viernes 7, octubre 2022
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Para entender la organización del Estado. (Cuarta parte)

Desde la Grecia antigua hasta finales del siglo XIX el planteamiento del término política no se constituyó como el objeto de una disciplina autónoma, sino que formó parte de la explicación filosófica, histórica, jurídica y sociológica. Esto ha conformado el primer embate para la definición de la ciencia política, ya que su relación con otras disciplinas y áreas del conocimiento responde en mucho a la tradición con la que se les vincula. Estas tradiciones básicamente se engloban en: la anglosajona o norteamericana y la contienen tal o europea, las cuales se han concentrado en la defensa, límites y divisiones del conocimiento científico con la teoría y filosofía política.

La discusión entre los límites de la ciencia con la teoría y la filosofía políticas han dejado de lado la discusión de algunas cuestiones esenciales, sin la advertencia que han hecho Raymond Aron y Leo Strauss, al considerar parte de la discusión política temas y preguntas centrales hechas desde la filosofía. Cabe resaltar el cuestionamiento de Aron: ¿Puede aislar el curso de la historia aquello a lo que tiende, a lo que aspira el hombre político (el hombre moral)? (Aron, 1997: 166).

Así que en vías de consolidar una ciencia empírica, intentando apegarse a los principios de las ciencias exactas, la determinación del objeto de estudio de la ciencia política puede caer en posiciones poco fundamentadas, pues no podría dejarse de lado los valores que conlleva la acción política y que determinan a los actores políticos.

Todo conocimiento sobre las cosas políticas implica suposiciones relativas a la esencia de lo político, suposiciones que conciernen no sólo a una situación política concreta, sino también a la vida política o a la vida humana como tales. Las suposiciones relativas a la esencia de lo político, que están implícitas en todos los conocimientos sobre lo político, tienen el carácter de opiniones. Sólo cuando estas suposiciones se convierten en objeto de un análisis coherente y crítico surge el en foque filosófico o científico de lo político (Strauss, 1970: 355).

En este sentido, la objetivización de lo político se ha fundamentado en categorías y conceptos desarrollados en la filosofía y teoría políticas, pues habrá que recordar que la ciencia política en sus orígenes se preguntaba por la naturaleza, origen y evolución del Estado, por la soberanía, la justicia y el derecho.

Para finales del siglo XIX el sustento metodológico de la ciencia política fueron los análisis jurídicos o morales de temas como la justicia, el Estado y el derecho, sin que hasta ese momento se pudiera identificar claramente el objeto de estudio de la ciencia y tampoco se distinguiera de otras áreas del conocimiento, ya que la política se percibía como un conocimiento contenido en los estudios de la sociedad.

La distinción de la política respecto de otras disciplinas se concretó hasta la segunda mitad del siglo XX, al encontrarse el mundo occidental en una realidad que superó la acción de lo político, y por lo tanto se convirtió en un momento ideal para argumentar el carácter científico de la misma, pues las atrocidades y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial daban paso al surgimiento de la ciencia política empírica, encargada de estudiar las acciones en torno al poder, al Estado y las relaciones entre ellos.

Sin embargo, se identifican algunos rasgos elementales que se proporcionan como parte del nacimiento de la ciencia política; de manera breve se distinguen los siguientes momentos:

  1. De la filosofía a la ciencia.

El conocimiento de la política estuvo vinculado con la filosofía e inclusive con los planteamientos éticos, nociones que hasta el siglo XIX fueron la principal fuente de inspiración de la teoría política y significó una relación que daba paso al conocimiento científico. Esto ha tenido una amplia crítica, debido a que por años el desarrollo del conocimiento sobre la política se limitaba al estudio histórico o jurídico de las ideas políticas.

Lo anterior pudiera explicarse con la siguiente argumentación de Sartori: La ciencia política (o mejor un conocimiento científico empírico de la política previsto de validez científica) es en cambio la más reciente y embrionaria de las ciencias. El conocimiento científico de los hechos políticos, en cuanto se remite a fuentes de inspiración autónomas (como Maquiavelo y la doctrina de la razón del Estado), encuentra dificultades para consolidarse; especialmente porque gravita sobre ella, de un lado, la hipoteca de la filosofía política (infiltrada, aunque sea mimetizándose en los pliegues del conocimiento empírico de la política) y del otro el apremiante reclamo de la praxis política cotidiana, y a través de ella el discurso corriente y las ideologías políticas en pugna.

