lunes 26, septiembre 2022
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Cuando habla el sumo pontífice y la prensa le ayuda

La fiebre reeleccionista que se ha manifestado dentro del Partido Liberación Nacional es una mala noticia para un país como el nuestro, caracterizado por la debilidad institucional, la crisis de los partidos políticos, la creciente personalización de la política, la persistencia de la corrupción  y el fenómeno del hiperpresidencialismo, aunado a la ignorancia enfermiza de una población que se deja embaucar por los cantos de sirena demagógicos de quienes fundan su prestigio en una hábil manipulación de la prensa. Y aun peor, de los que viven de un pasado amañado para hacernos creer en sus dotes mesiánicas.

Algo anda muy mal en este país cuando en una democracia un expresidente se consideró tan indispensable como para cambiar la Constitución con el objetivo de regresar al poder. Sobre todo cuando las intenciones no eran favorecer al pueblo, sino sus propios negocios y los de su agrupación y socios comerciales. Para ello fabricó astutamente un liderazgo al interior de su partido basado en el reparto propio de la rapiña política y la corrupción de los altos poderes judiciales.

Como bien señaló recientemente el papa Francisco: “Un buen líder es aquel que es capaz de generar otros líderes. Si un líder quiere sostener el liderazgo, es un tirano. El verdadero liderazgo es fructífero”. Para luego concluir: “Los líderes de hoy en día no estarán mañana. Si no siembran la semilla del liderazgo a otros, no tienen valor. Son dictadores”.

Coincido con el papa Francisco. La salud de una democracia depende esencialmente de su capacidad de limitar el poder de los gobernantes para que estos no puedan acomodar la ley a sus ambiciones personales. En otras palabras, la democracia en nuestro país no necesita líderes que sean esclavos de una ideología centrada en el más acendrado egoísmo y depredación, como es el neoliberalismo, sino líderes que sean esclavos de la ley y de las instituciones.

Un artículo que rezuma profundidad y elegancia, de Juan Huayllupo Alcázar, tiene un párrafo que vale la pena traer a esta colaboración. Y está claro que se refiere al tristísimo personaje que ensucia cada vez más el panorama político de nuestro país, si es que ello es aún posible, y que acostumbra a expresar opiniones y criterios como si se tratara de un sumo pontífice omnisciente.

La democracia no admite calificativos, como lo hace quien violentó la letra y el espíritu de la Constitución de la República, al reelegirse y pretender hacerlo eternamente como otros en la historia latinoamericana. Ese personaje cuestiona la democracia por existir opiniones y posiciones que le son contrarias y por la existencia de más partidos de los tradicionales que liberalmente cogobernaron y privatizaron por décadas el bienestar nacional. Sólo un “fallido” aristócrata imagina crear un Estado absoluto en otra época y contexto. La gobernabilidad no es un atributo de autócratas ni estatal, es una facultad ciudadana, porque legitima el poder que la representa y ampara, así como, tiene la capacidad de relativizar, cuestionar o ilegitimizar proyectos y acciones gubernamentales que atentan contra sus intereses y anhelos.

Para entender este fenómeno es indispensable realizar aquí alguna reflexión sobre el sistema presidencialista que nos caracteriza.

A nadie le es extraño si afirmamos que la evolución de los procesos electorales en América Latina ha apuntado en los últimos años a la consolidación de una democracia electoral que tiene un apoyo casi unánime en todos los países de la región. Los diferentes estudios de investigación indican que los pueblos de la región prefieren el sistema democrático, aun cuando guarden diversas reservas y cuestionamiento a los rezagos históricos que éste presenta en nuestras sociedades.

Uno de los temas pendientes de la democracia latinoamericana y muy particularmente la nuestra, es la construcción de procesos electorales que garanticen a los partidos y candidatos contendientes un escenario equitativo de oportunidades para acceder al poder. Ya no estamos en los tiempos en que las mismas personas, vinculadas por lazos familiares o empresariales, ubicados en los únicos dos partidos realmente existentes, se repartían el poder, período tras período.

En ese orden resulta imperativo tocar un fenómeno que ha retornado a una parte considerable de los sistemas políticos latinoamericanos, que es el de la reelección presidencial. En qué medida esta circunstancia afecta la equidad en las campañas electorales y cuáles son las iniciativas que se han ido adoptando para minimizar su impacto negativo, son los temas fundamentales que deberían discutirse.

Partimos de la definición de reelección presidencial dada por Nohlen como el “derecho de un ciudadano/a (y no de un partido) que ha sido elegido y ha ejercido una función pública con renovación periódica, de postular y de ser elegido una segunda vez (y punto) o indefinidamente, de manera inmediata o alterna,

El término democracia liberal designa a un sistema político que básicamente se sustenta en dos pilares: por una parte, la constitución del poder sobre la base de la participación de la población, y por otro lado la sujeción de ese poder a un estado de derecho que garantice las libertades individuales fundamentales. La participación del pueblo para la formación de la voluntad política, se hace en el marco de un “conjunto de elementos normativos y sociopolíticos que configura el proceso de designación de titulares de poder” y que se denomina sistema electoral (Vallès-Bosch, 1997).

