscando es «Un sentido de pertenencia e intimidad, a nivel tanto interpersonal como comunitario… El encuentro de un sentido y un objetivo a nuestra vida… Oportunidades para la diversión y el juego creativo… Una sensación de autonomía y potencial personal… Vitalidad y vivacidad… Predecibilidad y consecuencia… Autoaceptación y dignidad personal»….¡nada de eso se encuentra en las pseudocomunidades!.

Los autores de Querer no es poder, insisten en que hay poca alegría y diversión ‘por la diversión misma’, en la vida de las personas adictas, y añaden: «La verdadera diversión requiere que la gente relaje el control y se arriesgue a hacer cosas aparentemente ‘tontas’…algo que la familia adictiva evita a todo trance. La recreación, en estas familias, suele girar en torno a los intereses de los adultos, no de los hijos…”. Señalan además que mientras sigamos transmitiendo a las generaciones futuras el mensaje de que no valen lo suficiente no importará mucho lo que les digamos con respecto a los peligros de las drogas ni que les aconsejemos que se nieguen a probarlas, ya que para proteger a esas futuras generaciones de la adicción, debemos quererlas y respaldarlas como a personas independientes, y no tratar de moldearlas para convertirlas en objetos que levanten nuestra debilitada autoestima.

Otra recomendación importante tiene que ver con aprender a buscar placer en todas partes. Al respecto, señalan los autores mencionados: «Buscar placer no tiene nada de malo; sólo se convierte en adicción cuando provoca consecuencias negativas para nosotros mismos o para otras personas. De hecho… el efecto de la droga es más atractivo cuando es la única fuente de placer con que contamos. La adicción, en cierto sentido, es una búsqueda de placer compartimentado: Puesto que el resto de mi vida es un desastre, merezco ‘pasarlo bien’ con mi droga. Como antídoto contra el mal-estar adictivo, por consiguiente, busque placer en todas partes!. Cuanto más placer tenga en su vida, tanto mejor podrá luchar con la frustración, pues lo que fomenta la incapacidad del adicto para postergar ‘ni un minuto más’ la gratificación de sus deseos (su mentalidad de la solución rápida) es su sensación interna de privación. Cuanto más placer real haya en su vida, tanto menos atractivos le resultarán los placeres que brinda el arreglo rápido.»

Ahora bien, se sabe que eso de buscar placer en todas partes no es algo sencillo para las personas que idolatran su droga, o actividad adictiva, pues ellas se niegan  la posibilidad de disfrutar muchos de los placeres simples que ofrece la vida. De hecho, Washton y Boundy agregan que hay dos obstáculos principales que impiden a las personas adictas buscar placer en otros lugares que no sea con su droga: El primer obstáculo es la necesidad de controlar las cosas –controlar, por ejemplo, la impresión que causan en los demás les impide «soltar las riendas» y divertirse de manera espontánea–; y el otro obstáculo es la tendencia de las personas adictas a vivir en el pasado: lamentando el ayer; o en el futuro: preocupándose por el mañana.  «Pero ya que el placer es una experiencia, sólo está disponible en el presente», agregan.

Por eso, a través de la recuperación, la persona adicta –o neurótica, no lo olvidemos–, tendrá que buscar la manera de ir cambiando sus prioridades y aceptando más placer y alegría en su vida, como lo explica un adicto en recuperación, entrevistado por los autores de Querer no es poder: «No es que uno tome conscientemente la decisión de desarrollar su sentido del humor, o algo así; es sólo que cada vez da importancia a menos cosas. Uno experimenta una especie de cambio de valores. Tal vez la risa sea realmente una manifestación de gratitud. No lo sé. Sólo puedo decirle que muy pocas cosas me mortifican ahora. ¡La vida es maravillosa!».

Para ir terminando –y sobre todo para volver a la adicción al trabajo que es el tema que más deseo resaltar en este collage–, quiero recordarte el agudo ensayo que Bertrand Russell tituló Elogio de la ociosidad (Aguilar, Madrid, 1953), donde propone que las horas de trabajo deberían ser reducidas a cuatro por día, de manera que en lugar de que unas personas trabajen muchas horas y otras se encuentren desempleadas, logremos un equilibrio entre horas de trabajo y de ocio… ¡para todo el mundo!. Su razonamiento queda más claro con la siguiente cita:

“La técnica moderna ha hecho posible, dentro de ciertos límites, que el ocio sea no la prerrogativa de pequeños grupos privilegiados, sino un derecho repartido igualmente por toda la comunidad. La moralidad del trabajo es una moralidad de esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud […] El sabio empleo del ocio –hemos de concederlo– es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado durante largas horas toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso. Pero sin una cantidad considerable de ocio, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no existe razón alguna para que la mayor parte de las gentes haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo, delegado, por lo general, nos hace continuar insistiendo en la necesidad del trabajo en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario”.

Ya lo sabés, si tenés algún problema de adicción,  si sentís que una actividad  en particular te impide ampliar tu identidad y disfrutar de otras fuentes de gratificación, si   encontrás que te estás poniendo trabajólico o trabajólica, en fin, si sospechás que la estresante y neurótica ética de nuestro tiempo te está causando una adicción, idolatría o neurosis –de cualquier clase–, ¿qué te parece si empezás por buscar la compañía de personas que te brinden «la sensación de pertenecer a una comunidad solidaria de prójimos” y que te otorguen una ‘red de seguridad’  donde encontrés la aceptación y respaldo que te ofrecerían una familia y comunidad sanas?, ¿cómo te suena la idea de fomentar tu recuperación –y la del Mundo–, cambiando  el sistema de creencias neurótico o adictivo por otra forma de pensar como la recomendada por Washton y Boundy? Y en especial, ¿qué te parece la idea de  aprender a disfrutar del ocio creativo del que nos habla Bertrand Russell y encontrar placer en todas partes? Vale la pena… ¡y no es una pena!

(*) Nuria Rodríguez Gonzalo es Abogada

 

Más noticias

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias