lunes 30, enero 2023
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¿Todos… somos idiotas o somos estúpidos?

Como ya estamos iniciando el año electoral, con miras a las elecciones del 2018, los medios de comunicación se llenan de pseudonoticias y comentarios contrarios al actual gobierno del Partido Acción Ciudadana, con el propósito de fomentar en la ciudadanía la idea de que estos años de gobierno han sido una pérdida de tiempo, no se cumplieron las promesas hechas al pueblo, las obras de infraestructura se detuvieron prácticamente, no se ha tenido un rumbo claro en las políticas públicas, y los males endémicos dejados por partidos políticos que gobernaron anteriormente (eso no lo dicen) no se solucionaron, como es el desbarajuste existente en la Caja Costarricense del Seguro Social.

Al parecer, las instrucciones del candidato del Partido Liberación Nacional, de atacar sin piedad al PAC, como expresó abiertamente ante las cámaras sin darse cuenta de que lo estaban filmando, han calado hondo en todos aquellos medios que se han beneficiado cuando han gobernado los partidos políticos tradicionales, y callaron ante los múltiple e innumerables actos de corrupción que cometieron en su momento, excepto –claro está- en aquellos que fueron llevados ante los tribunales o era imposible ocultar.

José Ovalles, en un artículo de su autoría, señalaba lo siguiente: Vemos que todas las acepciones de la palabra política tienen una relación con lo público y si vamos a la definición de la palabra público esta tiene que ver lo que es para todos los ciudadanos o para la gente en general. Por lo tanto la facultad de hacer política es de todos los ciudadanos; todos somos políticos. La política es una interminable ejecución de tácticas para alcanzar objetivos estratégicos y todos permanentemente estamos trazándonos metas y desarrollando tácticas para llegar al objetivo y todo ello enlazados con hilos invisibles a la sociedad. Nadie se escapa de la actividad política. Del poco interés por lo político nació en la antigua Grecia la palabra idiota que empezó usándose para un ciudadano privado y egoísta que no se ocupaba de los asuntos públicos, o sea de los asuntos políticos.

Partiendo de esa conceptualización podemos reconocer la política como una actividad que nos reafirma como ciudadanos, que nos compromete con el bien público, con el bien común; de allí que ésta tiene que estar impregnada de una ética humanística, de servicio al próximo, al prójimo.

Otra cosa es ser estúpido, que se define como persona que muestra torpeza o falta de entendimiento para comprender las cosas. La palabra estúpido es uno de los términos más populares a la hora de querer expresar que tal o cual individuo se comporta, piensa, o muestra de manera torpe, con necedad y ausencia de inteligencia. Cabe destacarse que esta situación puede darse de modo circunstancial, es decir, desatarse ante un determinado hecho que moviliza a la persona a actuar del modo mencionado, o en su defecto ser una característica de acción regular y habitual en la persona en cuestión.

Y por allí entiendo que sí nos pueden tachar de estúpidos a todos aquellos que nos dejamos influenciar por los medios de comunicación, que obedecen a directrices claramente intencionadas hacia hacernos creer determinadas cosas o de ignorar otras.

En algún lugar leí lo siguiente: en estos tiempos confusos en los que vivimos, en donde la decadencia de los valores es el principal motor de muchas personas, y como no, también de nuestros políticos, sin salvar a ninguno, ni siquiera a los nuevos postulantes en este teatro donde quien todo lo puede no es el ciudadano sino el súper-poder financiero; no acabo de entender a esas legiones de gentes enfrentadas, insultándose todos los días los unos a los otros, siguiendo a tanta mediocridad puesta al frente de los partidos políticos.

Esta es la estupidez humana, un montón de estúpidos y estúpidas, legiones de ellos, aunque no todos, siguiendo a esos grandes mediocres que se nos presenta como “salva patrias”; lo mismo me da sean de la izquierda que de la derecha, y que dudo mucho pretendan algo más que vivir un tiempo de la sopa-boba, y cuya característica principal es hablar mucho y hacer poco, y generar crispación, mucha crispación para que esas legiones se mantengan enfrentadas y entretenidas insultando al contrario, para que de esta manera no hurguen en la trastienda donde todo se cuece.

La política, la religión, las nuevas sensibilidades y la academia tienen su dosis de estupidez vistas desde las leyes planteadas por el historiador italiano Carlo María Cipolla, quien planteó una polémica Teoría sobre la Estupidez.

Estás leyes plantean, en primera instancia, que esta condición se puede definir como una acción deliberada que perjudica a los otros y no beneficia a quien la realiza. En segundo término, es independiente de cualquier condición humana como la educación, el origen socioeconómico, la formación y el comportamiento moral, entre otras. Un tercer postulado asegura que el número de estúpidos es mayor al supuesto. En cuarto lugar, se formula que ellos son más peligrosos que los malvados. Y finalmente, que toda asociación con personas estúpidas terminará mal, ya que debido a su proceder irracional no permite predecir sus acciones.

Frente a la política la estupidez en este caso se concreta en la devoción a la autoridad y el miedo de los ciudadanos a pensar de manera autónoma, esperando encontrar figuras mesiánicas que piensen por ellos.

