jueves 1, diciembre 2022
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Crónica: En Costa Rica sí se aborta

San José, 15 mar (Elpaís.cr).- El sol le pegaba en la frente mientras, en medio del parquecito detrás de Generales, le llegaban los Whats que Mary escribía desde la Asocia preguntándole por qué no la había visto todavía.

-¿Cómo siguió? ¿Dónde está? ¿Va a venir a clases?- decían los tres SMS, seguidos uno del otro.

Era el 12 de marzo del 2018.

Sobre la repisa de la Asocia reposaba un periódico de la semana pasada que titulaba que “4 iglesias amanecen manchadas con grafitis” después de la marcha del 8M en San José y que le contaba a Costa Rica que varias de las manifestantes marcaron las iglesias de la Merced y de Barrio Luján con pintas que clamaban que “Mi cuerpo es mío, yo decido” y por “Aborto Legal ¡YA!”. En la edición digital del medio, Federico, un costarricense adscrito a la plataforma online, criticaba a “estas feministas radicales, izquierdistas, extremistas, terroristas, cristianofóbicas, que están metiendo esas prácticas inmorales en Costa Rica” donde provocarse un aborto se condena con penas que van desde los 12 meses a los 3 años de cárcel.

Se supone que está prohibido fumar en las inmediaciones de la UCR, pero Sofi, igual que los dos tipos que pasaron junto a ella en el camino de salida del Edificio de Sociales, siempre llegaba con sus tenis y sus libros a prenderse un Malboro blanco afuera de la Asociación de Estudiantes de Estudios Generales y a hablar de los tipos guapos del Consejo Superior Estudiantil y de la fiesta que se iba a pegar el próximo fin de semana, con aquella energía que contagiaba e intimidaba a la gente, pero que a esa fecha todo el mundo llevaba tres semanas sin ver.

Ese lunes, primer día de clases, ni ella ni sus tabacos habían aparecido. Su bolso no reposaba desacomodado sobre los estantes de madera de la asocia, a la par del periódico y no, no estaba contestando el teléfono. Los mensajes de Mary le decían que tenía hambre y que ocupaba almorzar antes de la clase de la 1, pero ella sabía que era más que eso, que lo que le preocupaba es a donde estaría aquella bomba de tiempo que en ese momento se escondía detrás de un árbol.

-¿Alguien ha visto a Sofía?- le contará que preguntó, mientras entraba a la Asocia después de la clase de Socio.

-No, vino en la mañana, pero se fue temprano- había contestado Nicole, mientras le ayudaba a Johnny a terminar el discurso con el que esa tarde defenderían el presupuesto de la asocia ante una FEUCR que sólo buscaba recortar y recortar.

-¡Qué raro…!- diría ella mientras se sentaba, preocupada, en el enorme sillón de cuerina negra que, además de costar dos millones de colones, la asocia anterior había comprado sin razón aparente, solo porque estaba muy chuzo.

-Mae Johnny, ¿¿cómo vamos a defender este sillón??- exclamaría Diana, mientras entraba con sus chancletas que sonaban por todo lado y se alborotaba el pelo para tratar de verse más hippie, a pesar de la camisa de más de 30 mil colones que andaba puesta.- Vamos a tener que convencer gente, Sofi… ¿Sofi?

-No está, Nana- contestaría Mary de manera algo sombría. Diana la volvería a ver pelando los ojos y se quedaría casi petrificada, porque entendería. Ninguna de las dos diría nada más, porque no sabrían qué.

Para bajarse el nerviosismo, Mary se sentaría frente a una de las compus de la asocia y la prendería para ver qué pasaba en Facebook. Pero rápido se quedaría fría: a Sofi se le había olvidado cerrar su última navegación y el “abortar en Costa Rica” saltaría frente a sus ojos, en una pestaña a la par del periódico que indignaba sobre las pintas.

A Mary, Diana le apretaría el hombro como para darse apoyo moral entre las dos. Ella también estaría nerviosa. No se caían bien, pero esta vez concordaban en algo: en que las dos estaban preocupadas. ¿Cómo no? Si desde que la prueba de sangre de Sofi dio positivo, ella era otra persona.

Se había vuelto taciturna, andaba preocupada todo el día, salía corriendo de la nada en medio de las clases para vomitar mientras sudaba frío. Daba miedo.

Desde que la tipa de la Oficina de Salud de la U le dijo que empezara a tomar calcio para proteger a aquello que me crecía en el vientre –tantos años después, aún no le a llaman“bebé”-, ella había cambiado.

Aquel horrible martes de fin de Verano, ella había salido de las instalaciones verdes de la Oficina de Salud y había avanzado con paso firme hasta el parquecito frente a la biblioteca Tinoco, donde hizo un par de llamadas, ante la mirada de Diana y Mary, que se preguntaban cómo podía estar tan tranquila, cuando el padre ni siquiera contestaba el celular.

Alberto era el hermano del novio de una prima. Una estupidez de una noche en la que a los dos les pareció gracioso no cuidarse, en medio del ciclo de estupideces que Sofía había hecho con su vida en los últimos dos años, luego de sentirse libre y en capacidad para hacer lo que le diera la gana.

Hasta que ese febrero chocó contra pared.

Y no es que no supiera que tenía que cuidarse, no es que no supiera de métodos anticonceptivos y que no supiera las consecuencias de lo que podría pasar si se acostaba con alguien que acababa de conocer, la educación de clase media alta en mi pueblito alajuelense saciaba ese conocimiento. Pero en esos estúpidos dos años, se sentía invencible.

Esa es la única explicación que se da a sí misma, mientras se golpea el pecho odiándose un poco por haber llegado hasta ahí.

-Ok, Alberto no contesta- les había susurrado ese día, con una tranquilidad controlada que las hizo cuestionarse si les hablaba a ellas o se hablaba a sí misma- Pero Paula sí apareció y está haciéndome la vuelta.

-¿Qué vuelta?- había preguntado Mary.

-¿Qué vuelta cree usted, Mar?- le había respondido Diana, antes de volver a ver a la embarazada y hacer la pregunta que todas tenían en la cabeza -¿Está segura?

Sí. Lo estaba. Aunque no se lo contestó con palabras.

Por eso no les extrañó cuando vieron la página web abierta y por eso lo único que les corrió por la espalda cuando lo hicieron, fue la inminencia de que estaba sucediendo.

Aunque en el mundo de Federico fuera imposible.

La asocia se fue vaciando poco a poco y a las 2 de la tarde ya no quedaba nadie en el cubículo. Diana, Johnny, Nicole y los demás se habían ido a uno de los chivos de Semana B, Mary se había comprado un almuerzo para llevar de los de la Soda de Generales y se lo comía con toda la paciencia del mundo, mientras esperaba.

Y ahí, cuando ya estaba segura de que no había nadie, apareció Sofi.

-Hola.

Eran cerca de las 2:30 cuando se paró en la puerta. Mary dirá que andaba vestida con un jeans, unos zapatos negros y una camisa verde de un kiwi y un ratón que había comprado en Happy Hill la navidad anterior, cuando aún era una niña.

-¿Vio lo de la adhesión de Piza a la campaña de Carlos?- preguntó Sofi como saludo.

¡Claro que la había visto! Había acaparado las noticias todo el fin de semana. Pero Mary no contestó porque no sabía cómo contestarle.

Sofi siguió:

-¿Me presta 10 rojos?

-¿Para qué los ocupa?- preguntó la otra.

Sofi la ignoró. Sabía que se los prestaría.

-El tipo de las pastillas llega a las 3 al parqueo de Derecho, ¿me acompaña? Me da miedo ir sola…

Mary recordará que lo dije suavemente, que le quitó la mirada porque no se la pudo sostener más y que prendió otro cigarro. Dirá que le dio un escalofrío.

Dirá que olía mi miedo. Que debajo de la máscara, del olor a tabaco y de los kiwis, se olía el miedo.

Como a las 2:50 de la tarde, entró la llamada. Estaban sentadas a la par en aquel sillón y Mary la escuchó contestar mientras se comía un rollo de canela. Sofi se fumaba el filtro.

