domingo 2, octubre 2022
spot_img

De Ratones y Libros (Of mice and books), 20

Viajes por mi biblioteca, 20

Carmina inveniet iter, ‘el poema encontrará su camino’, tranquilizaba Séneca a los jóvenes vates de la Urbe eterna, allá en el Siglo I de nuestra Era.  El poeta siente la presencia del poema que se ha instalado en su seno, indescifrable al inicio, pero cargado de fuerza y lentamente, no se sabe cómo, las columnas de los versos se van alineando, los sonidos y los vocablos se van situando hasta calzar en el conjunto, y en un cierto momento estalla el mensaje deslumbrante en un todo lleno de música: carmina invenit iter (el poema encontró su camino).

Durante milenios literatos y filósofos han tratado de entender y explicar el proceso creador de la belleza literaria.  Hoy me atrevo a sugerir una distinción entre dos caminos emprendidos para conseguirlo:  el primero fue intentado por Aristóteles en su ‘Poética’  (véase: ‘Obras’; Aguilar, Madrid, 1964, pág. 79 y sigtes.): es lo que podríamos llamar el camino filosófico, que conduce a un cuerpo de definiciones y distinciones. Y es, con algunas variantes, el mismo derrotero seguido siglos después por el poeta latino Quinto Horacio (muerto el año 8 d. C.) en su célebre Epistula ad Pisones: reglas, consejos, una preceptiva para los poetas novatos.

En breve, Horacio recomienda a los poetas latinos adoptar en un todo los patrones establecidos por el ‘arte poético’ de los griegos; esto es, básicamente, Aristóteles; y mil setecientos años después el clásico francés Boileau Despréaux (1636-1711), junto a Racine y La Fontaine, interviene en la célebre Querelle des Anciens et des Modernes reproduciendo los argumentos, recomendaciones y preceptos de Horacio.

El segundo camino es, obviamente, el que suelen seguir los poetas, y consiste en mostrarnos ‘un ars poetica desde la poesía misma’, esto es, echando mano del arsenal propio del oficio poético: similes, metáforas, talante, intuición, imaginación.  En este camino vamos a tropezar con Charles Baudelaire y Paul Verlaine, poetas maudits franceses del Siglo XIX, y con Carles Riba y Jorge Luis Borges, poetas del Siglo XX.

Para Baudelaire, la clave de la poesía se resume en una formula extrema que define el talante poético: ‘paciencia y furor’; dos actitudes aunadas que son el agua y el fuego evitando tocarse, pero alternándose para templar el poema: esperar la maduración del fruto, pero a la vez urgirla, apremiarla.  Por su parte Verlaine, su amigo y rival, escribe un preciso y delicado poema en nueve cuartetos que denomina Art poetique (ver ‘Poèmes Choisis’; Fernand Hazan, Paris, 1950, pág. 214/15), en el que irónicamente exalta, no los preceptos en abstracto que deben regir en poesía, sino los rasgos que él, Verlaine, ha buscado dejar impresos en su extensa obra: musicalidad porque la auténtica poesía canta en cada palabra;  disparidad, asimetrías, porque la regularidad y la homogeneidad perfectas son incompatibles con la poesía; claroscuro, matiz y no color: imágenes veladas, indecisas; rima atenuada, discreta; desenfado, deliberada imprecision.  Es lo que algunos llamaron el ‘impresionismo’ de Verlaine y su Escuela.

De la musique encore et toujours !

Que ton vers soit la chose envolée

Qu’on sent qui fuit d’une âme en allée

Vers d’autres cieux à d’autres amours.

 (Y otra vez la música, la música por siempre,

que tu verso sea un algo exaltado

que se siente huir de un alma en derrota,

hacia otros cielos, hacia otros amores).

El catalán Carles Riba (1893-1959) describe en un verso que forma parte de sus Elegias de Bierville (Adonais, Madrid, 1953, pág. 28) la lucha denodada del poeta por hallar la palabra salvadora, la clave del poema:

Como al azar el buzo en la sombría bóveda marina

Da su vuelo invertido, con la anhelante esperanza

De la gran perla perfecta que le ha de salvar,

Pero seguro solamente de uno y diez nácares triviales,

Me he lanzado ¡oh dioses! a mucha impensada alegría,

Y su caracola más profunda casi nunca me ha transmitido

El eco irisado de vuestra risa feliz que libera;

Y cuánta mortal verdad he explorado, hermanos,

Sin traer de la entraña innombrable la palabra dormida,

¡La palabra incalculable, pura en la espera de los dioses!

¡Aquí están la paciencia y el furor de Baudelaire! El arte del poeta es intentar e intentar incansablemente, hasta conseguir que sea el poema el que encuentre su camino y te arrastre con él.

El asombroso argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), mundialmente conocido por sus ensayos que ya pasaron a ser patrimonio de la Humanidad, fue ante todo y sobre todo un gran poeta, a quien asimismo le prendió un día el deseo de escribir su propio y personal ‘arte poético’, a su particularísima manera, para guiñar un ojo a Horacio, a Verlaine, a Neruda, sus viejos compinches.  Lo transcribo a continuación:

Mirar el río hecho de tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

 

Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche, que se llama sueño.

 

Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor y un símbolo

 

ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.

 

A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.

 

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al divisar su Itaca

verde y humilde. El arte es esa Itaca

de verde eternidad, no de prodigios.

 

También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.

Sigue…

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

Más noticias

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias