martes 31, enero 2023
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El poder de la intensidad

Los extremos me tocan.

André Gide.

Fernando Savater, en su novela La hermandad de la buena suerte (Planeta, Barcelona, 2008) me introdujo, al menos como observadora, en el mundo de “la más constante de sus pasiones”:  las carreras de caballos. Gracias a esa novela –y posteriormente a otros libros en los que el mismo autor recopila sus artículos periodísticos y cuentos sobre el ‘turf’–, aprendí asuntos muy interesantes sobre las competiciones, los hipódromos, la  profesión de ‘jockey’, y otros aspectos sobre la cría y el entrenamiento de ese “ser naturalmente artificial”, de esa “obra de arte pero viva” que es el caballo de carreras, según lo describe el mismo Savater en: El juego de los caballos (Siruela, Madrid, 1995).

Si ya tuviste la oportunidad de leer La hermandad de la buena suerte, recordarás a Basilikos Ahmed –apodado el Sultán–, el personaje que trata de explicarle a una periodista por qué se dedica a la cría de caballos, a pesar de que esa actividad no le deja ganancias monetarias e implica una gran inversión de tiempo y dinero. Para colmo, las carreras en sí –que son el punto culminante de todo el trabajo en equipo que se realiza en la cría y entrenamiento de caballos–, duran poquísimo. Además, hay que esperar  su tiempo entre una y otra competencia lo que resulta aburrido para casi todo el mundo.

A pesar de todo, el Sultán justifica su dedicación a los caballos diciendo: “Pero ya ve, estoy más contento perdiendo dinero así que ganándolo con cualquier otra inversión. Le confiaré mi secreto: como lo que me importa es disfrutar, mi único mal negocio resulta ser a fin de cuentas el mejor negocio de todos”; y adelante completa su punto de vista con esta afirmación que me provoca la más cómplice de las sonrisas: “hay placeres deliciosamente intensos que duran incluso menos que una carrera de caballos…y que suelen presentarse más espaciadamente. Pero no por ello resultan desdeñables.”

Esa humana búsqueda de intensidad se comprende mejor cuando el Sultán nos recuerda que del célebre Quijote de la Mancha hablan muchas personas, pero pocas han tenido el tiempo y el deseo de leer esa obra completa; sin embargo, la mayoría de la gente tiene alguna idea sobre la aventura con los molinos de viento; y añade:

“Casi todo el mundo conoce el episodio, aunque no sean lectores de Cervantes ni…bueno, ni de nadie. Pues voy a decirle una cosa: el libraco tiene sus buenas mil y pico de páginas, pero el enfrentamiento con los molinos no ocupa más que una. ¡Sólo una, amiga mía, en el muermo inacabable de la vieja historia! Sin embargo, usted ha oído hablar de esa batalla…Ése es el poder de la intensidad. La página intensa justifica los cientos de páginas aburridas. Lo mismo que la eventual intensidad de algunas carreras rescata y premia las largas esperas, el hastío de las pruebas rutinarias, el dinero malgastado, tantos disgustos…También en el amor, claro. Los sinsabores se borran cuando llega la intensidad del placer. Lo que sucede es que cada cual responde a un tipo de intensidad y no a otros…”

Creo sinceramente que Miguel de Cervantes nos regaló muchas páginas intensas, además de la inolvidable aventura de los molinos; pero coincido con Savater en el sentido general de su idea: en la Literatura, como en la vida, no se encuentra la intensidad en todo momento y lugar.  Quienes amamos el arte literario, y lo buscamos como fuente de placer, cultivamos la disciplina de continuar leyendo en medio de áridas páginas y somos felices cuando encontramos la deseada intensidad.

