viernes 3, diciembre 2021
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Ars combinatoria

“Cuando acabe este verso que canto, yo no sé, yo no sé, madre mía, si me espera la paz o el espanto, si el ahora, o si el todavía. Pues las causas me andan cercando: cotidianas, invisibles. Y el azar se me viene enredando: poderoso, invencible”. Silvio Rodríguez.

Robert Musil en su refinadísima e inconclusa novela: El hombre sin atributos (Seix Barral, Barcelona, 2006) dice, a través del protagonista, que cuando él era niño tuvo que escribir una redacción cuyo tema era un pensamiento patriótico:

“…y Ulrich, en su composición sobre el amor patrio, escribió que un patriota verdadero nunca debe considerar su patria como la mejor del mundo; …iluminado por una idea que le pareció genial…había añadido a esta sospechosa frase una segunda parte; en ella afirmaba que probablemente también Dios hubiera preferido hablar de su mundo en subjuntivo potencial (hic dixerit quispiam…) porque Dios crea el mundo y piensa simultáneamente que bien podría haber sido de otra manera”.

Para Musil, los habitantes de un país tienen por lo menos nueve caracteres: consciente, inconsciente, sexual, geográfico, de clase, estatal (…o provincial, diríamos en Costa Rica), nacional, profesional; y, el noveno, sería un carácter privado que une a todos los demás en sí mismo, pero que  los otros caracteres  a su vez  descomponen, por lo que bien podría ser visto como “una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más”. Por eso, agrega Musil, cada habitante de la tierra también tiene un décimo carácter que él define como “la fantasía pasiva de espacios vacíos” que le permite al ser humano todo, excepto una cosa “tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece en ellos; o sea,  en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar”.

En lo personal, estimo que ese décimo carácter que ‘prohíbe precisamente aquello que lo podría llenar’ es el que nos permite cultivar lo que, en otro collage de citas, llamé El encanto de la ironía (Publicado en Elpais.cr). Encanto que, por lo demás, otorga la posibilidad de ver la realidad en perspectiva y encontrar las verdades relativas detrás única verdad aparente que se nos pretenda imponer. Pero esa es otra historia que dejo hasta aquí, para volver a la novela de Musil, donde leemos que ese décimo carácter adquiere en cada país colores y formas distintos “…y es en una y otra parte el mismo espacio vacío e invisible en cuyo interior está la realidad, como una pequeña ciudad de piedra de un juego de construcciones infantil, abandonada a la fantasía”.

Tomando en consideración las ideas expuestas en El hombre sin atributos, me pregunté: ¿qué formas y colores adquiere el décimo carácter en este lugar del Mundo que llamamos Costa Rica?; ¿cómo describirle a alguien que nació y vive en otro país –o incluso aquí mismo, pero en un futuro lejano–, cuáles han sido las formas, colores, sabores, giros del lenguaje, gestos, piropos, insultos y todo cuanto intenta llenar ese espacio vacío e invisible en cuyo interior esta la realidad costarricense, del último medio siglo, como si fuera ‘un pequeño juego infantil de construcciones’?.

Una manera de describir  esos colores, formas y sabores es a través de la Literatura.  Por eso, sin  más preámbulos, paso a relacionar  algunos libros y autores que, desde mi punto de vista, se complementan en esto de tratar de identificar los diez caracteres de los que habla Robert Musil; pero, esta vez, referidos al ser costarricense.

Inicio con un libro serio –pero no aburrido– que, además, me encanta, no por chauvinismo, sino, porque está escrito con sensibilidad y aguda observación. ¿Su autor? Nada menos que Constantino Láscaris Comneno (1923-1979), filósofo europeo que llegó a este país centroamericano para quedarse, y dejó una huella tan profunda en Costa Rica que la Asamblea Legislativa lo declaró Benemérito de la Patria.

En el prólogo a su libro: El costarricense (Editorial Universitaria Centroamericana, Costa Rica, 1989), cuenta que llegó al país casi al azar, contratado como profesor por la Universidad de Costa Rica. Más adelante, narra que durante los primeros tres años hizo amigos, viajó mucho y el país le gustó. Luego, aclara:

“Mejor dicho, me sentí a gusto…como soy pequeño, flaco y débil, soy fanático del respeto físico a la persona humana…Amo la convivencia. Y seguí viviendo en Costa Rica. Mi oficio era, y es, hablar, y los estudiantes costarricenses me soportaron…Y cuando llevaba trece años viviendo en el país, solicité mi naturalización, pues me dí cuenta de que incluso a mi se me olvidaba ya que era extranjero”.

Constantino Láscaris Comeno (1923-1979). Redes

Así, este irónico por excelencia, cual Sócrates ‘tropicalizado’, a través de su mirada sensible, nos regaló ese bello y divertido libro en el que aborda la identidad del ser costarricense. Láscaris señala que se siente preparado para hablar de los y las  costarricenses porque ser extranjero le ha dado la perspectiva para poder apreciar lo cotidiano; y, agrega:

“Es un hecho bien sabido que lo que uno ve todos los días, no lo ve. Está integrado en el mundo circundante, sin perspectiva. Para ver es necesario extrañarse. En las páginas que siguen va el resultado de mi extrañeza”.

Así, es desde su extrañeza que el filósofo nos describe las coordenadas del ser costarricense, pasando revista por temas que anuncia con términos de uso común en este país; por ejemplo: la conversona, el vacilón, el fisgonear, el chirotear, el choteo, agarrar de chancho, el léxico de la fiesta, el chineo; sin dejar de lado la comedera y la bebedera, así como  ese capítulo dedicado a  los creyenceros –en el que incluye las religiones, pasando por el paganismo, las brujitas, los ‘espantos’ los milagreros–. Además, analiza el folklore y hasta la superestructura de la mal llamada Suiza Centroamericana; pues, como dice Láscaris: Costa Rica y ese país europeo “se parecen en ser diferentes”.

Ese libro de Láscaris, cuyas relecturas tanto disfruto, es el que deseo relacionar con algunas obras literarias que me fueron muy bien recomendadas por dos excelentes lectores: Pablo Salazar Carvajal y Walter Antillón Montealegre. Me refiero a la novelas del autor costarricense Rodolfo Arias Formoso (1956). Al adentrarme en sus narraciones, sentí el inmediato palpitar de las formas, colores y sabores que toman en Costa Rica los diez caracteres apuntados por Robert Musil. Además, observé representados la mayoría de los temas referidos por Láscaris en El costarricense.

En distintos pasajes de las novelas de Arias Formoso, que citaré a continuación, vi clarísimos ejemplos de:  la conversona, el vacilón, el fisgonear, el chirotear, el choteo, agarrar de chancho, el léxico de la fiesta, el chineo, la comedera, la bebedera, los creyenceros, y otros aspectos muy ‘ticos’.Además, con gran detalle, encontré dibujadas situaciones que parecen absurdas, pero que logran explicarse gracias a las causas y azares de la vida… ¿o será mejor decir que esos absurdos se explican gracias a las matemáticas?.

Lo que pasa es que Rodolfo Arias, además de escritor, es informático de profesión, estadístico, ajedrecista y quién sabe cuántas cosas más. La lectura de sus novelas, en mi criterio, deja patente su amor por las matemáticas, lo que me lleva de nuevo a El hombre sin atributos, porque siento que de Rodolfo Arias se podría decir algo parecido a lo que afirma Robert Musil cuando describe a su protagonista con estas palabras

“De Ulrich, en cambio, se podía asegurar una cosa con certeza, que amaba las matemáticas en consideración a aquellos que no la podían ni ver. Estaba enamorado de la ciencia por motivos más humanos que científicos. Veía que ella, en todo cuando creía de su competencia, discurría de distinto modo que los hombres vulgares. Si se pudiera reemplazar opinión científica por concepto de la vida, hipótesis por tentativa, y verdad por hecho, la obra de un buen físico o matemático superaría en intrepidez y fuerza revolucionaria a las mayores proezas de la historia… En la ciencia todo se desarrolla vigoroso, obvio y estupendo como en un cuento de hadas…”

O como en una novela de Rodolfo Arias…¡y no porque sus argumentos sean cuentos de hadas!, sino, más bien, porque este discurrir de “la casualidad, el azar, y los hermanos de ellas, llámense la fugacidad, lo accidental, lo pasajero” –a las que se refiere uno de los personajes de Arias Formoso– bien podrían explicarse matemáticamente y ese es, en mi criterio, el eterno y grácil bucle que une ‘las causas y azares’ en las narraciones de Rodolfo Arias.

