sábado 1, octubre 2022
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De ratones y libros (Of mice and books) 3

Viajes por mi biblioteca, 3

Antes dije que había heredado de mi padre el gusto por las novelas francesas; pero en esa empresa también participaron decisivamente otras personas: mi profesor de francés don René Van Huffel, mi librero favorito don Marcelino Antich, que proveía lo esencial sin descuidar lo nuevo, y don Héctor Beéche Luján, prestigioso jurista vecino y amigo de la familia, que me prestó los primeros libros en francés, en el género policiaco, acompañándome a descubrir y admirar a Georges Simenon.

Como suele ocurrir, conocí primero a los autores del Siglo XIX que a los de los siglos anteriores: primero Hugo, después Voltaire. Y en poesía también: primero Rimbaud, después Ronsard y Villon. Y fue en el ámbito de la literatura francesa que trabé conocimiento con ese género ambiguo que es el ‘poema en prosa’, en el cual Aloysius Bertrand es el maestro supremo, con su inigualable ‘Gaspard de la Noche’,  seguido del ‘Spleen de Paris’ de Baudelaire.

Disfruté y sigo disfrutando mucho esa nutrida, valiente y lúcida novela francesa desde Choderlos y Stendahl hasta Malraux y Yourcenar, pasando por Anatole France, Martin du Gard, André Gide y,  sobre todo, Marcel Proust, que para mi gozo, encontré traducido al español por el gran Pedro Salinas, para la edición argentina de don Santiago Rueda, de los años cincuentas.

El viejo Anatolio Francia me deslumbró con sus provocaciones;  Romain Rolland con su arrebatado fervor; pero al cabo prevalecieron autores más sobrios, más áticos en el estilo, como fueron Roger Martin du Gard y, señaladamente, André Gide, fino analista de una sinceridad lacerante.

En cuanto a Proust, no se sabe qué género cultiva: está mucho más allá de la novela, del poema en prosa, del ensayo filosófico. Y es inimitable, lo que se demuestra conociendo los infructuosos esfuerzos de muchos escritores en todas las latitudes.  No tuvo el Premio Nobel de Literatura, pero es mejor que el mejor de los premiados.

A propósito de los franceses, después de espigar en los últimos años entre los autores ‘jóvenes’ como Perec, Hoellebecq, Le Clezio o Modiano,  ahora me está dando por las relecturas: y entonces estoy iniciando la de una novela interminable que me subyugó en aquel tiempo de la juventud: ‘Los hombres de buena voluntad’, del poeta, dramaturgo, filósofo y novelista Jules Romains, escrita entre 1932 y 1946, es decir, entre el advenimiento del nazismo y el fin de la Segunda Guerra.

Es una ‘novela’ compuesta de 27 novelas de entre 150 y 300 páginas cada una; lo que se llamaba entonces una ‘novela río’.  Alejandro Dumas padre, Eugene Sùe, Balzac, Emile Zola y algunos más cultivaron ese género en el Siglo XIX; y luego Romain Rolland, Proust, Martin du Gard, Romains y George Duhamel (Crónica de los Pasquier, no traducida al español, hasta donde yo sé) lo hicieron hasta mediados del Siglo XX.  En el resto de dicho Siglo y en lo que va del presente, me parece que la novelística francesa no ha vuelto a intentar la ‘novela río’.

Volviendo al autor de Los hombres de buena voluntad, a través de la diversidad de los temas y la multiplicidad de los personajes, ha sido capaz de expresar una superior unidad espiritual (algo que en cierto modo recuerda al Volksgeist de los románticos alemanes); y que sería una confirmación de la doctrina que Romains llamó ‘unanimismo’.    Ahora estoy leyendo el Tomo III, y estoy experimentando la impresión que produce el  volver a mirar con los ojos y la experiencia del viejo, aquello que conocimos en plena juventud, y que interpretamos y disfrutamos con el ímpetu y la ingenuidad como, precisamente, sólo era posible hacerlo entonces.

Me lo explico mejor, pensando que de joven me interesaba sobre todo la trama de los personajes, sus acciones y pasiones consideradas en sí mismas; mientras que ahora gozo muchísimo de la exposición de las ideas y tesis del autor en relación con los fenómenos histórico-sociales y los matices finísimos de las reacciones de los mismos personajes a propósito de aquellos fenómenos y de la recíproca interacción que de ellos resulta. Hay un goce estético en la percepción de la maestría con la que el novelista plantea y resuelve los diversos entramados de su obra.

(Sigue…)

(*) Walter Antillón Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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