lunes 16, mayo 2022
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Lo que Hollande piensa de Putin

París, 7 nov (Sputnik). – Rusia y su Presidente, Vladímir Putin, ocupan una parte de las 662 páginas del libro de «confesiones» del presidente francés, François Hollande, que para muchos analistas de su país supone el suicidio político del mandatario que aún pretende renovar su mandato en 2017.

En las declaraciones que los periodistas de Le Monde Fabrice l»Homme y Gerard Davet recogen en su libro «Un Presidente no debería decir eso… «, Hollande ofrece opiniones y desvela conversaciones que según una norma básica de discreción entre jefes de Estado deberían quizá quedar archivadas durante unas décadas, esperando el trabajo de los historiadores.

La obra recoge las opiniones y análisis del mandatario en un período que va desde su toma de posesión, en 2102, hasta 2016. En ese lapsus de tiempo, Hollande dibuja lo que ha sido su política hacia Rusia y sus opiniones sobre Vladímir Putin. Y lo mínimo que se puede decir es que esa «política rusa» no tiene mucha coherencia y va adaptándose a la coyuntura internacional y a las presiones que París recibe de sus aliados europeos y de Washington.

La guerra en Siria, el conflicto en Ucrania o la crisis en la Unión Europea dan pie al inquilino del Palacio del Elíseo a explicar sus negociaciones y contactos con el mandatario ruso.

Recién llegado al poder, en 2012, Hollande puso todo su empeño en atacar militarmente al régimen de Bashar Asad. Sus ardores belicistas se vieron frenados ante la negativa del Congreso norteamericano y de la Cámara de los Comunes británica. Barack Obama y David Cameron recurrían a la «democracia representativa» para no intervenir en Siria.

Hollande preparó con sus mandos militares el plan de ataque contra Asad y decía tenerlo todo listo. El presidente francés, que tanto había criticado otras aventuras militares de su antecesor en el puesto y de sus propios aliados, quería empezar su mandato asentando a bombazos la «primavera siria». La reticencia de Estados Unidos y Gran Bretaña a implicarse en una guerra, y la opinión contraria del Kremlin, frustraron al comandante en jefe del ejército francés.

Hollande, que ya había iniciado la operación militar en Mali para desalojar a los yihadistas y defender, de paso, sus intereses en la zona, quedó frustrado por no haber podido lanzar sus aviones contra Asad.

En febrero de 2013, Hollande se dirige al Kremlin para encontrarse con Putin y discutir sobre el asunto. El libro reproduce el diálogo, según lo recuerda Hollande:

Putin: «Nosotros reconocemos a los Estados. Ustedes intervienen en Mali a petición de un Estado para luchar contra los terroristas. Deberían mantener la misma posición en Siria y ser conscientes de que la oposición a Bashar Asad no es una oposición legítima y que son terroristas».

Hollande : «No son terroristas».

Putin : «Usted dice eso porque tiene musulmanes en Francia y quiere protegerles»

Hollande : «En Mali hemos intervenido, sí, pero los musulmanes no nos lo pidieron».

Putin : «De todos modos, los terroristas, sabe usted quienes son, son los mismos que les hicieron la guerra en Argelia».

Hollande: Pero yo no discuto con los que nos hicieron la guerra en Argelia. Buteflika (actual Presidente de Argelia) estaba del lado de los que usted llama terroristas».

El presidente francés interpreta frente a sus dos interlocutores las – según él- razones del Kremlin para apoyar al régimen de Damasco: «para Putin vale todo, salvo los yihadistas, los fundamentalistas, y los islamistas; luego, más vale Bashar Asad que todas las hordas de musulmanes que podrán dar argumentos a los chechenos y a los pueblos del Cáucaso». Cuando Hollande hace estas declaraciones está lejos de imaginar las matanzas que el islamismo iba a llevar a cabo en su país.

SIRIA: LA GRAN JUGADA DEL KREMLIN

El 9 de septiembre de 2013, Moscú propone colocar el arsenal químico sirio bajo vigilancia internacional para su posterior destrucción. Cuando el gobierno de París ve frustrados definitivamente sus deseos de golpear militarmente a Asad, Hollande reconoce admirativo la iniciativa del Presidente ruso: «Putin ha conseguido evitar los ataques que debilitarían a Bashar Asad y, al mismo tiempo, se ha reinstalado en el juego».

Los atentados islamistas en Francia van a hacer cambiar, en parte, la actitud de Hollande hacia Siria y Rusia, pero, según él, no se trata de un cambio de postura. Francia seguirá pidiendo la salida de Asad, pero ahora se trata de unir fuerzas para atacar a Daesh (Estado Islámico). Hollande subraya que el apoyo ruso al presidente sirio no es tan firme como se podría pensar: «Desde mi primer encuentro con Putin en 2102, este me dijo que no estaba ligado a Bashar Asad, pero que en tanto no hubiera otra solución, le apoyaría».

Que la realidad imponga otra visión de las cosas es admisible. Pero lo que se refleja en la obra es también una ausencia de principios básicos o, más bien, de una coherencia fruto de la filosofía propia de una supuesta potencia internacional.

Los autores del libro preguntan a Hollande si el cambio de actitud hacia Moscú en el asunto de Siria no satisface los deseos de la derecha y la extrema derecha francesa de apoyar un acercamiento franco-ruso. Así responde el Presidente socialista : «En absoluto. Ellos están totalmente alineados con los rusos. Qué digo con los rusos, con los rusos y con los iraníes. De hecho, Bashar es más que Rusia, es Irán».

