domingo 27, noviembre 2022
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Todos y todas somos minoría

Un argumento que ha surgido en diferentes medios y personas en contra de la opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en materia de identidad de género y derechos de las parejas del mismo sexo, es que no se le pueden reconocer derechos a una minoría si la mayoría no está a favor.

Este razonamiento pierde de vista que todos y todas somos parte de algunas minorías, por ejemplo, por el lugar donde vivimos, la ocupación que ejercemos, los tipos de alimentos que no podemos consumir, las identidades culturales a las que pertenecemos, el país en que nacimos, o algunas características de nuestro cuerpo, tales como la estatura, el color de piel, el grado de obesidad o la cantidad de pelo, así como cualquier tipo de discapacidad.

Si aceptáramos pasivamente el argumento de que solo la mayoría puede legitimar derechos a la minoría sería como dispararnos en el propio pie, ya que las mayorías muchas veces no son sensibles a las condiciones o situaciones particulares que no están viviendo, por lo que si, por ejemplo, sometiéramos a referéndum cualquier derecho para una minoría, entonces se podría dar por justificada la discriminación de todos los grupos que no sean mayoría, simplemente por el hecho de ser una cantidad relativamente menor de población.

Supongamos que se somete a referéndum la eliminación de un barrio para construir en él un gran parqueo o un centro comercial, entonces los vecinos de lugares circunvecinos votan a favor porque se sienten beneficiados. Luego se vota para quitar un segundo barrio, luego un tercero y así sucesivamente hasta quitar todos los barrios en una zona de interés comercial, sin que los afectados tengan opción alguna de oponerse. Siempre se daría la situación de mayoría versus minoría, justificándose así la conculcación de derechos de las minorías, creándose una suerte de mecanismo legitimador de la discriminación de toda minoría.

Pero entonces: ¿no se supone que la democracia es el gobierno de la mayoría? Este es un asunto que requiere ser abordado con cuidado, porque el simple hecho de ser más no asegura tomar decisiones correctas, además de que no se estarían considerando apropiadamente necesidades especiales propias de la diversidad consustancial a la condición humana. Dado esto, sólo se deberían someter a referéndum algunas cuestiones de afectación general, pues si el reconocimiento de derechos a grupos particulares dependiera solo de la voluntad de la mayoría, entonces esto podría nunca ocurrir.

La empatía y la sensibilidad a las necesidades del otro son necesarias en una democracia, que parte también del reconocimiento de que existen diversos puntos de vista legítimos sobre un mismo asunto. Una sociedad justa necesita reconocer que, de cierta forma, todos y todas somos diversos en distintos sentidos, así que quien hoy tuvo la suerte de ser mayoría, podría no serlo mañana. Un caso similar se presentó hace algunos años, cuando un diputado evangélico se encadenó al monumento nacional para protestar por lo que consideraba el cierre arbitrario de templos evangélicos. ¿Hubiera estado de acuerdo este diputado en que se sometiera este asunto a un referéndum?

Específicamente, en cuanto a nuestra sexualidad, todos y todas somos diversos, pues no toda la gente vive, por ejemplo, su masculinidad o su feminidad de la misma forma, no todos entienden, sienten o practican su heterosexualidad o su homosexualidad de la misma manera. Ni siquiera dos gemelos tendrían que tener una vivencia idéntica de su orientación sexual o de su identidad de género.

Cuando se da una burla o maltrato hacia alguien por ser diferente, hay que recordar que, tarde o temprano, seré yo el diferente. Es como el caso de quien hoy discrimina a otros por ser, digamos, de baja estatura o de piel más oscura, y después esa persona vive en otro lugar donde los papeles se invierten y ahora el bajito y de piel más oscura es él o ella, por lo cual es discriminada.

Estamos en un momento que pone a prueba nuestra sensibilidad y nuestra empatía. Ante esto, deberíamos tratar de ponernos en lo zapatos del otro y preguntarnos: ¿cómo me sentiría si fuera yo quien es el discriminado a quien no se le reconocen derechos para poder casarme con la persona que amo y poder, en consecuencia, tener las facilidades de una pareja heterosexual?

Pueda ser que aquí se encuentra el secreto para tener un mundo más justo, en la capacidad de ser sensibles a las necesidades de las minorías, no sólo por el reconocimiento pleno de la humanidad del otro, sino también recordando que yo en algún momento también seré minoría.

(*) Pablo Chaverri, académico de la UNA

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1 COMENTARIO

  1. Es lo que se viene transmitiendo en clases de Educación Cívica desde 2009, aproximadamente, de acuerdo con el programa aprobado por el mep. Se busca trascender la tolerancia que es una simple aceptación de las personas que aparecen ante la mayoría como «diferentes». De igual modo se busca ir más allá de lo multicultural, como el reconocimiento de que un mismo espacio físico-geográfico puede ser ocupado por diversas culturas. El propósito educativo en este caso consiste en la promoción de la vivencia efectiva y real de la INTERCULTURALIDAD. Para construir una sociedad más diversa pero también más equitativa se requiere el aporte cultural tanto de individuos como de colectivos y la perspectiva se amplía en función de todas las variables: origen étnico, nacionalidad, sexo, género, orientación sexual, postura política, filosofía, ideología, credo, gustos musicales, gastronómicos, deportivos, estéticos, entre muchos más.

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