Valga lo dicho hasta aquí para encuadrar el relato del placer que experimenté  mientras saboreaba ese libro que Eduardo Galeano (1940-2015) bautizó con el metafórico título:  El Fútbol a Sol y Sombra (Ebook, Siglo XXI, España, 2012). Empecé su lectura porque sentí curiosidad  por ese fenómeno de masas que es el fútbol: un deporte capaz de desatar los más grandes entusiasmos. Me pareció que esa obra sería una buena fuente de iniciación, entre otras razones, porque ya había leído magníficos artículos y libros del mismo autor, entre ellos, el irónico y subversivo: Patas arriba. La escuela del mundo al revés (Siglo XXI, México, 1998) que cité en el collage: Las adicciones son idolatría.

Además, todavía recuerdo vívidamente la formidable conferencia que hace años ofreció Galeano en el repleto auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica, donde expuso sus puntos de vista sobre el capitalismo salvaje, la educación, la igualdad de oportunidades y otros temas sensibles para el Mundo contemporáneo. Me llamaba la atención encontrar a un profundo estudioso, como Galeano, asumiendo el arduo trabajo de escribir un libro sobre fútbol. Pero rápidamente tomé conciencia de que aquello, lejos de ser una molesta tarea, fue en realidad un enorme placer. De hecho, luego me enteré que ya en 1968 el mismo autor había publicado: Su majestad el fútbol. Obra en la que selecciona los comentarios de escritores como Mario Benedetti, Albert Camus, Horacio Quiroga y otras personas amantes del también llamado: deporte rey. En síntesis, tenía buenas razones para suponer que: El Fútbol a sol y sombra, podía iniciarme en el conocimiento del más globalizado de los deportes. Y no exagero al decir que su lectura me brindó muchas páginas de  intenso placer literario.

Desde el inicio el autor confiesa ser un auténtico ‘mendigo del buen fútbol’ de ésos que van  por el Mundo suplicando en los estadios: “Una linda jugadita, por el amor de Dios”,  y cuando el milagro se concreta lo agradece sin que le importe un rábano el nombre del club, o del país, que se lo obsequia. Actitud que, en mi criterio, sería importante fomentar tanto en las viejas como en las nuevas generaciones. Porque nos ayudaría a metabolizar la violencia y la ciega locura de los fanatismos nacionalistas que, como sabemos, también han sido exacerbados a través del fútbol que, a pesar de ser el más democratizador de los deportes, también muestra deplorables actos de intolerancia.

A continuación rescato algunos ejemplos de los citados por Galeano. Como aquel sucedido en 1964 en la capital de Perú, cuando un árbitro anuló un gol en un partido contra Argentina, lo que llevó a los aficionados a protestar con acciones violentas, que fueron reprimidas por la policía, lo que a su vez provocó una estampida contra las puertas cerradas del estadio y el lamentable resultado de más de trescientos muertos: “Esa noche un gentío protestó en las calles de Lima: la manifestación protestó contra el árbitro, no contra la policía”…¡¿Protestaron contra el árbitro y no contra la policía?!… así como lo estás leyendo.

Otro caso de fanática barbarie tuvo lugar dieciocho años antes: en 1942, mientras Ucrania se encontraba ocupada por los nazis. Relata Galeano que los jugadores del Dínamo de Kiev “…cometieron la locura de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Les habían advertido: –Si ganan, mueren. Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó el partido.”

En ese estimulante libro abundan las evidencias de que el más popular de los deportes ha sido una cuestión de Estado para Hitler, Mussolini, Franco y demás dictadores que lo han utilizado en beneficio de innobles causas. Lo mismo ha sucedido en muchas de las actuaciones de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), y de las empresas  capitalistas que convierten a los jugadores en anuncios ambulantes y que terminan siendo las grandes ganadoras; entre ellas, esa aberración moderna que Galeano llama la ‘telecracia’, ilustrada con anécdotas como ésta:

“En el Mundial del 86, Valdano, Maradona y otros jugadores protestaron porque los principales partidos se jugaban al mediodía, bajo un sol que freía lo que tocaba. El mediodía de México, anochecer de Europa, era el horario que convenía a la televisión europea. El arquero alemán Harald Schumacher, contó lo que ocurría: –Sudo. Tengo la garganta seca. La hierba está como la mierda seca: dura, extraña, hostil. El sol cae a pique sobre el estadio y estalla sobre nuestras cabezas. No proyectamos sombras. Dicen que esto es bueno para la televisión.” Ante la más que justa protesta de los jugadores, el Presidente de la FIFA resolvió el molesto asunto sentenciando: “–Que jueguen y se callen la boca.

