domingo 2, octubre 2022
spot_img

De Ratones y Libros (Of mice and books), 21

Viajes por mi biblioteca, 21

En estos días me visitó el Director de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica, Profesor Fernando Zeledón Torres, con motivo de la próxima celebración del quincuagésimo aniversario de la fundación de aquella unidad académica. Porque resulta que a este ratón le cupo la suerte y el honor de ser uno de sus fundadores; y además, él y su primo Rodrigo Madrigal Montealegre, son hoy los únicos sobrevivientes de la Comisión nombrada con aquel propósito.

Creo que la razón básica para que me incluyeran en dicha Comisión, integrada por un grupo ciertamente muy selecto de personas (el padre Benjamín Núñez, ministro, embajador, diputado, que después sería Rector-fundador de la Universidad Nacional; Carlos José Gutiérrez y Alfonso Carro Zúñiga, ambos distinguidos profesores de la Facultad de Derecho, Diputados y varias veces Ministros de Estado; Rodrigo Fournier Guevara, periodista, abogado, profesor universitario, Gerente General de la Caja Costarricense de Seguro Social; Manuel Formoso Herrera, periodista de prestigio, escritor, profesor laureado en la Complutense, Rodrigo Madrigal, catedrático, brillante columnista, laureado en La Sorbona) fue que yo por entonces enseñaba una asignatura llamada Teoría del Estado, que era (y si no me equivoco, sigue siendo) la única materia estrictamente política de toda la Carrera de Derecho.

En mis tiempos de estudiante, años cincuenta, en el plan de estudios de la Facultad todavía no figuraba la Teoría del Estado (fue Alfonso Carro quien la introdujo, cuando regresó de España). En mi caso, resultó que un buen día la conocí de nombre, al llamar mi atención el hecho de que en un escaparate de la Librería Latina persistía un grueso libro empastado en color rojo llamado ‘Teoria General del Estado’, cuyo autor es Georg Jellinek. El libro había sido traducido al español y prologado por el malogrado jurista y politico republicano don Fernando de los Ríos (Albatros, Buenos Aires, 1954); y de tanto verlo allí, me fue entrando la curiosidad de saber en qué consiste aquella teoría: qué cosas se decía ahi dentro acerca del Estado; y lo compré.

Así, leyendo al prologuista de los Ríos y al autor Jellinek, ingresé por la puerta ancha en el proceloso mundo de la Ciencia y la Filosofía Políticas, y de la Doctrina del Estado. Por un tiempo leí y consulté otros libros (las Teorías Generales del Estado de Carré de Malberg y de Fischbach, el Estado Moderno de Harold Lasky, etc.), y de cada inmersión regresaba con nuevas dudas y reservas. El Estado ¿es una ficción o tiene efectiva existencia? ¿es un ente material o inmaterial? ¿cuáles son las relaciones entre ciudadano, sociedad y Estado? ¿Qué es la realidad social? ¿qué es el poder? ¿cuál es la relación entre el derecho y el poder?  Hasta que por indicación de Alfonso Carro leí la Teoría del Estado de Hermann Heller, que él había adoptado como principal texto-base de su curso en la Facultad.

Hermann Heller (1891-1933) fue un brillante jurista, filosofo y politólogo alemán de origen austriaco que desde muy joven se destacó tanto en el plano academico (Universidades de Kiel, Leipzig, Berlin) como en el plano politico militante, donde desde el Partido Socialista combatió sin tregua el ascenso de Hitler y sus secuaces. Lo anterior dio lugar a un doble resultado: que en el plano científico Heller nos dejara obras de gran valor científico como, entre otras, ‘La Soberanía’ y ‘Teoría del Estado’ (publicadas después de su muerte); y en el plano práctico su antifascismo le acarreara la persecución hitleriana y la muerte por infarto a los 42 años de edad.

Mis lecturas previas en la materia (Jellinek, Fischbach, etc.) me ayudaron a entender mejor a Heller, pero también a apreciar la distancia que éste marcaba con su excepcional rigor y con su erudición exhaustiva. Con Heller adquirí una aguda conciencia acerca de la enorme dificultad de explicar científicamente la trama de la realidad socio-política que nos rodea; y me hice el propósito de conocer con la mayor profundidad posible la teoría sociológica que había empezado en el Siglo XIX con los aportes de Comte y de Marx, y se había desarrollado en las obras de Emile Durkheim, G. H. Meade, Max Weber y sus seguidores a todo lo largo del Siglo XX.

Desde entonces transcurrieron muchos años y pasaron muchas cosas. Entre 1979 y 1987 residí en Nicaragua con el ilusionado propósito de ayudar a la transformación del sistema judicial de dicho País, en consonancia con los valores proclamados por la Revolución Sandinista. Allí, en los días que  siguieron a la derrota y huida de los Somoza,  presencié una de las situaciones más emocionantes de mi vida: la alegría desbordante de un pueblo que hasta entonces había sido tratado peor que un hato de bestias, y estaba en esos momentos comprendiendo, con sorpresa y maravilla, que con su lucha y su sangre había conseguido la derrota de aquello que toda la vida había creído invencible, omnipotente.

Esa y otras no muy afortunadas experiencias vitales, sumadas a la lectura y meditación de tantos buenos libros, han reforzado mi convicción atea de que para un ser humano no puede haber nada más sagrado que otro ser humano; y que en ese sentido, la Política (pueden reír los cínicos) tiene la vocación de ser la más noble de las tareas de la Humanidad.

Sigue.

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

Más noticias

2 COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias