viernes 19, agosto 2022
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De ratones sin libros (Dos ratos sem livros), 35 (II)

 Viajes por mi biblioteca, 35 (II)

Al joven Marx, en sus 200 años

Un adolescente como otros en el año 1946, aficionado al boxeo, al baloncesto, al ping-pong, al boliche, a la natación; criador de palomas mensajeras; aficionado a los gallos de pelea más que a las peleas de gallos; novato del sexo, del amor y los noviazgos efímeros, a merced de las hormonas implacables ¿cómo podía además fantasear con el contenido de los libros en cuyos lomos releía una y otra vez, en las librerías y en las bibliotecas familiares, los enigmáticos títulos?  Las lobas de Machecoul de Dumas, El hombre mediocre de Ingenieros, Miguel Strogoff de Julio Verne, Parerga y paralipómena de Schopenhauer, La esfinge maragata de Concha Espina, El manifiesto comunista, de Marx y Engels, El hombrecillo de los gansos de Wassermann.

Pasaba yo horas pensando qué diablos dirían todos esos libros, y lo emocionante que sería comprarlos un día, empezar a leerlos, atesorarlos, llevarlos conmigo a donde yo fuera, experimentar el placer de colocarlos una y otra vez en el orden de las renovadas estanterías, siempre al alcance de mis manos. Y a todos esos les fue llegando el tiempo en que efectivamente los leí y disfruté, en medio de muchos otros; y no podía imaginar que en un remoto 2018 me iba a enfrentar al dilema entre conservarlos hasta el fin o separarme de ellos.  Aquí de nuevo la pregunta ¿cuáles?

Biblia manuscrita. Redes

Aunque no creo que exista nada en el Universo que pueda definirse como divinidad, un libro que conservaré conmigo es el que se conoce con el nombre de La Biblia, colección de escritos dos o tres veces milenarios con atisbos esporádicos de sagacidad o sabiduría, pero que inevitablemente refleja la ignorancia, la crueldad y los prejuicios de un pueblo remoto en el tiempo, agresivo y expansionista; el cual, muy a su pesar, sólo pudo gozar  esporádicamente de bienestar y libertad, por la mala suerte de haber campado a la orilla de los poderosos imperios de Egipto, Babilonia, Persia, Macedonia y Roma, sucesivamente.

Los cristianos, aún más que los judíos, han hecho de ese libro una suerte de Divinis Umanusque Cyclopaedia cuya interpretación daría ‘para todo’. Al contener gran variedad de materias y, según se afirma, haber sido dictado por el mismo Dios a algunos elegidos, para el creyente tuvo que constituir, por definición, la verdad misma de las cosas; de manera que durante siglos la Iglesia lo utilizó, según el caso, como un infalible tratado de Geología, de Astronomía, de Biología, de Antropología, de Historia, de Teología, etc.; y cuando pudo hacerlo, impuso a sangre y fuego su verdad: que Dios creó el Universo en siete días; que la Tierra es plana; que el varón es superior a la mujer; por ejemplo.  Lo cierto es que La Biblia no es, ni de lejos, la verdad misma de las cosas: es simplemente una colección de textos que ilustran creencias religiosas, leyendas y episodios de los antiguos hebreos; y en ese y nada más que en ese contenido humano está para mí su gran valor.

Amar lo humano sin mediaciones: con los años he llegado a sentir cada vez mayor estimación por las obras de pensamiento y sentimiento, producto del puro esfuerzo y la inspiración de simples mortales; seres humanos ejemplares por su temple y su ingenio, aunque en muchos casos no alcanzaran a ganar la admiración de la gente. Me conmueve saber que dichas personas batallaron en medio de grandes tropiezos, y que de aciertos y errores salieron fortalecidos.  ¿En quiénes estoy pensando?

Epicuro.

Pienso en primer lugar en el filósofo griego Epicuro, natural de Samos en el Mar Egeo ( 341 – 270 a, C), fundador de la Escuela llamada El Jardín, que sostenía como fin ético evitar el dolor y procurarse una vida justa, de placeres moderados. Epicuro pensaba que la Filosofía está al servicio de la vida; que la comunidad humana se sustenta en el acuerdo de sus integrantes; que el Universo entero (incluidos los propios seres humanos) está compuesto de partículas ínfimas, indivisibles y eternas llamadas átomos; que los  humanos estamos solos en medio del Universo porque, decía Epicuro: los supuestos dioses   -si es que existen- nunca se mostraron ni se ocuparon de nosotros, para bien ni para mal; que al morir la persona, sus átomos se reintegran al Cosmos como los de los otros animales, de acuerdo con las leyes de Natura.

Las obras de Epicuro, que fueron numerosas y abarcaban todas las materias (desde la Astronomía hasta la Ética) se perdieron en su totalidad con el correr de los siglos, salvo unas cartas y algunos fragmentos que se conservan en el libro de Diógenes LaercioVidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres (Perlado, Buenos Aires, 1940).  Pero su doctrina ha sido felizmente conservada en los hexámetros inmortales del De Rerum Natura del poeta latino Tito Lucrecio Caro (99-55 a.C.), traducido a todas las lenguas modernas (vid traducción española de Agustín García Calvo; Lucina, Zamora, 1997; versión italiana de Enzio Cetrangolo, Sansoni, Florencia, 1989; versión francesa de Alfred Ernout, Belles Letres, Paris, 1968; versión inglesa de H.A.J.Munro, Loeb, Londres, 1975; versión alemana de Hermann Diels, W. B., Darmstadt, 1993; etc.).

El juicio de Giordano Bruno, de nacimiento Filippo Bruno. Dominio público

Pienso que también me acompañará aquel ser extraordinario que fue Giordano Bruno (1548 -1600), deslumbrado por el brillo y la riqueza del ‘Universo Mundo’ que preanunciaba la entonces balbuciente Astrofísica; e impaciente por mostrarlo a sus semejantes para liberarlos de las cadenas de la ignorancia y la superstición, aún al precio de la hoguera en Campo de’ Fiori.

Pienso asimismo en Johannes Althusius (1557-1638), Baruch Spinoza (1632-1677) y David Hume (1711-1776), altísimos ingenios que rompieron lanzas por la justicia, la racionalidad, la benevolencia y la sensatez en las relaciones humanas.

Karl Marx en su oficina en 1875, pintura de Zhang Wun.

Y pienso en Karl Marx (1818-1883) cuando a sus 24 años contempla con sorprendente lucidez la imagen invertida de la realidad social en el naciente capitalismo industrial, y se entretiene descifrando sus artificios en aquella gema del pensamiento moderno que titulara En torno a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel (puede verse en Marx-Ruge: Los Anales Franco-Alemanes; Martínez Roca, Barcelona, 1973; pág. 101 y sigtes.). Ofrezco una muestra en versión infedele, del gusto de mi querido Stefano Nespor, menos literal pero más exacta:

 “…Siendo la religión la dicha ilusoria del pueblo, su superación consiste en la exigencia de su dicha real … Por eso la crítica de la religión no está en suprimir las flores imaginarias que disimulan las cadenas del hombre, sino en quitar las cadenas mismas, para que broten las flores verdaderas. La religión es un sol ilusorio que gira alrededor del hombre; su crítica, su remoción lo conducirán a pensar, actuar y organizar su realidad como un ser que ha entrado en razón, para que gire en torno a sí mismo y a un sol auténtico…”

“…Así las cosas, una vez desaparecido el más allá de la verdad, la misión de la Historia consiste en averiguar la verdad del más acá. Es decir, una vez que se ha desenmascarado la forma santa de la autoalienación humana (i.e, la autoalienación religiosa), la misión de una filosofía que se halle al servicio de la Humanidad consiste en desenmascarar la autoalienación en sus formas no santas (i.e, la económica, la política, la jurídica). Y entonces podemos entender cómo la crítica del Cielo se convierte en la crítica de la Tierra, la crítica de la Religión en la crítica del Derecho, la crítica de la Teología en la crítica de la Política…”     (los paréntesis son míos)

(En Torno a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel; 1844)

Y sigue.

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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2 COMENTARIOS

  1. Estimado Walter, mi biblioteca es autófaga. Generalmente cuando busco algún libro, me lo oculta. Aprendí a indentificarlos con un vistazo en el lomo, durante la era predigital, sin embargo ese método cada vez me falla más —no sé si por la hiperdigitalidad imperante o por mi presbicia. Estuve buscando mi ejemplar de los «Anales Franco-Alemanes», que es por cierto la misma que vos ponés en la foto, y, por supuesto, no la encontré. Y es que quería agregar una cita que siempre me pareció esencial en torno a la manida referencia que ha hecho la derecha sobre la religión como opio del pueblo. Recuerdo que Marx, en ese texto se refería a la religión como una especie de grito sordo de la criatura sufriente. La religión como una suerte de discurso extraviado de un ser humano explotado y sometido a una violencia que podríamos denominar hoy en día, «estructural». Por ese motivo la denominaba «opio del pueblo». Es decir un bálsamo alucinatorio para intentar vivir, de alguna manera, en un mundo hostil y agresivo. Posiblemente se me olviden cosas importantes de ese texto, pero esa idea es penetrante. La religión como un recurso, como una herramienta de vida que es necesario disolver socialmente para acercarse al ideal del filósofo autártico, que no se angustia ante la muerte sino que trata de hacer lo humanamente posible por evitarla, pero que sabe que es irremediable. Por eso sostengo que la superación social e histórica de la religión será de carácter estético, devendrá arte. Pero de eso hablaremos en otra ocasión y, mejor aún, frente a frente. Un fraternal saludo y agradecido por tus reflexiones.

  2. Quisiera aportar un párrafo que encontré hace unos pocos días en una novela de A.S. Byatt, distinguida novelista inglesa, intitulada The Game. Prefiero escribir en el inglés original, pues comparto aquello de «traduttore, traditore». «…the religious man is separated for ever from the irreligious because there is a whole set of moral problems created for him by the assumption that there is a God whose meaningful intention placed him where he is.» Tal vez ahí está comprimida la razón por la que el diálogo con los creyentes es, a menudo, totalmente estéril.

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