martes 29, noviembre 2022
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¿No existe realmente un modelo de desarrollo?

El imponente avance de la ciencia, de la tecnología y de la industrialización consecuente en los últimos dos  siglos, como base de las grandes corporaciones empresariales y la trasformación del Estado moderno, ha conducido a una elevación del nivel de vida en gran número de países, pero, al mismo tiempo, la mayor parte de la humanidad ha seguido en la pobreza y la naturaleza ha sido explotada hasta extremos que han producido consternación.

Todo indica que la sociedad mundial no ha encontrado todavía un modelo de desarrollo que haga universal el bienestar, eliminando la pobreza, y que proteja a la naturaleza de un posible desastre ecológico final.

El concepto de desarrollo es polémico, polisémico y dinámico; y existe una gran controversia respecto de su comprensión y significado; dada su complejidad, el desarrollo no puede ser definido de manera universalmente satisfactoria. Como cualquier otro concepto, el desarrollo es una construcción social e histórica.

Mediante el concepto de “desarrollo” se ha querido decir, a lo largo del tiempo, distintas cosas. Como lo expresan Monreal y Gimeno (1999), “el desarrollo es un producto de la imaginación de unos y otros, una imaginación que siempre es resultado de una historia social, cultural y material. Considerar el desarrollo como una construcción social e histórica es reconocer que es un producto contingente y, por lo tanto, puede ser modificado”.

Ya nadie duda que los cambios se están operando a una velocidad inusitada en la historia de la humanidad. Lo que parecía la construcción de un modo de producción llamado a un largo recorrido desde la revolución bolchevique de 1917, dando origen al comunismo, llegaría a un inesperado fin, simbolizado en la caída del muro de Berlín en el año 1989. Por otro lado, el capitalismo ha sufrido en pocos decenios la aplicación de diferentes modelos, entre los cuales el del Estado Liberal primero, del Bienestar luego, para llegar al actual modelo Neoliberal, causante de los principales males vivenciados por la humanidad en el plano socioeconómico en la actualidad, ha caído en el peor de los desprestigios por su falta de humanidad.

Por otro lado, la destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo xx y los primeros años del tercer milenio. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este inicio de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. No se puede así, en consecuencia, realizar una interpretación del presente ni una prospectiva del futuro, si no se conocen las causas originarias del presente. Y a ello habría que agregar la eliminación de referentes filosóficos que fueron sustituidos por el presentismo de la postura relativista que predomina hoy en día, desligada de cualquier concepto superior y que desconoce la existencia de la ética.

El mundo está dominado por una tecnología revolucionaria que avanza sin cesar, basada en los progresos de la ciencia natural que, aunque ya se preveían en 1914, empezaron a alcanzarse mucho más tarde. La consecuencia de mayor alcance de esos progresos ha sido, tal vez, la revolución de los sistemas de transporte y comunicaciones, que prácticamente han eliminado el tiempo y la distancia. El mundo se ha transformado de tal forma que cada día, cada hora y en todos los hogares la población común dispone de más información y oportunidades de esparcimiento de la que disponían los emperadores de antes. Esa tecnología hace posible que personas separadas por océanos y continentes puedan conversar con sólo pulsar unos botones y ha eliminado las ventajas culturales de la ciudad sobre el campo.

Estos mismos avances tecnológicos en la comunicación han permitido la difusión rápida de ciertas corrientes de pensamiento político, económico y social. Entre ellas la que conocemos con el nombre de neoliberalismo, última fase del capitalismo.

No hay que olvidar que las políticas económicas de los actuales gobiernos y organismos financieros internacionales se deben entender como expresión del neoliberalismo, que es definido fundamentalmente como “programa político”, pero también como discurso, “utopía” y una “poderosa teoría económica” como sustento legitimador de determinadas políticas (económicas y sociales).

El neoliberalismo es una concepción radicalmente economicista en el sentido que plantea una suerte de determinación económica similar a la del marxismo ortodoxo. El orden político y el Estado deben ajustarse a las necesidades del mercado. Y entre las cosas que ha impulsado el neoliberalismo es la erradicación de la planificación estatal basada en un modelo de desarrollo, pues considera que el mercado, por sí mismo, marca el rumbo del desarrollo de una nación. Aunque deberíamos entender por mercado el conjunto de intereses de las minorías económicamente poderosas, que manipulan la oferta y la demanda.

Defienden que la planificación económica y en general, la intervención del Estado en el mercado, en la medida que ponen en peligro el funcionamiento del orden espontáneo mercantil, deben ser eliminadas, incluso si esto significa, paradojalmente, un intervencionismo estatal. Y esto se hace en nombre de la libertad individual, la que, como vimos, se reduce básicamente a la libertad económica que defiende una minoría de la sociedad frente a la mayoría que busca alguna forma de justicia social que ahoga toda libertad. De aquí también la necesidad de una democracia limitada, limitada precisamente frente a los deseos y anhelos de esa mayoría que es susceptible de ser tentada por las ofertas demagógicas de los políticos.