Esa respuesta me dejó sin palabras. Sirva este momento de silencio para que tu sensibilidad e imaginación saquen sus propias conclusiones de semejante actitud. ¿Otra anécdota que ilustra las sombras del fútbol? Aquí va: cuando terminó el Mundial de 1994, el césped del Estadio de Los Ángeles se vendió en pedazos… ¡a veinte dólares la porción!.

Ese libro recopila muchas historias donde es sencillo observar que la explotación capitalista del fútbol condena lo inútil porque no es rentable y elimina lo bello de jugar con espontaneidad, como jugamos en la niñez, porque la industria profesional busca sólo la eficiencia, la velocidad y la fuerza; renunciando a la alegría, la fantasía y la osadía.

Pese a todo, Galeano –que se declaró ‘fútbol-adicto’ y que en cada Campeonato Mundial colocaba en la puerta de su casa un rótulo con la frase ‘cerrado por fútbol’, para dedicase por entero a disfrutar de los partidos–, también escribió: “Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”

¡Libertad, libertad!, al pronunciar y repetir esa palabra se me ocurre pensar que por ahí viene todo ese asunto de la entusiasta dedicación  al fútbol: de la sensación de libertad que viven sus amantes durante la celebración de esa “gran misa pagana, que tan distintos lenguajes es capaz de hablar y tan universales pasiones puede desatar”. Porque, en el estadio… “Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpentinas y el papel picado: la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades… Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos.”

Me valgo de las anteriores palabras de Eduardo Galeano para introducir, aunque sea brevemente, el importante tema de la conformación de masas.  Me parece que ese asunto fue muy bien explicado por Sigmund Freud en: Psicología de las masas y análisis del yo (Obras Completas, tomo III, Madrid, 1981), donde  expone que las masas festivas generalmente provocan en sus participantes  un estado de regresión que asemeja a la horda primitiva.  En palabras de Freud:

“La psicología de dichas masas, según nos es conocida por las descripciones repetidamente mencionadas –la desaparición de la personalidad individual consciente, la orientación de los pensamientos y los sentimientos en un mismo sentido, el predominio de la afectividad y de la vida psíquica inconsciente, la tendencia a la realización inmediata de las intenciones que puedan surgir–, toda esta psicología, repetimos, corresponde a un estado de regresión a una actividad anímica primitiva, tal y como la atribuiríamos a la horda prehistórica.”

Resumiendo las ideas desarrolladas por este autor: pese a todas las restricciones y privaciones que la sociedad le impone al Yo, gracias a la institución de las fiestas se abren espacios  periódicos en que los excesos y la violación de las prohibiciones se permiten. Esto resulta fundamental para entender la alegría que provocan dichas celebraciones:  “Las saturnales de los romanos y nuestro moderno carnaval coinciden en este rasgo esencial con las fiestas de los primitivos, durante las cuales se entregan los individuos a orgías en las que violan los mandamientos más sagrados.”

Luego de estudiar a fondo: Psicología de las masas y análisis del yo, me resultó más sencillo detectar lo que tienen en común todas las fiestas, incluyendo las deportivas. Así que ya imaginarás la renovada complicidad de mi sonrisa cuando leí que para Galeano: “el gol es el orgasmo del fútbol” y mientras disfrutaba, hasta el fondo, con los entusiastas relatos de los de los goles más gloriosos. Citaré algunos que son buena muestra de intensidad literaria.

