jueves 1, diciembre 2022
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América Latina, nuestros pecados y nuestro futuro

Columna “Tertulia y ensayismo”

América Latina, algunos ubican el origen de su nombre en el deseo expansionista francés y otros en la valentía de poetas oriundos que buscaban unión y fortaleza en medio de una coyuntura en la cual William Walker se proclamaba presidente de Nicaragua.  Pero por el momento esta discusión es prescindible; reducir la perfecta concatenación de rivalidades, culturas, historia y belleza a la simple procedencia de dos vocablos, sería –como mínimo- irrespetuoso.

Latinoamérica es mucho más que un concepto. Es el misticismo y la especulación que convirtieron a intelectuales del calibre de Rousseau en adeptos de teorías tan descabelladas como “la del buen salvaje”. Es el único sitio que con la magnificencia de su naturaleza y la vesania de algunos de sus gobernantes fue capaz de inspirar el realismo mágico de García Márquez. Una zona cuyo mejor recurso son las sonrisas de sus gentes, así como su honesta pasión por el trabajo y el amor a unas tradiciones que la vuelven el subcontinente de la fantasía por antonomasia. Una región llena de literatos, intelectuales, científicos y estadistas de reconocimiento mundial.

Flagelo

Empero, decir que solo “lo positivo” es característico, no es solo engañarnos a nosotros mismos, sino dejar de lado periodos oscuros cuya permanencia en el imaginario colectivo tiene como única función la de evitar que sucesos tan ominosos vuelvan a ocurrir. Y en este aspecto, es apodíctico y lamentable en proporciones iguales, hablar de multitud de sátrapas como concomitancia de los anales y el acaecer iberoamericanos.

Entre estos quizá los más notorios sean los populistas, aquellos a quienes Andrés Oppenheimer llamó muy acertadamente como “capitanes del micrófono”, los mismos capaces de generar un titular de periódico por semana, pero no una política económica sostenible. Sus dos mayores pecados son el cortoplacismo y el creerse más listos que el pueblo que los eligió. Lo primero, al buscar subsidios clientelistas en lugar de inversión en educación e infraestructura, movilidad social y generación de empleo. Lo segundo, al decir lo que se quiere oír y no lo que es necesario escuchar. El populismo genera realidades orwellianas, pues al ser la mentira su modus operandi, comete la osadía de asumirse como elaborador de la verdad y nos hace caer en lo  que Daniel Kahneman definió como el peor aspecto de la estólida ignorancia (válgase el uso del pleonasmo): “el no saber siquiera que no sabemos”.

En América Latina, los representantes de estas tendencias, se han vanagloriado frecuentemente de éxitos financieros que ni han tenido que ver con las decisiones de sus gobiernos, sino con actos fortuitos: el crecimiento de China, el de EE.UU. o la subida en el precio de las materias primas. Verdaderamente, los frutos de las doctrinas que aquellos han abanderado son ínfimos. Bajo estas, el Chile de los 3000 precios regulados acarreó una pobreza que afectaba a más del 50% de la población y una inflación que superaba el 500% anual, con una escasez similar a la que la Venezuela del idilio petrolífero dejó.

Pero la región no solo ha mostrado datos inimaginables a nivel macroeconómico, sino también a nivel de (frágil) estabilidad política. Desde el gobierno de 48 horas de Cardona, hasta los cinco presidentes que tuvo la Argentina en una sola semana o los 193 golpes de Estado que ha sufrido Bolivia desde su independencia en 1825.

A lo anterior se puede sumar otro gran pecado: querer sentirse más grande que la institucionalidad y los Derechos Humanos. Y casos –muy a mi pesar- los hay de sobra: los secuestros de niños de Videla, la ausencia de las libertades de expresión y de prensa en Cuba, la represión de Fujimori, los asesinatos y torturas de Pinochet; y demás actores aciagos cuyo mayor legado ha sido el sufrimiento. Incluso naciones que hoy día no cuentan con una institución castrense propia como tal, verbigracia Costa Rica y Panamá, sufrieron por dictaduras y autoritarismo: con Tinoco y Noriega. Todo esto, aunado a unos olvido y agravio sistemáticos a los 522 pueblos indígenas con quienes compartimos suelo.

El Cambio y los cambios

Para nosotros los iberoamericanos, ha existido una condición la cual podríamos llamar el cuarto pecado: el “tragarnos el cuento” de que todo se puede cambiar en un cuatrienio o un sexenio; que no hace falta una hoja de ruta o una visión de país la cual compartir a pesar de las diferencias ideológicas. Tal vez por ello hemos visto gobiernos tan dicotómicos entre sí como el “del crecimiento estabilizador” de Ruíz Cortines y el de “los tecnócratas” de Miguel de La Madrid y Salinas de Gortari. No es común ver lo que Mario Vargas Llosa describió tras un debate entre Bachelet y Piñera en 2006: concordancias tan fuertes en materia de desarrollo entre ambos candidatos que casi se volvía aburrido escuchar el intercambio de propuestas.

Los tan afamados “postulantes mesiánicos” que -nos dicen- van a cambiar todo un país por ellos mismos, no son verdaderos líderes, ni siquiera se les puede llamar demócratas. Pero es irrefutable que se requiere un cambio más, pero uno último. Uno que sea el que nos oriente a los latinoamericanos hacia el futuro que merecemos, uno de concordia, honestidad, transparencia y crecimiento. No hay recetas mágicas, ni remedios indoloros. Eliminar la dependencia a un sector que ya para el 2005 solo abarcaba un 4% del PIB mundial, no será placentero a corto plazo, pero le dejará una mejor América Latina a las futuras generaciones.

De buena fuente aprendí que la función del político no es solo crear una mejor realidad para quienes lo votaron, sino también para quienes ni siquiera lo verán gobernar. Cuando el mundo de las ideas de Latinoamérica (factor clave para salir adelante, como bien cavilaron Gloria Álvarez y Axel Káiser) interiorice esta premisa, los buenos momentos llegarán y la tierra del mañana, se va a transformar en la del hoy.

(*) Marco Vinicio Monge Mora, Bachiller por el Colegio Salesiano Don Bosco.

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