-Vamos- le dijo cuando colgó.

Caminaron por el Pretil y por la 24 de Abril casi sin decirse nada. Sofía dirá que no recuerda mucho de esa tarde, pero Mary recordará verla tocándose el vientre y respirando hondo, como en yoga.

Ella no sabía ni qué hacer, como tampoco supo cuando Sofía le contó que Paula le había conseguido las pastillas en la web.

La página se llama Cytotec Costa Rica, ya hasta el dominio comprado tienen. Uno manda un correo y el tipo lo llama en menos de media hora y le lleva “el servicio” a domicilio. Venden las pastillas más comunes, esas que aún hoy, la Asociación Demográfica Costarricense sigue aconsejando como las menos invasoras y las más seguras.

Se calcula, según los últimos datos de la Asociación en 2007, que el número de mujeres que usaban ese servicio hace 10 años eran 8; 8 por 365 días, 2920 mujeres al año… hace 10 años.

Ahora, con la difusión de las denuncias en medios y con hasta el dominio comprado, ni la Colectiva para el Derecho a Decidir ni la Demográfica saben a cuanto aumenta la cifra.

Pero esa realidad no le parece importar a quienes se indignan por paredes rayadas en las iglesias josefinas, cuyos curas dicen que eso no pasa en su país.

Al llegar a Derecho caminaron directo hacia la moto. Eran dos tipos, una chica y un chico que nunca se quitaron el casco para no dejarlas ver sus rostros. Mary dirá que Sofía estaba tan asustada que casi podía sentirle el pulso. Que la tipa también se percató.

-Tranquila, mi amor, no le va a pasar nada- dirá la amiga que le dijo, agarrándole el brazo con una mano decorada por unas largas uñas pintadas de verde.

Mary dirá que Sofía asintió. Que 76 mil colones, le dijo el tipo. 9500 cada pastilla, 8500 si se compran más de 12. Que Sofía sólo tenía 8 billetes de diez mil. Que Mary todavía recuerda las 8 caras de don Pepe temblándole entre las manos.

Que si tiene cambio, preguntó la amiga.

Que no, contestó el tipo con normalidad, mientras buscaba entre los paquetitos varios que tenía debajo del asiento de la moto. Que vaya cambie a la soda, que yo la espero… Que si el mío era el de 8, verdad.

Que sí, contestó Sofi mientras las dos amigas se iban a comprar una galleta de 250 colones, con tal de cambiar un billete de 10 mil.

Mary dirá que no podía verles los ojos, pero que las dos sentían que la tipa las estaba viendo desde afuera, mientras él tamborileaba con los dedos sobre el volante, un poco impaciente. Recordará que pensó que tal vez Sofía le daba lástima a la mujer, por la forma en la que la había tocado, pero también recordará haberse preguntado qué podía llevar a una persona a vender ese tipo de “soluciones”.

Producir abortos en Costa Rica tiene de una pena de 1 a 8 años de prisión, pero la Demográfica señaló que ante la imposibilidad de demostrar que fue el Cytotec el que provocó la pérdida, o que fueron ellos, los enmascarados desconocidos, los que vendieron el producto, la penalización es casi imposible. Solo queda el estigma social, que se produce sólo si te agarran… O la culpa.

Las dos chicas volvieron al parqueo y esta vez el mono cariblanco se unió a la tembladera de don Pepe. Sofía pagó, que el tipo le dio el paquete y que la chica se dio vuelta dispuesta a irse. Que la enmascarada las detuvo.

-Mi amor, relájese. Revise que todo esté bien.

Mary dirá que Sofi la tomó de las manos y que le pidió que abriera el paquete. Que estaba fría y pálida.

La amiga sacó las grapas del sobrecito café y lo abrió. Adentro habían 8 pastillas.

-¿Cómo es el uso?- preguntó a la chica.

-Está en internet- contestó ella.

El uso recomendado es tomarse la mitad de las pastillas e introducirse vía vaginal la otra mitad. Para eso era mejor usar un poco de agua para mojarlas y que pasen más rápido.