Inicio evocando el placer que sentí mientras gozaba la narración del llamado: ‘gol olímpico’, que sucede en un saque de esquina, cuando la pelota entra al arco sin que nadie la toque. Otro gol espectacular, que tuvo lugar en el Mundial de 1950 en un partido entre Brasil y Yugoslavia, fue el ‘gol bis’, que ejecutó Tomás Soares da Silva, mejor conocido como  Zizinho. Así de intenso lo narra Galeano:

“Este señor de la gracia del fútbol había convertido un gol de limpia manera y el juez lo había anulado injustamente. Entonces él lo repitió igualito, paso a paso. Zizinho entró al área por el mismo lugar, esquivó al mismo defensa yugoslavo con la misma delicadeza, escapando por la izquierda como había hecho antes, y clavó la pelota exactamente en el mismo ángulo. Después la pateó con furia, varias veces, contra la red. El árbitro comprendió que Zizinho era capaz de repetir aquel gol diez veces más, y no tuvo más remedio que aceptarlo.”

También aparece aquel gol increíble, pero cierto, que fue disparado por el arquero brasileño Haílton Corrêa de Arruda, más conocido como Manga, a quien Galeano observó, en vivo, en aquel estadio donde pateó la bola desde su portería y realizó un gol de arco a arco, sin intermediarios. ¿Imaginás la intensidad del momento?…¡yo también!

Otro gol que además de excepcional resultó muy divertido, sucedió en 1938, en la semifinal entre Italia y Brasil. Fue un penal que cobró Giuseppe Meazza, quien era considerado como el gran artillero de los penales del equipo italiano.  Le paso el balón literario a Galeano:

“Meazza tomó impulso, y en el preciso momento en que iba a asestar el golpe, se le cayó el pantalón. El público quedó estupefacto y el árbitro casi se tragó el pito. Pero Meazza, sin detenerse, atrapó el pantalón de un manotazo y venció al arquero desarmado por la risa. Ese fue el gol que lanzó a Italia a la final del campeonato.”

Ese gol, que despierta alegres carcajadas, me recuerda que para Galeano existieron tiempos mejores en la historia del fútbol: cuando aún tenía   esa magia del juego que se juega porque si; y se anotaban goles en medio de malabares que provocaban la risa de los aficionados. Como los que hacía Manuel Francisco dos Santos –mundialmente conocido como Garrincha, que significa: pajarito inútil y feo–, de quien los médicos nunca creyeron que sería deportista: “…este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomielitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.”  A pesar de todo,  Manuel Francisco dos Santos fue el mejor de los punteros en el Mundial de 1958 y en el de 1962 fue el mejor jugador. De él comenta Galeano:

“Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegría en toda la historia del fútbol. Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo: la pelota, un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de la risa a la gente: él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella corría. En el camino los rivales se chocaban entre sí, se enredaban las piernas, se mareaban, caían sentados…”

Imagino el intenso júbilo que experimentó Galeano a lo largo de su vida. Primero como gosozo espectador de los memorables Campeonatos Mundiales. Luego, mientras escribía, disfrutando el poder de la intensidad mientras expresaba con palabras el placer de los momentos más orgásmicos en la historia del fútbol. Pero también comprendo y comparto la indignación que sintió ese amante del fútbol cuando fue testigo de las irracionalidades y fanáticas intolerancias que, desgraciadamente, también se agitan en esos Campeonatos. Precisamente porque Galeano tenía claro el panorama de las luces y sombras que se mezclan en el fútbol, ante la pregunta de si toda esta locura  no será digna de mejores causas, responde:

