jueves 8, diciembre 2022
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La realidad y el absurdo presente

La historia de la civilización occidental es la historia de ese largo trayecto que conduce desde los paisajes delirantes del hombre primitivo, en donde todo tenía una razón de ser y nada ocurría por azar o por capricho, hasta el descubrimiento del absurdo, que nos permite saber que cualquier cosa puede ocurrir y destrozar nuestras previsiones.

Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, en cuya sabiduría palpitaba ya la filosofía que entonces estaba naciendo, ya reparó en que las Moiras o diosas de la fortuna distribuyen ésta a su arbitrio entre los humanos, y pueden llegar a herir con sus dictámenes a los inocentes; tal desorden o injusticia aparentes en los acontecimientos tenían la función de moderar los deseos humanos, de acomodarlos a los dictados de la realidad. Esos límites que atentan contra nuestros deseos y nuestros proyectos son las formas en que se nos manifiesta la parte de nuestra vida que en tiempos de Solón era poéticamente dirigida por el destino y que hoy es la que da al mucho más prosaico absurdo. Y alcanzar la sabiduría que Solón proponía, la que ha de conducirnos a la confrontación con esa realidad de las cosas que transcurre al margen de nuestros deseos, con el mundo objetivo, es el aprendizaje que Grecia encomendó realizar a la civilización occidental que en ella nacía.

Se trataba, pues, de comprender ese mundo objetivo que, visto desde la perspectiva de nuestros deseos, proyectos, esperanzas, era entendido como destino cuando aún creíamos intuir alguna clase de intención o voluntad divina detrás de él, animándolo, pero que ahora, cuando hemos desnudado de toda clase de animismo a los objetos, y desnudado las falacias de las religiones, es un mundo que, puesto que se manifiesta como contrapuesto a aquello sobre lo que fundamentamos el sentido de nuestra vida, se nos presenta como absurdo.

Que nuestra civilización ha llegado a conocer el absurdo en un alto grado de sofisticación queda demostrado al observar las enloquecidas producciones de los artistas contemporáneos o viendo cómo la misma filosofía ha desembocado en los parajes desolados del nihilismo. También podríamos confirmarlo observando los anaqueles de las farmacias, en la nutrida sección de los psicofármacos; y es que, como dice María Zambrano, «la necesidad de descubrir lo real y de enfrentarse con ello, ha tenido que luchar desde siempre con un pánico a la realidad».

La realidad nos da miedo porque está encargada de oponerse a nuestros deseos, de imponer sobre ellos el manto limitador que antes llamábamos destino y que ha devenido, después del desencanto al que ha accedido nuestra cultura, a ser entendido como absurdo. Y es que «la vida es ?decía Ortega y Gasset? (…) encontrarse el yo del hombre sumergido precisamente en lo que no es él, en el puro otro que es su circunstancia. Vivir es ser fuera de sí, realizarse» . Vivir es conducir nuestro mundo interior, hecho de deseos, esperanzas e intenciones, a los ajenos dominios del mundo exterior, de lo que antes era el incontrolable destino, de lo que hoy es el no menos incontrolable absurdo. No, por supuesto, para entregar esa intimidad nuestra a estas otras poderosas fauces del sinsentido, sino, al contrario, para buscar la manera de sobreponerse a él. Es a lo que asimismo se refiere Ortega cuando dice: «Si queremos construir una existencia significativa, habremos de reducir en ella al mínimum los componentes de azar. Es preciso que su trayectoria se desarrolle empujada por una vigorosa necesidad y avance, como un astro espiritual, por una órbita regulada según leyes ineludibles de la psicología humana».

Hace pocos días recordaba algunas ideas del alemán Heidegger, quien desarrolló su filosofía al margen de toda referencia a Dios, el cual decía que la mayoría de los seres humanos viven al día, sin reflexión de su conciencia, absortos por el ciclo de sus ocupaciones diarias y ajenos a sí mismos, al punto de que no es el Yo el que manda en ellos, sino un Se impersonal. No saben por qué han nacido y que están irremediablemente condenados a morir, por lo tanto seres de la nada y que van a la nada sin poder aferrarse a nada sólido que pueda salvarlos.