Desde la visión de Sartori, el conocimiento filosófico no es empírico y, por lo tanto, no hace un planteamiento en la búsqueda de modelos de aplicación; dicho así: “La filosofía es la evasión del mundo fenoménico que nos permite conmensurarlo y modificarlo […] Si la vida mental del hombre debiese quedar confinada al nivel empírico; si no le fuesen permitidas al hombre ‘evasiones especulativas’, su existencia transcurriría en una chata e incolora horizontalidad, sometida a preguntas sin respuesta, privada de toda dinámica, de sentido y de valor” (Sartori, 2006:

46-47). Dado este argumento, la construcción de la ciencia política como conocimiento científico se justifica desde un enfoque empírico.

No obstante, esta visión puede caer en limitaciones como las que expusieron Aron y Strauss. Además, pudiera dejar sin sentido exposiciones tan lúcidas como las de Hannah Arendt, a quien le podemos reconocer el establecimiento del vínculo entre el pensar filosófico hacia las nociones teóricas, dadas en su concepción de acción, referentes en el alcance científico.

Al recobrar algunos aspectos del pensamiento de Arendt, cabe el cuestionamiento central que se hizo tras las experiencias políticas del segundo cuarto del siglo XX: ¿Qué es la política?, pregunta que tomó validez ante las explicaciones que cobraron vigencia al recordar y volver a concebir viejas categorías de comprensión e inclusive de juicio moral, ante los abusos de regímenes totalitarios. En palabras de Arendt: “La política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos. Los hombres se organizan políticamente según determinadas comunidades  esenciales en un caos absoluto, o a partir de un caos absoluto de las diferencias”.

Visto así, el estudio de la política se complementa con la reflexión filosófica, la abstracción teórica y desde luego las referencias empíricas del pensamiento científico. En ello cabe el razonamiento expresado por Arendt, respecto a la suposición generalizada de que los hombres del mundo moderno no están capacitados para juzgar las cosas en sí mismas, ya que sólo al contar con criterios fijos y dispuestos podrían aplicar correctamente reglas conocidas, tal como se afirmaba desde la explicación del conocimiento científico.

En la enseñanza académica se ha difundido ampliamente este supuesto, lo cual se percibe claramente en el hecho de que las disciplinas históricas, que tienen que ver con la historia del mundo y lo que aconteció en él, se han diluido en las ciencias sociales y la psicología. Esto no significa sino que se abandona el estudio del mundo histórico en sus pretendidas etapas cronológicas a favor del estudio de modos de conducta primero sociales y después humanos, los cuales, a su vez, sólo pueden ser objeto de una investigación sistemática si se excluye al hombre que actúa, que es el artífice de los acontecimientos constatables en el mundo, y se le rebaja a la condición de ser que meramente tiene una conducta, al ser que se puede someter a experimentos y al que incluso cabe esperar poner definitivamente bajo control

  1. El auge administrativo en la ciencia política

A finales del siglo XIX, en los años que sucedieron a la expansión y consolidación del capitalismo en Occidente, así como la propuesta contraria al capitalismo, la expansión de las ideas del marxismo, los científicos de la política expresaban una falta de credibilidad en la democracia (dejándola en el estudio de las ideas políticas y no de la creación científica), concentrando el conocimiento científico en temas del liderazgo y las ciencias de la administración al servicio del Estado; así, el análisis de lo gubernamental desde un enfoque administrativo y desvinculado de lo social se sostuvo como la propuesta de algunos estudiosos.

El año de 1880 fue clave para esta etapa, debido a que se formó en la Universidad de Columbia la primera Escuela de Ciencia Política; con el nacimiento de dicha ciencia como disciplina en 1903 se estableció la Asociación Americana de Ciencia Política, lo cual dio paso a la búsqueda de la consolidación de la disciplina desde una visión positivista.

En esta etapa se ubica la era ortodoxa de la administración pública, que destaca la dicotomía entre política-administración y la firmeza en encontrar en la eficiencia el principio fundamental del proceso administrativo; de igual forma se consideraba que el óptimo funcionamiento de la administración pública dependía del hecho de estar desligada completamente de la acción política.

En esta línea de pensamiento dicha dicotomía no pretende identificar fenómenos reales, sino establecer una diferenciación analítica de comportamientos complejos. Prevalece cierta obsesión por ahondar en la absoluta ausencia de la política en la administración pública, misma que chocaba con la realidad que reflejaba una unidad indisoluble entre ellas.

Por eso se dice que el nacimiento de la administración pública como ciencia se establece artificiosamente, por lo que era natural que dentro de una crisis de identidad una corriente de estudiosos de la administración pública replanteara un reclamo paternal a la ciencia política, donde la administración pública tenía sus raíces; sin embargo, en su momento dicho pensamiento no contó con el apoyo académico necesario para competir con los enfoques ortodoxos dominantes. A partir de este reclamo se consolida el desarrollo de la administración pública como disciplina politológica. La perspectiva política de la administración pública tiene entre sus principales prosélitos a Dwight Waldo, quien retomando de Wilson la definición de administración pública como gobierno en acción, señala que el poder también es uno de los aspectos esenciales del objeto de la ciencia política.

  1. Hacia la creación de leyes en la ciencia política.

A principios del siglo XX, alrededor de las décadas de 1920 y 1930, se publicaron algunos trabajos que tuvieron como propósito crear una disciplina autosuficiente encaminada a estudiar los fenómenos políticos, como la propuesta de Gaetano Mosca, con la finalidad de otorgarle al conocimiento de lo político categorías propias como su definición de la clase política, misma que sirvió como base de la Teoría de las élites, y de la instauración de leyes como lo fueron las concepciones de Wilfredo Pareto en la Circulación de las élites, o de Robert Michels en el planteamiento de La ley de hierro de la oligarquía. En este sentido, prevalece la abstracción sobre la práctica y, por lo tanto, el carácter científico se encuentra en el establecimiento de teorías, así que lo científico no podría sólo responder a principios morales, sino a los métodos utilizados y las teorías sugeridas para tal objetivo.

Al respecto Pareto fue muy claro, como lo distingue Sartori al estudiar su tesis, “la teoría científica de la sociedad (como era su sociología) no puede tener aplicabilidad práctica” (Sartori, 2000: 90-91). Pareto parece aducir dos motivos. Su primera tesis señalaba que no existía una ciencia de aplicación, por lo cual la tarea consistía en trazar este tipo de ciencia y no en crear teorías prácticas. Y la segunda se sustentaba en la idea de que el hombre no es un animal racional, tampoco un animal razonable sino racionable.1 Los hombres actúan impulsados por la fe y no por la razón; creen antes de comprender; no saben lo que hacen y hacen sin saber. Lo que cuenta, por lo tanto, son las ideologías, los sentimientos, lo que Pareto denomina residuos (Sartori, 2000: 91).

  1. La revolución behaviorista.

Como antecedente a la visión de una ciencia empírica, en los años cuarenta se sometieron a de bate las perspectivas filosóficas y legalistas, así como la interpretación desde la lógica empírica, para lo cual fue necesario adoptar métodos de la psicología y de la sociología para el análisis de los fenómenos políticos.

En este contexto surge el enfoque conductualista, lo que instauró una ciencia política nueva, influida por la sociología, en la que se impuso un enfoque empírico en el que la ciencia política debía transitar de los análisis propios de la filosofía política hacia la cientificidad. Esto se tradujo en alejarse del “deber ser” y del “arte de la política” hacia el “ser” y la propia ciencia, pues el objetivo de la llamada revolución conductista consistió en posicionar como paradigma de la ciencia política una metodología propia de la misma. De tal forma que pudiera conformarse el conocimiento científico de lo político con los parámetros de las ciencias naturales; esto privilegió la utilización de diversas técnicas de investigación como: sondeos de opinión, estadísticas, encuestas y entrevistas.

La revolución conductista proponía el estudio de las realidades políticas, así que los autores de este contexto intelectual pretendieron explicar el cómo y el porqué del comportamiento político. Tales explicaciones se basan en la identificación de motivaciones, valores y cogniciones con la finalidad de descubrir regularidades explicativas a través de las técnicas de observación y medición. Autores como Robert A. Dahl, Seymoung M. Lipset y Gabriel Almond se consideran exponentes de esta orientación.

A pesar de las valiosas aportaciones hechas a la luz del conductismo, las explicaciones de las realidades políticas en estos términos condujeron a los científicos hacia dos planos: a) En el primero la política tendía a ser extremadamente compleja y ambigua, por lo tanto era difícil establecer soluciones obvias y simples ante los problemas políticos. b) En el segundo, el estudio de la realidad se basó en el descubrimiento del comportamiento de los actores políticos, burócratas y votantes, asimismo de las operaciones de instituciones y de los procesos políticos. En este sentido, los estudios propios de la ciencia política se alejaron de los enfoques tradicionales como la historia, el derecho y la filosofía, lo que dio paso a que la ciencia política explicara los fenómenos políticos desde diferentes enfoques como: el sociológico, económico, psicológico y antropológico.

Cabe advertir que la revolución conductista surge como un enfoque contrario a los regímenes socialistas y tratando de desprenderse de toda interpretación “ideológica” o “doctrinaria” de la realidad política. Por lo tanto, el conductismo ha sido un enfoque desde el cual la ciencia política se justifica dentro de un sistema capitalista, y a decir de Huntington (1992) la labor de la ciencia política sólo puede comprenderse en sociedades democráticas, porque únicamente en éstas cabe la participación. Sin embargo, esta afirmación no deja de tener una influencia doctrinal, ya que el planteamiento de Huntington cobra sentido desde un enfoque liberal y en sociedades con desarrollo económico, desde luego enmarcadas en un sistema capitalista. Por ello podemos decir que a partir del conductismo, dentro de las limitaciones que presenta, podemos comenzar a hablar de la ciencia política como ciencia, como construcción científica y conocimiento científico, cuyo objeto de estudio es la acción política en todas sus manifestaciones y con todo lo que eso conlleva.

