viernes 2, diciembre 2022
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La política es un asunto serio

La política es un asunto serio que a menudo no suele tomarse con seriedad. Es común considerar como buen político a ese individuo que derrocha simpatía, aunque carezca de ideas.  También se confunde política con participación en sus múltiples dimensiones, como veremos más adelante.

En su célebre novela «Desde el Jardín», Jerzy Kosinski pone en movimiento a una criatura con esas características de simpatía y carencia de ideas que, como consecuencia de esas características, termina por convertirse en el presidente de los Estados Unidos de América. Leer la novela y posteriormente ver la película (Peter Sellers le daba vida a ese presidente ignorante de todo) no producía mayor sorpresa: pensábamos que esas paradojas eran propias del gran país del norte, hasta que un día, reflexionando sobre los políticos criollos, llegamos a la misma conclusión: la carencia de ideas, la incapacidad para ver más allá del periódo para el cual fueron elegidos (y cuando mucho el siguiente período, a ver si mantienen el puesto o consiguen otro), la inconsistencia intelectual, la incultura más absurda, el desconocimiento de las características nacionales y las variables internacionales que entran en juego frente a cada decisión gubernativa, la ignorancia más supina, en fin, son las características propias.

Se llenan la boca con dos términos: estrategia y participación. Y llegan a expresarse con el término racionalidad estratégica y participación ciudadana de forma ligera, superficial.

Se entiende por racionalidad estratégica la actitud y los procesos que pueden exacerbar los procesos de instrumentalización, privilegian la ética de los resultados, promueven los imperativos de eficacia y eficiencia, pero adicionalmente se apoyan en un conocimiento inteligente y dinámico del otro y con ello buscan ajustar el cálculo de sus propias jugadas a las posibles jugadas del otro.

Por un lado, lo que se denomina la racionalidad estratégica pretende reinar sin lograrlo realmente en nuestro país, ya sea en la supuesta economía del mercado como en la enrarecida competencia política, entre individuos que se visten de mesiánicos y las organizaciones que los respaldan, y en la pugna y cooperación entre los poderes y las organizaciones del Estado.

También exacerba y naturaliza la oposición ellos/nosotros (la naturaliza porque en la operacionalización -principalmente vía teoría de juegos- la incorpora como premisa y la vuelve rutinaria). La racionalidad estratégica agrava casi inevitablemente la percepción de riesgos, moviliza y racionaliza el miedo, y obliga casi inevitablemente (y especialmente a los más poderosos) a actuar considerando de manera preventiva el peor escenario o (lo que casi siempre es lo mismo) el escenario en que el «otro» o los «otros» son peores.

Una de las expresiones de la hegemonía de la racionalidad estratégica es el ataque preventivo. Obviamente hay una simetría dolorosa (una mutua justificación y una imbricación práctica) entre quienes están dispuestos a hacer todo por ganar y quienes están dispuestos a perderlo todo con tal de impedirle al otro ganar.

En las pasadas elecciones vimos claramente demostrado este fenómeno.

Por otro lado observamos que las agrupaciones políticas criollas, clubes de amiguetes y compadres, sobre todo los partidos tradicionales, ignoran la imperiosa necesidad de la participación de sus diversas manifestaciones, a pesar de que utilizan el término frecuentemente y a la ligera.

Pocos términos se usan con más frecuencia en el lenguaje político cotidiano que el de participación. Y quizá ninguno goza de mejor fama. Aludimos constantemente a la participación de la sociedad desde planos muy diversos y para propósitos muy diferentes, pero siempre como una buena forma de incluir nuevas opiniones y perspectivas. Se invoca la participación de los ciudadanos, de las agrupaciones sociales, de la sociedad en su conjunto, para dirimir problemas específicos, para encontrar soluciones comunes o para hacer confluir voluntades dispersas en una sola acción compartida.

Es una invocación democrática tan cargada de valores que resulta prácticamente imposible imaginar un mal uso de esa palabra. La participación suele ligarse, por el contrario, con propósitos transparentes – públicos en el sentido más amplio del término – y casi siempre favorables para quienes están dispuestos a ofrecer algo de sí mismos en busca de propósitos colectivos. La participación es, en ese sentido, un término grato.

Sin embargo, también es un término demasiado amplio como para tratar de abarcar todas sus connotaciones posibles en una sola definición. Participar, en principio, significa «tomar parte»: convertirse uno mismo en parte de una organización que reúne a más de una sola persona. Pero también significa «compartir» algo con alguien o, por lo menos, hacer saber a otros alguna noticia. De modo que la participación es siempre un acto social: nadie puede participar de manera exclusiva, privada, para sí mismo.

La participación no existe entre los anacoretas, pues sólo se puede participar con alguien más; sólo se puede ser parte donde hay una organización que abarca por lo menos a dos personas. De ahí que los diccionarios nos anuncien que sus sinónimos sean coadyuvar, compartir, comulgar. Pero al mismo tiempo, en las sociedades modernas es imposible dejar de participar: la ausencia total de participación es también, inexorablemente, una forma de compartir las decisiones comunes. Quien cree no participar en absoluto, en realidad está dando un voto de confianza a quienes toman las decisiones: un cheque en blanco para que otros actúen en su nombre.

Ser partícipe de todos los acontecimientos que nos rodean es, sin embargo, imposible. No sólo porque aun la participación más sencilla suele exigir ciertas reglas de comportamiento, sino porque, en el mundo de nuestros días, el entorno que conocemos y con el que establecemos algún tipo de relación tiende a ser cada vez más extenso. No habría tiempo ni recursos suficientes para participar activamente en todos los asuntos que producen nuestro interés. La idea del «ciudadano total», ése que toma parte en todos y cada uno de los asuntos que atañen a su existencia, no es más que una utopía. En realidad, tan imposible es dejar de participar – porque aun renunciando se participa -, como tratar de hacerlo totalmente. De modo que la verdadera participación, la que se produce como un acto de voluntad individual a favor de una acción colectiva, descansa en un proceso previo de selección de oportunidades. Y al mismo tiempo, esa decisión de participar con alguien en busca de algo supone además una decisión paralela de abandonar la participación en algún otro espacio de la interminable acción colectiva que envuelve al mundo moderno.

De ahí que el término participación esté inevitablemente ligado a una circunstancia específica y a un conjunto de voluntades humanas: los dos ingredientes indispensables para que esa palabra adquiera un sentido concreto, más allá de los valores subjetivos que suelen acompañarla. El medio político, social y económico, en efecto, y los rasgos singulares de los seres humanos que deciden formar parte de una organización, constituyen los motores de la participación: el ambiente y el individuo, que forman los anclajes de la vida social.

De ahí la enorme complejidad de ese término, que atraviesa tanto por los innumerables motivos que pueden estimular o inhibir la participación ciudadana en circunstancias distintas, como por las razones estrictamente personales – psicológicas o físicas – que empujan a un individuo a la decisión de participar. ¿Cuántas combinaciones se pueden hacer entre esos dos ingredientes? Es imposible saberlo, pues ni siquiera conocemos con precisión en dónde está la frontera entre los estímulos sociales y las razones estrictamente genéticas que determinan la verdadera conducta humana.

No obstante, la participación es siempre, a un tiempo, un acto social, colectivo, y el producto de una decisión personal. Y no podría entenderse, en consecuencia, sin tomar en cuenta esos dos elementos complementarios: la influencia de la sociedad sobre el individuo, pero sobre todo la voluntad personal de influir en la sociedad. De allí que la actividad política es, intrínsecamente, un acto de participación.

Con todo lo expuesto anteriormente llegaríamos a concluir que la política es un asunto serio, muy serio, porque de ella depende el avance o el retroceso de un  país, sea que esté en manos de un estadista o de un charlatán. Y las experiencia costarricense nos lo demuestra palmariamente.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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4 COMENTARIOS

  1. Es preocupante como se desarrolla la politica en el pais, nuestra democracia es inmadura.
    Hay grupos interesados en revivir el bipartidismo, sin tomar en cuenta que vivimos en otro contexto socioeconomico. Los medios de comunicacion dan cobertura especial a los shows politicos y dejan de lado los problemas esenciales del pais. Yo siento que el pais se autodestruye, nadie quiere sacrificios, y los beneficios de muchos son insostenibles, mientras que poderosos sacan los capitales para no contribuir, pero si demandan buena infraestructura y bajas tarifas para sus empresas.Ademas, la inmigracion nos agobia y empobrece.

    • Hablando de bipartidismo, aun recuerdo las náuseas que me causó leer en su momento que Ottón le proponía sobre eso al PLN… Desde ahí Ottón me perdió para siempre…

  2. Nos estamos ahogando en egoísmo; cada uno jala para su saco, cada uno defiende su feudo y sus privilegios, los empresarios quieren ganancias muchas ganancias, los trabajadores creen que solo a ellos se les carga todo.
    Hemos olvidado la solidaridad, que somos una sola sociedad, que tenemos que construir un futuro…hasta hemos perdido el gusto por la belleza. El edificio para el congreso es muestra de esa falta de apreciación de la belleza, tenemos ciudades que ya no sirven para vivir, aceras incómodas, plagadas de ventas o suciedad. Lo peor de todo hasta estamos perdiendo la fe en la democracia.

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