En sus novelas observamos, como a través de un caleidoscopio, las diferentes combinaciones que su arte de escritor va tejiendo para mostrar matices, colores y sabores de un ser: el ser costarricense de las últimas cinco décadas. Personajes de todas las edades van moviéndose en medio de esas circunstancias que aparentan ser tejidas por la casualidad y el azar, por lo accidental y  pasajero, pero que, de hecho, en el entramado de la obra literaria, se van generando, con precisión matemática para confluir – poderosos y ahora visibles– en un momento dado de la trama…porque en las obras de Rodolfo Arias nada sucede por casualidad…por más absurdo que parezca, todo fluye con precisión matemática, como si de una pieza musical se tratara.

De hecho, en su novela “Guirnaldas (bajo tierra)”, (Editorial Lanzallamas, San José, 2013), una de las protagonistas expresa que leyó sobre el pensamiento del gran matemático Leibnitz para quien: “Oír música es placentero, porque uno está contando, sin saber que lo está haciendo”, y añade:

“Pues yo hago el recíproco de ese pensamiento: el placer de la matemática es el de hacer música con las cantidades, los tamaños, las formas. La matemática es el reino de la perfección, es un país donde todas las cosas se portan bien…”

Más adelante, retoma lo que decía Leibnitz sobre oír música, que es contar sin darse cuenta “… y piensa en la genialidad del ensayo de Douglas Hofstadter cuando armó ese trípode asentado sobre Bach, Escher y Göedel: la música es absolutamente recursiva porque es en tiempo real, cada nota depende de que la anterior también haya sido, la música es música hecha de música…”

Me parece bastante claro que  Rodolfo Arias pone en práctica, en su mundo literario, eso que Gottfried  Leibnitz llamó: ‘ars combinatoria’, inspirado en el ‘ars magna’ de Ramón Lull. Por eso, en mi criterio, resulta oportunísimo que uno de los epígrafes que adornan Guirnaldas (bajo tierra), sea precisamente aquel verso de Jorge Luis Borges, que dice: “Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas” (El otro poema de los dones), porque la trama de esta novela se va tejiendo de manera subterránea ‘poderosa e invisible’ hasta que surge, en toda su magnitud, mostrando las relaciones de interdependencia, como suele suceder en la realidad de nuestra vida cotidiana.

Aprovecho este contexto para agradecer al ‘divino laberinto’ que puso en mis manos el hermoso comentario escrito por Pablo Salazar Carvajal. De su texto rescato lo siguiente:

“Cada página de Rodolfo rezuma ‘Costa Rica’. Con gran sentido de observación, el autor nos pasea por espíritus y sitios tan nacionales, que ser costarricense y no identificarse de inmediato, es casi una grosería. Por supuesto que el drama o la comedia que se mueve en el alma de los personajes, son universales; pero la comprensión cabal del texto, se circunscribe a nuestra patria. En general en una buena obra confluyen la risa y el espanto. Esto lo encontramos en ‘Guirnaldas’. Esta novela contiene tantos elementos para pasarla inteligentemente bien, que enumerarlos es una tarea que llevaría un tiempo similar a leerla. Digamos, eso sí, que se agradecen los oportunos juegos de palabras; las afirmaciones que son pequeños poemas de amor (Entre paréntesis, le dice un enamorado a la desconocida que amará, y lo amará, por el resto de su vida: ‘Vos tenés los ojos color de mi niñez’); y también está el retrato de tanto compatriota que uno ve por ahí…a veces hasta en el espejo” [Texto inédito, leído por su autor Pablo Salazar Carvajal, el 30 de Agosto del 2013; en la Feria Internacional del Libro, San José, C.R.]

