viernes 19, agosto 2022
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De ratones y libros (Of mice and books) 4

Viajes por mi biblioteca, 4

¡Qué placer tan grande es comprar aquel libro en el que  hemos venido pensando durante semanas, traerlo a  casa, sentarse con él en las rodillas, sacarlo de su  envoltorio, abrir sus páginas y empezar a leer! Y el placer es más completo si uno ya conocía al autor: si sabe cómo vivió su vida, cómo sentía, cuál era su pensamiento; porque entonces uno puede entreadivinar cuánta ilusión o qué sentido del deber animaba al dicho autor mientras escribía; y entonces, en cierta medida, es como si hubieras estado presente durante aquel acto creador.

Porque, repito (y Walt Whitman lo dijo mejor): un libro es un ser humano.  Tengo unos cuantos miles de  libros en la biblioteca, y me llena de alegría y de optimismo saber que vivo acompañado de tantas admirables personas que sólo esperan con infinita paciencia la oportunidad de brindarme su pensamiento, sus vivencias, sus emociones traducidos en ensayos, poemas, novelas.  Y entonces, lo que uno quisiera no es haber leído todos esos miles de libros (tarea imposible para quien no pueda dedicarle al menos unos doscientos años a la lectura), sino haber aprendido a hacer la mejor elección en el momento oportuno.

Walt Whitman

Invoco, por ejemplo, la modestísima y relativamente breve existencia de Baruch Spinoza, aquel solitario filósofo judío de origen español que se ganó la vida, la enfermedad y la muerte puliendo lentes en un cuchitril de Amsterdam, en los años activos de una biografía que transcurrió entre 1632 y 1677.

En su hermoso estudio sobre Spinoza nos dice Alain:

“Sabemos que era sencillo y bueno, que vivía con muy poco, y que, a pesar de su mala salud, era feliz. Sabemos también, especialmente por su Tratado Teológico-Político que tenía profunda adhesión a la República Holandesa, y que ponía la libertad de conciencia y la libertad política en el número de los bienes más preciosos.”

Del propio Alain me ocuparé después, porque bien se lo ha ganado.  Ahora quiero seguir con Spinoza, y para ello quiero empezar diciendo lo siguiente:

De muchacho yo buscaba al Pensador, a aquel pensador único que me diría la Verdad: la única verdad. Ahora, recordando decenas y quizás centenas de libros leídos, releídos, entreleídos a través de un dilatado arco de tiempo, me inclino a creer que aquel pensador no pudo existir: nunca ha existido, tal vez para bien de todos los demás. Pienso que podemos conocer diversísimas formulaciones de sistemas de pensamiento que describieron aristas de aquella verdad: aproximaciones a un punto que hoy nos parece más firme y duradero en la extremadamente compleja estructura de la realidad. No obstante, sin creer del todo ni dejar de creer en aquella meta última, más pacientemente que nunca sigo buscando a la manera de las estrellas, que decía Goethe:  ‘sin prisa, pero sin descanso’ (ohne Fast, aber ohne Rast).

Mis lecturas de Spinoza datan de ese período de búsqueda del Pensador.  Descartes y más aún Spinoza me parecieron encarnar aquel ideal de racionalismo laico que demolía el edificio de la Escolástica, empleando para ello una construcción metafísica inconmovible  ¡fundada en las Matemáticas!  Me gustaba la formulación panteísta de Spinoza (Deus sive Natura) y su conclusión ética más importante:  mirar nuestras miserias desde la perspectiva de la Eternidad, esa Eternidad sin Dios que la Cosmología moderna (Carl Sagan,  Neil De Grasse) nos permite vislumbrar.

Al decir de los que saben, fueron las Matemáticas modernas, post-euclídeas, las que se encargaron de desvirtuar la metafísica spinoziana.  Allí lo dejamos. Pero aquel modesto y genial hebreo, execrado con igual violencia por la Iglesia y por la Sinagoga, sigue encarnando para mí un ideal de ser humano, con su ética insobornable de bondad, libre pensamiento y firmeza, de coraje y fraternidad sin límites.

Vamos ahora con Alain ¿quién es este señor que no tiene apellido?  Me encontré su nombre, por primera vez, en las Memorias de André Maurois.  Después supe que se llamaba Emile Chartier, que había nacido en 1868 y  había muerto en 1951;  que se había formado en la ‘Escuela Normal Superior’; que había enseñado en el famoso Liceo Henry IV de Paris, donde había influido fuertemente en muchas generaciones de intelectuales, políticos y científicos (desde Raymond Aaron y Simone Weil hasta Paul Nizan, André Maurois, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Georges  Canguilhem y Georges Pompidou).

Alain fue un ciudadano ejemplar: republicano, socialista, pacifista,  antifascista. A los 47 años, contra sus convicciones, por solidaridad civil se alistó como soldado raso en la Primera Guerra Mundial; se distinguió por su austeridad y su valor, pero rechazó condecoraciones y ascensos para permanecer junto a sus compañeros de armas hasta el fin de la contienda.  Años más tarde, siendo ya un filósofo y escritor famoso, también rechazó reiteradamente pertenecer a la Sorbona, y continuó impartiendo sus clases del Liceo Henry IV.

Alain. Emile Chartier

Como lector, es fascinante ser testigo de afinidades vitales entre personas que habitaron siglos distintos; y vislumbrar con un sentimiento de complicidad ese tenue hilo de simpatía que mueve al filósofo Emile Chartier, Alain, a escribir aquel hermoso ensayo sobre la filosofía de Baruch Spinoza.

Sigue…

(*) Walter Antillón Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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