Estos planteamientos resultaban hasta hace poco extraños a las visiones de desarrollo y modernización económica vigentes en América Latina, para las cuales el papel del Estado era central. Gurrieri afirmaba todavía en 1987 que el papel del Estado era “sentar las bases económicas y políticas del crecimiento y el desarrollo e impulsarlo mediante actividades reguladoras y productivas”. Casos como el japonés mostrarían que el Estado ha favorecido e incentivado el proceso de desarrollo y del propio sector privado, contrariamente a lo que plantean los neoliberales. Asimismo, se debería rechazar la idea que todo aumento del poder del Estado traiga consigo una disminución en el poder de los individuos, proposición que está en la base de la crítica neoliberal a la intervención estatal.

Parte importante del incremento en la libertad individual y de la actividad privada ha sido un fruto de la acción estatal, ya que los sectores público y privado se han entremezclado de manera estrecha en la modalidad predominante de crecimiento, y los casos de mayor éxito en la modalidad se han basado en una combinación relativamente estable y de mutuo crecimiento.

Por otra parte, la sola acción del mercado no aseguraría la resolución de estos problemas: el aumento de la complejidad de los sistemas nacionales, las consecuencias de la evolución del proceso de inserción en los procesos internacionales, y el manejo del impacto de la segunda revolución industrial.

Se requiere una planificación a largo plazo del desarrollo a fin que éste se sustente en el equilibrio y protección del medio ambiente, pues, de otra manera, las consecuencias se volverán contra los propios países y las personas cuya subsistencia depende de los recursos naturales.

Sin embargo, estas propuestas parecen haber perdido buena parte de su vigencia. Bajo el impulso arrollador de la globalización, la internacionalización de los mercados, la reducción del gasto público y otras medidas exigidas por los organismos financieros internacionales, entre otros procesos, se impone con cada vez mayor fuerza la necesidad de desregular los mercados y disminuir los controles estatales.

Sin embargo, existen ciertas contradicciones que es importante señala. En primer lugar, el anti estatismo neoliberal es contradictorio, ya que, por un lado, rechaza la intervención del Estado para paliar los efectos excluyentes del mercado, pero, por otro lado, acepta y propicia inclusive la intervención del mismo Estado a fin de imponer las nuevas políticas a la sociedad y, especialmente, a todos aquellos que se ven afectados por ellas (sindicatos, desempleados, etc.).

Segundo, por la misma razón, es insostenible afirmar que el mercado es un orden no excluyente que garantiza la plena libertad de todos cuántos concurren a él. Por el contrario, como se ha señalado, el mercado no puede ser concebido como un orden espontáneo que produce sólo efectos positivos y elimina toda forma de discriminación.

Con estas consideraciones en mente, si analizamos la situación de Costa Rica,  percibiríamos que caímos desde hace ya decenios en esta corriente que impulsa la eliminación de la planificación estatal como consecuencia de la inexistencia de un modelo de desarrollo, ya que los partidos políticos tradicionales migraron del modelo capitalista del Estado del Bienestar, al modelo capitalista del Estado Neoliberal, y con ello cayeron en la trampa de los poderes económicos.

Las acciones de todos los gobiernos anteriores e incluso el actual, son de reacción ante los fenómenos políticos, económicos y sociales que se van presentando. No obedecen a una visión integral del país. Todo está fragmentado, y a ello colabora la enorme burocracia que, paradójicamente, fueron creando esos mismos gobiernos, generando confusión, duplicidad de funciones, exceso de costos, y contradicción en las políticas públicas, pues no existe una visión de futuro que racionalice el accionar del Estado.

Algunos tímidos avances se han visto en este gobierno, más bien de parcheo que de acción profunda, porque se encuentra detrás de ello el temor de que, si se racionaliza el funcionamiento del Estado, necesariamente habría que reorganizar la burocracia, con las consecuente contracción de las organizaciones existentes y el despido de decenas de miles de funcionarios y empleados, no por una postura neoliberal de debilitamiento, sino todo lo contrario, de fortalecimiento a través de la racionalización.

Por ello mientras no exista un modelo de desarrollo deseado, y en consecuencia una planificación de las funciones estatales, sino que se continúe presa de los vaivenes que impulsan los neoliberales para beneficio de las minorías poderosas económicamente, el futuro del país estará comprometido en la senda de la pobreza, la exclusión social y la injusticia. Y no debe olvidarse el cáncer de la corrupción inoculado por el neoliberalismo, que tanto daño hace en el funcionamiento del Estado (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) que es impulsada desde el sector privado de las grandes empresas, y que ha hecho metástasis, contagiado a toda la sociedad.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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1 COMENTARIO

  1. Excelente articulo. Me ayuda a comprender la realidad que vivimos, el derrotero que llevamos, el contagio del virus de la corrupcion en todos los estratos sociales, el Via Crucis del ciudadano honesto en medio de una sociedad corrupta, donde todo hay que judicializarlo -por el exceso de abogados- , el sentido utilitario sobre la persona mientras que no sea -por vejez- material de descarte.
    Las promesas de cualquier candidato, se quedaran en eso: en promesas.

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