No sé de dónde le sale a Rodolfo Arias tanta sensibilidad y buen tino para pintar los distintos tipos de carácter a los que Robert Musil se refiere en El hombre sin atributos. Buscando una explicación, entre muchas, me entero que los torneos internacionales de ajedrez; el trabajo de  consultor internacional en Informática; su premiada obra literaria y otras actividades en el campo de la docencia, le han brindado a este autor la oportunidad de viajar por distintos lugares del Mundo.  Parafraseando a Láscaris me pregunto ¿Son sus  experiencias fuera de Costa Rica lo que han permitido a este escritor ampliar su innata capacidad de observación y plasmar en su Literatura eso que de tan cotidiano deja de extrañar; o sea, lo que ya no vemos como extraordinario, diferenciador y característico de un lugar específico?  Eso tampoco lo sé. Lo que sí sé, es que las obras de este autor recogen con enorme agudeza, sensibilidad e imaginación, la forma y los colores que adquiere del ser costarricense desde los años setenta del siglo pasado hasta el presente.

Las narraciones de Rodolfo Arias son pinturas al fresco realizadas con palabras tan ‘ticas’ que, para decirlo con Pablo Salazar, se convierten en espejos donde reflejarnos y  hacer catarsis ‘entre la risa y el espanto’ por todo lo bueno, lo malo, lo feo; pero también, por todo lo bello que encontramos en esa imagen de la realidad que nos ofrece el artista. Al menos, eso me sucedió en mi condición de lectora que nació y vive en este lugar del Mundo. Al punto de que, luego de disfrutar varias de las obras y artículos del autor, me queda la impresión de que su ‘ars combinatoria’ de alguna manera le ha permitido cumplir con la misma expectativa que se planteó Constantino Láscaris cuando escribió:

“Pretendo describir el costarricense, y no uno o varios costarricenses. Y como el costarricense solo se da en los costarricenses, daré la imagen del costarricense que he abstraído desde los costarricenses que he conocido. Es decir, he generalizado conductas particulares cuando me ha parecido que responden a modos colectivos de conducirse”.

Pensando en esa pretensión de describir los ‘modos colectivos de conducirse’ del costarricense, mi mente vuela hacia la primera novela de Rodolfo Arias: El Emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios (Editorial Universitaria Centroamericana, San José, 1991; disponible también en  edición electrónica de la Editorial Costa Rica, San José, 2013). Esa obra, de extravagante título,inicia con la ácida y más que irónica frase de Julio Cortázar: “¡Qué risa…todos lloraban!”.

Epígrafe que calza muy bien en la trama, entre otras razones, porque sus personajes encuentran que cualquier excusa es buena para “enfiestarse”…¿y por qué no?, después de todo “la fiesta” es, en Costa Rica, la tabla de salvación frente a la impotencia y la frustración ante las causas y azares de esa vida a la que, a pesar de todos los avatares, se aferran Tertuliano y esa legión de superlimpios, que tanto saben de impotencia, frustración y desencanto… pero también de fiestas y nuevos encantamientos.

Algo parecido me sucedió con la lectura de Vamos para Panamá (Ediciones Perro Azul, San José, 2000), novela  escrita mediante la técnica del flujo de la conciencia, al igual que aquella impresionante obra de William Faulkner titulada Mientras agonizo. Sin embargo, mientras la de Faulkner nos lleva a un viaje familiar lúgubre, con el cuerpo de una difunta a cuestas, en: Vamos para Panamá, observamos a una familia costarricense de clase media que emprende un alegre paseo al país vecino. Plenos de ilusiones, en medio de la hermosa expectativa que ofrece el viaje, estos personajes  enfrentan su pequeño gran drama familiar y encuentran circunstancias que resultan muy absurdas. Entretanto, quienes leemos vamos comprendiendo la trama que tejen: “la casualidad, el azar, y los hermanos de ellas, llámense la fugacidad, lo accidental, lo pasajero”.

Las situaciones absurdas que se dan en esta novela, de alguna manera, se anuncian en su paradójico epígrafe: “La vida si que es la muerte”, frase célebre de Miguel Abarca, uno de los entrañables protagonistas, quien, dentro de la trama, nos dice que desde la niñez se nos entrena para que tengamos preferencia por las cosas lógicas, mientras que sólo poseemos la risa para responder a todo lo que nos resulta absurdo; y, amplía:

“Pero tiene que ser un absurdo inofensivo, de otro modo uno se asusta todo, tiembla, y responde con más absurdo todavía. Yo ni me río ni respondo ni nada. Sólo lo disfruto en silencio… Es absurdo, todo es absurdo, pero no lo puedo tragar, esta vez no.”

