martes 27, septiembre 2022
spot_img

Santa Rosa, la llanura donde resurgió la patria

Aquella tarde del 20 de marzo de 1856, el sol maltrataba sin piedad los ya de por sí tostados pastizales de la hacienda Santa Rosa. No había un solo espacio sombreado, salvo quizás bajo las amplias y frondosas copas de algunos de los espléndidos guanacastes esparcidos por los potreros.

No era para menos. Así se capta del testimonio del naturalista danés Anders Oersted, quien estuvo ahí a inicios de marzo de 1847. Narraba él que «toda esta región ofrece una vista desértica, árida y monótona en esta época del año. El terreno y la vegetación, o sea, toda la fisonomía de la región, es igual en toda esta parte de Costa Rica (departamento de Guanacaste, región comprendida entre la cadena volcánica y el océano Pacífico), y en alto grado diferente a los que uno se encuentra en el resto del país. Aquí no se encuentran ni las altas y empinadas pendientes montañosas, ni los profundos valles con ríos impetuosos. Acá todas son tierras bajas y planas, solamente interrumpidas aquí y allá por pequeños cerros y cordilleras bajas. Llanuras grandes y casi desnudas, apenas cubiertas por una delgada alfombra de hierbas y con árboles solitarios, bajos y retorcidos, hacen que la fisonomía de esta región luzca llamativamente contrastante con el resto del trópico exuberante».

Así es. No el verdor ni la densidad de los bosques tropicales húmedos y montanos, sino el estacional bosque tropical seco, típico de las partes central y norteña de la vertiente del Pacífico. Y continuaba acotando que «el suelo aquí está representado por casi solo rocas desnudas, apenas cubiertas por una somera capa de tierra, ya que la roca no está descompuesta a una profundidad considerable, como en el resto del país, sino que es muy superficial. Esta delgada corteza está mezclada en muchos sitios con la ceniza volcánica que el volcán Rincón [de la Vieja] esparce casi anualmente sobre todo el departamento. Este suelo pobre puede albergar apenas una reducida cantidad de plantas, especialmente aquellas que tienen una raíz somera o que muestran crecimiento rastrero».

Entre tal aridez, «las especies de pastos, en especial varias especies de los géneros Panicum y Paspalum son las predominantes, al igual que árboles con tronco corto y retorcido, como los pertenecientes a los géneros Acacia, Malpighia, Bubroma y Bignonia, entre otros». Las citadas especies son los pastos guinea (Panicum maximum) y bahía (Paspalum notatum), los cornizuelos (Acacia spp.), la acerola (Malpighia spp.), el guácimo (Guazuma ulmifolia, antes llamado Bubroma guazuma) y esas dos emblemáticas bignoniáceas, el roble de sabana (Tabebuia rosea) y el cortez amarillo (Handroanthus ochraceus), que en la estación seca tiñen la llanura guanacasteca de intenso rosado o amarillo.

Tan crítica era la situación, que «en la estación seca el pasto también está reseco por los calcinantes rayos del sol, y muchos de los árboles han perdido sus hojas. Solo así puede explicarse que uno pueda permanecer aquí durante varios meses, en una propiedad con 2000 cabezas de ganado, sin siquiera toparse una vaca y sin obtener ni una gota de leche. Por eso es que todo el ganado se maneja en las cercanías de la costa, donde la vegetación se mantiene con mayor exuberancia».

Invitado por el dueño de ese predio, y hospedado en la casona de la hacienda Santa Rosa, el forastero describía que «la edificación, que se encuentra sobre una pequeña loma, está construida con arcilla y paredes gruesas, y tiene tres grandes cuartos. El techo se prolonga mucho más allá de las paredes y está sostenido por pilares, conformando un corredor alrededor de la casa. Desde aquí uno tiene una amplia vista al este, hacia la cadena volcánica que sobresale con sus dos altos volcanes de forma cónica -Rincón y Orosi- y, hacia el oeste, el océano Pacífico».

La hacienda pertenecía a los herederos de Agustín Gutiérrez de Lizaurzábal -fallecido en 1843-, y ahí reposaron unos días Oersted y Francisco de Paula Gutiérrez Peñamonge, quien lo acompañó desde la capital. Su meta, la hacienda Sapoá, distaba unos 30 kilómetros hacia el norte, y viajaban con la misión de que Oersted efectuara un estudio para valorar la factibilidad de abrir un canal entre el lago de Nicaragua y nuestra costa Pacífica. Era un encargo de su amigo Francisco María Oreamuno, empresario y político, así como cuñado del anfitrión Gutiérrez, pues estaba casado con su hermana Agustina. Minúsculo país el nuestro, Dolores, hermana de ésta, era la esposa del general José Joaquín Mora Porras, hermano de don Juanito Mora, por entonces Presidente de la República.

Oersted y Gutiérrez, sofocados por el calor y la sed nueve años atrás. Ahora, en 1856 y en Jueves Santo, se repetía la historia: tarde de silencio, roto si acaso por la crepitación de algún objeto maltratado por el abrasador sol, y sin siquiera escucharse el lastimero mugido de las reses, pues estaban lejos de los riachuelos, muy mermados por la radiación solar.

Sin embargo, esta vez no todo era tan silencioso, pues algo atípico ocurría en esos parajes. En efecto, el panorama había cambiado, con la súbita e inquietante presencia de unos tipos de aspectos y acentos extraños. Llegados ahí la víspera, eran unos 250 hombres que, uniformados y bien armados, estaban organizados en cinco batallones, unificados bajo el mando  del coronel Louis Schlessinger, tan mercenario como sus subalternos. Sabían de estrategia y táctica militares, y manejaban con destreza sus poderosas armas pero, eso sí, no se informaron bien del sitio al que habían llegado. Esto tampoco lo sabía el general Mora, quien la víspera había salido de Liberia con una columna de 680 hombres, cuando su hermano Juanito fue alertado de que los filibusteros, tras invadir el país y cometer barbaridades en varios puntos, se habían enrumbado hacia el sur.

Poco después, la grata noticia para Mora fue confirmar la sospecha -gracias a un informante-, de que se habían albergado en la casona de la hacienda Santa Rosa, dado que él la conocía como la palma de su mano; para entonces pertenecía al cartaginés Ramón Gómez Elizondo, pero él estaba muy familiarizado con todo el entorno inmediato, la estructura de la casona, los patios, los corrales, etc. Esto explica que, con el concurso de sus estrategas colaboradores, bastaran 14 minutos desde la primera detonación para derrotar a los invasores. Ahí quedaron tendidos 26 filibusteros y fueron apresados 20, que días después serían fusilados en Liberia, tras un juicio sumario; en nuestras filas murieron 20 combatientes y hubo 31 heridos. Perturbado por la capacidad militar de nuestro ejército, así como desesperado, Schlessinger escapó con unos 200 de los suyos hacia Nicaragua, donde Walker le cobraría muy caro su humillante fracaso. Y con sobrada razón.

Porque, lo cierto es que no era una derrota cualquiera en una campaña militar. Dentro la estrategia del astuto Walker, era imprescindible vencer al ejército costarricense y tomar Liberia para, ya instaladas sus huestes en Guanacaste, reclamar este territorio como perteneciente a Nicaragua, y desde ese bastión poco a poco entablar acciones en diferentes puntos del país, hasta tomar el poder e implantar la esclavitud, como lo hizo en Nicaragua en setiembre de 1856. Además, lejos de ser el revés militar que él esperaba, el triunfo en Santa Rosa más bien acrecentó la moral en nuestras tropas, al punto de que don Juanito decidió ingresar casi de inmediato en territorio nicaragüense para enfrentarse a Walker, lo cual se hizo con éxito -aunque con un alto precio en vidas- en la batalla del 11 de abril en Rivas.

Por eso es tan importante Santa Rosa, donde hace 161 años, en una tarde de bochorno y sopor provocados por el inclemente sol de la llanura -como otrora lo atestiguara el naturalista Oersted-, nuestros corajudos combatientes lograron que Costa Rica, gravemente amenazada, diera su primer paso en firme para, con dignidad, resurgir hacia su verdadera independencia.

(*) Luko Hilje Q. (luko@ice.co.cr)

Más noticias

2 COMENTARIOS

  1. Bellísimo texto de un naturalista e historiador apasionado por la memoria de aquella hazaña colectiva de un pueblo entero, derrotando a los mercenarios del expansionismo y el Destino Manifiesto de un cierto imperio. Una muestra amor a la naturaleza, ilustrándonos de manera cabal sobre la vegetación, el clima y otros rasgos característicos del bosque seco, dominante en esos parajes, los que he tenido la dicha de visitar. Gracias por recordarnos lo del roble de sabana y el cortez amarillo que llenan de colorido la estación del verano. Despunta aquí la extraordinaria figura de Jose Joaquín Mora Porras, hermano del presidente y después general de los ejércitos centroamericanos, durante la última fase de la campaña para derrotar y expulsar a Walker.

  2. Sin duda, valientes hombres los que defendieron la patria. 46 hombres murieron ahí de ambos bandos, ¿se sabe algo de la ubicación de las tumbas?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias