domingo 27, noviembre 2022
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Muchacha con bikini

Viendo una hermosísima fotografía de una aún más hermosa joven, que solamente tenía cubiertas a medias sus partes más íntimas, no sin cierta envidia hacia quienes, muchísimo más jóvenes que yo, podrían ofrecer su potencia viril para satisfacer las indudables ansias que se reflejaban en la expresión de sus ojos y su postura provocativa, recordé la forma en que la Iglesia Católica, en el pasado, tomaba la moda femenina (e incluso masculina) con una seriedad de anatema y condenatoria al fuego eterno del infierno. De igual forma, la manera en que fue tratada la mujer hasta hace bastante poco tiempo. En un libro extraordinario, titulado Historia Sexual del Cristianismo de Karlheinz Deschner, encontré unos párrafos ilustradores de ello.

Según una antigua proscripción de origen paulino, la mujer tenía que cubrirse el cabello en la casa de Dios (La mujer debe cubrir su cabeza, porque no está hecha a imagen de Dios. – SAN AMBROSIO (siglo IV). Esta decisión, símbolo de su dependencia de la voluntad del marido, el único que podía verla con la cabeza descubierta, pronto fue extendida a la vida en el exterior de la iglesia. Así, Tertuliano exigía a todas las jóvenes que llegaban a la adolescencia que se cubrieran el rostro completamente —so pena de renunciar a la eterna bienaventuranza—, como luego ha venido sucediendo en el Islam.

Se insistió aún más en que había que cubrir el cuerpo, incluso el de los hombres. Los francos, que desde el siglo V llevaban calzas cortas, volvieron a llevarlas largas desde su conversión al cristianismo. Y en los siglos X y XI la ropa de los círculos feudales se adaptó cada vez más a las formas de las vestiduras religiosas. La Iglesia condenó las demás tendencias con extrema virulencia. Los zapatos de pico —que imitaban con total fidelidad el «pico» del falo, el glande— también despertaron la indignación del clero durante décadas y, finalmente, fueron prohibidos en Francia.

Pero sobre todo eran las mujeres las que tenían que custodiar su piel. Y es que, aunque los teólogos más progresistas, siguiendo la máxima de «mejor desnudo que mal vestido», deseaban que no quedara oculto todo el cuerpo de las damas, la Iglesia oficial exigía lo contrario. Durante toda la Edad Media la obligación de cubrir el cuerpo incluyó a los brazos. Y ya en la época cortesana se consideraba indecente una falda que sólo llegaba al tobillo, moda que provocó la protesta de los sínodos. Ulrico de Lichtenstein se quejaba en su Libro de las mujeres (1257) de que éstas ya no se entregaban a los hombres con la misma despreocupación ni llevaban hermosos vestidos, sino que se embozaban el rostro con gruesos velos y se colgaban rosarios al cuello como prueba de religiosidad.

No obstante, cuando aparecieron los trajes de cola, a comienzos del siglo XIII, los sacerdotes se rebelaron contra las «colas de pavo real» o las «pistas de baile para diablillos». Piropos como «tú, lodo enfundado» (stercus involutum), con el que el hermano de San Bernardo apostrofaba a una doncella vestida a la moda, fueron moneda corriente durante siglos. Y cuando las colas se hicieron más largas, los franciscanos llegaron a negar la absolución a quienes las llevaban.

A mediados del siglo XV, San Antonio, arzobispo de Florencia, ex­pulsó de la iglesia «a todas las hembras» vestidas con «desvergonzados trajes de ramera». Y parece que en 1461 fueron despedazadas en Ulm tres mujeres que se burlaban de un sermón contra la moda del famoso antisemita Juan Capistrano.

Más adelante, Abraham de Santa Clara maldice a la mujer a la moda porque «descubre desvergonzadamente el rostro (!)» además de los dos pechos «como las malditas montañas de Gilboé» y porque empuja esos pechos «hacia arriba, como dos cornamusas, con ayuda de fajas y bandas» y los expone «como harían las mujeres del mercado de Kráutel con dos repollos que, cuando se pudren, son arrojados a los cerdos».