A la exigencia de un voto libre, secreto y directo; al presupuesto de que cada persona tiene derecho a un voto y que ese voto tiene un igual valor (one person, one vote, one value), se suma la exigencia de que los procesos electorales deben desarrollarse en un marco de equidad, o dicho de otro modo, que la equidad es un valor consustancial a la democracia liberal.

Cuando hablamos de equidad en la democracia electoral, nos referimos al establecimiento de parámetros y mecanismos para generar mínimos de igualdad de oportunidades en el desarrollo de la competencia política. Para Norberto Bobbio, el principio de igualdad de oportunidades es uno de los fundamentos del Estado de democracia social. Este principio, de oportunidades o punto de partida, implica “la aplicación de las reglas de justicia a una situación en la cual haya personas en competición entre sí para la consecución de un objetivo único, es decir, de un objetivo que no puede ser alcanzado más que por uno de los concurrentes” y “apunta a situar a todos los miembros de una determinada sociedad en las condiciones de participación en la competición de la vida, o en la conquista de lo que es vitalmente más significativo, partiendo de posiciones iguales” (Bobbio, 2009).

Las diferencias de clases en las distintas sociedades, han provocado estructuraciones sociales que se expresan de manera dramática al momento de producirse una contienda política. Al analizar este fenómeno, Gaetano Mosca acuñó el término de “clase política” a finales del siglo XIX, para referirse a las élites económicas, estatales, religiosas, militares o de otra naturaleza, que alcanzan el poder y tienden a perpetuarse en él sobre la base de sus condiciones privilegiadas. Mosca afirma que “en todas las sociedades existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La clase de los gobernantes (…) desempeña todas las funciones políticas, monopoliza el poder y disfruta de las ventajas que van unidas a él (…) En todos los países del mundo, los ricos siempre adquirían más fácilmente que los pobres otros medios de influencia social como serían la notoriedad, la gran cultura, los conocimientos especializados, los grados elevados en la jerarquía eclesiástica, administrativa y militar” (Mosca, 1992).

La teoría de las élites continuó siendo objeto de análisis en el contexto de una sociedad democrática, llegando Michels a plantear su “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual en la medida en que una organización, incluyendo el Estado, deviene más organizada, es cada vez menos democrática; es decir, la democracia se desnaturaliza en oligarquía. Otras tesis interesantes son las de Pareto, que habla de la “circulación de las élites” clasificando las clases gobernantes en zorros y leones; o las de Wright Mills, cuando plantea su crítica a la élite de poder (The Power Elite), configurándola en Estados Unidos como el complejo militar-industrial que con su visión unificada del mundo sojuzga al ciudadano estadounidense común.

Como contrapartida a estas afirmaciones, otros autores plantean que la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites sino la presencia de muchas élites que compiten entre ellas por la conquista del voto popular  (Schumpeter); o como lo diría Robert Dahl, que la democracia tiende a una poliarquía (gobierno de muchos) en la cual múltiples élites compiten en el marco de un conjunto de reglas en la etapa electoral y la interelectoral (Dahl, 1992).

Mientras Sartori ratifica que la democracia es una poliarquía electiva, Bobbio califica como “falsa promesa de la democracia”, una sociedad donde se haya derrotado el poder de las élites, y donde el “poder invisible” haya sido sustituido por el “poder sin máscaras” (Bobbio, 1999).

Efectivamente, en las diferentes sociedades democráticas, aún en las que tienen mayores niveles de igualdad social, prevalecen grupos corporativos de gran poder económico e influencia social, que son determinantes al momento de producirse la competencia electoral. Más aún, la omnipresencia de los medios de comunicación que caracteriza la época actual, otorga ventajas naturales en la lucha electoral a los empresarios de estos medios, celebridades y “estrellas” de los programas de televisión, radio, o incluso a los nuevos líderes de las denominadas redes sociales, que utilizan estos instrumentos de opinión pública como pivotes de acceso al poder de ellos mismos o sus patrocinados.

 Y aquí es donde queríamos llegar. No existe duda alguna que los medios de este país le siguen el juego a este triste personaje de nuestra historia reciente, mezcla de plutócrata y traidor a la patria, sin darse cuenta del peligro que ello representa para la paz social del país.

Y para muestra de la manipulación que realizan los medios de comunicación de hechos y circunstancias, acabamos de tener un ejemplo clarísimo: los Papeles de Panamá, que son en este momento el escándalo de moda. Si analizan con detenimiento llegarán a percibir que en la lista presentada por el periódico alemán no aparece un solo norteamericano. Asiáticos, jeques árabes, latinoamericanos y europeos están en las listas, pero un gringo, jamás. Pareciera que la información fue maquillada de antemano, no es posible semejante fenómeno.

Pero la masa inconsciente consume estos bodrios como si nada, sin asco.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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