Es desolador oír de un presidente presentar la acción diplomática de un Estado como un elemento dependiente de las concepciones ideológicas internas. Lo que sería admisible en una charla de café entre amiguetes no es tolerable verlo escrito en líneas que reproducen fielmente las palabras del mandatario. La derecha, la extrema derecha y buena parte de la izquierda francesa no entienden la política de Hollande hacia Rusia. Todas esas fuerzas reflejan el deseo de mantener con Moscú una relaciones que desde siglos se han traducido en respeto mutuo y lazos económicos y culturales que siempre han sido impermeables a la pluralidad ideológica en Francia.

«POROSHENKO TIENE NEGOCIOS EN RUSIA»

Françoise Hollande, que pretendía con las 61 entrevistas concedidas a los dos periodistas de Le Monde hacer una interpretación personal de su mandato, presume de su papel como arquitecto de la paz, también en el caso del conflicto ucraniano.

El jefe del Estado francés cuenta cómo ha propiciado los encuentros entre Vladímir Putin y Petró Poroshenko, en 2014 y 2015, y ofrece una explicación de «experto» sobre las relaciones entre los dos líderes eslavos: «Putin y Poroshenko, formados en la escuela soviética, no tienen en realidad muchos secretos entre ellos. Se conocen bien, Poroshenko tiene negocios en Rusia…».

De nuevo nos encontramos aquí con clichés y supuestas revelaciones que no pasarán a la historia como propias de la reflexión de un experto en política internacional.

Hollande alude también a los que según él son los argumentos de Putin para defender su posición en Ucrania, y cita al jefe del Kremlin: «No hago más que asegurar la defensa de la población rusófona frente a un poder que no tiene toda la legitimidad, ya que procede de un golpe de fuerza». Para Hollande, Putin se apoya en un argumento de legalidad, «porque Putin sigue una concepción soviética de la legalidad, los soviéticos siempre han respetado las formas».

Hollande, a diferencia de los dos redactores de Le Monde, no anota lo que un día lejano opinó sobre un asunto o una persona. Ellos sí graban todas las palabras, como fue acordado en un principio. Al final, cuando se leen los capítulos del libro, cualquier lector, incluido Hollande, puede apercibirse de la incoherencia, de las contradicciones y de los bandazos en sus supuestas confidencias.

Hollande ofrece en diferentes capítulos su análisis sobre la Rusia actual: «El régimen de Putin», asegura, «es un régimen cuya ambición es enderezar a Rusia cueste lo que cueste. Se debe recuperar el orgullo ruso, devolverle sus bases históricas. Es la Rusia eterna».

Más adelante opina que «en cierta forma, es verdad, Rusia no es una potencia agresiva. Es un país que defiende el status quo, que apoya el mantenimiento de los regímenes, incluidos los dictatoriales, mientras estos sean un elemento de estabilidad. Pero Rusia no amenaza nuestra seguridad».

Curiosa la afirmación sobre los regímenes dictatoriales. Curiosa, pero esta vez, no incoherente. Francia, que se sigue vendiendo como el adalid de los derechos humanos en el planeta, aplica una escala de valores directamente proporcional a los réditos de su negocio armamentístico. Aquellos países que encabezan las listas de compra de armas francesas y que son objetivamente dictaduras alejadas de conceptos como elecciones pluripartidistas, prensa independiente o respeto a la oposición y a las minorías étnicas o religiosas no aparecen en la lista oficial de dictaduras de la diplomacia francesa.

TSIPRAS PIDE A RUSIA IMPRIMIR DRACMAS

De las revelaciones de Hollande sobre sus conversaciones con Vladímir Putin destaca también una sobre una supuesta llamada del jefe del Estado ruso el 6 de julio de 2015. Putin habría informado a su colega francés que el Primer Ministro griego, Alexis Tsipras, le pidió si podía imprimir dracmas (la antigua moneda griega) en Moscú, «ya que en Atenas no tenían imprenta para hacerlo».

La petición podría demostrar el empeño griego en abandonar el euro. Putin -asegura Hollande- le manifiesta que se lo dice para que no haya malentendidos, para que sepa que no es la voluntad de Rusia

Hollande afirma haber interpretado el gesto de Putin como la advertencia de un riesgo que habría que evitar. «Putin tenía buenas intenciones», asegura Hollande. Moscú nunca ha confirmado esta llamada. El primer mandatario francés la ha mantenido el secreto hasta ahora que el libro ha salido a la venta. Cierto o no, el asunto ha provocado una cierta polémica en Grecia, donde la mayoría de la población es partidaria de permanecer en la Unión Europea y en la zona euro.

El Presidente francés ha conseguido poner en su contra a medio país con sus declaraciones a los dos periodistas de Le Monde, que publican el libro-bomba del año con el acertado título de «Un Presidente no debería decir eso».

Al enfado interno se debe añadir también el estupor de los líderes internacionales, que ven reflejadas en un libro sus conversaciones confidenciales y la opinión personal de Hollande sobre ellos. Todo un éxito editorial. Un auténtico desastre político-diplomático para la mayoría de los partidarios y detractores de François Hollande. (Sputnik)

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