También recordé aquellas expresiones de Sartre que señalaba que la cima del sufrimiento del hombre no está en el dolor físico, sino en la compañía de los demás hombres. El infierno son los demás… el verdugo es cada uno de nosotros para los demás. La mirada de nuestros semejantes es un desagrado continuo. Este es el odio que Nietzsche parece haber sentido en ciertos instantes por la humanidad. Cuando una erupción volcánica arrasó la isla de Java, exclamó: ¡Doscientos mil seres humanos aniquilados de golpe, es magnífico; así es como debería terminarla humanidad¡

Luego recordé algo terrible leído en mi juventud. “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio” Establece el filósofo y escritor ganador del premio Nobel de literatura, Albert Camus (1913-1960) al principio de su ensayo titulado El Mito de Sísifo. En él, describe que uno hace la rutina de su vida diaria: despertarse, bañarse, ir a trabajar, comer, salir al tráfico, llegar a tu casa, dormir, repetir. Hasta que un buen día uno “despierta” y se pregunta: ¿Es posible encontrarle un sentido al curso con el que llevamos nuestras vidas? ¿Por qué quiero ganar más dinero? ¿Por qué quiero enamorarme? ¿Por qué quiero ser feliz? La realidad es que todas esas preguntar puede tener respuesta, pero todos sabemos que, al final, ellas son insatisfactorias.

Además, los avances de la ciencia no ayudan, saber si el sol o la tierra se encuentran en algún punto de la galaxia o si uno gira alrededor del otro no responden a mi búsqueda de sentido. Es importante notar que en toda la explicación del autor, él se abstiene de buscar un sentido religioso o metafísico a la existencia, se trata de un plano meramente humano sin la respuesta de trascendencia y sentido que se podría encontrar en la religión. Camus a través de su existencialismo ateísta simplemente quiere poner en términos de la propia existencia la realidad que le compete.

El mero ejercicio de preguntarnos al final del día si tiene algún punto simplemente actuar en el mundo nos lleva hacia el absurdo. Absurdo ante una falta de comprensión cabal del mundo que nos rodea en un sentido extremadamente existencial y personal. Camus, no sin mucha razón, dice que el humano tiene una tendencia irreparable a buscarle un orden, un sentido a las cosas: es imposible ser lógico hasta el fin. Los hombres que se matan (los suicidas) siguen así hasta el final la pendiente de su sentimiento. La reflexión sobre el suicidio me proporciona, por lo tanto, la ocasión para plantear el único problema que me interesa: ¿hay una lógica hasta la muerte?” (Camus 1966)

Camus, realzando el valor de la vida, puntualiza la capacidad que tienen todos los hombres para disfrutar la vida, lo impresionante que es ser de la especie humana; el hombre como el punto central en el que se conjuga el deseo del universo por explicarse a sí mismo. El hombre, no obstante el mar de incongruencias en el que habita, puede y debe reafirmar su capacidad de disfrutarla. Claro, el sufrimiento que trae el absurdo es innegable, el sentimiento de derrota y desesperación es el producto de su seno materno y uno jamás debe de negar su existencia, pero debe rebelarse en contra de él.

En conclusión, desde ese punto de vista existencial, la realidad sí es absurda. Lo cual quiere decir que los intentos de llevar a cabo en ella un plan de vida que tenga sentido siempre acaban chocando, tarde o temprano, con la realidad. Cuando, a veces de manera especialmente cruel, esa realidad se desentiende de nuestras íntimas necesidades y nos despoja de aquello que estaba dando sentido a nuestra vida, ¿qué es lo que toca? ¿Concluir que la vida, no sólo la realidad, es absurda? ¿Hay alguna salida para esos callejones que parecen no tenerla? Terrible problema al que parecería que sólo es posible enfrentarse escapando de la realidad: el suicidio sería la manera más inmediata y resolutiva.

Los cátaros, cristianos herejes de los siglos XII y XIII, por ejemplo, aceptaban el suicidio como una forma de liberación del espíritu de las miserias de la carne, por lo que no lo consideraban pecado. A tal efecto, en los momentos más difíciles y adversos, consentían en que se llevara a cabo una práctica suicida, conocida como la «endura», y según la cual el cátaro moría por ayuno total voluntario.

Otra posibilidad de eludir la penosa realidad sería hacerlo a través de la creencia en que hay un mundo suprarreal en el que recuperaremos eso que en la vida hemos perdido. Y hay, en fin, otro modo de enfrentarse al absurdo sin necesidad de eludirlo: el que ofrece la filosofía.

Kierkegaard ponía el ejemplo de Job, tan inclementemente castigado por la absurda realidad: perdió sus hijos, su ganado, su salud… Primero se resignó (esa es una posibilidad más), es decir, aceptó la realidad, aceptó convivir con el absurdo: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó» , decía. Después se rebeló… y encontró el camino de la «repetición», dice Kierkegaard. «El Señor devolvió a Job su anterior prosperidad (…) y hasta duplicó todos los bienes que tenía antes» , según está escrito en la Biblia ( Job 42:10) . A primera vista, lo que dice la Biblia podría parecer un sarcasmo. Sin embargo, Kierkegaard nos ayuda a entenderlo a través de su concepto de «repetición», que significa que es posible encontrar modos sustitutivos de perseguir el sentido, caminos que, de alguna manera, simbolicen y sustituyan a aquel que ya no es posible recorrer y que signifiquen una salida del callejón. Lo que quiere decir la Biblia, pues, es que incluso es posible crecer a través de la desgracia, eso que ahora se llama resiliencia.