Los protestantes se caracterizaban por ser aún más estrictos en cuestio­nes morales. Así, los sombreros y los vestidos de la mujer de un párroco desen­cadenaron gravísimos altercados en Amsterdam durante toda una década del siglo XVII. Y los decentes ingleses llegaron al extremo de cubrir las patas de los pianos porque les recordaban las piernas de las mujeres.

Es decir, tenemos en los párrafos anteriores una extraordinaria muestra de la historia del ridículo, según nuestros parámetros culturales actuales.

La mujer fue especialmente difamada, evitada… y temida por los monjes, quienes se disolvían en su presencia como la sal en el agua, por emplear un antiguo símil. (Según una errata realmente diabólica que se deslizó en una nota de prensa del Congreso Católico Alemán de 1968 convirtiendo «manche» ¿algunos? en «Monche» ¿monjes?: «sólo con ver a una mujer, los monjes se ponen a gruñir como auténticos cerdos»)

Algunos monjes no vieron a una mujer durante cuarenta años o más. Otros —aparentemente influidos por deseos incestuosos reprimidos— rechazaron a sus parientes más próximas, consolándose a veces con que las volverían a ver muy pronto en el Paraíso. Un monje egipcio que debe transportar a su vieja madre a la otra orilla de un río se enfunda las manos en unos trapos. Simeón el Estilita, por razones ascéticas, no miró a su madre en 1o que le quedaba de vida. Y Teodoro, primero alumno predilecto y después seguidor de Pacomio, declaró que, si Dios lo ordenara, mataría incluso a su propia madre. Quien pueda despreciar el dolor de su propia madre soportará con facilidad todo lo demás que se le imponga, se dice en la Vida de San Fulgencio. Y, en el siglo XX, cierto prior todavía adoctrina a un padre que espera la visita de su madre, diciéndole que también tiene que ser reservado con ella porque ¡«todas las mujeres son peligrosas»!

En la Iglesia católica, en especial, la mujer aparece desde el primer momento como un obstáculo a la perfección, como un sujeto carnal e inferior que seduce al hombre; como Eva, la pecadora por antonomasia. Una y otra vez, los teólogos convierten a la mujer en la criada del hombre, en el ser que engendra el pecado y la muerte (cf. supra), y lo hacen invocando la Biblia, la vieja historieta de la Creación y el Pecado Origina en la que la mujer es formada a partir del hombre, a quien seduce.

Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, a quien algunos católico elogian como «heraldo de un nuevo ideal femenino» y de «una faceta más elevada de la unión matrimonial», degrada a la mujer hasta presentarla como «puerta de entrada para el Diablo» y le culpa de la muerte de Jesús.

Acusando a la mujer en general, dice: «tú eres quien ha facilitado la entrada al Diablo, tú has roto el sello del árbol, has sido la primera en dar 1a espalda a la ley de Dios y también has arrastrado a aquel a quien el Diablo no había podido acercarse. Sencillamente, has arrojado por tierra al fiel retrato de Dios. Por tu culpa, es decir, en razón de la muerte, la Hijo de Dios tuvo que morir, ¿y aún se te ocurre poner adornos en tu falda de pieles?». Según Tertuliano, las mujeres sólo pueden llevar trajes de luto y deben cubrirse «su peligrosísimo rostro» cuanto dejan de ser niñas, a riesgo de renunciar a la vida eterna.

San Agustín, lumen ecclesiae, declara a la mujer como un ser inferior que no fue hecho por Dios a Su imagen y semejanza («mulier non est facta ad imaginem Dei»): una difamación muy grave, que se repite hasta los siglos centrales de la Edad Media, en las compilaciones jurídicas de Ivo de Chartres y Graciano y en una serie de importantes teólogos. Todos ellos certifican que sólo el hombre está hecho a imagen de Dios; adjudicar esa cualidad a la mujer es un «absurdo». Según San Agustín, corresponde tanto a «la Justicia» como «al Orden Natural de la Humanidad que las mujeres sirvan a los hombres». «El orden justo se da sólo cuando el hombre manda y la mujer obedece».

