domingo 28, noviembre 2021
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De Ratones y Libros (Of mice and books), 22

Viajes por mi biblioteca, 22

En 1970 el ratón que les habla estuvo de beca en Buenos Aires, Argentina, cursando un postgrado y saciando, como de pasada, su voraz apetito libresco.  Y en este punto declaro solemnemente que no he conocido otra ciudad que concentrara tal cantidad de libros en su atmósfera como la Buenos Aires de entonces.

Además, las grandes ciudades tienen siempre mucho que ofrecer al visitante; pero en aquellas fechas que digo la capital de la República Argentina ofrecía al intelectual foráneo la posibilidad de conocer en persona a dos leyendas vivientes: Jorge Luis Borges (1898-1986) y Ernesto Sábato (1911-2011).

A un Borges apenas cincuentón, Ernesto Sábato le había escrito lo siguiente:

‘…A usted, Borges, heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla rara de Asia Menor y Palermo, de Chesterton y Carriego, de Kafka y Martín Fierro; a usted, Borges, lo veo ante todo como un gran poeta.  Y luego así: arbitrario, genial, tierno, relojero, débil, grande, triunfante, arriesgado, temeroso, fracasado, magnífico, infeliz, limitado, infantil e inmortal.’

(Uno y el Universo; Sudamericana, Buenos Aires, 1945; voz ‘Borges’)

A Sábato pude estrecharle la mano en la puerta de un teatro en Buenos Aires, a la salida del estreno del ‘Romance de la Muerte de Juan Lavalle’, escrito y leído por él con música compuesta e interpretada por el genial folclorista Eduardo Falú.  De Sábato (que vivió cien años y había sido físico atómico antes de dedicarse a la literatura) leí en edad temprana su novela ‘El Túnel’, y sus dos libros de ensayos: ‘Uno y el Universo’ y ‘Hombres y Engranajes’; y poco tiempo antes de viajar a Buenos Aires leí también su fundamental ‘De Héroes y Tumbas’.

En cuanto a Borges, creo que a Borges podia abordarlo cualquiera. Veamos:

La Biblioteca Nacional ocupaba entonces en Buenos Aires un grande y bello edificio neoclásico situado en la avenida México; y allí me presenté un día preguntando por su director, un tal Jorge Luis Borges.  El portero me hizo pasar a una antesala y, transcurridos unos cinco minutos, ya estaba este ratón sentado en la gran oficina, haciéndose chiquitito frente a un sonriente y educadísimo Borges que de inmediato mostró pertenecer, también él, a la egregia orden de los roedores de libros.

Leopoldo Lugones. Redes

No tengo que decir que me encontraba en la gloria escuchando discurrir aquella voz cascada que respondía jovialmente a mis preguntas, referidas con frecuencia a autores poco conocidos entre nosotros, como Carriego, Groussac o Lugones. Y a propósito de Leopoldo Lugones, poeta famoso por su sarcasmo, Borges me contó una anécdota que, evidentemente, le complacía mucho: Lugones, poeta consagrado, recibe a dos jóvenes que por largo rato le hacen escuchar la lectura de sus primicias literarias. En un cierto momento uno de ellos cita el nombre de Enrique Larreta; y entonces Lugones lo interrunpe y exclama:  “¡Aahh! ahora ¿vamos a hablar de literatura?”

Aparte de su contenido jocoso, la anécdota nos revela, como de pasada, cuánto estimaba el hipercrítico Lugones la obra de Enrique Larreta, paradigma, según él, de la buena literatura;  y la satisfacción con la que Borges la contaba me hizo entender a mí que también éste apreciaba dicha obra. Pero ¿quién es este señor llamado Larreta?

El opulento y aristocrático rioplatense Enrique Rodríguez Larreta (1875-1961), abogado, diplomático, profesor, ensayista, poeta, novelista, gran viajero, es conocido sobre todo por su novela histórica “La Gloria de don Ramiro. Una vida en tiempos de Felipe II” (Espasa-Calpe, Madrid, 1964).

Publicada en 1908, escrita con depurada elegancia en un castellano arcaizante, elogiada por Rubén Darío, rápidamente traducida a todos los idiomas occidentales, ‘La Gloria de Don Ramiro’ es un trozo de Historia de España salido de la pluma de un suramericano talentoso y refinadísimo, pero nostálgicamente identificado con ideales del pasado español (patriarcado, honor familiar, exclusividad de la fe católica, dominio imperial) que hoy sólo un puñado de energúmenos se atrevería a defender.

Creo que podemos decirlo: hoy día Larreta es un escritor olvidado en América y España; como lo es también el propio Lugones, mucho más famoso que él; y esa condición la comparten con cientos o quizás miles de escritores de todas las épocas y lugares. Para esto no se toma en cuenta a los eruditos que estudian su obra con diversos propósitos, ni a los alumnus de las muchas o pocas escuelas y colegios que llevan su nombre en Argentina. Pero esa condición de ‘olvidado’ no es inexorable: generaciones futuras, con nuevos criterios, podrían revalorar su obra y colocarla entre “los inmortales”.  ¿Cómo saberlo?

Hagamos una prueba, aunque sea de alcances modestos: comparemos un soneto de Larreta (escribió 88) con uno de Borges sobre el mismo tema:  el enigma del ser humano:

Larreta:  El hombre

Ser flecha, y ser a un tiempo la mirada

que la sigue en los aires. Intelecto

que se busca en la fuente alucinada

del joven dios efímero y perfecto.

 

¿Por qué llorar los años, o la nada

de la noche mortal? Causa y efecto,

todo es espíritu.  No pierde cada

vida sino el fantasma de su aspecto.

 

¿Y qué más que ese instante de conciencia?

¿Ver alegre en sus ondas el terror

de las algas, las horas como peces?

 

¿Qué más que la casual fosforescencia

de aquella chispa azul; y aquel ardor

y aquel pensar y aquel amar, a veces?

 

Borges:  Los enigmas 

Yo que soy el que ahora está cantando

seré mañana el misterioso, el muerto,

el morador de un mágico y desierto

Orbe sin antes ni después, ni cuándo.

 

Así afirma la mística. Me creo

indigno del Infierno o de la Gloria,

pero nada predigo. Nuestra historia

cambia como las formas de Proteo.

 

Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor sera mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta Aventura

 

La curiosa experiencia de la muerte?

Quiero beber su cristalino Olvido,

ser para siempre, pero no haber sido.

¿Qué les parece?

(Sigue)

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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