No hay más maneras de confrontarse con el absurdo (con la realidad) que las hasta aquí expuestas: primera, escapar de él a la manera de los cátaros, a través del suicidio. Segunda, resignarse, adaptarse a la realidad (al fondo de esa resignación espera la depresión); incluyamos aquí la parálisis existencial, que, acompañada de muy variopintas maneras de su correlato somático u orgánico, es otra forma de defenderse de la angustia, de la realidad.

Es esta, en suma, la alternativa de los realistas, respecto de la cual decía Ortega: «Realismo (…): la doctrina que define la vida humana como una adaptación a la materia, a las cosas. ¡Adaptación! (…) Las cosas, decíase, son lo que son, de una vez para siempre: no queda otro porvenir que adaptarse a ellas así en el arte como en la vida. De suerte que vivir es ir dejando de ser uno mismo e ir abriendo en nosotros lugar a la materia anónima”.

Tercer modo de confrontarse con el absurdo: por medio de la creencia en una vida en el más allá en la que nos reencontraremos con aquello que perdimos. Y cuarto: la filosofía (situemos junto a ella a su hija y ayudante fiel, cuando es bien entendida: la psicología), último recurso desde el que intentar concluir que, aunque la realidad sea absurda, la vida no tiene por qué serlo también.

El acceso al absurdo ha sido, ¡quién lo iba a decir!, una gran conquista de la civilización occidental. Gracias a él, es decir, gracias a la confrontación con la realidad, hemos alcanzado altísimas cotas en el desentrañamiento de la naturaleza, en el conocimiento de los objetos del mundo. Nunca agradeceremos lo suficiente al absurdo el haber estado ahí, desazonándonos, porque sin él aún andaríamos en taparrabos y al albur de lo que nos prescribiese el chamán de la tribu, cuya magia nos pondría en contacto con un pretendido orden oculto de las cosas. Pero esto que hemos alcanzado, el desvelamiento del absurdo (de la realidad), no puede ser la meta final.

Ahora, finalmente, analicemos con base en las reflexiones anteriores, la realidad presente del planeta, donde el absurdo humano ha permeado toda actuación. Hemos ido destruyendo la naturaleza poco a poco y ésta se venga destruyéndonos a nosotros, lenta pero inexorablemente. Hemos ido destruyendo la convivencia social, y ello nos lleva sobre las cabalgaduras de las ambiciones y el egoísmo, hacia la destrucción nuclear. Hemos ido destruyendo el sentido de la vida, si es que lo tiene, y nos hemos entregado en una carrera alocada hacia la sustitución del humanismo por el control existencial de la técnica sobre todas las actividades cotidianas, lo cual nos llevará hacia convertirnos en parte de mecanismos inanimados, sin alma.

Estamos, pues, llegando al sumun del absurdo en la realidad presente. Lo que previeron los filósofos de finales del siglo tras anterior y principios del anterior. Los futuristas actuales nos pintan escenarios en donde ya no seremos humanos. Lo habremos perdido todo.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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3 COMENTARIOS

  1. Los filósofos griegos, Sartre, Ortega y Gasset, Kierkegaard. ¡Que sabrosas lecturas! !No nos las perdamos! La gran virtud que nos eleva a lo sublime: la lectura.

  2. El absurdo de la existencia del que muchos ni siquiera se percatan o intentan adivinar, pasan por la vida como meras creaturas sin hacerse ninguna pregunta relevante, la amenaza del vacío y la nada reflejada en aquel poema de Rubén Darío: » Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente….». Gracias don Alfonso por develar los grandes desafíos a que estamos enfrentados, los que soslayamos por el temor a la incertidumbre y a la realidad misma. Habrá que volver a las lecturas de Camus y pensar en ese planteamiento de Heidegger, otros seguirán aferrados a las salidas fáciles, algunos sin siquiera percatarse y otros en una franca huida.

  3. Leere varias veces este profundo articulo que encierra tantas verdades -o valideces- . Ha sido como leer las distintas confrontaciones de nuestra vida en el transcurrir del tiempo. Por ultimo, nos asimos a algunas creencias para poder desafiar las tempestades que nos depara la vida.
    Excelente articulo don Alfonso.

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