Mientras observaba al ‘tico’ Miguel Abarca, tratando de superar el absurdo del momento (porque no es verdad que no  se lo pueda tragar esta vez, él sigue luchando sin rendirse, a pesar de las absurdas circunstancias), recordé las reflexiones de Albert Camus en El mito de Sísifo (Losada, Buenos Aires, 1979), ese profundo ensayo sobre el absurdo, donde leemos:

“Todas estas vidas mantenidas en el aire avaro de lo absurdo no podrían sostenerse sin algún pensamiento profundo y constante que las anime con su fuerza. También en esto sólo puede tratarse de un singular sentimiento de fidelidad. Se ha visto a hombres conscientes cumplir su tarea en medio de las guerras más estúpidas sin creerse en contradicción. Es que se trataba de no eludir nada. Constituye así un honor metafísico defender la absurdidad del mundo. La conquista o el juego, el amor innumerable, la rebelión absurda, son homenajes que el hombre tributa a su dignidad en una campaña en que está vencido de antemano […] No se niega la guerra. Hay que morir o vivir de ella. Lo mismo sucede con lo absurdo: se trata de respirar con él, de reconocer sus lecciones y de volver a encontrar su carne. A este respecto, el goce absurdo por excelencia es la creación. ‘El arte y nada más que el arte –dice Nietzsche–. Tenemos el arte para no morir de la verdad”.

Esa cita me provoca una suerte de fascinación. Quizá por la forma descarnada con la que Camus nos habla del absurdo.También porque, desde mi punto de vista, la creación artística es una maravillosa forma, si no de superar, al menos de enfrentar con conciencia, dignidad, y hasta con gozo, ese mismo absurdo. Sabiendo que, a pesar del absurdo, seguimos creando y sintiéndonos como Sísifo  entre  ese momento en que deposita la piedra en la cúspide de la montaña; y, aquel otro, en el que baja para volver a subir la misma piedra. Ahí, en medio –nos dice Camus–, hay un espacio para la conciencia y la dignidad.

En mi criterio, esa conciencia y dignidad, a pesar del absurdo, quedan muy bien dibujadas en las novelas de Rodolfo Arias. Pienso en Miguel Abarca y su familia; en el Emperador Tertuliano y su legión de  superlimpios; así como en varios personajes femeninos y masculinos de Guirnaldas (bajo tierra).

Ya está dicho que en las novelas de Arias Formoso encontré muy bien reflejadas muchas características del ser costarricense apuntadas por Constantino Láscaris. Sin embargo, por razones de espacio, citaré dos.

La primera, que se aprecia en distintos pasajes literarios, es lo que Láscaris llama: La habladera mal criada. Como bien acota el filósofo, en este país se trata de una forma de hablar inter-sexual. No obedece a clases sociales, sexos o  edades, tal y como lo observamos reflejado en las novelas de Arias Formoso, quien plasmó esa realidad sin cortapisas. En cambio, veamos lo que le sucedió al filósofo cuando enfrentó la escritura del tema. Dice Láscaris:

“Este capítulo es el más difícil de escribir de todo este libro. No porque la documentación sea difícil, pues es abundante, de muy frecuente uso y reiterativa, sino porque no suele estar dada en forma escrita. Se me hace difícil el poder dar citas textuales, ya que la prensa prohíbe radicalmente toda palabra malcriada”.

De hecho, comenta que hizo la prueba con un artículo en el que aparecía la palabra folklórica ‘hijueputa’, y no sólo le censuraron la palabra en el periódico sino que, además ¡el artículo apareció sin indicar ni siquiera las iniciales de la palabra censurada! Y, agrega:

“Además los escritores folkloristas (Magón, Aquileo, García Monge, Agüero, etc) son los escritores más puritanos. Según sus escritos, el campesino costarricense ganaría la palma de ‘bien hablado’. Pero ¿es eso cierto? Claro que no. El costarricense, campesino o urbano, se entronca con la tradición española del Siglo de Oro, y es bien sabido que los españoles del Siglo de Oro eran malcriados, desde los campesinos hasta Cervantes, desde los cortesanos hasta Quevedo, desde los burgueses de fuero franco hasta Lope, desde el clero hasta Góngora”.

