lunes 15, agosto 2022
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¡Que comience la función!

Columna Poliédrica

La política es una de las actividades que más dignifican al ser humano. Así lo pensaban los antiguos griegos, ya que consideraban que se trataba de un deber frente al resto de ciudadanos de la polis; de hecho, la posibilidad de participar en la política, era un honor y una gran responsabilidad para aquellos que habían sido designados para ejercer cargos en la administración pública.

Para los griegos el areté o excelencia política, suponía desarrollar tres virtudes concretas: andreía,  sofrosine y dicaiosine. La primera tenía que ver con la valentía, la segunda con la moderación o el equilibrio y la tercera con la justicia; en otras palabras, se trata de virtudes que no eran consustanciales a los seres humanos, sin embargo, podían ser cultivadas y practicadas por aquellas personas que así lo quisieran.

Platón, en su obra “La República” incluyó una cuarta que fue la Prudencia. De ahí surgieron las virtudes cardinales que todo ser humano que aspire a meterse en política debería proponerse desarrollar, a saber: Valentía o fortaleza, Moderación o Templanza, Prudencia y Justicia.

La sabiduría tiene que ver con la aspiración a llegar a ser una persona virtuosa. La sabiduría, obviamente, no tiene que ver con títulos académicos, como muchos creen; al contrario, está relacionado con la posibilidad de los seres humanos de comportarse virtuosamente, es decir, de no ser una persona viciosa.

La persona virtuosa adoptará decisiones sabias para el bienestar de la mayoría de los ciudadanos de la polis. Un entorno virtuoso genera ciudadanos igualmente virtuosos, por el contrario, una sociedad viciosa crea ciudadanos también viciosos; ello supone que no adoptarán decisiones justas, no actuarán prudentemente, tampoco se conducirán moderadamente y su vicio hará una sociedad débil, principalmente, en el ámbito ético.

Lo ideal sería que todos tuviéramos las virtudes que hemos señalado, pero la realidad nos ha mostrado que no es así. La mayoría de los seres humanos somos viciosos, la historia evidencia que hemos sido violentos, mentirosos, interesados e injustos; en otras palabras, nuestras acciones han sido todo lo contrario a la virtud, nos hemos matado entre nosotros, nos gusta engañar al otro, velamos por nuestro interés individual y somos injustos con los demás.

Lamentablemente, en no pocos casos, los más viciosos son los que están en la toma de decisiones. La mayoría de los políticos se destacan por ser mentirosos y ocultar sus verdaderos intereses, se trata de personas que no tienen problema de hacer privar los intereses particulares sobre los colectivos y de adoptar decisiones en que la justicia depende de la situación que más les convenga.

Por eso, ante los idealismos lo que se requiere es una buena dosis de realismo. No hay que creer en la retórica de los políticos sino que se debe observar los hechos puros y duros; igualmente, es necesario prestar atención a los que están alrededor de los primeros actores, casi siempre son más peligrosos que las caras visibles para el gran público.

Lo malo es que ya no estamos en el Ágora en el que todos nos conocemos. A pesar que tenemos un territorio pequeño, la posibilidad de darse a conocer pasa por la relevancia que los medios de comunicación le otorgan al personaje; en otras palabras, por desgracia, hay una dependencia mediática y esto a generado que los bufones se hayan apoderado de la escena política.

Ya está por comenzar el circo y las estrellas de este son los bufones. A sentarse en las butacas que desde el primer acto los payasos les harán reír y, a no pocos, también nos harán llorar. ¡Que comience la función!

(*) Andi Mirom es Filósofo

columnapoliedrica.blogspot.com

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