“¿Un negocio vulgar y silvestre? ¿Una fábrica de trucos manejada por sus dueños? Yo soy de los que creen que el fútbol puede ser eso, pero es también mucho más que eso, como fiesta de los ojos que lo miran y como alegría del cuerpo que lo juega. Un periodista preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: –¿Cómo explicaría usted a un niño qué es la felicidad?. –No se lo explicaría –respondió–, Le daría una pelota para que jugara. El fútbol profesional hace todo lo posible por castrar esa energía de felicidad, pero ella sobrevive a pesar de todos los pesares. Y por eso es que el fútbol no puede dejar de ser asombroso. Como dice mi amigo Ángel Ruocco, eso es lo mejor que tiene: su porfiada capacidad de sorpresa. Por más que los tecnócratas lo programen hasta el mínimo detalle, por mucho que los poderosos lo manipulen, el fútbol continúa queriendo ser el arte de lo imprevisto. Donde menos se espera salta lo imposible, el enano propina una lección al gigante y un negro esmirriado y chueco deja bobo al atleta esculpido en Grecia.”

A estas alturas del partido no me resulta difícil afirmar: que el amor de Galeano por el fútbol tiene enormes similitudes con el de Savater por las carreras de caballos. Y con el mío por la Literatura. De hecho, creo haber dejado suficientes evidencias a lo largo del presente divertimento. Sin embargo, como me encanta rescatar citas, aquí va otra en apoyo a las semejanzas de nuestros respectivos enamoramientos. Esta la encontré en El juego de los caballos, donde el filósofo escribió:

“Todo verdadero amor –no añado ‘apasionado’ porque si no es apasionado no es amor, sino pasatiempo o mediocre afición–, todo amor, digo, funda lo más arrobador de su prestigio en ser injustificable. Lo cual no impide que los enamorados pasemos nuestras trémulas vidas cantando loores y haciendo alabanzas de lo que amamos: pero no para justificar el amor que gozamos, sino para justificarnos a nosotros mismos por gozarlo. ¿Por qué las carreras de caballos, en lugar de una actividad más sutil o más abnegada, un arte más sublime, una ciencia más influyente en el progreso humano?. Por nada, por todo, por cualquier cosa: da igual. Montaigne revelaba la clave inefable de su amistad por La Boêtie diciendo: ‘porque él era él, porque yo era yo’. Amo las carreras de caballos porque son lo que son y porque yo soy quien soy.”

Me veo claramente reflejada en esas palabras de Savater y no encuentro necesidad de hacer mayores comentarios al respecto. Lo que sí quiero contarte es que decidí reelaborar este collage –publicado en su primera versión a mediados del 2014 mientras, en Brasil, se desarrollaba la Copa Mundial de Fútbol–,   porque sentí el vivo deseo de reiterar mi amor a la Literatura y a su poder de intensidad. Pero, además, porque siento en carne propia el profundo significado de estas palabras que también leí en El juego de los caballos:

“Hay quienes nunca entenderían que, según dijo un famoso comentarista deportivo americano, de vez en cuando uno debe dejar de lado las cuestiones de vida o muerte y dedicarse a algo más importante. Cuando un amigo comentó con desdén, ante Walt Whitman, el revuelo producido por un partido de béisbol, el poeta le repuso ‘Creo en todo eso, en el béisbol, en los pic-nics, en la libertad: creo en el tiempo de las fiestas sin los clérigos y sin la policía’. Este libro comparte y celebra ese mismo credo.”

Sobra decir que este collage también pretende festejar y  compartir ese mismo credo tan bellamente expresado por Walt Whitman, tan claramente explicado por Sigmund Freud; y, retomado de manera  tan entusiasta en las obras de Fernando Savater y Eduardo Galeano. Este último, por cierto, ilustró la más noble actitud del espíritu deportivo: dedicando su intenso libro a unos niños con los que se cruzó en la calle, y que regresaban de jugar al fútbol cantando: “¡Ganamos, perdimos, igual nos divertimos!.”

(*) Nuria Rodríguez Gonzalo es Abogada

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2 COMENTARIOS

  1. Me ha impresionado tu artículo. Soy muy aficionado al fútbol y ese excelente estudio tuyo sobre la afición de Galeano me cayó el día de mi cumpleaños. Fue la cereza sobre el queque.

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