Este es el soporte de los gobiernos totalitarios tanto de izquierda como de derecha, ya que el hombre contemporáneo tiene miedo a la libertad y ama las cadenas, en una dependencia tal que ha propiciado la complicidad y el sometimiento ante personajes nefastos para historia como Adolfo Hitler y por parte de un pueblo tan ilustrado como el Alemán.

En cuanto a la religión, se puede decir que no es una manifestación de la estupidez profesar un credo; al contrario, además de ser un derecho individual, genera estabilidad, equilibro y cohesión de grupo. La estupidez, en este contexto, se expresa en casos extremos de líderes religiosos que conducen a sus prosélitos a cometer actos de una irracionalidad absurda.

Acerca de las nuevas sensibilidades, las temáticas que conforman la llamada Nueva Era, donde libros y videos de superación personal afirman que cualquier suceso —independientemente de la edad de una persona— subyace a la responsabilidad individual, porque se atrajo mediante el pensamiento, e igualmente que las inequidades del mundo son proyección del pensamiento.

Finalmente, siguiendo la ley que afirma que la estupidez no guarda relación con la educación o el nivel sociocultural, incluso en la academia donde las personas tienen alto coeficiente intelectual es posible encontrar esta característica en términos de la ausencia de debates y discusiones sobre sus producciones, y la crítica es tomada como ataques de orden personal.

Decía Fernando Savater que si la estupidez es mala en todos los estamentos humanos, entre intelectuales alcanza una gravedad especial. Suponer que todos los «intelectuales» son básicamente «inteligentes» es un error muy generoso, fundado quizá en la homofonía de ambas palabras. Por el contrario, el terreno de debate intelectual atrae al estúpido con particular magnetismo, le estimula hasta el frenesí, le proporciona oportunidades especialmente brillantes de ser estentóreamente dañino. Lo más grave es que su imbecilidad habitual pierde el carácter benévolo aunque descarriado que posee por lo común la estupidez (que en el fondo es una perversión alimentada de buenas intenciones) y puede llegar a ser insólitamente malévola o cruel.

Ya Voltaire, en su Diccionario filosófico, había señalado este peligro gremial: «La mayor desgracia del hombre de letras no es quizá ser objeto de la envidia de sus colegas, o víctima de los contubernios, o despreciado por los poderosos de este mundo; lo peor es ser juzgado por tontos. Los tontos llegan a veces muy lejos, sobre todo cuando el fanatismo se une a la inepcia y la inepcia al espíritu de venganza.» El dictamen es importante porque proviene del intelectual anti estúpido por excelencia, quizá el hombre de letras al que menos opiniones desastrosas pueden reprochársele, aquél en cuyo nombre o con la inspiración de cuyas doctrinas es más difícil cometer crímenes. Pero de la estupidez nadie está descartado: los intelectuales la llevan dentro como una enfermedad profesional, es para ellos como la silicosis para los mineros.

Con base en las reflexiones anteriores deberíamos, entonces, analizar nuestra propia postura personal al momento en que se inician los fuegos de artificio de las campañas políticas, que no se han convertido en nada más que eso: la exaltación de un personaje fabricado por los especialistas en comunicación (no importando si ha sido y sigue siendo un delincuente), y unos mensajes vacíos, sin contenido, y llenos de promesas imposibles de cumplir o que no se tiene la intención de cumplir.

¿Soy un idiota, en el sentido de que no me interesan las cosas públicas, y me abstengo de participar en política, hasta el punto de negarle mi voto a cualquier papanatas de los que ponen los partidos como candidatos? ¿O soy un estúpido, que sigo creyendo en la demagogia de los partidos políticos y sus candidatos fabricados de la noche a la mañana?

Quizá  nunca como ahora tendremos la oportunidad los ciudadanos de demostrar que no somos ni lo uno ni lo otro. Que reconocemos que había otra forma de gobernar nuestro país, sin actos de corrupción como los que estábamos acostumbrados a ver en los gobiernos anteriores; ni la impunidad rampante que establecieron esos mismos parridos colocando sus fichas hasta en el Poder Judicial, que por cierto se muestra hoy como un ejemplo de corrupción bastante claro; o que la oposición política se reduce solamente a no permitirle gobernar al gobierno de turno elegido por el pueblo y no en el análisis de alternativas y elaboración de nuevas proposiciones.

Quizá en las próximas elecciones sabremos distinguir la mentira, la calumnia y el odio visceral hacia el adversario, de la postura seria y reflexiva de algún candidato que se salga del molde de caudillo iluminado, o de títere de los poderes ocultos. Todo va a depender de cada uno de nosotros.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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3 COMENTARIOS

  1. No se si sere idiota o estupido,lo que si se es que no quiero a ningun candidato o partido que me oblique a pagar mas impuestos para mantener a Zarela y sus acolitos.

  2. No nos dejemos llevar por el poder mediático como aves de corral al matadero votando por mediocres publicitados. La estupidez ni la idiotez debe prevaler.

  3. Lo que observo es que en la politica abundan todo tipo de mercaderes, en busca de poder politico para alcanzar poder economico. El poder mediatico construye lideres de papel, y, tambien destruye a personas de valor.
    Los pueblos no estan educados para discernir, se recibe demasiada informacion y no se puede procesar. La gente se vende al mejor postor, en general, buscan lo facil. Ausencia de valores o necesidad de sobrevivir?

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