Al pensar en la política como ciencia, la búsqueda se encamina hacia una relación entre teoría y práctica, es decir, en visualizar a la política como una ciencia aplicada, en donde la acción política no se convierte en el fin del conocimiento, sino en el sujeto del mismo. Es decir, la praxis política se presenta como el objeto de estudio, los fenómenos a explicar y, para algunos, los enfoques a medir.

Con esta idea y al recordar el surgimiento de la ciencia política, parece que la finalidad de la misma se mantiene en un terreno ambiguo; establecer si la finalidad de la ciencia política se encuentra en contribuir a la práctica de la política, no sólo desde la explicación de la misma, sino en el plano prescriptivo, hacia propuestas de mejora en la propia práctica, necesariamente orientadas al beneficio social. Lo cual se convierte en tema de debate entre los científicos de la política, ya que algunos pretenden una ciencia política pura y otros, aplicada.

No obstante, es la realidad la que marca los fenómenos políticos a estudiar; cabe citar a Sartori sobre la reflexión que hace al respecto: La ciencia pura no debe ser distraída por los clamores del mundo y no se debe ocupar o preocupar de los “frutos”. Por el contrario, la ciencia aplicada debe hacer lo que puede y ayudar con lo poco que sabe. Volviendo a la ciencia política, quien la subordina a “finalidades prácticas” tendrá que admitir que sin un conocimiento científico válido y objetivo, no se llega a ningún éxito práctico satisfactorio; y por lo tanto, que el fin práctico requiere que se cumpla también el científico. Viceversa, también quien afirma la prioridad de la exigencia científica, no puede menos que preguntarse knowledge for what, ¿saber para qué? A esta pregunta no veo que se pueda responder de otro modo que ciencia en cuanto al método, pero práctica en cuanto a los fines (Sartori, 2006: 133).

A la ciencia política no sólo le atañe la reflexión y construcción teórica, sino que prevé alternativas de acción que correspondan a la actualidad y a los costos de ésta.  Evidentemente estas percepciones no implican certidumbre, más se intenta preparar acciones bajo esquemas de análisis que comprendan y manejen los problemas políticos.

A pesar de lo anterior no se puede dejar de señalar la complejidad de la política como ciencia, que se afirma en el conocimiento de lo político, lo cual no significa que éste sea para otorgarle el poder a los que poseen dicho conocimiento. En otras palabras, el científico político puede saber del poder, pero no por ello tenerlo, a diferencia de otras ciencias en las que no existe esta distinción, pues el que conoce es el que hace; para el médico no puede desprenderse la práctica de la teoría.

Lo anterior puede parecer una sugerencia pertinente para el político, porque éste no necesariamente es científico, sino que puede escuchar al politólogo en el ánimo de que la acción política tenga un sentido y tal vez mayor profundidad en la toma de decisiones hacia lo público.

Sin embargo, la consolidación de una ciencia política ha dado paso a varios debates como: la búsqueda de homogeneidad en el establecimiento del objeto de estudio y la ampliación del mismo, con el fin de comprender lo que se muestra en la acción de lo político. En otros intentos la discusión se enfocó en la definición de lo político, ¿cuáles serían las acciones de lo político?; y la otra gran rama se centró en definir las metodologías propias de la ciencia política.

Ante ello cabe recordar lo señalado por Marsh y Stoker respecto a la definición de la política, la cual no puede concentrarse desde una visión homogénea. En su cimentación científica habrá que rescatar la noción de lo político en su sentido más amplio como “una actividad generalizada que tiene lugar en todos aquellos ámbitos en los que los seres humanos se ocupan de producir y reproducir sus vidas; actividad que puede entrañar tanto enfrentamientos, como cooperación, de forma que los problemas se presentan y resuelven a través de decisiones tomadas colectivamente”

Pese a la polémica mencionada, el desarrollo de la ciencia política tendrá que encontrarse necesariamente con el conocimiento de la esfera pública, en la cual se observan las relaciones y acciones de los seres humanos, más allá de cualquier noción estricta que la unifique con la idea del Estado o viceversa: la confronte con él. Ya que es en el espacio público donde prevalece la comunidad política y en ella el vínculo entre el Estado, la sociedad y el mercado; objeto de estudio de otra disciplina inseparable de la ciencia política: la administración pública.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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