Me alegra comprobar que Rodolfo Arias no cayó en la trampa de la censura. El lenguaje de sus personajes es de lo más oportuno y sus palabrotas tan bien puestas como estarían en la boca de cualquier costarricense de carne y hueso, sin distingo de clases sociales, sexos o  edades.

La segunda característica que deseo relacionar, con la obra de Arias Formoso, son las soluciones ‘a la tica’. Láscaris las explica así:

“…’A la tica’ viendo el panorama del Caribe y de Centroamérica, quiere decir sin arrebatos. Evita por igual la matazón y el abandono. ‘A la tica’ será un regateo permanente. Será también ir un poco a remolque de los problemas colectivos para planteárselos como problemas. Desconfiado, calculador, astuto, el tico no puede olvidar que es ‘buena gente’, y termina actuando a la tica”.

Por supuesto que encontré muchas ‘soluciones a la tica’ en El Emperador Tertuliano y la legión de los Superlimpios; en el viaje a Panamá, de la familia Abarca; y, entre los personajes de Guirnaldas (bajo tierra). Pero no voy a entrar en detalles al respecto porque para eso están las novelas que, imagino, vas a leer.  Además, porque este collage no pretende un análisis pormenorizado de las obras citadas sino, más bien, aprovechar la ocasión para hablar de libros, autores y temas que se complementan. Por ello, termino mencionando un  libro en el que participó Rodolfo Arias, pero en su calidad de compilador y prologuista: Retrato de Joaquín Gutiérrez (Editorial de la Universidad de Costa Rica, San José, primera reimpresión 2003). Colabora, también en calidad de compiladora, doña  Elena George Nascimento.

En ese libro, bellamente editado, descubrimos las distintas facetas de don Joaquín Gutiérrez: escritor, campeón de ajedrez, traductor de Shakespeare, comunista, profesor universitario en talleres de Literatura, periodista y un largo etcétera. Además, podemos disfrutar de abundantes fotografías, cartas y recuerdos de toda una generación: la de don Joaquín, y su esposa, doña Elena.

Fue también en ese hermoso libro donde encontré la cita precisa con la que deseo finalizar este collage. La tomo del texto que lleva por título: Al maestro con cariño, escrito por el mismo Rodolfo Arias. Como verás a continuación, se trata de unas sentidas palabras que expresan el profundo agradecimiento del discípulo al maestro, y el gran dolor de no estar cerca en el momento de su partida. Pero, ¿qué le vamos a hacer? así son “la casualidad, el azar, y los hermanos de ellas, llámense la fugacidad, lo accidental, lo pasajero”; el discípulo se encontraba fuera de Costa Rica –impartiendo unas conferencias en la Universidad de Nashville, Tennessee–. Por eso, desde insuperable distancia, Rodolfo Arias escribió:

Joaquín Gutiérrez Mangel (Limón, 30 de marzo de 1918 – 16 de octubre de 2000, San José). Redes

“No es un consuelo, por supuesto, pero el hecho de que su muerte me encontrara fuera del país es consecuencia de algo que don Joaquín, como nadie, me enseñó: retar el destino, abrir las puertas, tirarse en todos los toboganes, recorrer el mundo. Aunque luego nos pase como a él, que en una de las últimas veces que lo ví, viejo y cansado en el sillón de su sala, exclamó de pronto: ¡Ay viejo, la vida…me la bebí de un sorbo!”

En este punto preciso es donde confluyen mis propias causas y azares. Porque hago mía la cita anterior para dedicársela a mi primer maestro. Sí, al  maestro Juan Luis Arias Arias (1941-2011), a quien en vida nunca agradecí lo suficiente todo lo que representó en mi formación humanista. Al jurista doctorado en Francia, al hombre cosmopolita. Al gran comentador de películas, lector inveterado y amante de la música clásica. Al docto civilista, para quien la excepción de prescripción no podía oponerse a los afectos. Al que tantas veces escuché repetir aquello de: “el cariño no prescribe”. Al maestro que –¿nunca lo supo?–  fue también uno de mis amores platónicos.

Sonrío imaginando lo que se hubiera alegrado don Juan Luis Arias de saber que el ‘divino laberinto’ de los efectos, las causas y los azares, me llevó a conocer y apreciar la obra literaria de su sobrino-ahijado.

(*) Nuria Rodríguez Gonzalo es Abogada

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