martes 16, agosto 2022
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Recordando a Cipolla

Si Usted tenía alguna leve esperanza que los partidos políticos tradicionales, aquellos que cuentan entre sus miembros múltiples personas acusadas, condenadas y bajo investigación por actos delictivos, habrían cambiado en algo, debe estar totalmente decepcionado de su ingenuidad. La corrupción a través del poder es una enfermedad incurable y terminal, y al menos los dos partidos más notoriamente corruptos al parecer siguen mostrando síntomas de ello. Y para ejemplos de lo dicho fíjese, no más, en la elección del Presidente de la Asamblea Legislativa, donde se elige a un diputado que ejemplifica todo lo malo que puede mostrarse en política, y la comprobación de fraude electoral en las elecciones internas del Partido Liberación Nacional.

Al parecer, en nuestro país todo está perdido ya en este campo. Porque si el propio PLN comete fraude en sus elecciones internas, donde se elegía su candidato presidencial para el próximo año, ¿qué puede esperarse de las elecciones de verdad? Y si los diputados de esos partidos eligen a un delincuente que se salvó de la cárcel por arreglos extrajudiciales, se considera a sí mismo un iluminado por las fuerzas divinas, practica el más aberrante fundamentalismo religioso, convierte su curul en un púlpito, y es elegido contraviniendo la disposición constitucional que indica que ningún clérigo (y él lo es) puede ser elegido para un cargo público, se perdió el tino y la cordura para siempre.

Al parecer se entronizó definitivamente en nuestro país la más absoluta estupidez, y la peor de todas, la estupidez política.

En 1988, el insigne historiador económico Carlo M. Cipolla publicó un librito memorable titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Cipolla analiza la estrategia de los individuos y sus interacciones en la persecución, cada uno, de la mayor satisfacción de su bienestar personal. Con dicho objetivo, Cipolla clasifica a los agentes según cuatro tipologías muy distintas.

Están primero los incautos, el saldo de cuyas acciones acaba siendo involuntariamente favorable a sus interlocutores. Después van los inteligentes, cuyas decisiones arrojan un saldo positivo para ambas partes. En tercer lugar, los malvados. Estas últimas personas anteponen obsesivamente su interés al de los demás, causando casi siempre un perjuicio voluntario e intencionado a quienes se relacionan con ellas. Y, por último, nos encontramos con la categoría quizás más poblada de todas, muy abundante en términos cuantitativos. Es la categoría de los estúpidos. Estos sujetos son los más dañinos de todos, y no sólo por su abundancia relativa. Cipolla formula así su tercera ley fundamental de la estupidez humana (la Ley de Oro de su sistema): “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio”.

Naturalmente, las categorías empleadas por Cipolla no son válidas en términos absolutos. Existe una distribución de las frecuencias de los comportamientos humanos. En ocasiones un individuo actúa de forma inteligente y en otras se comporta como un incauto. Los malvados “perfectos” son relativamente pocos y a veces los resultados de sus actos los sitúan muy cerca del límite de la estupidez pura. La única excepción es la tipología de los estúpidos, en la que apenas se da la distribución de frecuencias. Dicha categoría apenas permite variaciones y el comportamiento de sus integrantes no admite medias ponderadas, con independencia de que sus acciones produzcan perjuicios limitados o daños terribles (incluso a comunidades enteras si la persona en cuestión alcanza un estatus privilegiado de poder). Y todo lo hará el estúpido sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente y a menudo con una sonrisa en los labios.

Según Cipolla, los individuos racionales subestimamos el número de personas estúpidas que circulan por el mundo. Si centramos la cuestión en la esfera del poder político, los partidos y el cuerpo electoral no hallaremos ninguna excepción a la regla general. La democracia ofrece a la fracción muy numerosa de los estúpidos la oportunidad de votar en las elecciones con la intención principal de perjudicar a los rivales experimentados y razonables (y a sus seguidores) sin que los electores fanáticos pretendan obtener beneficios personales a cambio de su voto. Además, estas personas se jactan de introducir a sus “hermanos” en los clubs reservados a los políticos más conspicuos y se vanaglorian de conseguir su expulsión.

Por otra parte, una sociedad en ascenso tiene un porcentaje insólitamente alto de individuos inteligentes que pueden mantener a raya a la fracción de los estúpidos, produciendo para ellos mismos y también para el conjunto de la comunidad las ganancias que hacen progresar a la sociedad. Sin embargo, en un país en decadencia, como relativamente sucede con nosotros en este campo, los estúpidos, aunque no incrementan su número, son más peligrosos que en períodos de estabilidad. En una organización en declive aumentan alarmantemente en todos los ámbitos de poder los individuos malvados con altos porcentajes de estupidez y, al mismo tiempo, en la sociedad civil crecen los incautos. El declive de una nación empuja hacia arriba a los estúpidos y refuerza su poder destructivo, que es capaz de conducir al país a la ruina.

La estupidez es algo parecido a la enfermedad mental. Una persona sana disfruta de un tiempo prolongado de estabilidad y equilibrio, y no pensará que su serenidad puede terminar de manera abrupta. Pero, si por un factor exógeno, esa persona entra repentinamente en un estado de depresión, comprobará que remediar las consecuencias de ese “instante fatídico” le llevará mucho tiempo de sufrimiento, y no es seguro que vuelva a ser el individuo afortunado que fue.

De forma similar, el restablecimiento de la cordura política institucional anterior a la aparición repentina e imprevista de un gobernante estúpido resulta muy difícil. El estúpido (precisamente porque no sabe que lo es) es mucho más peligroso que un malvado. Como dice Cipolla, “se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables acciones, y…se pueden preparar las oportunas defensas”. Por el contrario, la desinhibición de los estúpidos les vuelve casi invencibles. Su comportamiento errático hace imposible prevenir sus acciones y reacciones. Su carácter inescrutable, sus mentiras continuas, sus caprichos contradictorios sobre cualquier asunto relevante para una multitud que se juega mucho en el envite, nos sumarán en un estado de incertidumbre que hará casi imposible la preparación de una defensa adecuada y efectiva de nuestros intereses.

Hemos llegado, pues, al colmo del distanciamiento de los grupos políticos y sus representantes de los intereses del pueblo, lo único que les interesa a nuestros políticos es el poder. Y la tónica prevaleciente, al parecer, es la estupidez en sus muchas modalidades.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

 

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1 COMENTARIO

  1. Excelente articulo! La estulticia nos rodea y nos encamina a la ruina. Los partidos politicos no tienen vocacion patria sino ambicion de poder para alcanzar sus metas . Ademas, la inoperancia de la Fiscalia, Contraloria, la Corte, el TSE.
    Ante tal panorama, no se puede ser optimista.

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