Luego, la mujer debe quedarse una hora con la piernas levantadas para que las pastillas no se caigan y luego, como una hora o dos después, empiezan las contracciones que duran, que duraron, como un mes hasta que todo “el producto” salga por completo.

No es una técnica recomendable para más de 12 semanas de gestación ni menos de 4; Sofía tenía 2 cuando se dio cuenta de su estado y las dos semanas que tuvo que esperar para la intervención fueron, dice, las peores de su vida.

-¿Estamos?- preguntó el tipo subiéndose a la moto de nuevo.

-Estamos- dirá Mary que contestó Sofi con la voz seca- Pura vida.

-Suerte, mi amor- dirán que le dijo la tipa subiéndose al asiento del bimotor.

Aceleraron y se fueron.

Lo único que se sabe de ellos es que responden al correo cytoteccostarica16@gmail.com y que aunque ya hay varias denuncias sobre el tema, ahora venden pastillas hasta en Facebook.

Nunca sabrán si son los desconocidos que hacen fila en el súper o en la parada del bus…

Mary dice que caminaron despacio hasta el edificio de Económicas. Que la escuchaba pedir perdón mientras se aferraba al vientre y aseguraba que la próxima vez, si es que la habría, sería la mejor madre del mundo. Pero que no lloraba. Ni una lágrima. Que estaba segura.

Que aún lo está.

Entraron al edificio y en la soda, Luisa y Chus estaban idos en discutir si la FEUCR había hecho bien o mal el manejo de la Semana U del año pasado. Mary dice que su discusión le pareció estúpida. Que ¿cómo alguien podría cuestionarse nimiedades como las de un movimiento estudiantil, mientras había gente que estaba por hacer lo que iba a hacer Sofía? Sof recuerda vagamente que su amiga se lo comentó, pero cree que se limitó a asentir.

-Mae ¿está bien?- cree que le preguntó Johnny. Diana estaba sentada a la par de él y no podía ni volver a ver.

Sofía ignoró la pregunta e hice otra.

-Mae ¿me regala su botella de agua?- John asintió y se la pasó.

Sofía dice que empieza a recordar cuando se levantó y se fue a meter al baño del primer piso. Cuando antes de que se fuera, Mary le preguntó que si quería que la acompañara, cuando le dijo que no.

Recuerda que volvió 15 minutos después con los ojos llorosos y un conato de sonrisa nerviosa en las comisuras de la boca.

Que pasó la siguiente media hora con las piernas arriba para que las pastillas no se cayeran de la vulva y que como una hora después empezó a quejarse de los primeros dolores uterinos que la acompañarán las próximas 5 semanas.

Mary casi podía sentir la euforia en su voz cuando le hablaba y que ¡joder! no podía controlar aunque fuera feo. Era como si por fin se abriera una salida, a pesar de la mirada acusadora que Diana le tiraba en la nuca, como a lo largo de los años le caerían muchas otras cada vez que defienda el tema en redes sociales, en aulas universitarias, en conversaciones con amigos y familiares, en foros políticos y en muchos otros espacios.

Como a las hijas de Manuel Obregón, cuando pinten paredes con realidades que en algunos dicen que en su país no pasan.

Pero si a ellos no les importan las 8 mujeres que hace 10 años arriesgaban al día su vida por el tema, y las quién-sabe-cuántas que deben hacerlo aún hoy, a pesar de que les saquen las biblias y las crucifiquen, Sofía dice que a ella tampoco le importan ellos.

En Costa Rica abortar está a solo un click y casi 80 mil colones de distancia y por eso si querés decidir sobre tu cuerpo y tenés los recursos económicos para hacerlo, podés con solo googlear. El problema es si no tenés el dinero o si te metés la dosis mal.

Pero esa no es una realidad del mundo de Federico y por eso se indigna con la pinta de la iglesia en la que le dicen que eso tampoco pasa.

O eso dice Sofi, dos días después en medio de la entrevista, mientras se pide un pie de limón y una Panadol para el dolor.

*Compilado de crónicas: Mujer en Costa Rica.

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