¿Qué les parece todo lo anterior? Extraordinario, verdad? Pero aún hoy estas posturas tienen resabios en la actual Iglesia Católica y algunas sectas protestantes. Se le impide a la mujeres participar en realización de lo ellos llaman los sacramentos, no tienen acceso a la casta sacerdotal de las iglesias.

En la Edad Media, cuando el hombre y la mujer rezaban por la noche: «he sido engendrado en el pecado, y en el pecado me concibió mi madre», la mujer era difamada por la Iglesia, que la calificaba como mala y diabólica, y como origen de todos los males. El hombre devoto tenía que huir de ella y no podía visitar las casas habitadas por mujeres, ni comer con ellas ni hablarles. Las mujeres eran «culebras y escorpiones», «receptáculos del pecado», «el sexo maldito» cuya «infame tarea» consistía en corromper a la humanidad. «A partir de la Edad Media, tener un cuerpo significó para las mujeres una especie de deshonra» escribe Simone de Beauvoir. Y Eduard von Hartmann resume: «En toda la Edad Media cristiana la mujer aparece como la quintaesencia de todos los vicios, de todas las maldades y de todos los pecados, como la maldición y la corrupción del hombre, como una emboscada diabólica en la senda de la virtud y la santidad».

El antifeminismo teológico afecta entonces a todas las capas sociales. De acuerdo con la tipología de San Ambrosio (Adán es igual a alma, Eva igual a cuerpo) y con la antigua divisa occidental «tota mulier sexus», la mujer fue considerada como un ser sexualmente insaciable, y se defendió con la máxima decisión la doctrina judeocristiana de la inferioridad feme­nina, que llegó a ser desarrollada en el plano teórico por la escolástica.

Pero lo más importante de todo lo anteriormente señalado no es la justificación del feminismo moderno, sino la forma y manera en que ciertos atavismos religiosos, absurdos y estúpidos hoy en día, se siguen aplicando de forma disimulada. Y la fotografía de la muchacha en biquini me trajo a la mente esta lacra social que todavía nos carcome. La influencia de las religiones en la creación de pautas culturales, hasta llegar al extremo que conocemos hoy en el islamismo.

Y aún hoy, cuando el papel de la mujer parece haber cambiado más que en los pasados cinco mil años (lo que el mismo Pablo VI consideraba «notable»), la Iglesia del aggiomamento y de la pseudo adaptación oportunista deja ver el viejo antifeminismo e insiste en defenderlo como principio. De modo que se sigue enseñando que el deber «fundamental» de la esposa es «ocuparse de la casa, sometiéndose al hombre», sin admitir en lo fundamental ninguna clase de igualdad de derechos.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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3 COMENTARIOS

  1. Qué brutos esos religiosos, si la mujer es lo más semejante a Dios. No podemos entenderlas muchas veces pero tenemos el DEBER de amarlas y respetarlas.

  2. A veces se peca de tanta ignorancia al emitir juicios. quiénes somos nosotros para juzgar al pasado? El mundo actual viene de ese pasado, este mundo que dice que es mejor que ese pasado pero que poco a poco se mueve hacia una inexorable caida…El tema de la busqueda espiritual y mistica no esta para ser entendido para gente que no tiene vocacion por ello, y sus generalizaciones historicas gratuitas son como todo en esa pseudociencia llamada historia, en la que acostumbran describir historias del pasado que raras veces corresponderian a la realidad individual de cada persona de esa epoca: pura especulacion e interpretaciones a medias…semidesnudas y me dedicaria a disfrutar mis agnos seniles, no perdiendo el tiempo en agnorar las fantasmagorias de una vida que al final es solo una simple ilusion….ese es el mensaje del cristianismo, que todo esto es un castillo de arena, un suegno, una ilusion. Uno puede ignorar esa realidad y darle al suegno mas importancia de la que tiene, pero eso no cambia su naturaleza disoluble e impermanente….dura realidad que uno puede o ignorar o aceptar con resolucion….

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